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martes, 29 de abril de 2014

Viaje a la luna

(de la columna “Viajes por la biblioteca” para el programa Luna de Plastilina)

Una luna de plastilina es una luna que cambia de forma, que uno puede convertirla en otras cosas: en un paraguas, en un zapato, en una albóndiga o en un aeroplano. Lo bueno de las lunas de plastilina es que se pueden hacer de muchos colores y quizá -porque aunque los astronautas la hayan pisado- sigue estando tan lejana que nos invita a dibujarla, a escribirla, a filmarla.
Al francés George Méliès le pareció interesante contar un viaje a la luna con imágenes en movimiento con ese invento que parecía mágico y fascinaba al público: el cinematógrafo. Inspirado en las novelas de Julio Verne, “De la tierra a la luna” y de Los primeros hombres en la Luna", de Herbert George Wells filmó Le voyage dans la lune, Viaje a la luna, en 1902.  Resultó una película de ciencia ficción, la primera en ese género. El viaje en cuestión lo hacían unos astrónomos que iban en un cohete vestidos con frac y galera. La escena más famosa de esta película es la de la cara de la luna que recibe  el impacto del cohete espacial disparado por una bala de cañón en el centro del ojo. De ahí en más los astrónomos viven un montón de aventuras como el ataque de las selenitas (que serían los habitantes de la luna) y sufren una tormenta de nieve.
Pero mucho más lejos en el tiempo, en el siglo II de nuestra era, uno de los primeros escritores  humoristas, Luciano de Samósata escribió Historia Verídica donde cuenta un viaje a la luna y describe a sus habitantes, los selenitas, que hilan  los metales y el vidrio como si fuera lana, que se sacan y se ponen los ojos y que  exprimen y toman jugo de aire.
En el siglo XVI el poeta italiano Ludovico Ariosto imaginó que su personaje de Orlando el fuioso, Astolfo, encuentra en la luna todo lo que se pierde en la tierra, desde las lágrimas de los amantes desdichados hasta el tiempo malgastado.

El poeta español Federico García Lorca escribió muchos poemas y obras de teatro en los que la luna anunciaba la llegada de la muerte. Uno de los poemas más conocidos es el Romance de la luna luna, en el que el astro baja a buscar a un niño gitano que ha caído dentro de una fragua.  En un drama titulado Bodas de sangre la luna aparece en un bosque disfrazada de mendiga para avisarles a los personajes que la muerte anda cerca.
El mismo Federico dibujaba a la luna. Hacía una linda firma en la que delineaba una L larga y dibujaba una luna que lloraba y se reflejaba sobre la superficie donde se asentaban el resto de las letras.
También los pintores usaron a la luna como tema de sus obras. Van Gogh la pinta iluminando un paisaje con fábricas, Kandinsky la resalta sobre un cielo negro y la rodea de estrellas, Dalí la pinta junto a un dedo pulgar y a un pájaro putrefacto y Georgia O’keefe no la pone en el cuadro, sólo dibuja la escalera para subir hasta ella.

Luna se le dice a la superficie bruñida de los espejos, tener luna es estar enojado, y andar pensando fantasías nos hace lunáticos. Cuando yo era chica y miraba a la luna en las noches de verano imaginaba que había un rey sentado sobre un trono de rocas. En ese entonces, leía muchas historias de reinos lejanos, de dragones y de princesas. Hoy, cuando la miro, veo a un hombre pensativo con las manos apoyadas en la cara como la estatua El pensador de Rodin. A lo mejor de verdad es de plastilina y por eso los artistas la escriben, la dibujan, la filman y la cantan de mil formas.

Los que saben, dicen, que la luna anda un poco cansada, ya no quiere que la nombre en boleros ni la invoquen los poetas. Quiere seguir siendo una luna de plastilina que puede transformarse, también, en cualquier otra cosa. María Cristina Alonso