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jueves, 6 de mayo de 2010

La luz dorada de las tardes de los años cincuenta





Mi madre era modista. Una modista de barrio que cosía para las vecinas y la familia. Cosió con maestría y lentitud durante toda la vida. Había estudiado en la Instituto Argentino de Corte y Confección y se había recibido con medalla de oro. Las modistas de su época tuvieron que lidiar con una moda complicada: hombreras y bastillas, plisados y mangas abullonadas, tapados de verano y trajecitos sastre, blusas con infinitas puntillas y botones forrados.
Los dos últimos años de su vida, mi madre quedó postrada en una silla de ruedas. Tenía ochenta y nueve años y casi nada de lo que ella había sido perduraba en su cuerpo. Tenía los ojos vacíos, fijos en un punto indeterminado del mundo. Igual yo buscaba algo en ellos.
En esas tardes, en esas horas en que me sentaba frente a ella, intentaba contarle una historia. Las historias desafían a la muerte. Ella y Sherazade lo sabían.
Volvamos, le decía en voz baja, a cualquier tarde de los años cincuenta. Y entonces se escuchaba el ruido del pedal de la máquina Singer y ella volvía a coser la ropa de toda la casa. El otoño amarilleaba los árboles del patio y una luz dorada se filtraba por las ventanas. Sobre la mesa, la revista Chavela impresa en colores sepia, con las fotos de Olga Zubarry o Sully Moreno, ilustraban las portadas. De los modelos que exhibían sus páginas ella se inspiraba para coser trajecitos entallados en la cintura -sólo para cinturas de avispa- rigurosamente forrados con tafetas brillantes. Sacos que tenían hombreras que adosaba no sin dificultad y que después le probaba al maniquí, su compañía de todas las tardes. El maniquí era impenetrable personaje sin cabeza, un tanto pechugón, de espaldas derechas, forrado con un lienzo blanco al que mi madre le clavabas sin piedad los alfileres.
Con el maniquí no se podía hablar, pero era una compañía, acaso un confidente.
En la radio eléctrica empezaba el radioteatro de la tarde y, mientras ella cosía, viajaba al territorio de los amores desdichados a través de la voz de Oscar Casco y de Hilda Bernard, mientras la costura avanzaba en la máquina. Una modista genial, mi madre..
La máquina de coser y la radio eléctrica eran los dos elementos que presidían sus tardes. Primero la máquina era a pedal pero, más tarde, mi padre le adosó un motor eléctrico para que coser no fuera tan esforzado para unas piernas llenas de várices.
Aquellas tardes de mi madre cosiendo en la cocina tenían las voces de Lucía Marcó y Rafael Díaz Gallardo anunciando a Alfredo De Angelis, y también los de una familia, los Pérez García, que se presentaban así:
-Riing, riiing, hola..Si, amigos, esta es la casa de los Perez García.
Una radio era, en el espacio de esa cocina, el mundo que se colaba por las rendijas de un recinto cerrado. Entre puntada y puntada, las noticias de la caída de los presidentes, las encendidas declaraciones de amor de los radioteatros, las propagandas de jabones y de vinos, los tangos y boleros armaban una vida por fuera del silencio de la casa, una invasión que me dejaba al costado de la atención de mi madre. La radio era su territorio, un tren por el que ella se iba de las tareas habituales, que la ayudaba a bordear los intrincados caminos del sulfilado de los ruedos y de los plisados de las polleras. A veces cantaba entre dientes alguna canción de moda. Tenía una voz chiquita, tímida, que apenas se atrevía.
Esas cosas le contaba a mi madre cuando estábamos las dos en silencio. Había una anécdota maravillosa con la radio. Cuando mi madre era soltera y vivía en el campo se apasionaba con los radioteatros de Juan Carlos Chiappe: Chispazos de Tradición. Sus hermanas también se volvían locas por esas historias en capítulos diarios. La radio era un aparato enorme que presidía la cocina y que funcionaba a baterías. A la hora en que se emitía el programa todos tenían que estar en el campo cosechando, dándole de beber a las vacas, juntando las ovejas. La que se quedaba a cocinar era la única privilegiada que podía escuchar la radio. Pero la ansiedad por saber cómo seguían esas historias de gauchos insidiosos y amores forjados a lágrima suelta les impedían esperar al atardecer para interrogar a la que había escuchado el episodio y conocer el relato de los acontecimientos de esa tarde. Entonces habían inventado un sistema que casi siempre funcionaba. La hermana que se quedaba en la cocina anotaba en un papelito un resumen del capítulo y lo ataba al cuello de un perro que hacía de mensajero.
Cuando el perro llegaba, todos dejaban las tareas y deletreaban la caligrafía ripiosa y se conformaban con saber si la muchacha había descubierto quién era su madre, o si el guacho malo al fin se había muerto para tranquilidad de todos
Acaso lo único que le quedó en sus últimos días fue la luz dorada de aquellas tardes de otoño, un vago reflejo que a veces yo veía relumbrar en sus ojos apagados, un maniquí altivo en el rincón y su vieja máquina Singer que todavía la espera, con esa inocencia con que los objetos que nos pertenecieron nos siguen esperando, infinitamente.

2 comentarios:

Outis dijo...

Me encantó. En algun lado del mundo alguien está leyendo tus historias.

Anónimo dijo...

¡Hermoso relato!