domingo, 17 de octubre de 2021

El tiempo de las chicas que escuchaban radioteatros

 

mi madre

1

En 1937 todavía no había estallado la guerra.

Gardel  ya se había muerto en Medellín.

Las voces de la radio se evaporaban en el aire.

Unas muchachas sonreían

mientras el viento les volaba el cabello.

El mundo de acababa en la línea del horizonte.

Mi madre era joven.

El tiempo parecía detenido.

 

2

En algún lugar,  

una bicicleta con alas

se esfuma y desaparece

en el tiempo de mi madre.

 

3

En las tardes interminables

mi madre sueña el futuro.

Casi puedo ver ese sueño

en las fotografías

que se sacó junto a sus hermanas

la tarde de la bicicleta

 

4

En 1937 las chicas,

- entre las que estaba mi madre-

sólo conocían el espacio ilimitado

de la llanura y un par de pueblos cuando acompañaban 

a la madre a los almacenes de ramos generales.

Pedían yerba, pedían embutidos, pedían crema para las manos

pedían telas floreadas para sus vestidos primaverales.

Porque el mundo, para ellas,

estaba hilvanado sobre los campos ajenos que la madre

arrendaba para que todos, las muchachas y los hermanos varones,

se rompieran el lomo.

 

5

Las chicas iban de tertulia al corral de las vacas 

 cantaban canciones imitando a los pájaros. 

Y tomaban mate en el gallinero cuchicheando sobre

los muchachos del baile que les dejaron la bicicleta solo

para ver cómo el viento volaba los rulos hechos a fuerza

de tenaza caliente.

 

6

Las muchachas posaron junto a la bicicleta

-había llegado un fotógrafo del pueblo con su Leica colgada del hombro-

Se habían puesto los vestidos copiados de la revista Vosotras.

Páginas ajadas, pasadas una y otra vez con las manos sucias de

harina o de tierra.

Los mejores vestidos. Se sentían tan jóvenes, tan deseables

con los  modelos de las actrices de las películas que no veían,

hechos con telas baratas, cosidos en la noche.

(Los días eran de las vacas, de las gallinas, de la cosecha, de la tabla de fregar

de la olla y del puchero).

La madre daba órdenes, montaba a caballo

Y se perdía en la llanura.

 

7

Una de las muchachas, tal vez fue mi madre,

 se animó a montar la  bicicleta aunque nunca había

andado sobre dos ruedas.

La bicicleta levantó vuelo,

voló tan alto aspirando el aire de la

tarde de otoño,

que las pelusas de los panaderos flotaron a su paso

como estrellas fugaces.

 

Una a una la bicicleta  las fue llevando en un loco paseo,

se pinchaban las piernas con los cardos,

perdieron los zapatos en los vuelos rasantes

sobre los caminos de tierra,

y vieron empequeñecerse  a los galpones de las herramientas,

a los carros y al Ford A estacionado junto al granero.

 

Esto es la  vida dijo una

Casi no tengo cuerpo, dijo otra.

La bicicleta fue y volvió por el aire.

Las chicas tenían ganas de sentarse en la luna.

Y lo hicieron.


8

Los muchachos de la bicicleta

no se parecían a Gardel, ni sus voces eran como las de los

locutores: truenos que anunciaban

fijadores y laxantes.

Ni tampoco la de los actores del radioteatro

que llenaban la cocina con trotes de caballos y rebencazos

a las  18, hora argentina,

cuando el sol se colgaba en la tranquera

y los gauchos de la radio

gritaban en medio de  tormentas de papel de celofán

y rayos de hojalata.

 

9

Era 1937.

Desde hacía dos años,

Gardel cantaba en otro barrio

 Y Evita con pasitos mustios

-flaquita y transparente-

Hacía de Esther en Oro Blanco

En el radioteatro de LR 3, radio Belgrano,

 

también escribía cartas a Junín,

ganaba 180 pesos, pasaba avisos en la radio

y se tomaba fotografías para publicitar pieles y cremas

en las revista de moda.

 

10

Las chicas escuchaban radioteatros

en la llanura.

Se amigaban con las lechuzas y hasta habían creído ver

un tigre anaranjado salir de los pajonales.

Un bello y altivo animal igualito

al de un almanaque que colgaba en la despensa.

 

11

Soñaban poco, porque era mucho lo que trabajaban

Y caían rendidas sobre las sábanas ásperas,

pero cuando lo hacían eran capaces,

las muy locas,  de hamacarse en la luna con sus

piernas espléndidas a la vista de todo el  universo.

 

12

En algún lugar,  

una bicicleta con alas

se esfuma y desaparece

en el tiempo de mi madre.

 

13

Posaron las cuatro hermanas junto a la bicicleta,

ocurrencia del fotógrafo que ellas festejaron

Ya veían a la bicicleta ir más allá de los corrales

Dejar una huella en los charcos,

saludar a las ranas

Y subir hacia el cielo

entre el revuelo de perdices y comadrejas.

para al final, cobrar altura,

disputando el dominio a murciélagos

y palomas.

 

14

Es 1937,

La madre ya ni hablaba de su aldea en España,

ni del hijo que murió en el barco

ni de la valija que le robaron en el puerto,

ni de las noches en el hotel de inmigrantes.

Ya no hablaba del marido muerto pero vestía siempre

de negro.

Vigilaba, vigilaba todo el tiempo.

Y decía, que en esas tierras alquiladas todavía se

escuchan las voces de indios muertos.

 

 15

El viento trae el eco de  la radio encendida en la cocina

Las chicas que escuchan radioteatros

tienen sueños  suaves como las medias sedosas

que no pueden comprar,

y sus polleras, cosidas en la Singer,

florecen en las noches azules de la llanura.

Sueñan con el gran amor que las llevará muy lejos.

 

16

Después la vida las obligará a nadar en las oscuras

aguas de las cacerolas

a fregar la ropa, a limpiar los pisos

a lavar las camisas del marido, a tender la mesa

a coser guardapolvos.

Se pondrán gordas, se llenarán de canas,

Tendrán várices, enterrarán parientes

Tendrán hijos, despedirán hijos,

Votarán por primera vez.

Quedarán atrapadas en casas de techos altos

Y patios rebeldes.

Cocinarán millones de almuerzos y cenas

Mirarán teleteatros.

 

Pero ahora, que es 1937 y sonríen a la cámara

Están frescas y vibrantes.

Desde tan lejos, miro a mi madre y a sus hermanas

reírse contra el viento.

Tienen un poco más de veinte años,

Cuando la cámara captura esa imagen

para que yo la mire hoy, tantos años después,

y me pregunte

si sólo somos eso, una sonrisa en un día perfecto

con una bicicleta

para imaginar el mundo.

 

 

 

 

 

 

lunes, 9 de agosto de 2021

Una carta para viajar en el sueño

 


por María Cristina Alonso





En su libro La boca del tiempo, Eduardo Galeano  recopila historias que vivió o escuchó. Entre ellas está esta:

 EL PADRE

Vera faltó a la escuela. Se quedó todo el día encerrada en casa. Al anochecer, escribió una carta a su padre. El padre de Vera estaba muy enfermo, en el hospital. Ella escribió:


—Te digo que te quieras, que te cuides, que te protejas, que te mimes, que te sientas, que te ames, que te disfrutes. Te digo que te quiero, te cuido, te protejo, te mimo, te siento, te amo, te disfruto.


Héctor Carnevale duró unos días más. Después, con la carta de su hija bajo la almohada, se fue en el sueño.”
[1] Eduardo Galeano

Eduardo Galeano escribe una breve, minúscula historia  de despedida. Es la de un padre enfermo que se marcha y de una niña, su hija, que le escribe para que viaje  protegido. Ese padre, Héctor Carnevale fue un poeta fugaz, que murió demasiado joven pero que alcanzó a publicar un libro de poemas luminoso: el alimento y los ojos.  El mismo Galeano escribe en la contratapa: “En este poema, la flecha/ es el blanco. Del hambre/ de luz, nacen estos fulgores. / Ellos atraviesan el/ basural de la tierra/ y la noche del cielo y / ardiendo van en busca/ de lo que son:/ la ciega mirada que nos/ perdona, la muda palabra/ que nos comprende.”

   




Publicado en 1993 el alimento y los ojos apenas pudo ser disfrutado por su autor. Héctor Carnevale murió joven. Había nacido en Bragado, provincia de Buenos Aires, en 1952 y había estudiado antropología. Estaba vinculado familiarmente a través de su mujer con el escritor uruguayo.



En el alimento y los ojos las imágenes están trabajadas con los elementos del sueño, con esa fina sustancia del mundo que el poeta sabía que iba a dejar: “He caído en tu jardín/ soy una piedra/ yo/ carne del tiempo”, escribe en el inicio. El libro está estructurado como un largo poema dividido en tres partes que son la desgarrada invocación a un dios de un hombre que siente que la vida se le va y tiene que encontrarle a eso un sentido.

Tamara Kamenszain, en su libro de ensayos La edad de la poesía, dice -refiriéndose a varios poetas que escribieron sobre el final de sus días- que “la poesía es lo más parecido a una autobiografía porque no hay una manera humana de abandonar la primera persona gramatical, aunque se ensayen otras… Escribir en verso, entonces, supone escribir en forma de diario: extremando en cada escansión, en cada suspensión del sentido, en cada parálisis narrativa, lo que se está por terminar”.[2]

 

Es así que como Héctor inicia en primera persona un diálogo con un dios que parece lejano, ofreciéndole lo que el poeta cree tener como único bagaje: “Prueba de mí/  tú, /divina digestión del universo”. El dios al que el poeta habla está muy lejos de la realidad de los hombres. “Suena tan lejos tu música blanca/ y aquí sonido negro cerca del estómago”. Porque la poesía también sirve para dar al hombre la dimensión de su finitud: “Oh, qué pequeño soy”,  reconoce.

En el inicio de ese viaje que el poeta se apresta a realizar ofrenda “esta delicada luz de mi cuerpo de niño/ que ha soñado/ ser/ alimento de los ángeles”. Toda la primera parte es una larga interrogación sobre el dolor humano, el basural del mundo, el tiempo que apresura la muerte. Y si el corazón de dios es alimento, éste a veces se encuentra negado a los hombres: ¿Por qué tan abajo enterrado tu corazón?”, se pregunta. La búsqueda es una travesía, a veces en las tinieblas, donde la Palabra no se encuentra: “Aquí dejo los ojos que me has dado, Señor, / ¡Acéptame la ofrenda!”

Si en la primera parte de este libro el poeta se llena de preguntas, en la segunda, titulada “las ofrendas” éstas continúan “qué has visto en mi carne?” pero aparece la certeza de que hay un lugar en donde todo recupera su sentido: “Sé que todo lo que falta/ tiene su lugar./ Sé que el cielo es/ la completud que busco.”

Por eso el hambre del poeta se sacia con las palabras, ellas son su alimento: “Deja una hogaza en cada estrella// ¡Qué la luna sea tu pan, Señor!”

En la tercera parte el poeta halla la respuesta. Una vez que ha entregado su cuerpo, que ha buscado inútilmente la explicación a los misterios del mundo y a los de su propia e insignificante humanidad, está listo para escuchar el verbo divino que no es otra cosa que el espejo de su propia voz. Por algo Isidoro Blaistein dice, citando a Shakespeare, que “los poetas son los espías de Dios y que Dios es una luz imprecisa que los poeta ven sin enceguecerse, sin entornar los ojos mientras los boquiabiertos tropiezan en la oscuridad.”[3]

En el poema de Héctor Carnevale, Dios habla para devolver al poeta el material con el que construye sus versos. “No tengas miedos -le dice- Yo no hablo con la lengua dulce y extranjera del hombre. / Yo soy la única posibilidad de entender/ Soy la Palabra”.

Es en el poema que este hombre enfermo busca   alguna mínima respuesta. Poesía como alimento, como consuelo, mirador para ver lo que otros no ven, para apreciar la luz y la oscuridad, y para añorar lo que se pierde. Como en los versos de Héctor Viel Temperley, otro poeta que escribió bajo la experiencia de la enfermedad y la cercanía de la muerte, en Hospital Británico: “Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido.

Para un poeta que busca en las palabras magias y fulgores para entrar en lo desconocido, la carta de su hija Vera, como cuenta Eduardo Galeano, debe haber sido el mejor vehículo  para viajar en el sueño.

 


 



[1] Galeano, Eduardo, La boca del tiempo,  Buenos Aires , Catálogos, 2004

[2]  Kamenszain, Tamara, La Edad de la poesía, Beatriz Vitervo Editora, 1996

 

[3] Blaisten, Isidoro. Anticonferencias, Buenos Aires, EMECE, 1983.

viernes, 23 de abril de 2021

Bicicleta con alas

 La bicicleta en la literatura

por María Cristina Alonso


Dibujo de Rafael Alberti para la Balada de la bicicleta con alas”.

En su exilio argentino, en Totoral, Córdoba, el poeta Rafael Alberti recupera la paz y disfruta de una bicicleta. Ha tenido que abandonar España después de la Guerra Civil perseguido por rojo. En su tierra han quedado amigos asesinados o en la cárcel.

 Tiene cincuenta años, la edad en que muchos poseen un yate o un automóvil. Pero él es feliz con su bicicleta. Desterrado y a miles de kilómetros de su patria,  corre sobre ella para detenerse frente al río y ver el atardecer. Es que el poeta descubre que a su bicicleta le han salido alas y lo dice en una balada: “Yo sé que tiene alas./ Que por las noches sueña/ en alta voz la brisa/ de plata de sus ruedas./ Yo sé que tiene alas./ dormida, abriendo al sueño/ una celeste senda./ Yo sé que tiene alas./ Que volando me lleva/ por prados que no acaban/ y mares que no empiezan.” (Balada de la bicicleta con alas)

 Y la ha nombrado. Ha dicho de ella que es una cabra feliz, que es una niña escapada de la aurora, que es una luna perdida. La ha llamado Gabriel arcángel y ha dicho que sus alas le anuncian el aire de los caminos.

 Estuvo 38 años en el exilio –recién pudo volver a España en 1977 después de la muerte de Franco- de los cuales 24 vivió en la Argentina junto a su esposa María Teresa León. En Totoral nació su hija Aitana y escribió Entre el clavel y la espada y La arboleda perdida.

 

Rafael Alberti y María Teresa León en el exilio


Inspiradora de poetas y narradores, la bicicleta ha sido solaz y entretenimiento de muchos escritores. Antes de que la selva  le regalara sus verdes vibrantes y su oscuridad, Horacio Quiroga se fascinaba con la bicicleta que su padrastro le comprara en sus épocas de dandy en Salto, Uruguay.

 En marzo de 1900, con lo que recibe de herencia, Quiroga se embarca a París, ciudad que lo atraía por varias razones. En primer lugar porque París era la aspiración suprema de todo poeta de la época. Pero también confiesa otros intereses. Además de su deseo de asistir a la Cuarta Exposición Universal en Paris viajaba interesado en las competencias de ciclismo.  Lo escribe en el diario que lleva durante su desafortunado viaje. Para el Quiroga joven el ciclismo no era sólo un espectáculo sino también un deporte que había practicado en su tierra y que lo había llevado a fundar el Club Ciclista Salteño. Para el escritor “el gran atractivo de la bicicleta consiste en transportarse, llevarse uno mismo, devorar distancias, asombrar al cronógrafo, y exclamar al fin de la carrera: mis fuerzas me han traído!".

 

 


Horacio Quiroga, joven y dandy

Si en el viaje de ida se había embarcado como un dandy, con ropa recién comprada, valijas ostentosas y en camarote especial, el regreso fue un desastre. En París dilapidó su dinero, se sintió ajeno a la vida artificial de la capital francesa, empeñó su ropa, pidió préstamos, se deshizo de joyas, valijas y ropas y hasta mendigó monedas para comprar un trozo de pan y queso.

 Volvió en tercera, con las solapas levantadas para ocultar que no llevaba cuello y sin equipaje. Sus biógrafos aclaran que aún en el caso de que Quiroga hubiera ido a París atraído únicamente por el ciclismo, esto no significaría que, a su juicio, la vocación deportiva fuera más poderosa que la literaria.


La bicicleta de Horacio Quiroga en la casa museo en Misiones


 Julio Cortázar tenía claras algunas cosas sobre las bicicletas. En Historias de cronopios y de famas incluye un texto sobre los inconvenientes de portar una bicicleta en algunas circunstancias. Dice en Vietato introdurre  biciclette (Prohibido entrar  en bicicleta) que en los bancos y casas de comercio se puede entrar con cualquier cosa sin que importe demasiado. Cita tucanes, repollos, chimpancés con tricotas a rayas, gatos y liebres. “Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa. Para una bicicleta, ente dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de la tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: «y perros», lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad.”  Pero advierte que si dos príncipes murieron en una guerra de dos rosas, a las bicicletas también le pueden salir espinas y sus manubrios crecer hasta arrasar las vidrieras de las compañías que les niegan la entrada.

Y es más, la bicicleta le sirvió a Julio para explicar su teoría del cuento: “En mi caso, el cuento es un relato  en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad, el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad, ahí te caes y un cuento que pierde velocidad
al final, pues es un golpe para el autor y para el lector
.


Julio Cortázar

En la Primera Guerra Mundial, Ernest Hemigway, que era un muchacho de 18 años y todavía no había escrito casi nada,  se alistó en el frente italiano como conductor de ambulancias. Como era un apasionado de las bicicletas, recorría las calles de Milán repartiendo cigarrillos  y chocolates a los soldados italianos hasta que sufrió heridas graves en sus piernas  por fuego de mortero. Terminó en el hospital de la Cruz Roja, lo que le permitió reflexionar: «Cuando uno se va a la guerra como joven, tiene una gran ilusión de inmortalidad. Son las otras personas las que mueren, no te ocurre a ti. ... Entonces, al estar gravemente herido por primera vez, uno pierde esta ilusión y sabe que le puede pasar a uno mismo»

Mucho después daría largos paseos en bicicleta por la campiña francesa en compañía de otro escritor, Scott Fitzgerald., con quien tuvo una amistad complicada. Se habían encontrado en París en 1925. Andar en bicicleta era para Hemingway una experiencia especial. Describió en un artículo esta sensación:

"Pedaleando se aprecian mejor los contornos del país, porque uno primero sube las cuestas bañado en sudor y luego las desciende dejándose deslizar por ellas. De ese modo, el ciclista recuerda las pendientes tal como son, mientras que al automovilista sólo le impresionan las colinas de considerable altura".


Ernest Hemigway en la paz y en la guerra

Otro que se piraba por las bicicletas era Alfred Jarry, creador de la seudociencia que llamó Patafísca y autor de la famosa y escandalosa para la época, obra dramática Ubú rey.

Unos días antes del estreno de dicha obra, a finales de noviembre de 1896, Jarry se compró una bicicleta Clement Luxe 96 de pista, que lo llevó y lo trajo por las calles de París hasta su muerte. Cuentan que era tal el amor a su bicicleta que dormía junto a ella aunque nunca terminó de pagarla. Tres cosas mantenía su vida intensa: la absenta, el revólver y la bicicleta.

En sus escritos imaginó delirantes situaciones con la bicicleta: “a Jesús de Nazaret en una competencia a toda velocidad contra Barrabás y en derrapada en ascenso por las 14 curvas en el Gólgota; a Ixión –rey de Tesalia y seductor de la diosa Hera– atado a su rueda de bicicleta por la eternidad; y una quíntupla de ciclistas borrachos y dopados, lanzados en carrera a toda velocidad contra el tren que atraviesa Europa, recorriendo el periplo París-Siberia por exactamente 10.000 millas.”[1]



[1] https://revistapedalea.com/ubu-en-bicicleta-de-alfred-jarry/

Alfred Jarry y su bici


El antropólogo Marc Augé en su libro Elogio de la bicicleta nos dice:. “Nadie puede hacer un elogio de la bicicleta sin hablar de sí mismo. La bici forma parte de la historia de cada uno de nosotros. Su aprendizaje remite a momentos particulares de la infancia y la adolescencia. Gracias a ella, todos hemos descubierto un poco de nuestro propio cuerpo, de sus capacidades físicas, y hemos experimentado la libertad a la que está indisolublemente ligada. Para alguien de mi generación, hablar de la bicicleta es pues evocar, fatalmente, muchos recuerdos. Pero esos recuerdos no son sólo personales; están arraigados en una época y en un medio, en una historia compartida con millones de otros.”


Ladrón de bicicletas

Las bicicletas son narrativamente eficaces a la hora de contar historias. Lo demuestra la indispensable bicicleta robada en la película clave del neorrealismo italiano Ladrón de bicicletas (De Sica, 1948), basada en la novela homónima escrita por Luigi Bartolini. En ella se  narra la desventura de un trabajador en la pobrísima posguerra italiana. Lo corroboran las bicicletas que salvan al extraterrestre en la escena final del film ET (Spielberg, 1982).



 Steven Spielberg cuenta sobre esa escena final, la que todos recordamos de su taquillero film, la importancia que tuvo la música en el momento en que los chicos pedalean frente a la luna: “Yo hacía despegar las bicicletas de ET” -dice- “pero era la música de John Williams la que las mantenía en el aire”.