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miércoles, 23 de octubre de 2013

Kanaka de Juan Bautista Duizeide El idioma del mar

Kanaka, de Juan Bautista Duizeide es de esas novelas que imponen varias lecturas, que invita a realizar los recorridos propuestos por un narrador que, mientras cuenta, va recuperando los ecos de otros escritores que han unido la navegación al relato. “Anduve mares y palabras. Aprendí que las palabras son como las olas”, dice el protagonista de esta historia. Detrás de esta frase laten las voces de los escritores navegantes del siglo XIX: Roberto Louis Stevenson, Jack London, Joseph Conrad, Herman Melville.
 La historia es contada por un navegante nativo de las Islas de los mares del sur, un kanaka, (así se denominaba a los salvajes de los mares del Sur) un condenado que narra como quien se desliza por el mar, una voz que retrotrae la narración para dar cuenta de su origen y de los motivos por los que lo han confinado a la ignota isla Martín García, a fines del siglo XIX. Alguien que ha sido llamado de múltiples maneras (“Me llamé López a bordo de una cansada fragata en la que se hablaba español, caro selvaggio me decían en una goleta italiana de nombre entrañable”), que habla varias lenguas pero que, por sobre todo conoce el idioma del mar y, como el protagonista de Movy Dick dice, “también a mí podrían llamarme Ishmael.

El mar necesita de un idioma muy preciso, porque necesita exactitud y a veces también velocidad”, dice  el autor de esta nouvelle, Juan Bautista Duizeide en un reportaje que le hiciera Página/12 cuando publicó sus Crónicas con fondo de agua.
Como su autor, el kanaka que relata la historia se ha formado en los barcos –“los barcos como universidades- porque Juan Bautista Duizeide además de un escritor  sutil y periodista ha navegado en toda clase de buques mercantes.
Kanaka es una novela de alguien que antes de partir recupera su pasado y, en ese pasado hay una búsqueda iniciática, la búsqueda del padre, de los orígenes.
Es la historia de un hijo que busca a un padre y de un libro que nace de otro. Duizeide, lector de Melville y de toda la literatura de mar, parte de la primera novela del autor norteamericano, Typee, que narra una experiencia autobiográfica. Cuando joven Melville se embarca en un ballenero, el Acushnet, donde no sólo lo explotan sino que debe soportar a un terrible y sanguinario capitán del barco. En la primera oportunidad que el barco se detiene en una isla para cargar víveres, el futuro escritor deserta, se refugia en la isla de Nuku Hiva, en el archipiélago de las islas Marquesas y convive durante unos meses con una tribu de caníbales: los Typee.  De regreso, Melville escribe esta experiencia en una novela que fue, en vida de su autor, más famosa que Movy Dick. Allí cuenta que tuvo una relación con una nativa a quien dio el nombre de Fayaway. A partir de este relato, Duizeide construye una historia breve e intensa imaginando a un hijo de Melville con la typee. El hijo que de adulto se convierte en navegante.
Nacido en  una isla expoliada por el hombre blanco que rapta mujeres a pesar de la hospitalidad de los nativos o cañoñea sin sentido las costas al paso del barco, el narrador sostiene que, no obstante, no todos los blancos son iguales, que no se trata de ser rojo o gris, porque él se asume como producto del mestizaje. Como Conrad en El  corazón de  las tinieblas, el texto cuestiona la idea de civilización del mundo europeo, cuestiona el concepto que tiene el blanco sobre la barbarie.
“No quiero ser un buen salvaje, soy una salvaje ilustrado”, nos dice el kanaka. Ha matado a un hombre y volvería a hacerlo. “Yo que soy agua”, se define.
Como en el Congo que narra Conrad, en Martín García perviven personajes perdidos en un mundo que nos les pertenece
Desfilan personajes inolvidables como el rudo Chiquito, el capitán de la Casquivana, el Comandante Leguizamón, Príncipe de Martín García, que pasa los días postrado, el indolente doctor Mendy, el afable anarquista Gerardi.
Condenados a la indolencia, los habitantes de la isla deambulan en una geografía hostil, bajo la lluvia. Indígenas prisioneros de tribus masacradas, paraguayos perdedores de una guerra atroz, criollos provenientes de guerras intestinas y, sobre todo, muertos es lo que abunda en la isla: “Todo es un osario. Son esqueletos los cimientos de la isla y su historia se firma con huesos”, señala el kanaka en una rápida descripción del lugar donde ha llegado para cumplir su condena.
Visitada cada tanto por cadáveres y moribundos nada es en la isla, como sostiene otro condenado, el hechicero pampa Raninqueo, real, y prepara un elixir para que el kanaka pueda volver, en sueños, a su tierra. Para un fugitivo como él, condenado al olvido en una isla casi desierta no es el canto de las sirenas. “Para nosotros no cantaron las sirenas. Para nosotros fue y es la tarea de mover el mundo. Y de ella deberemos hacer nuestra luz.”
El  hijo que busca al padre lo encuentra en el agua.  En Manhattan sólo entrevé a un hombre –Melville- que ya ha perdido la gracia del mar.
“Anduve mares y palabras. Aprendí que las palabras son como las olas”, dice Duizeide a través de su personaje, en esta novela marinera de sutil lirismo sobre la desolación de un alma que no encuentra su cauce, que navega sobre la incertidumbre.

Kanaka, Juan Bautista Duizeide, Buenos Aires, Alfaguara, 2004

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