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viernes, 14 de octubre de 2011

Finisterre, de María Rosa Lojo



Mientras leía la novela Finisterre de María Rosa Lojo recordé un pasaje de El último lector de Ricardo Piglia. Bajo el título de Una actriz en el desierto, Piglia nos refiere la historia de una actriz cautiva de los indios –en tiempos de Rosas- que es tomada por esposa por el coronel Baigorria, un hombre que se va a las tolderías y que lee el Facundo en el desierto. El texto plantea la cuestión de la lectura en los lugares donde los libros parecen, a simple vista, inexistentes. Pero esta actriz, cuyo nombre se desconoce y que muere en la toldería, mustia y desdichada, es una lectora que acaso recitaba pasajes de las obras que había interpretado en la soledad del campo a la luz de las fogatas. Una mujer, dice Piglia, que no quiere decir su nombre pero que “tiene en su silencio, el recuerdo de los libros que ha leído y que están en su memoria.”

La novela de María Rosa Lojo, Finisterre, retoma tangencialmente esta historia, pues uno de los personajes evocados en una serie de cartas que envía una enigmática Rosalind Kildare a una muchacha inglesa contándole su historia, es precisamente esta actriz que en la novela es nombrada como doña Ana, una cautiva obligada a casarse con Baigorria y que disfruta, por esta circunstancia, de mejores condiciones de vida que otras mujeres blancas, sin resignarse a su destino.
Novela trabajada a partir de cartas que recrean los dos mundos enfrentados en el siglo XIX, el de la Inglaterra victoriana y el de la campaña sudamericana, esa zona invisivilizada por la literatura de la época pero en la que había de todo menos vacío.

Finisterre es la novela de una lectora que lee, en una sucesión de cartas enviadas por la desconocida, una historia de dos mundos. Lectura que le permite aprestase para su viaje a los orígenes.
La lectura, como se sabe, es un viaje y, a través de esa correspondencia, se irán corriendo los velos del pasado. Elizabeth Armstrong -hija de un inglés y de una india- buscará en esas cartas que le llegan desde Finisterre, Galicia, las claves para develar su origen y retomar el timón de su vida.
Novela escrita con delicado lirismo, trabaja la metáfora del límite, porque como lo dicen las cartas de la mujer que ha transitado por remotos confines “tarde o temprano, alguna vez llegamos a Finisterre. Al Finis Terrae: al límite del mundo familiar, de la realidad que creemos conocer, por dentro y por fuera de nosotros mismos”.
Volviendo al personaje de la actriz que muere en el desierto, Oscar Wilde, también convertido en personaje que escribe cartas a la protagonista dirá: “¡Y vaya con doña Ana! Vivió y murió en su ley, y supo transformar en actuación estelar el más indeseado de los papeles. Es que ese era el gran papel al que estaba destinada, y que no hubiera podido representar en España. Me rindo ante su talento.”
El texto de Piglia termina así: “Allí, en la frontera, junto a otras cautivas blancas, gauchos perseguidos, desertores, está la actriz-.lectora. (…) Quizá una historia secreta de la lectura en el Río de La Plata tendría que empezar por esa bella cautiva que no quiere decir quién es”.

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