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miércoles, 3 de septiembre de 2008

Rosada aurora

En aquel tiempo mi madre salía a la puerta para despedirme y me ataba el moño del guardapolvo que lucía casi como un repollo. En la radio escuchábamos a los Pérez García y la vida de pueblo era lenta porque es lento el tiempo de la infancia. Pasé todos los años de la primaria y todos los de la secundaria recorriendo esas dos cuadras que me separaban de la Escuela Normal, la Escuela Normal Mixta como se llamaba entonces.
El recorrido desde mi casa, en la calle Núñez donde todavía vivo, era breve pero tenía sus pequeñas aventuras. Había una vereda, en la primera cuadra, que nadie pisaba porque traía mala suerte, es decir, pisarla significaba que a uno lo llamarían a dar esa lección que no se había estudiado o recibiría un reto inesperado. La brujería andaba suelta por ese entonces y había que conjurarla bajando a la calle.
La escuela tenía una mezcla de olores. El de unas pastillitas de goma multicolores que vendían en el kiosco, el de la tiza y el de los sudores de los recreos. También olía a kerosén, como casi todas las casas de ese tiempo en que todavía la red de gas no se había extendido y el portero llegaba en esas mañana gélidas con una estufa de velas a la que, de tanto en tanto, había que darle fuelle para avivar la llama.
En la escuela nos esperaban los griegos y los romanos, las reglas ortográficas, los mapas que dibujaban regiones ignotas de Asia y de África, los gorros rojos de la mazorca, las imágenes de Sarmiento extraídas del Billiken y las maestras con guardapolvos blancos inmaculados. Porque en la escuela de antes, las maestras se abocaban a almidonar sus guardapolvos casi con el mismo empeño con el que enseñaban las primeras letras. Sus guardapolvos eran tan tiesos que crujían cuando ellas doblaban el codo para escribir en el pizarrón.
La escuela era ese enorme y emblemático edificio que atesoraba maravillas increíbles en la opacidad de sus cuartos. Los desnudos cuerpos de yeso abiertos en el vientre por los que se veían los órganos, el corazón palpitante de tintura, los sinuosos intestinos, el hígado marrón. Mientras, en el fondo oscuro de la mapoteca, el esqueleto acechaba con su humor torvo y áspero de las mañanas de invierno.
Una escuela es, en el recuerdo, un intrincado laberinto donde se cruzan los recorridos de la vida. En el tránsito por sus aulas fui viajando a través de los libros. Por los insípidos de lectura con tantos próceres y dibujos de chicos huérfanos y madres abnegadas, por el Manual Estrada cuyas tapas grises desalentaban cualquier entusiasmo y por los otros, los que fui traficando con maestras y compañeras, los que fueron construyendo ese objeto del deseo que es la lectura. En ellos todo lo humano y lo divino se concentraba en sus páginas y me hacían temblar de emoción. En la escuela, además de las batallas por la independencia y las invasiones inglesas entraba el odio de Ahab por la ballena blanca, el misterioso capitán Nemo de Verne, las chicas Marchs de Mujercitas, los liliputienses de Swift y el detestable Kurtz de El corazón de las tinieblas. Más allá de las ventanas de las aulas, tras sus vidrios escarchados o empañados por la lluvia, yo sabía que latía el desierto con sus arenas resplandecientes o la selva de Quiroga acechaba con sus yararás y sus hombres malditos por el alcohol. La escuela me dio esas visiones que emanaban de las páginas de los libros leídos muchas veces a escondidas. Hay un poema de Stevenson que cita Alberto Manguel, un lector empedernido, en su Historia de la Lectura, que explica estas antiguas sensaciones que me propiciaban los libros: “Así era el mundo y yo era el rey:/ Para mí zumbaban las abejas, volaban para mí las golondrinas”.
La imagen de la Escuela Normal recortándose en el atardecer sobre un cielo rojizo o palpitando en la noche con su cuerpo de monstruo marino es una de las tantas figuritas de mi infancia. La he recortado y la he pegado en el álbum de mis recuerdos.
Ha cambiado mientras tanto, y yo ya no curso la primaria ni la secundaria. Vuelvo a ella al cabo de los años para estar del otro lado del mostrador y a veces, sólo a veces, mientras doy alguna clase en el Polimodal o en el Instituto de Profesorado, creo entrever en el anteúltimo banco a una chica tímida con el pelo enrulado atado en una cola que me mira. Tiene un libro entre las manos.
Al principio intento no reparar en ella y me digo que los años me hacen ver visiones. Pero después me convenzo de que esa que me mira es la niña que fui en la Escuela Normal y que me pide cuentas. Y yo, mientras recorro las estrofas del Martín Fierro o hablo de la locura de Don Quijote, empiezo a tener miedo de haberla traicionado. De verdad, y para eso no tengo respuesta.
Tenía cinco años cuando mi padre me llevó de la mano y me dejó en la puerta del aula de jardín de infantes. Empezaban los años sesenta y esto que estoy contando se lee con las canciones de Elvis y más tarde con las de los Beatles de fondo.
En la escuela aprendí las complejidades de las ciencias y de las letras. Una profesora inolvidable me regaló la lectura del primer Cortázar, un compañero de banco me enseñó a reír a carcajadas y me habló por primera vez de Maiakosvky Con algunos maestros desaprendí, con otros escribí mis primeras cuentos. A los diecisiete me fui con la cabeza llena de esperanzas y de deseos. Más tarde volví, vuelvo siempre porque ahora es mi lugar de trabajo y algunas cosas aún siguen igual. No cambió, por ejemplo, la canción Aurora que se entona en la escuela todas las mañanas, en ese preciso instante de la rosada aurora de la que habla el Quijote. A ese cielo rojizo sobre el que la escuela se recorta me entrego cuando el cansancio me vence, cuando el timbre acecha como un animal marino que llama y llama. Y entonces yo entro no a la escuela de verdad, sino a la otra, la ficticia, la que sigue recorriendo la chica de doce años que fui. Porque hay una escuela dentro de otra cuyos contornos se van diluyendo sobre el cielo de las mañanas lejanas de la infancia.

3 comentarios:

LEOFUMOPIO dijo...

Felicitaciones por blog y gracias por transmitir el amor por la lectura, espero que otros profesores y profesionales relacionados con las humanidades sigan su ejemplo.
Saludos y sigo leyendo sus entradas,

Marta dijo...

Hermoso este paseo de tu mano por aquella Escuela Normal.
Y ya es hora de que este blog salga de su "corsé" y se transforme en un libro de promoción de la lectura.
Cariños. Marta

Marta dijo...

Hermoso este recorrido de tu mano por aquella Escuela Normal.
Y ya es hora de que este blog salga de su "corsé" y se transforme en un libro de promoción de la lectura.
Cariños. Marta