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lunes, 7 de abril de 2008

HÉCTOR CATTOLICA

(Con Alicia Dujovne Ortiz y Mercedes Sosa el día de la presentación de Cattolica pero anarquisto)
Estoy convencida de que la literatura puede influir y hasta modificar la realidad. Héctor Cattolica me lo demostró en el verano del 2006. Porque, a diferencia de muchas de las personas que conocieron a este talentoso artista gráfico, yo lo descubrí leyendo una novela. Cattolica no fue una referencia en un ensayo, ni en un artículo periodístico. Sino un personaje de un libro de autoficción de Alicia Dujovne Ortiz. Cuando leí Las perlas rojas quedé atrapada por el texto, porque es una novela muy hermosa, en la que hay una narradora que cuenta su vida de escritora errante con mucho humor y una prosa magnífica. Entre los personajes que Alicia pinta con maestría y que encubre con seudónimos, había uno solo que tenía nombre y apellido y que me gustó enseguida: era Héctor Cattolica, un amigo que la autora había conocido en París y con el que había compartido una intensa amistad.
Eso fue lo que primero despertó mi interés, pero más me sorprendí cuando al promediar el libro descubrí que Héctor había nacido en Bragado.
Así fue el comienzo de esta historia. Inmediatamente puse su nombre en Internet y fueron apareciendo los primeros dibujos que conocí de él. Y me gustaron mucho. Más tarde hablé con parientes y amigos de Bragado y fui descubriendo que había sido un artista muy talentoso y una buena persona, querida y admirada por todos los que estuvieron en contacto con él.
En esos primeros tiempos investigué como pude, en largas noches de búsquedas a través de mi computadora. Minuciosas búsquedas que me permitieron ir tras sus huellas.
Desde el principio intuí la fuerza dramática del personaje que tenía frente a mí.
Y luego, cuando comencé a entrevistar a las personas que lo conocieron fui descubriendo a un tipo genial, a alguien al que la vida no le fue fácil pero que pudo contar su manera de ver el mundo y expresar sus ideas con un talento realmente inusual.
Y volviendo a la idea de cómo la ficción se fue entremezclando con mi texto, mientras escribí este libro sucedieron cosas –diría- más que extrañas, casi mágicas. Que Mercedes Sosa viniera a Bragado para rendirle homenaje fue una de ellas.
Con Alicia también sucedió algo fascinante. En su novela ella describe al departamento de la calle Oro, en Buenos Aires donde vive, y un día me encontré en ese mismo departamento haciéndole la primera entrevista. Y aún más, después ella vino a Bragado y estuvo en mi casa, en el mismo lugar donde yo había estado sentada leyendo su novela en la que hablaba del departamento de la calle Oro. Como en una cinta de Moebius, no hay dos lados, sino uno solo, uno puede pasar de un plano a otro, de la realidad a la ficción sin atravesar ninguna frontera.
También ocurrió algo extraño cuando viajé a entrevistar a otra escritora que fue amiga de Héctor: Hebe Solves. Ella me dio su valioso testimonio y, cuando regresé a casa y revisé mi correo electrónico, el poeta Máximo Simpson, a quien había conocido en un encuentro de escritores hacía unos días y al que le comenté sobre el libro que estaba escribiendo, él me respondía que había conocido a Héctor en casa de Hebe Solves. Ese mismo día en que yo había estado con ella. Y lo curioso, además, era que él lo recordaba no como artista gráfico, sino como poeta.
El sólo nombre de Héctor fue una llave que me fue abriendo puertas. Bastaba que llamara por teléfono o enviara un mail a uno de sus tantos amigos para que me permitieran entrar en sus recuerdos y así iban apareciendo pequeños fragmentos de su vida y de su obra.
Por eso, a la hora de armar el libro, lo pensé no sólo como una biografía sino como la historia de una búsqueda, el armado de un rompecabezas al que le iban faltando piezas y que debía, de alguna manera, sustituir con sus dibujos.
Héctor fue protagonista de algunos sucesos muy importantes del siglo XX como fueron las revueltas del mayo del 68 en París. El participó activamente con sus afiches, pues en esos días, las paredes hablaban, conformaban un gran texto donde se entrecruzaban discursos críticos sobre las instituciones y se expresaban ideas revulsivas.
Gracias al director del diario La voz de Bragado, tuve acceso a un reportaje que le hizo esa publicación en 1969, en el primer regreso de Héctor. Todavía tenía en los oídos la revuelta estudiantil y explicaba la idea que por aquel entonces él tenía de lo que era ser un artista:
“El artista – decía- no es ningún pequeño dios, sino un hombre como todo el mundo a quien las contingencias y el medio no ahogaron sus aptitudes naturales. Porque todos pueden ser capaces de realizar un trabajo creador, transformar el sol en un prisma, deshacer la luz, hacer colores y emplearlos para reconstruirse a sí mismo bajo otra forma. Muchos, gracias a los que han hecho de la literatura una estatua, son los que mueren sin tener arte ni parte. Todo creador debe combatir para que el hombre alcance un conocimiento por todos los medios legales e ilegales, ya que debe ser un revolucionario.”
Hablé con muchas personas, todos coincidieron en que Cattolica era un artista verdaderamente talentoso. Alicia me lo regaló en su novela, pero después fue desgranando la mayoría de las anécdotas que aparecen en este libro. De modo que este libro existe gracias a ella, al homenaje que le hizo a su amigo desde la ficción. Cuando uno escribe siempre tira una botella al mar, y alguien, inevitablemente la recoge. Y por causalidad yo estaba en la orilla exacta donde apareció flotando.
También fue de mucha ayuda la revista New Internationalist en la que Cattolica colaboró durante casi diez años.
NI es una revista de Oxford, Inglaterra, que aborda temáticas relacionadas con la injusticia, la pobreza y las diferencias existentes en el mundo. Sus artículos analizan las relaciones entre la riqueza y pobreza, las cuestiones sobre inmigración, y aporta ideas y soluciones sobre cómo accionar para luchar por un desarrollo mundial más justo. Eran las ideas que compartía Héctor. Cuando escribí a su editor, este me dio el correo de un redactor de aquella época, Peter Stalker que le encargaba los dibujos para ilustrar las notas de tapa. Peter trabaja ahora en Indonesia y desde allí me mandó un texto muy emotivo sobre su relación con él. Recuerdo que en el último párrafo decía que cuando estaba en su casa en Oxford siempre se despertaba mirando un afiche de Héctor que tenía en su cuarto. Así que le pedí que cuando viajara a Inglaterra lo fotografiara y ahora ilustra el libro.
Una biografía es, inevitablemente un texto polifónico. En mi libro están las voces de todos los que quisieron recordarlo. Amigos y conocidos de Bragado, poetas, periodistas y artistas plásticos vinculados en distintas épocas. Fue un verdadero lujo hacer este libro: hablar con un pintor tan importante como Luis Felipe Noé en su casa taller de Buenos Aires, rodeado de su obra maravillosa, dialogar con Quino, el genial creador de Mafalda, cruzar mails con los editores de la revista New Internationalist, con poetas reconocidísimos como Máximo Simpson o Luisa Futoransky. Hablar a París y escuchar sus rumores a través del teléfono. De todo hubo en esta búsqueda. Ahora, Mariano Gerbino proyecta una película sobre Cattolica. La historia, entonces, continuará.

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