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domingo, 13 de abril de 2008

Geografía literaria : Cuartos agregados

Pueblos imaginarios y reales construyen una geografía que el lector viajero visita cada vez que acciona la máquina de leer. Esta nota propone un recorrido por esos territorios que ya están instalados en la cartografía de la literatura.

“Este pueblo donde no he nacido me hizo creer durante mucho tiempo que era el mundo entero”, escribe Cesare Pavese en su novela La luna y las fogatas (1950), en la que su protagonista vuelve al terruño después de mucho vagar por la tierra, y agrega: “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha, siempre nos aguarda”· Como Pavese, los lectores siempre tenemos muchos pueblos a los que volver, todos esos que fuimos visitando al azar de nuestras lecturas.
Construir un mundo, un territorio, una zona geográfica desde donde contar parece haber sido el cometido de tantos escritores que agregaron, a la ya compleja geografía terrestre, las comarcas, los parajes, los pueblos de sus ficciones.
Bioy Casares decía que escribir era agregar un cuarto a la casa de la vida, que es otra manera de decir que la literatura duplica el mundo, imprime a la realidad un nuevo aspecto, la modifica, ejerce sobre ella una insospechada, única percepción del entorno. Inventar, entonces, para agregar un cuarto más a la casa del mundo.
Lugares inventados, soñados o recreados conforman una geografía literaria que, de alguna manera, configura un espacio que se sobreimprime sobre el real.
Como se lo proponía la máquina que Bioy Casares concibiera en su novela La invención de Morel, la literatura proyecta sobre la realidad, una y otra vez, las imágenes de sí misma. En la ficción de Bioy, Morel era un científico obsesionado por la inmortalidad y se había propuesto filmar una estadía con sus amigos en una isla lejana, durante una semana inolvidable. Esa semana se repetía cada vez que las mareas activaban la máquina que era capaz de revivir seres y cosas. Como esa máquina, la literatura opera de la misma manera, refundando una geografía que es posible trajinar a partir de la otra máquina disponible, la de la lectura.
No cabe duda que, sobre los países, las ciudades, los campos, los caminos, las aldeas, suelen proyectarse sus dobles literarios que, si bien no pueden desligarse de los vínculos que se establecen con el ámbito referencial de donde se originan, rearman en la mente del lector aquella manera particular con que un escritor percibió su entorno. Escribir, entonces, para dejar testimonio del mundo.

Acaso podría decirse que un lugar se funda, insospechadamente, a partir de la escritura. La realidad no deja de ser apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, corrige, reinventa. Infinitos territorios literarios modifican el ámbito referencial de donde proceden. En una topografía literaria, Dublín no puede pensarse sin Joyce, Buenos Aires sin Borges, Santa Fe sin Saer, París sin Cortázar, Chacabuco sin Haroldo Conti. “Mi pueblo_ explica Conti en un reportaje_ cada vez va subiendo más a la superficie de mi literatura, por la recuperación que hago de la infancia, claro que en ella es un pueblo fabuloso que casi lo invento”.
En la imaginación del lector, los lugares ya no son los mismos si han sido visitados a través de la lectura. Ingresar a París por la autopista del Sur remitirá para siempre al cuento de Cortázar, en el que un embotellamiento sin explicación abre un espacio donde el tiempo se demora hasta el infinito convirtiendo a la autopista en el símbolo de la vida misma. Este lugar demostrará que la imposibilidad del tránsito es un pasaje a un mundo que tiene otras leyes. En un libro posterior, Los autonautas de la cosmopista, Cortázar volverá a quebrantar los estrechos límites entre ficción y realidad. Incorporará en esta novela _ que es el relato de un viaje que realiza el escritor con su mujer por la autopista entre París y Marsella_ una carta al Director de la Sociedad de las Autopistas para pedirle autorización para la alocada empresa. El escritor no obtiene respuesta alguna de la sociedad comercial que administra las autopistas, no obstante, en una de sus publicaciones, esa misma sociedad había utilizado algunos pasajes de su cuento. Misteriosas inversiones, la autopista real y la de Cortázar, imposible ya pensar la una sin la otra.

Pueblos reales e inventados

“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es un de esos pueblos”, le dice Bartolomé San Juan a su hija Susana. Se refiere a Comala, el pueblo que inventó Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo, una miserable aldea enclavada fuera de la historia, en una tierra de muerte. Comala se divisa desde la altura cuando comienza la magistral novela del escritor mexicano, cuya situación geográfica nunca especifica. La historia de Juan Preciado _que ha llegado a allí a buscar a su padre_, del tiránico y arbitrario Pedro Páramo, de Eduviges, de Dolores y de Susana San Juan transcurre en un territorio impreciso en un tiempo también impreciso, que suponemos va desde 1910, con el inicio de la revolución hasta después de 1920 o 1930. Comala es un pueblo muerto, habitado por las voces de los que alguna vez lo poblaron. Tan real, sin embargo, como que es el territorio de una de las novelas más paradigmáticas del boom.
En este sentido, el Macondo de García Márquez hace muchas décadas y novelas que se ha incorporado a la geografía americana. Este pueblo, donde “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” es, por un lado, la transfiguración de Aracataca, _el lugar donde nació el escritor_ pero, también, un espacio mítico que simboliza a todos los pueblos de provincias de Latinoamérica. Y si de mapas literarios se trata, deberíamos seguir con el recorrido. La próxima parada podría ser Colonia Vela. El pueblo que Soriano inventó en No habrá más penas ni olvido, para que se convirtiera en el teatro de la contienda entre distintos sectores del peronismo, es descrito en clave alegórica. En la miniatura de esta comunidad, se revela la conflictiva Argentina de los años setenta, con sus diversas facciones y enfrentamientos. Soriano opera de la misma manera que lo hizo Echeverría en El matadero. Este lugar fronterizo, donde empezaba la barbarie, era el correlato del país rosista. En la novela de Soriano, Colonia Vela es acaso, también, la metáfora de un país plagado de violencia y contradicciones.
En el extremo noreste sur de la provincia de Buenos Aires, pasamos por Coronel Vallejos, el pueblo que, en la ficción, esconde al General Villegas de Manuel Puig. Un pueblo que, además del viento que sopla insistente, está habitado por seres insignificantes, de hablas pueriles, conductas mezquinas y hasta miserables. Puig lo dijo de su suelo natal: “Se tiene la impresión de que quien nace y muere allá, nunca habrá visto nada”. La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas(1969) sin embargo, transcurren en esa localidad rearmada sobre sus recuerdos.
Con pedazos de Buenos Aires, de Montevideo, de Rosario, de Colonia del Sacramento, el uruguayo Juan Carlos Onetti construye la mítica Santa María, una ciudad de provincias recostada sobre un gran río. Santa María equivale, en la ficción de Onetti, a Jefferson en el condado de Yoknapatawpha, en la ficción de William Faulkner. La ciudad del uruguayo está interpolada en la realidad por la fantasía un personaje, Juan María Brausen. Yoknapatawpha, es un imaginario distrito en el estado de Mississippi, hecho a la medida de los personajes de Faulkner, cuyo sentimiento de soledad y desamparo deviene de la frustración que se apoderó de un Sur que fue escenario de la derrota con el Norte durante la guerra de Sesión.
Los territorios antes mencionados sólo se encuentran en la cartografía literaria, En otros textos, como en los de Haroldo Conti la escritura refunda un territorio real a partir de la evocación. En los cuentos del escritor desaparecido en 1976, pequeños pueblos de la provincia de Buenos Aires como Chacabuco o Warnes,, recreados por el artificio de las palabras, se vuelven espacios míticos.
Hay una anécdota que el mismo Conti refería. En una cena con el presidente de Ecuador, Rodríguez Lara, y un grupo de escritores, los asistentes se presentaban ante el mandatario diciendo su nombre y el lugar de procedencia. Al llegar el turno de Haroldo, el escritor extendió la mano y le dijo: “Haroldo Conti, de Chacabuco”. Porque él sentía que podía definirse sólo a partir de ese remoto, entrañable lugar donde había nacido y al que volvía una y otra vez en sus textos. Era consciente de que, a medida que escribía sobre el álamo carolina, sobre el tío Hipólito, sobre los tapiales amarillos, el Chacabuco que iba apareciendo en sus textos se volvía fantasmal, territorio de invención, no mera transcripción del original. “Siento una permanente nostalgia por mi pueblo”, solía decir Haroldo Conti, y sabía que en sus textos recuperaba esos espacios sin proponerse una reproducción fotográfica de la realidad, como la que encontramos en la literatura naturalista del siglo XIX. Flaubert, en Madame Bovary, intenta, con meticulosa precisión, un calco exacto de esos pueblos normandos, minúsculos, con sus personajes típicos de vidas monótonas. Pueblos en donde las casas se alinean a la vera de una única calle, rodeados por la campiña, como lo es Tostes y también Yonville, las dos comarcas donde vive Emma junto a su deslucido Charles y desde donde intenta evadirse a través de estrepitosos adulterios.
Don Quijote supo inventar una ínsula para regalarle a su fiel Sancho y, a la vuelta de la novela, recién en la segunda parte, el escudero puede gobernarla efímeramente. Borges pudo inventar su propio sur, el de sus antepasados, el de la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán y el íntimo patio. Y, no conforme con ello, impuso en la realidad a Tlön, mundo idealista, cuyos habitantes ignoran la noción de espacio y cuyas referencias sólo se encuentran en una edición insólita de la Anglo American Cyclopedia.
Hay una plaga, según Rulfo refiere en Pedro Páramo, que llaman la capitana, una hierba que espera a que la gente se vaya de los pueblos para invadir las casas y sumergirlas en el territorio del olvido. Los lectores viajeros que solemos habitar esos textos, impedimos que la capitana avance y los destruya.

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