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sábado, 26 de noviembre de 2011

Tráilers de libros en la clase de Literatura

La incorporación de las TIC en las clases permiten que la Literatura sea vivida por nuestros alumnos como experiencia, como espacio dinámico, realizando trabajos a partir de proyectos que no se centran exclusivamente en la lectura e interpretación de textos. Los estudiantes se convierten ahora, como lo señala la investigadora catalana Gemma Lluch (2010), en protagonistas a través de páginas de autores, marcan tendencias a través de foros, transforman la lectura en una experiencia compartida, organizan espacios creativos que continúan la lectura.


Podríamos detenernos en las nuevas formas en que las editoriales y los autores promocionan sus obras en Internet. Una de las más eficaces maneras la constituyen los tráilers de novedades editoriales que construyen un discurso audiovisual. Los “book trailers” son videos publicitarios que se crean de igual manera que los trailers de películas y circulan en Internet a través de blogs especializados en literatura

Los docentes podemos valernos de estas nuevas formas de comunicación entre el editor y el lector, para hablar de libros y propiciar aprendizajes significativos, convertir a nuestros alumnos en lectores críticos y creativos. Podemos analizar esos trailers, ver con qué estrategias se intenta atrapar al lector, realizar hipótesis sobre las historias que narran a partir de las imágenes y los textos que contienen. Y además, hacer un trabajo creativo proponiendo la construcción de tráilers con libros pertenecientes a la tradición que hayamos incorporado a nuestros programas.

Para realizar una tarea como esta, que culminará en un producto audiovisual, se seguirá un proceso que supondrá: en una primera etapa, ver los videos que aparecen en la red promocionando libros. Tomamos como modelo un tráiler sobre el libro “El mundo de Komori”, de Javi Araguz. Analizamos a quién va dirigido, cuál es el producto que se quiere vender, quién realiza el video, qué selección de contenidos realiza, cuál es el efecto que logran las imágenes en relación al deseo que provocan de leer el libro.

En la segunda etapa, los alumnos -conformando grupos de trabajo- harán un guión, buscarán imágenes en la web y realizarán el video con movie maker, incorporando grabaciones, imágenes estáticas, subtítulos. De esta manera, a partir de la imagen y del resultado obtenido, se puede comprobar si los alumnos se han apropiaron de los textos, si lograron interpretar los contextos de tal manera que los pudieron explicar con palabras e imágenes, si el soporte icónico sirvió como canal de comunicación para expresar sus lecturas con ideas claras y completas.

Finalmente, colgando los videos en YouTube, los alumnos podrán compartir sus trabajos con un público que trasciende el aula.

Aquí van algunos tráilers que hicieron mis alumnos durante el año





viernes, 18 de noviembre de 2011

Pasaje a la frontera




Alumnos de 2° año de la Escuela de Educación Técnica de Bragado leyeron Pasaje a la frontera, mi novela juvenil publicada por Editorial Comunicarte. Sus profesoras, Mariana Chacón y Eliana Ceballos me invitaron a compartir una jornada en la que me mostraron las producciones de los chicos a partir de la lectura y me preguntaron muchas cosas. Fue un momento muy feliz para mí. A los escritores nos gusta saber cómo leen lo que nosotros escribimos, qué interpretaciones se hacen del texto. Hubo reflexiones, dibujos, videos y mucha curiosidad por saber de dónde saca uno las historias. Chicos lectores de la escuela pública y docentes imaginativos. Un momento muy emocionante.
Escribí Pasaje a la frontera a partir del interés que suscitó en mí el tema de la zanja de Alsina, una especie de obra ciclópea y fallida que trazaba una frontera entre el mundo civilizado y el territorio de los pueblos originarios que, a fines del siglo XIX configuraban el enemigo absoluto.
Así empecé a investigar sobre esa zanja que abarcaría más de seiscientos kilómetros desde el sur de Córdoba hasta Bahía Blanca, entonces me encontré con el personaje de Alsina, un hombre que discutía con Roca la cuestión de la conquista del desierto. El pensaba que había que poblar, instalar telégrafos, plantar árboles para volver productivas a esas tierras. Fue víctima de muchas burlas en el periodismo de la época, se decía que iba a construir una especie de muralla china para abajo y se veía cuán infructuosa era esa zanja puesto que pronto se fue derrumbando con las lluvias y, si bien impedía que los pampas se llevaran el ganado, pronto encontraron métodos para sortearla. Una muralla hacia abajo llena de porosidades por las que los dos mundos seguían comunicándose. Alsina muere en ese intento, apenas se construyeron trescientos setenta y cuatro kilómetros y se enferma para morir mientras inspecciona la línea de fortines.
Alsina también era un personaje interesante: su virtud para decir encendidos discursos, su larga cabellera, la capa corta que usaba, la enorme galera alta, tipo chimenea, un paraguas cuyo mango era una especie de maza medieval, su enorme nariz que hizo las delicias de los caricaturistas y su personalidad simpática unida a su vozarrón imponente.

Pero mientras iba fracasando en la novela que me había impuesto escribir, una novela para adultos con un viejo profesor que deambulaba por un colegio fantasma evocando el pasado que incluía la historia de la zanja, después de sucesivas versiones, pensé que podría trabajar el tema con otros géneros. Una novela de aventuras y ciencia ficción con viaje en el tiempo incluido.

Recurrí a diversas fuentes, leí todos los textos que se escribieron sobre el tema a fines del siglo XIX. Las crónicas de viajeros extranjeros, libros sobre Buenos Aires y sus costumbres, las biografías de Alsina, textos sobre costumbres de los pampas, relatos de extranjerosy toda la literatura del desierto.
Si bien lo histórico está apenas implícito en la obra creo como Hemingway en la teoría del iceberg. Según él la narración es como un iceberg. Para que la parte expuesta al público se sostenga, tiene que estar respaldada por mucha más cantidad de información que aunque no lo advierta del lector, le va a llegar de alguna forma.. Es necesaria una base sólida para que la parte de la historia que se cuenta funcione y sea verosímil, como un iceberg.
También la novela está cruzada por mis otras lecturas, y llena de guiños para el lector entrenado. Aparece Pampín, el dueño de un almacén que existió en Warnes y que Haroldo Conti narra en un cuento, escenas de La excursión a los indios ranqueles de Mansilla, y hasta El cautivo de Borges encarnado en Nahuel. Creo que es una novela para jóvenes que recrea el imaginario de la literatura argentina de fines del siglo XIX interpolada en el mundo del siglo XXI con sus posibles catástrofes ecológicas.
La aventura es la esencia misma de la ficción y ocurre cuando el azar o el destino se entromete en la vida diaria y produce cambios substanciales. Toda narración avanza cuando se pasa de una situación de equilibrio a una complicación que generará la acción. Puede ocurrir en un mundo parecido al nuestro –parecido- no igual, porque es otro mundo, uno paralelo en el que los personajes están siempre en tensión. Estos personajes, que pueden ser niños o jóvenes -no necesariamente- o alguien que necesita crecer, pasar una frontera y de ahí iniciar un viaje -no importa cuán lejos-, si deberá saltar de un continente a otro o andar por los caminos vecinales de su pueblo. Es ahí, en el camino, en el viaje, donde aparece el miedo a lo desconocido, el miedo a no saber cuál será el resultado de la acción: es decir, la incertidumbre. Si algo enseña la novela de aventuras es a comprender el rol de la incertidumbre en la vida, que doblemente paraliza e incita a la acción.
El héroe, de Pasaje a la frontera, Manuel, tiene todos los condimentos de los héroes clásicos que gustan a los jóvenes: infancia o entorno desdichado, su vida transcurre en dos mundos paralelos, tiene amigos como Nico y Nahuel que lo complementan y con quienes trabaja en equipo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Finisterre, de María Rosa Lojo



Mientras leía la novela Finisterre de María Rosa Lojo recordé un pasaje de El último lector de Ricardo Piglia. Bajo el título de Una actriz en el desierto, Piglia nos refiere la historia de una actriz cautiva de los indios –en tiempos de Rosas- que es tomada por esposa por el coronel Baigorria, un hombre que se va a las tolderías y que lee el Facundo en el desierto. El texto plantea la cuestión de la lectura en los lugares donde los libros parecen, a simple vista, inexistentes. Pero esta actriz, cuyo nombre se desconoce y que muere en la toldería, mustia y desdichada, es una lectora que acaso recitaba pasajes de las obras que había interpretado en la soledad del campo a la luz de las fogatas. Una mujer, dice Piglia, que no quiere decir su nombre pero que “tiene en su silencio, el recuerdo de los libros que ha leído y que están en su memoria.”

La novela de María Rosa Lojo, Finisterre, retoma tangencialmente esta historia, pues uno de los personajes evocados en una serie de cartas que envía una enigmática Rosalind Kildare a una muchacha inglesa contándole su historia, es precisamente esta actriz que en la novela es nombrada como doña Ana, una cautiva obligada a casarse con Baigorria y que disfruta, por esta circunstancia, de mejores condiciones de vida que otras mujeres blancas, sin resignarse a su destino.
Novela trabajada a partir de cartas que recrean los dos mundos enfrentados en el siglo XIX, el de la Inglaterra victoriana y el de la campaña sudamericana, esa zona invisivilizada por la literatura de la época pero en la que había de todo menos vacío.

Finisterre es la novela de una lectora que lee, en una sucesión de cartas enviadas por la desconocida, una historia de dos mundos. Lectura que le permite aprestase para su viaje a los orígenes.
La lectura, como se sabe, es un viaje y, a través de esa correspondencia, se irán corriendo los velos del pasado. Elizabeth Armstrong -hija de un inglés y de una india- buscará en esas cartas que le llegan desde Finisterre, Galicia, las claves para develar su origen y retomar el timón de su vida.
Novela escrita con delicado lirismo, trabaja la metáfora del límite, porque como lo dicen las cartas de la mujer que ha transitado por remotos confines “tarde o temprano, alguna vez llegamos a Finisterre. Al Finis Terrae: al límite del mundo familiar, de la realidad que creemos conocer, por dentro y por fuera de nosotros mismos”.
Volviendo al personaje de la actriz que muere en el desierto, Oscar Wilde, también convertido en personaje que escribe cartas a la protagonista dirá: “¡Y vaya con doña Ana! Vivió y murió en su ley, y supo transformar en actuación estelar el más indeseado de los papeles. Es que ese era el gran papel al que estaba destinada, y que no hubiera podido representar en España. Me rindo ante su talento.”
El texto de Piglia termina así: “Allí, en la frontera, junto a otras cautivas blancas, gauchos perseguidos, desertores, está la actriz-.lectora. (…) Quizá una historia secreta de la lectura en el Río de La Plata tendría que empezar por esa bella cautiva que no quiere decir quién es”.

sábado, 27 de agosto de 2011

Ficciones con lluvia



“Llueve y el agua al canturrear, una serenata en mi balcón” solía recitar mi padre entre dientes, como para que no lo escucháramos o lo escucháramos apenas y el murmullo de esas palabras nos fuera impregnado la ropa como las gotas sobre las paredes del jardín. Cada vez que llueve la voz de mi padre me llega desde la infancia. Era un vals de Magaldi y Lary de 1937 titulado Sonata, que Google me ayuda a rectificar su letra:

Llueve y el agua al canturrear
su sonata en mi balcón
trae su tristón tic tac.

La lluvia, ya se sabe, es un tema que la literatura y el cine ha explotado en sus múltiples variantes, desde los diluvios que duran cuatro años, once meses y dos días de Cien años de soledad, “la atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos” hasta las que caen en lugares inexistentes como en el poema de Borges:

Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.”

Lluvias que “pareciera que están lavando el mundo mientras el vecino de al lado piensa escribir una carta de amor” en el poema de Juan Gelman o que repican en las calles de París en la película de Woody Allen (Mindnigth in París) mientras
Gene Kelly chapalea sobre los charcos y canta “I´m singing in the rain”.

La lluvia hace reír a Fabio Cáceres en Don segundo Sombra y le hace pensar que su poncho no aguantará el chubasco, pero él ríe al requintar el ala del chambergo para que el chorrito de agua baje por su espalda.
La lluvia también es metáfora del olvido. Roy, el replicante de Blade runner, la película de Ridley Scott dice cuando siente su final: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."
En Un gato bajo la lluvia de Hemigway, la lluvia es el marco de una escena cotidiana. Una pareja de americanos conviven monótonamente en un cuarto de hotel. De pronto la mujer, mirando por la ventana, descubre a un gato acurrucado bajo un banco y siente la necesidad de poseerlo frente a la indiferencia del marido que lee en la cama. La lluvia se cuenta así: “El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia”.
Porque la lluvia es de los fenómenos atmosféricos el más literario, el que mejor le cuadra a la ficción. Ni tornados, ni vientos, ni granizo, ni nieve (la nieve también tiene su prestigio), ni ciclones. La lluvia mansa, esa que cae sobre los chopos medio deshojados en la Balada de otoño de Serrat


martes, 19 de julio de 2011

“Me revienta la novela rollo chino”



Precursores del hipertexto

A mediados del siglo XVIII, un clérigo de Yorkshire, escribe un libro que no narra una historia convencional sino que, desde lo formal, emprende toda una proeza: proponerle un juego al lector, que arme él mismo el relato. Porque Laurence Sterne, en Tristam Shandy, escribe, en pleno siglo de las luces -cuando la razón ordena y reglamenta- una novela que escandaliza a sus contemporáneos. La dedicatoria aparece al principio del volumen noveno, el prólogo en el capítulo veinte del volumen tercero. Hay capítulos que parecen faltar y aparecen en otro lugar, hay una página toda negra en señal de duelo y otra toda en blanco sobre la que podremos leer lo que dicte nuestra imaginación. Hay capítulos extensos y otros que ocupan un renglón.
Sterne propone en su original obra una lectura peregrina, azarosa, porque como señala en el capítulo catorce del Volumen 1: “Si un historiógrafo pudiera conducir su historia como un arriero guía a sus mulas –siempre hacia adelante-, -por ejemplo desde Roma hacia Loretto, sin volver la cabeza ni una sola vez ni a derecha ni a izquierda, -podría arriesgarse a predecir cuándo va a llegar al término de su viaje, con una hora de más o de menos; pero la cosa es moralmente hablando, imposible: porque si es un hombre con un mínimo de inteligencia, le surgirán cincuenta desvíos que se aparten de la línea recta, para tomar tal o cual camino y no podrá evitarlos de ninguna manera”. Y así detalla Sterne los componentes que interceptarán la linealidad de su historia: relatos que compaginar, anécdotas que recoger, inscripciones que descifrar, cuentos que entretejer, tradiciones que examinar, personajes que visitar. Es decir, lo que nos propone este vicario que pronunciaba excéntricos sermones en su púlpito de Yorkshire, es la futura narrativa hipertextual.
El lector de los hipertextos en la red se vuelve un lector activo, es quien decide generalmente orientado por su propia intuición el camino que recorrerá. Leerá en función de sus intereses y conocimientos previos
En los hipertextos el usuario se convierte en "lector activo de información", él es quien decide, algunas veces orientado por la propia estructura del programa y otras por su propia intuición, qué camino recorrerá, a qué le prestará más atención, y por dónde orientará su búsqueda. Sin olvidarnos que en cualquier fase del proceso puede tomar la decisión de volver a replantearse las decisiones iniciales.
Así también lo concibe Julio Cortázar en su novela Rayuela, considerada una obra a precursora del los actuales hipertextos. En ella el lector participa, lee en forma aleatoria como lo propone la lectura digital. Cortázar ataca el modo de la lectura clásica, desarticula la concepción heredada del objeto libro, que es limitado.
Rayuela se divide en dos partes, la segunda es denominada por el autor “capítulos prescindibles”. En ella se conjugan reflexiones, citas, recortes de periódico, narraciones. El autor propone dos lecturas: ir del capítulo 1 al 56, si pretende ser un lector tradicional o ir saltando de capítulo en capítulo como lo sugiere en el “Tablero de dirección” con el que comienza el libro. No obstante hay más posibilidades de lectura, otros posibles órdenes que el lector puede seguir libremente. Dice Cortázar: “A su manera éste libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros"
En el capítulo 99, se plantea la estética de Morelli, uno de los personajes de los capítulos prescindibles: “Morelli es un artista que tiene una idea especial del arte, consistente más que nada en echar abajo las formas usuales, cosa corriente en todo buen artista. Por ejemplo, le revienta la novela rollo chino. El libro que se lee del principio al final como un niño bueno. Ya te habrás fijado que cada vez le preocupa menos la ligazón de las partes, aquello de que una palabra trae la otra... Cuando leo a Morelli tengo la impresión de que busca una interacción menos mecánica, menos causal de los elementos que maneja; se siente que lo ya escrito condiciona apenas lo que está escribiendo.”
En el capítulo 154 Morelli define a su obra: “Mi libro se puede leer como a uno le dé la gana. Liber Fulguralis, hojas mánticas, y así va. Lo más que hago es ponerlo como a mí me gustaría releerlo. Y en el peor de los casos, si se equivocan, a lo mejor queda perfecto”.
Hacer del lector un cómplice, un camarada de camino. El lector, según Morelli (capítulo 79) puede llegar a ser un copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y en la misma forma. “…le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento)”.
Sterne en el siglo XVIII, Cortázar en el XX imaginaron un más allá del objeto libro, entendido éste como algo limitado y cerrado. Ya no la novela rollo, sino un texto, como el digital, por el que el lector pueda andar a su antojo, acaso como lo hiciera ese Cortázar de la infancia leyendo El tesoro de la juventud que, como toda enciclopedia es fragmentaria, poblada de ilustraciones, relatos, fotografías, resúmenes de obras. Una pre-wikipedia que propone lecturas aleatorias.
Como el Libro de Arena borgeano, la Internet nos propone un número de páginas infinito, por donde podemos realizar siempre diferentes lecturas. En ese libro el número de páginas es infinito “Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número”. El libro de Borges como la arena –como la web- no tiene ni principio ni fin.

martes, 14 de junio de 2011

Las netbooks y una nueva escuela


El martes pasado en la escuela donde trabajo hace 34 años (Escuela de Educación Media n°2, ex Colegio Nacional)) llegaron las netbook, como parte del programa Conectar Igualdad - implementado por la Presidencia de la Nación - que implica una política de inclusión digital que llegará a todos los alumnos y profesores de las escuelas públicas del país.
Como profesora que ha atravesado un largo camino, pensaba que ya nada iba a asombrarme. Pero el miércoles, cuando llegué a mi escuela y entré en el aula, al ver a mis alumnos frente a sus notebooks sentí que las fantasías del futuro leídas en Bradbury o en Philip Dick se hacían realidad. También sentí que estaba en el país con el que soñé cuando me formé como docente, un país en donde la educación es prioritaria. Y ahí estaba, en una escuela pública donde todos los chicos ingresaban en el mundo digital, en la nueva manera de alfabetizarse que imponen las actuales tecnologías, pero también en una escuela cuya biblioteca es alimentada progresivamente con libros de papel, las mejores ediciones de autores clásicos y contemporáneos, que envía el Ministerio de Educación. Libros y computadoras, y una nueva escuela que se abre a los desafíos de los tiempos que corren.
Porque la incorporación de las nuevas tecnologías en las escuelas es un desafío pedagógico que implica la reorganización de los saberes y las relaciones de autoridad en el aula.
Con el programa Conectar igualdad ya nada va a ser lo mismo en el ámbito educativo, estamos frente a un nuevo paradigma de enseñanza- aprendizaje en el que la pantalla es el nuevo escenario en el que los profesores diseñaremos nuestro trabajo.
Hoy, la alfabetización tradicional basada en la lectura y la escritura, no alcanza. Hasta no hace mucho, alfabetizarse significaba saber leer y escribir – una habilidad instrumental de primer orden- conocer y dominar los códigos del lenguaje textual y para ello, la institución escolar y los libros de texto cumplieron bien esta tarea.
Pero en la actualidad, el concepto de alfabetismo remite al dominio funcional de los conocimientos y las habilidades para manejar y manejarse con la tecnología, las imágenes fijas y en movimiento, la información, y ello con independencia de que en estos ámbitos el texto escrito, la lectura y la escritura continúan estando presentes y desempeñan un papel fundamental.
Ahora, más que nunca, es necesario que nuestros alumnos sean lectores competentes en cualquier tipo de soporte, capaces de desentrañar críticamente todo tipo de mensajes, textos e imágenes, puedan crear páginas web, elaborar hipertextos, usar los géneros discursivos de Internet (correo electrónico, foros, chats). Un reto para quienes hoy educan y se educan con las nuevas tecnologías. Porque si algo hay que tener claro es que en este nuevo entorno todos podemos aprender y todos podemos enseñar. Que se aprende en forma colaborativa, que se asumen diferentes roles en la búsqueda del conocimiento, y que queda un largo camino para transitar en este espacio de infinitas posibilidades que se abren.
Como todo cambio, genera miedos, dudas y escepticismo profético. Pero con el salto que la escuela pública ha dado ya no se puede volver atrás.
¿Qué cambian las TIC (Tecnología de la Información y la Comunicación)?
Mucho. En primer lugar es una herramienta de inclusión y una ventana abierta al mundo del conocimiento. Se tiene acceso a otras culturas y todos pueden manifestarse. Es un espacio esencialmente democrático.
Claro que la información acumulada no es necesariamente conocimiento. El papel de la escuela es ayudar a los jóvenes a construir significado puesto que la lectura sigue siendo la clave del conocimiento.
La pantalla de la computadora es un formidable espacio para acceder a la información, para intervenir de alguna manera en esa información, un lugar de encuentro (para la comunicación, para el trabajo colaborativo) para crear, para desarrollar recursos nuevos, colaborar, compartir.
Aventurarse en la red es permitir que los jóvenes abran las puertas y las ventanas de la imaginación, que confronten nuestros discursos con otros, que discutan, que amplíen sus horizontes culturales, que lean, escriban y compartan. ¿No era acaso el futuro que siempre hemos soñado? Pasen y vean.

martes, 29 de marzo de 2011

Adelina Dematti de Alaye y Julio Cortázar


A raíz de la visita de Adelina de Alaye, fundadora de la organización Madres de Plaza de Mayo,a Bragado para participar de los actos conmemorativos del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, los hilos de la memoria conectaron a la militante de derechos humanos y al genial escritor de cuentos fantásticos




¿Te gusta leer a Cortázar?, me pregunta Adelina Dematti de Alaye cuando se sienta en la mesa de mi casa y mira una foto con imán pegado a la heladera. En ella se reproduce al escritor argentino con su eterno cigarrillo colgado de la boca. Y entonces cuenta que fue alumna del escritor en la Escuela Normal de Chivilcoy, a principios de los años cuarenta.


Continúa evocando sin interrupciones: “Todos me preguntan si era buen mozo y yo les digo que era horrible, tan alto y con la cabeza chiquita. Se paraba en la tarima del salón y, desde allí, hablaba y hablaba. Y entonces se volvía fascinante. Nadie quería que tocara el timbre del recreo y se rompiera la magia.”


“Era muy serio. A veces lo encontraba en el cine los domingos y, al otro día, me pedía la lección”, dice esta Madre de Plaza de Mayo que ha venido a Bragado a participar de los actos por el día de la Memoria.


Cuando Julio Cortázar decidió dejar Chivilcoy para dictar Literatura en la Universidad de Cuyo, todas las alumnas, incluida Adelina, fueron a despedirlo.

Muchos años después, Adelina volvió a hablar con su antiguo maestro. Fue en el año 1979, en París, después de la desaparición de su hijo Carlos Esteban, cuando ya había iniciado la larga lucha para que se conociera la verdad y se hiciera justicia. Levantó el teléfono y se dio a conocer:


-Fui tu alumna en Chivilcoy- le recordó- pero ahora soy Madre de Plaza de Mayo. Cortázar, que fue un intelectual comprometido con la lucha por los derechos humanos, un escritor que asumió desde el exilio un compromiso político, concertó inmediatamente una cita en su casa de la rue Martel. Adelina recuerda la foto tomada en esa ocasión con el escritor y su esposa Carol Dunlop.


Tres años después, Cortázar escribió un artículo en La República de París que tituló: “Nuevo elogio a la locura”. En él comentaba al calificativo de “locas” con que la dictadura se refería a las madres y sostenía: “Estúpidos como corresponde a su fauna y a sus tendencias, no se dieron cuenta (los dictadores) de que echaban a volar una inmensa bandada de palomas que habría de cubrir los cielos del mundo con su mensaje de angustiada verdad, con su mensaje que cada día es más escuchado y más comprendido por las mujeres y los hombres libres de todos los pueblos.”


Adelina Dematti de Alaye nació en Chivilcoy en 1928, cursó sus estudios en esa ciudad y se recibió de maestra de jardín de infantes. Ejerció la docencia en numerosos lugares de la provincia de Buenos Aires y las circunstancias la llevaron a ser una madre que, buscando a su hijo desaparecido, se convirtió en una militante social. Es fundadora de la organización Madres de Plaza de Mayo, y su militancia por la búsqueda de justicia le ha dado una identidad. De esa manera se presenta, así lo hizo aquella vez ante Julio Cortázar, en tiempos terribles para el país cuando las madres buscaban apoyo internacional.


A partir de ese 5 de mayo de 1977 en que su hijo Carlos Esteban fue secuestrado en Ensenada por personal civil que luego se comprobó pertenecía a la Marina, Adelina inició su búsqueda. De esa manera conoció a otras personas que también buscaban a sus familiares desaparecidos. De ese grupo surgiría la organización Madres de Plaza de Mayo de la Ciudad de La Plata. Varias organizaciones vinculadas a los derechos humanos la cuentan entre sus miembros: Madres de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo de la Plata, Comisión Provincial por la Memoria, Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata.


La búsqueda de su hijo la llevó a formar un archivo que incluye documentos acumulados durante 30 años. Un valioso acervo que da cuenta de su búsqueda personal, de la formación de las organizaciones dedicadas a los derechos humanos y de la desaparición de personas. Documentos de incalculable valor histórico, donados al Archivo Histórico de La Plata.


A principios de los años cuarenta, un profesor que todavía no era el escritor de fama internacional, que aún no era el autor de Rayuela, ni el inventor de Cronopios, enseñaba Historia a un grupo de adolescentes en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Entre ellas, estaba Adelina que todavía ni imaginaba que iba a convertirse en Madre de Plaza de Mayo y sería un ejemplo de lucha para las generaciones venideras. Vidas conectadas por misteriosos hilos.


En un mediodía de marzo de 2011, en Bragado, esta madre evoca al escritor que, en 1981 pronuncia un discurso en el coloquio de París, en el Senado de la República francesa y que titula “Negación del olvido”, y dice en el párrafo final: “Hay que mantener en un obstinado presente, con toda su sangre y su ignominia, algo que ya se está queriendo hacer entrar en el cómodo país del olvido; hay que seguir considerando como vivos a los que acaso ya no lo están pero que tenemos la obligación de reclamar, uno por uno, hasta que la respuesta muestre finalmente la verdad que hoy se pretende escamotear. Por eso este coloquio, y todo lo que podamos hacer en el plano nacional e internacional, tiene un sentido que va mucho más allá de su finalidad inmediata: el ejemplo admirable de las Madres de Plaza de Mayo está ahí como algo que se llama dignidad, se llama libertad, y sobre todo se llama futuro”.


Para eso ha venido Adelina a Bragado, para mantener en un obstinado presente, la memoria de los que dejaron su vida luchando por un mundo mejor.

lunes, 7 de marzo de 2011

Algunas lecturas del verano


La nieta del señor Linh, de Philipe Claudel

Hermosa fábula sobre la soledad, el desarraigo, la amistad y la indefensión de las personas cuando son obligadas a dejar su tierra.
Esta es la historia de una amistad entre dos seres solitarios. El señor Linh, un anciano que ha vivido en el pequeño microcosmos de su aldea y ha perdido a su familia en la guerra, llega a un país extraño como refugiado, del que desconoce su idioma y sus costumbres. Cargando a su nieta, se aferra a ella para sobrevivir. El señor Bark es un hombre solitario que ha perdido a su mujer y fuma su soledad sentado en un banco frente al parque de diversiones donde ha trabajado. Estas dos soledades se encuentran y, aunque ninguno entiende la lengua del otro, se crea entre ambos un lazo de amistad y respeto.
Una pequeña obra de arte llena de ternura con un final sorprendente.



Novecento de Alessandro Baricco, La leyenda del pianista en el océano, otro pequeño gran libro. Es la historia de un niño de pocos días que aparece sobre el piano de cola del salón de baile del transatlántico Virginian, que hace la ruta entre Europa y América. El maquinista del barco, Dany Boodman se hace cargo de él, lo bautiza como T. D. Lemon Novencento. El niño crecerá en el barco, se convertirá en el pianista más fabuloso de todos los tiempos. Un texto poético, escrito como un monólogo teatral que también fue llevado al cine.



El tiempo entre costuras, María Dueñas

Es un novelón de casi 600 páginas, pero de esos novelones que no nos dejan hasta acabarlo. Cuenta la historia de una costurera en los agitados años de la Guerra Civil española y los años posteriores.
Es de esas novelas que crean un mundo tan amueblado que es difícil salir de él. Tetuán, Tánger y el Madrid de posguerra están descriptos con precisión y frescura.
Hay personajes ficticios muy interesantes, como el de Candelaria. Y es una novela de aventuras con todos los condimentos. Por momentos la autora se excede en la cantidad de datos históricos que el personaje- narrador de la modista no puede conocer. A Dueñas le jugó en contra la historiadora. Pero es una placentera lectura de verano.

Adiós Hemingway, de Leonardo Padura.
Leonardo Padura es un escritor cubano que ha escrito una saga policial cuyo detective es el ex policía Mario Conde. En esta novela la historia se dispara a partir del hallazgo de un cadáver enterrado bajo un árbol abatido por un vendaval en Finca Vigía, la casa de Hemingway en Cuba, cuarenta años después de su muerte.
La historia transcurre en dos planos. El de la investigación que hace conde para descubrir quién es el muerto y qué relación ha tenido con el escritor y en los últimos días que pasa Hemingway en Cuba, en 1958, antes de partir definitivamente. Impagable la construcción del personaje de Hemingway, envejecido y final.

domingo, 30 de enero de 2011

Cuba



Cuba, es ese “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, como describe Nicolás Guillén en su poema. Cuba es José Martí y sus versos sencillos, es Hemigway llegando en el yate Pilar de una de sus expediciones de pesca. Es el Che en cada grafitti, en cada remera, en las pintadas en las paredes, en el corazón del pueblo cubano. Es Alejo Carpentier describiendo la ciudad donde nació: «La Habana de mi infancia era una ciudad de repique y repiqueteos: de cascabeles, de cencerros, de esquilas y esquilones, de campanas arrabaleras, de bordones catedralicios…”
Estuve tres días en La Habana, inolvidables. Desde el asombro de las primeras horas cuando salimos del hotel Habana Libre para comer y vimos la heladería Coppelia, que está enfrente, donde los cubanos hacen cinco horas de cola para tomar un helado y comer en un paladar, un restaurante criollo dentro de una casa, un pollo exquisito y arroz con
frijoles, hasta recorrer las calles de una ciudad tan exótica para nuestro ojos sudamericanos.
. Desde el piso 11 del hotel Habana Libre (donde estuvo alojado Fidel en los primeros días de la revolución) veía el malecón en toda su extensión y

al fondo la bahía donde está el castillo de los Tres Reyes del Morro y gran parte de la ciudad. Amé la Habana, sus olores, sus contrastes, sus edificios semiderruidos, la cordialidad de su gente. La caminé de día y de noche. Me senté en el malecón, anduve por el Paseo del Prado, recorrí el casco histórico, la parte reciclada por la noche, tomé un refresco en la plaza de la Catedral, me fotografié junto a la estatua de Hemingway en el Floridita, compré "Islas en el golfo" en los puestos cerca de la plaza vieja, asistí a la ceremonia del cañonazo en el fuerte San Carlos, anduve por la Quinta Avenida, escuché música en cada bar, en cada restaurante, en el hotel Ambos Mundos donde vivió el autor de “El viejo y el mar”. Viajé en autos de la década del 50 y hasta en un coco taxi, una especie de moto con forma de huevo. Conocí el barrio residencial de Miramar y desde luego me fotografié en la Plaza de la Revolución con las imágenes del Che y de Camilo Cienfuegos en los dos ministerios. Tomé un café en el piso 33 del edificio Focsa, cerca del Habana Libre. Ah, que hermosura. Me perdí por callecitas, lejos de la ciudad turística, donde las mujeres baldeaban las veredas y los músicos ensayaban tras las ventanas.
En Santa Clara, donde está el mausoleo del Che, me emocioné hasta las lágrimas. Allí están los restos de Guevara y muchas de sus pertenencias, entre ellas sus libros juveniles. Recuerdo dos: “La isla del tesoro” de Stevenson y “Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes.
Y luego Trinidad y sus plantaciones de tabaco y caña, uno de los lugares más antiguos de Cuba donde muchos de sus habitantes son descendientes de africanos. Trinidad es una pequeña ciudad colonial preciosa, con sus castillos de los señores de las plantaciones y su plaza con escalinatas donde se remataban a los esclavos. Y por último Cienfuegos, una ciudad más moderna, que data del siglo XIX, pero al estilo cubano, con esas casas con balaustradas y pintadas de colores.
En el viaje a Trinidad, vi en la carretera las universidades en medio del campo, entre ellas la de la Operación Milagro, que formaba a médicos para las operaciones de la vista que se hicieron y hacen en distintas partes del mundo.
Hablé con gente que estaba a favor y en contra del socialismo. No vi a nadie pidiendo, a ningún mendigo, cero analfabetismo. El bloqueo es una calamidad que los cubanos sobrellevan como pueden, pero sobre todo con dignidad.
Además del ron y de los habanos de rigor, de los collares y pulseras de semillas y algunas maracas y un güiro, me llevo el recuerdo de un país lleno de poesía.
Pienso en algunas leyendas inscritas en carteles en las ciudades y en el campo: “Socialismo o muerte”, “Mande, Fidel”, “Patria o Muerte”, “Fieles a nuestra historia”.
Pienso en la alegría de los cubanos, en su música. Para hablar de Cuba acaso sea mejor citar las palabras que dijo Eduardo Galeano en marzo de 2010, en la Universidad de La Habana cuando le concedieron el título de Doctor Honoris Causa:
“En un mundo donde el servilismo es alta virtud; en un mundo donde quien no se vende, se alquila, resulta raro escuchar la voz de la dignidad. Cuba está siendo, una vez más, boca de esa voz. A lo largo de más de cuarenta años, esta revolución, castigada, bloqueada, calumniada, ha hecho bastante menos que lo que quería pero ha hecho mucho más que lo que podía. Y en eso está. Ella sigue cometiendo la peligrosa locura de creer que los seres humanos no estamos condenados a la humillación. A ella le doy, en ustedes, mis muchas gracias.”