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martes, 13 de septiembre de 2016

Las cerillas de Andersen

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 Confecciona ropa para sus marionetas que viven en el teatrillo que le ha hecho su padre, un zapatero pobre que se irá a la guerra y se morirá poco después del regreso dejándolo huérfano. Detrás de esas maderas viejas, los muñecos interpretan múltiples historias. La imaginación del muchacho es un motor encendido las veinticuatro horas, un mecanismo que no para jamás y que casi no necesita combustión.
 Canta, recita diálogos con voz de princesa, con ronquidos de ogro, con incesantes parloteos de feria. En el barrio, los  muchachos le tiran piedras, se burlan de su cuerpo desgarbado, de sus juegos solitarios. Pero él no se siente solo. A su alrededor, los objetos más insignificantes le descubren sin pudor sus corazones emparchados. Y también a ellos les otorga una voz. Muchos años después contará sus vidas melancólicas: un viejo farol a punto de ser desechado, un soldadito de plomo sin una pierna, una tetera arrogante que termina astillada, unos zuecos que hacen viajar hacia sus deseos a quien se los calce, un ruiseñor a cuerda que entretiene a un emperador, un fardo de harapos de distinta procedencia que discurren sobre su lugar de origen, unos zapatos rojos que no paran de bailar. En los primeros años del siglo XIX, en Odense, Dinamarca, Hans Christian Andersen  descubre que todo lo que lo rodea, hasta el objeto más insignificante, puede ser narrado. Por eso no lo doblegan los delirios alcohólicos de su madre,  ni lo amilanan las burlas y los golpes que recibe en la escuela. Las  historias que imagina  son  una coraza protectora y, como muchos de esos seres que cobran vida por las noches, cuando el sueño no llega, él siente que está destinado a ser un grande, que toda Dinamarca repetirá con orgullo su nombre, pero todavía no sabe por qué.
 
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En el manicomio -donde trabaja su abuela cuidando el jardín y su madre lavando ropa- descubre a la literatura. Descubre que, con una simple cerilla, se puede encender la imaginación, engañar al estómago vacío y aliviar al cuerpo aterido de frío.  Escucha a las internas que -mientras hilan- cuentan historias, algunas vulgares, otras maravillosas, otras de impactante terror, y toma nota.
En casa ha leído las tragedias de Shakespeare, legado de su padre, pobre pero fantasioso, y las ha revivido una y otra vez en el mísero teatrillo. Todavía no es el avezado  autor de cuentos de hadas, pero allí, en su infancia, está el germen de un género del que será creador personalísimo. Más tarde, cuando sea un autor consagrado y los públicos diversos aplaudan sus lecturas públicas, dirá: “Los escribí de la manera en que se los contaría a un niño.” En una época en que la incipiente literatura destinada a la infancia era didáctica y moralizante, el danés contó historias llenas de fantasía, pero en las que también habló de la inestabilidad de la condición humana, de la inclemencia de los poderosos, de los que se mueren de frío, de amor, de injusticia.  Su mirada clemente de narrador exalta al pobre, a la niña que se sacrifica por librar del hechizo a sus hermanos, al patito más feo de la granja, al soldadito defectuoso al que le falta una pierna por defecto de fabricación. “El pueblo como el niño- dice Graciela Montes_ está en situación social de desvalimiento y se identifica fácilmente con los héroes perseguidos, con los relegados, y se siente reivindicado con el final feliz”[1]

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Otra cosa que hace durante toda su vida es viajar, viaja como tantos escritores para escribir sus impresiones de viajes y para contar al regreso. También dibuja paisajes en sus cuadernos con trazo diestro. Lleva en su valija el diario de viaje y el cuaderno de dibujo. Como muchos viajeros célebres cultiva el género y escribe en un diario sus impresiones sobre los itinerarios que realiza. Un cosmopolita que visita países que resultan exóticos para su época, como España, Grecia, Turquía. Su vida es un viaje que, como sus cuentos, debe ser narrada. Se convierte en un guía experto por los países Nórdicos y Alemania. Ama las torres de Núremberg, se deleita con la exótica melancolía de Málaga.
En Bratislava dirá -de esta ciudad que lo maravilla-: “Me esperaba una bienvenida espectacular. Me encanta esta ciudad, es tan viable y llena de colores. Las tiendas parecen como si fueran trasladadas aquí desde Viena. Hay mucho que ver – me dijo un ciudadano – subamos a las ruinas del castillo allí en la roca. Desde allí se puede ver el puente flotante, la ciudad entera y los campos de trigo en sus alrededores”.  Es  junio de 1841 y va en viaje de  Estambul a Viena. Entusiasta, afirma:Me piden que les cuente un cuento. ¿Para qué? Si vuestra ciudad es un cuento”. Muchos años después, los habitantes de la capital de Chequia erigirán una estatua del cuentista danés  en la plaza Hviezdoslavovo námestie. Y, para que no se sienta solo, lo rodean de los personajes de sus cuentos más famosos.

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Sus relatos son tristes, muchos de ellos nacen de las historias con que tropieza en la isla de Fionia, en su Odense natal. Cuentos que salen de la boca de rústicas tejedoras, de campesinos, del pobrerío de los barrios bajos. Otros encubren escenas autobiográficas. El patito feo es su propia historia contada en clave animal. El pato más feo termina en cisne y corrobora el síndrome de Aladino que padece Andersen. Tanta confianza tiene en su buena estrella que -así como Aladino, hijo de un  padre artesano, termina colmado de riquezas- él, hijo de un zapatero, llegará muy lejos.
Ese viaje –que comienza cuando va a Copenhague a probarse como actor, cantante o bailarían y en el que termina amparado por la burguesía ilustrada- lo llena de vanidad y del deseo de agradar para vencer su complejo de advenedizo.
Heinrich Heine  lo definió sin piedad: “Parecía un sastre. Su figura revela una especie de servilismo que tanto complace a los príncipes. Es un vivo ejemplo de cómo quieren los príncipes que sea un poeta.”
Aunque muchos aman sus historias, la vanidad y el carácter de Andersen lo torna un personaje bastante incómodo. En 1847 Charles Dickens lo invita a
Gad Hill Place, cerca de Rochester, una residencia que acababa de comprar y que estaba bastante aislada. Ambos escritores se admiran, pero algo sucede. El danés alarga su estadía y la familia se impacienta. Cuando al fin hace las valijas y parte, Dickens escribe en el espejo: «Hans Andersen durmió en esta sala durante cinco semanas que a la familia nos parecieron siglos».
Andersen conoce a los poderosos de cerca. Los frecuenta, los adula, se beneficia de sus contactos y sabe de sus defectos. Sus cuentos hablan del emperador vanidoso que estrena traje nuevo todos los días  y cuya ostentación y la adulación de los súbditos lo hacen salir desnudo a la calle, o de aquel poderoso de la China que agota a su capricho la vida útil del ruiseñor mecánico.
Y, en casi todos, encontramos la revancha de los débiles. La vendedora de fósforos es recibida por su abuela cuando muere; la sirenita que no ha podido cumplir su sueño consigue el alma eterna; Elisa, la niña de Los cisnes salvajes, es recompensada cuando rompe el maleficio de sus hermanos. Todos los personajes son sometidos a duros sufrimientos.
En el mundo Andersen, cualquier felicidad se consigue después de un largo viaje en el que el viajero debe sortear obstáculos, superar envidas, ser humillado, tocar fondo en los más imaginativos infiernos. Pero  -si algo tiene claro el lector- es que la nieve termina derritiéndose y los duros corazones acaban ablandándose. Porque en los cuentos de hadas que este desgarbado soñador de galera escribe para deleitar a los chicos y a los grandes, en la tierra o en el más allá, siempre hay revancha.


María Cristina Alonso




[1] Montes, Graciela, nota preliminar a El cuento infantil, CEAL, Buenos Aires, 1977

lunes, 26 de octubre de 2015

VICER

 No lo compré- nunca lo haría- ni me lo regalaron. Simplemente se lo dejaron olvidado en mi casa. Venía con un nombre que jamás hubiera elegido, Vicer, parece que inspirado en la marca de unos cigarrillos. Un día su ex dueño lo dejó en una visita y Vicer expandió su enorme cuerpo peludo por toda la casa.
Salir de paseo con él era un lujo, recogía piropos a su paso. Tenía un pelo hermoso y una cola que enarbolaba como un plumero. Le gustaba la luna y las milanesas, se dejaba querer  porque era un sencillo perro de pueblo, un perro que le tenía miedo a los cohetes de navidad y odiaba la sirena de los bomberos, pero le gustaban los chicos, los otros perros, los gatos y el aire de primavera.

Vícer no era un cocker spaniel como Flush con “ojos atónitos color avellana” -el perro protagonista de la historia homónima de Virginia Woolf, ni sesudo como  Cipión y Bergara los perros que Cervantes dotó de habla durante las noches para poder contar sus experiencias con amos distintos del famoso Coloquio.  No era capaz de ver a la muerte (aunque no se sabe) como los fox terrier de La insolación, el cuento de Horacio Quiroga. Acaso si, como Mister Bones, el perro que Paul Auster crea en su novela Tombuctú, fue cambiado de nombres al correr de los amos.
Definitivamente nadie lo elegiría para orbitar el espacio como a la perra Laika, una vagabunda de las calles de Moscú que pasó a la celebridad y a mejor vida en su breve viaje en el Spunik 2. Ni sería capaz de guardar la puerta del Hades como el can Cerbero.
Como el Perro salchicha de María Elena le hubiera gustado tomar solcito a la orilla del mar, si lo hubiera conocido, pero era un perro de llanura, al que le quedaba lejos el océano y por eso no podía ponerse “sombrero de marinero y ni siquiera un collar”.
Vícer era más bien un perro nacional y popular, un siberiano que le gustaba  husmear en la basura y, en otros tiempos, había hecho cola en la puerta de las carnicerías para ligar un hueso desplumado o una patada según el humor del carnicero y, no muchas veces, se había mezclado  con los desarrapados perros vagabundos de la Terminal.

Hoy le dijimos adiós. Un desconsolado 26 de octubre de 2015. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Jardín secreto

Es domingo a la mañana, me levanto temprano porque voy a hacer una torta para el mediodía. Nos han invitado a almorzar. Hago la preparación y enciendo el horno. Durante cuarenta minutos deberé estar atenta para que la preparación no se queme. Sé que no puedo hacer otra cosa más que merodear el horno. Si me siento a escribir, como todas las mañanas, vaya a saber en qué  monstruo se convertirá ese revuelto de crema, harina y huevos. Así que salgo al jardín a buscar un hueso de juguete que le compré a Domingo, nuestro cachorro. Y es entonces, cuando descubro un mundo ignorado.


Debajo de las matas de  hortensias marchitas y de los helechos hay  seres que están viviendo una vida que yo ignoraba. Una colonia de hongos de suaves texturas amarillentas, algunas orugas vegetales que ondulan bajo el nogal, hojitas de un verde estridente que hacen guiños cómplices, pegajosas esponjas violáceas adheridas a los troncos de los árboles.
El mundo secreto de la naturaleza habla en la mañana de domingo y yo, cámara en mano, me siento una Alicia en el país de la tierra húmeda. Encuentro un diminuto frasco con una etiqueta que dice “Bébeme” y tomo su contenido. Mi cuerpo se achica y ya casi soy del tamaño de la copa de los hongos más pequeños, los que crecen bajo las hojas gigantes de la gorra de vasco. Me siento en la tierra húmeda junto a las babosas y los caracoles y saco estas hermosas fotos.
El olor a quemado me devuelve  a mi tamaño natural y corro a salvar mi torta. Confío en q el conejo blanco o el Sombrerero Loco me esperen  entre las hojas  húmedas, en la misteriosa tierra del jardín secreto.




jueves, 1 de enero de 2015

Autobiografía

Me llamo María Cristina, nombre que sacó mi padre de una canción del cubano Ñico Saquito que estaba de moda en los cincuenta y que empezaba así: “María Cristina me quiere gobernar, y yo le sigo, le sigo la corriente…” y fui anotada un 1 de enero, día incómodo pero prolijo para celebrar onomásticos.

He andado todos estos años por los caminos que me han trazado los papeles y los libros.
En mi casa de infancia había dos tipos de papeles: los de molde en los que mi madre modista calcaba los modelos de la revista Burda, con explicaciones en alemán  que ella entendía porque era una costurera avezada, y el vegetal en el que mi padre dibujaba planos de casas, galpones y silos. Sobre esas dos clases de papel, uno muy suave, el otro de filo cortante calqué las primeras palabras que nombraban al mundo.
Sobre esos recortes que quedaban debajo de la mesa de la cocina o bajo el tablero de dibujo de la oficina, yo escribí  las noches en las que los extraterrestres prometían descender con sus naves espaciales en el el patio de mi casa, abriéndose paso entre hormigas y malvones. Todo el mundo parecía haber tenido una experiencia con los seres del espacio. A mi me lo decía la vecina que leía la revista Así, en la que se mezclaban, en blanco y negro, fotos de sindicalistas muertos con parejas de ancianos que habían sido abducidos en medio de la ruta y  devueltos con los órganos duplicados. Bradbury, después, iluminó con sus relatos mis fantasías extraterrestres

De los papeles y cuadernos Gloria pasé a los libros que mi hermana leía, en horas interminables y que dejaba sobre los muebles tal vez para armarme, sin proponérselo, mi primer itinerario de lecturas.  Por ella recorrí los mares con Bouchard el Corsario, peleando con piratas malayos y desembarcando en Hawai con el impulso de las tapas amarillas de la colección Robind Hood, a donde también llegaba el capitán Adam Troy, el de Aventuras en el paraíso, a bordo de la goleta Tikki, sorteando peligros y mujeres hermosas en la pantalla en blanco y negro del televisor de los sesenta.
Después el mundo se volvió latinoamericanamente exuberante. Salté Rayuelas y descubrí el hielo con Aureliano Buendía, mientras Serrat cantaba a Hernández y el miedo se colaba por el pasillo de la facultad de Humanidades, a la que se entraba por el costado de la Universidad y que ya no existe.
Salí como salimos muchos, con las tripas estrujadas por un tiempo de horrores, contando los que faltaban.
He dado clases de Literatura durante más de treinta años, arreando Quijotes y Martín Fierros para que  entraran al aula, dándole de comer al famélico Lazarillo y leyendo a Alfonsina cuando la lluvia desolaba ventanas y dejaba oscuro el corazón.
Tengo un hijo de carne y huesos y varios de papel.
Al primero le he leído incontables historias cuando la noche abría sus fauces y mostraba sus garras sobre la pared de la habitación. Juntos nos hicimos amigos de dragones y  osos e hicimos navegar sirenas y piratas sobre el filo de la almohada. A los otros los dejo que anden por ahí, en la cabeza de los lectores que encuentren.
Por mi casa y la pantalla de mi computadora pasan mis amigos y mis lecturas. Leo en pantallas diversas pero sigo rodeándome de papeles, de libros, de mapas, de estampas.

Cuando ando un poco perdida, abro el Atlas Vial de la República Argentina  que mi padre llevaba en la guantera de su primer Citröen y sigo camino.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Continuum


Está ahí, siempre creciendo, siempre en movimiento. Tiene algunas zonas transitadas con frecuencia, repasadas con dedos veloces y  otras,  territorios desiertos, olvidados, de esos por los que no pasan ni los bandidos que se pierden en la niebla.
No es una ciudad pero contiene miles, desde las que cuelgan del aire a las que se derrumban en medio de la guerra.
No es un pueblo, pero muchos Macondos, Comalas, Santa Marías, Colonias Velas, Yoknapatawphas encienden sus faroles justo en el momento en el que el sol se oculta con último suspiro.
No es un bar ni un salón de baile, pero he creído ver, a lo lejos que una mansión se ilumina y una multitud elegante baila y bebe champagne mientras Gabsy, o alguien que se le parece, se aleja solitario. No es un barco, pero a veces, cuando me acerco, veo surgir, desde las profundidades del mar, a una ballena diabólicamente blanca.
Suele permanecer en silencio. Sin embargo, cuando ando buscando esa palabra esquiva, me aturde con sinónimos y murmura poemas sobre antiguas batallas o amores que no cesan.
No es, a simple vista, una máquina del tiempo, pero de tanto en tanto, rugen sus motores  cuando me instalo cómodamente en la cabina central donde están los mandos. Me pongo los anteojos para inspeccionar el mapa y le digo a alguien que quiere parecerse a Nemo que deseo marchar hacia el planeta rojo donde los yanquis ya han levantado puestos de salchichas en el lugar en el que había ciudades de cristal, o mejor, viajar hacia atrás y caerme de visita en la isla de Polifemo, para ver si era cierto eso que dicen de la sagacidad de Ulises.
Cápsula, reservorio, depósito, coto, artefacto, residencia, sostén, navío, a simple vista parece receptar en silencio el polvo que entra por la ventana, pero se estremece imperceptiblemente cuando fusilan a poetas en la madrugada o encarcelan a los que escriben nanas a los hijos que no pueden abrazar.
Por las noches, cuando apago las luces y dejo sólo encendida la del escritorio, de ella se escapan para flotar levemente en el aire violeta del sueño los británicos fantasmas de Henry James o el mismísimo padre de Hamlet desde  la fría noche de Elsinor.
Parada frente a ella entrecierro los ojos y, entonces se encienden las fogatas de Pavese, relumbran los cuchillos de Borges, se ensombrece la selva de Quiroga, huele al cianuro que una muchacha llamada Ema está por beber, o se agitan las patas del insecto que anticipa metamorfosis y soledad.
Por ella me paro tan pronto en una esquina de Brooklyn o me largo  con el coronel Mansilla  a los ranqueles. Aunque no bebo, me tomo unos  tragos con Marlowe cuando está triste y solitario o me deslizo en el Metro parisino para evitar que la Maga  siga llorando por Rocamadour.
No es mi biografía, pero desde sus maderas arqueadas veo a la niña que fui paseando por los jardines troquelados de Aladino, tomando el té bajo las lilas con las mujercitas de la colección Robin Hood, caminando hacia la casa holandesa de atrás para vivir el encierro de Ana.
No es un avión ni una goleta, pero a veces me sumo al vuelo de Antoine para repartir  cartas con el Correo del Sur y hablo entre amigos con algunos piratas escapados del mapa de Stevenson.
Frecuento algunos estantes más que otros, confieso arañas en las estancias de bests sellers adquiridos vaya a saber cómo y suelo detenerme en los girasoles de Van Gogh, en las bailarinas de Lautrec, en los cuellos infinitos de Modigliani. Se me estruja el corazón cuando el Nunca más aprieta sus hojas inundadas de horrores o elijo las infancias de Alejandra en el país del no me acuerdo.
Ha ido creciendo conmigo, se ha hecho grande a mi ritmo, la miro, nos miramos, nos reconocemos. Cuánto tiempo ha pasado, nos decimos. Ya casi no te queda lugar, me advierte.

Pero siempre hay un  espacio para un libro más en mi biblioteca.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Ciencia ficción, de Hernán Schillagi

El sueño cristalino de los peces


La Ciencia ficción es un género de la incomodidad y de la incertidumbre. Desde Historia verdadera de Luciano de Samosata hasta Under the dome de Stephen King, las historias que se cobijan bajo este género -y que van mutando a lo largo del tiempo con el derrotero de la experimentación humana- nos hablan más de nuestras incógnitas profundas que de los misterios del universo.
En su libro de poemas Ciencia ficción, el poeta mendocino Hernán Schillagi transita por los tópicos de este género para refundar territorios que la poesía no había recorrido. La poesía, dice Hernán citando a Alejandra Pizarnick, es “el lugar donde todo sucede.”
Y todo sucede en estos poemas de factura exquisita, poemas que nos van proponiendo múltiples lecturas. Aquí están los bradburyanos canales abandonados de Marte, la tierra roja, la voz de los antiguos habitantes del planeta y sus barcas como luciérnagas fugaces. Acaso volvemos, en “luces extrañas”, al imaginario encuentro, en una solitaria carretera,  ya no de seres de mundos distintos sino de dos seres que intentan ciertas comprobaciones: “si has resuelto/ nacer conmigo otra vez”
La poesía es en sí misma un viaje, un aliento que le insufla vida al barro y abre los ojos del monstruo, una nave que nos lleva al  misterio de la creación, un artefacto con escotillas por las que vemos pasar nuestros recuerdos pero también los mundos que aún no hemos soñado.
Poemas que nos traen imágenes de las múltiples regiones de la literatura, como un cohete que deambula por las galaxias de un género hasta no hace mucho poco prestigiado, vamos del monstruo de Mary Shelley , al mano de Oesterheld de cuya “garganta nace un himno de muerte”, las palabras finales de Nemo luchado con su rencor como un monstruo de acero, el contador automático de estrellas que imagina Roberto Arlt en El juguete rabioso, y las calles hechas de niebla de la Londres por la que Stevenson hizo deambular la dualidad de Jekyll.
Como toda buena literatura, los poemas de Hernán nos devuelven más preguntas que respuestas, porque el futuro que construye la ciencia ficción y  que merodea en este libro está lleno de preguntas que viajan “como una roca encendida/ de un extremo a otro de los sueños/ y en esa distracción de la muerte/ podré robarte las preguntas/ que ya me esperan en el futuro” (viaje en el cometa).

En estos poemas hay dioses derrotados y  mundos exteriores  explorados  por “navegantes telúricos de los doce tomos de la enciclopedia salvat”. Lo lejano y lo cotidiano como territorios íntimos enfrentados a lo insondable, señales de humo hacia el firmamento que interrogan. 

Poemas que nos cuentan que estamos solos en el universo, que “somos el sueño cristalino de los peces/ que avanzan dormidos por la noche del mar”


 Hernán Schillagi nació en 1976 en la ciudad de San Martín (Mendoza, Argentina). En su paso por la Facultad de Filosofía y Letras (UNCuyo) fundó y dirigió las revistas literarias Molinos de viento, Ulyses y la mural Tatuaje Falso. Además integró los grupos parapoéticos Dark es dark y Codama. Obtuvo la primera mención en poesía en el Certamen Literario Vendimia 2000. En el año 2002, Mundo Ventana, su primer poemario, fue publicado por Libros de Piedra Infinita, editorial que dirige junto a Fernando G. Toledo. En 2006 participó en la organización de ciclos de cine, recitales de música, exposiciones de arte y actos de memoria activa con el grupo Itinerante Cultura móvil para toda la Zona Este. Actualmente ejerce la docencia en Lengua y Literatura, publica sus textos en el blog Ciudadeseo y El Desaguadero y colabora con sus reseñas en el suplemento Escenario del Diario UNO de Mendoza. A comienzos de 2008 apareció, en la Colección de Poesía Desierta, Pájaros de tierra (Libros de Piedra Infinita). Fue galardonado con el Primer premio en el Certamen Literario Vendimia de poesía 2008 con el libro Primera persona.

sábado, 18 de octubre de 2014

La palabra que sana

Lorena Ferrer es una chica que enfermó de cáncer pero decidió luchar para sanarse. En su libro "Elijo ser feliz" cuenta cómo cambió su manera de ver la vida a partir de una experiencia límite. Con este texto presenté su libro en un acto organizado por Bralcec, una institución que lucha contra el cáncer. El acto se realizó en Bragado, provincia de Buenos Aires.


Una poetisa argentina, Alejandra Pizarnick escribió este poema que tituló La palabra que sana
 "Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa. "
Cuando Lorena me dijo que estaba escribiendo un libro para contar su experiencia con el cáncer y me pidió que se lo leyera,  tuve dos reacciones:
La primera fue la de huir, decirle amablemente que estaba muy ocupada, que necesitaba tiempo para  organizar mis clases, que estaba escribiendo a la vez yo un libro y no podía distraerme.
La segunda fue  preguntarme por qué  todo aquel que sufre una experiencia límite, escribe.
Para la  primera reacción tenía una justificación: como a mucha gente, me aterra la palabra cáncer y a veces no puedo ni pronunciarla. Es una enfermedad que se ha llevado a personas muy queridas. A veces uno cree en el embrujo de las palabras y entonces recurre a eufemismos. La gente dice, “la peor enfermedad”, “tenía algo malo”. O simplemente, “tiene eso”.
 Lorena con el relato de su experiencia, desde que recibe la noticia de su enfermedad hasta el momento en que revierte su dolor y su miedo ocupándose de los demás, nos enseña a que las palabras son sólo eso. Que somos nosotros los que decidimos qué hacer con ellas.
Por eso las palabras, la escritura, son tan importantes, porque nos ayudan a objetivar el momento más difícil de la existencia. La escritura es a la vez, liberadora para quien la realiza, consuelo para quien la lee.
He pensado en escritos surgidos de experiencias límites como la que ha vivido Lorena. Pienso en una chica judía encerrada en un ático con su familia escribiendo en su diario para no morir de claustrofobia. Esa chica se llamó Ana Frank y su diario le sobrevivió para enseñarnos a todos las consecuencias de cualquier tipo de discriminación.


Pienso en un minero chileno encerrado junto a sus compañeros de la mina que escribe la bitácora de su encierro para no desesperar. Un libro que aun no conocemos pero que sirvió porque cuando ya no tenemos nada, nos quedan las palabras.
Pienso en todos los náufragos que escribieron sus diarios para desafiar a la muerte.
Pienso en un chico llamado Albert Espinosa que escribió un libro, El mundo amarillo para contarnos que  la enfermedad le enseñó que morir no es triste, que lo triste es no vivir. Libro que luego se convirtió en serie de televisión, Pulseras rojas que habla del ganas de de vivir y del afán de superación de un grupo de jóvenes que están internados en un hospital.
Porque estamos hechos de relatos, de palabras que nos esperan hasta que las encontramos para decir lo que a veces ni siquiera tiene forma.
En el libro de Lorena no está sólo su voz, esa chica que decide luchar contra la enfermedad, hay además, otras voces, porque cuando alguien cuenta una de experiencia tan difícil como la que aquí se relata, empiezan a empujar los relatos de otros que han transitado por situaciones similares.  Voces que Lorena recogió en su blog y que incluyó en su libro para demostrar que cuando el dolor se comparte duele menos.
Por suerte para mí, no puse excusas para leer este libro, porque entre otras cosas, descubrí en él las  palabras que sanan, que apaciguan, que dan esperanzas. Me encontré con un libro que trasunta humanidad, que tiende una mano. Que no da fórmulas para estar mejor como la autoayuda barata, sino que da afecto y fe en las propias fuerzas del individuo para superar transes tan difíciles como afrontar una enfermedad cruel y salir fortalecido.
Porque como dice Alejandra Pizarnick en el poema que leí al comienzo, “siempre alguien canta el lugar donde se forma el silencio”.






domingo, 5 de octubre de 2014

Cosas que pasan en los estantes de la biblioteca


Aunque  nos vamos  acostumbrándonos a leer en pantallas, a descargar archivos de libros en  los distintos dispositivos tecnológicos que nos inquietan con sus mensajes, sus intervenciones, sus posteos, sus luces titilantes, el lugar más seguro para un lector es su vieja biblioteca.

Sobre todo porque una biblioteca se va construyendo a lo largo de toda un vida y se convierte, sin habérnoslo propuesto, en nuestra hoja de ruta, en un desordenado diario de nuestras vidas. En los estantes de nuestras bibliotecas están cifradas las circunstancias que nos hicieron elegir esos libros y no otros, los lugares donde los compramos, la gente que nos rodeaba cuando hicimos esa elección.

Pensar una biblioteca es pensar en la persona que la fue armando con la idea de sentirse acompañado y en los personajes que parlotean desde los estantes, encerrados  pero siempre dispuestos.
  





Y suelen suceder cosas extrañas en una biblioteca. A veces se ilumina la casa de Gasby prometiendo noches de champagne y baile. Otras se apagan los faroles de los pueblos sureños de Faulkner. De tanto en tanto el ojo del axolot de Cortázar nos mira inquisidor, otras veces, se abre la puerta del ropero del Hotel Almagro de Piglia para mostrarnos el manso Paraná que discurre en la prosa de Saer.

Una biblioteca, la propia, contiene otras bibliotecas literarias. Dentro de la mía está la de Alonso Quijano, esa que las manos rudas y un poco sucias del cura y del barbero toquetearon para decidir qué libro se quedaba y cuál se consumía en el fuego.

En mi biblioteca está la biblioteca con libros envenenados que imaginó Eco, el cementerio de libros olvidados de Ruiz Zafón y la exigua de Silvio Astier, armada con volúmenes robados.

Rodeada de libros a veces me digo que la vida de un lector es la de sus libros. Los que conservó, los que perdió, los que regaló.

Del segundo estante saluda Philip Marlowe  y Walsh empieza a contarme lo que sucedió aquella noche de 1956 cuando dejó de jugar al ajedrez para complicarse la vida. También  Paul Auster empieza a leerme su Diario de invierno y ya mi biblioteca se llena de voces y de historias.


Borges pensó a la biblioteca caótica e infinita como el universo.  Juarroz escribió que el aire allí es diferente, que entre los libros se forma un círculo mágico.  He sabido de lectores que se perdieron en sus propias bibliotecas y de otros que se escondieron en ella y ya no quieren volver.

lunes, 25 de agosto de 2014

Blas Tadeo Cáceres, in memoriam


No sólo era su voz radiofónica, cavernosa, salida de un radioteatro de los 50. No sólo era su porte juvenil a pesar de los años, ni la sonrisa que se descolgaba de su boca como una luna de crayón con las puntas para arriba.
No sólo eran sus historias que parecían escapadas de la Mil y una noches, una avalancha de mujeres gráciles y fantasmales, príncipes japoneses con farolitos encendidos en jardines dibujados con sombras y oliendo a frutas salvajes.
No sólo eran sus poemas que hablaban de lo inasible, de eso que se nos escapa cuando creemos tener la servilleta puesta para asistir al festín de la vida. Versos en los cuales siempre había un barco verde alejándose en un mar de jade. Su mar, el que veía desde la ventana de su oficina en el sur.
No sólo eran sus relatos de médico que  además de hendir el bisturí cura con la palabra y escribe en su recetario otros posibles itinerarios para que no duela la vida.
No sólo era ese hombre que escribe que camina solo por la playa para descifrar caracolas y fósiles marinos.. Era el que traducía el rumor de las olas, pasaba a palabras humanas el idioma de los abismos.

Me han dicho que se ha ido esta madrugada. El mar está en silencio. Pero sólo hasta que todos nos acostumbremos a su muerte y volvamos a escuchar los relatos que sigue narrándonos con su voz de marinero.