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sábado, 5 de agosto de 2017

Subiendo por la escalera del libro álbum: charla sobre el proceso creativo Presentación de ¿Quién dibujo a Toribio? de Celina Guzmán y Cuento con cuentos de Cristina Alonso

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 Primer escalón: De cómo lo libros álbum llegaron al taller del ilustrador Marcelo Sosa

Queremos contarles nuestro encuentro con los libros álbum y cómo, a partir de su lectura y análisis, surgieron estas dos historias, la de Toribio y Alina en el taller del ilustrador Marcelo Sosa.
Los libros álbum con los que trabajamos fueron los que distribuyó el Ministerio de Educación de la anterior administración a todas las escuelas  públicas.
En primer lugar, nos encontramos con Celina con un interés común, por ser docentes, en la literatura infantil y más precisamente en los libros álbum que tienen características peculiares.
Por lo tanto, el proceso de creación de nuestros libros surgió de un trabajo en conjunto, de aprender en compañía, de compartir saberes, discutir ideas y estimularnos en nuestros proyectos.
Y Marcelo entendió rápidamente cuál era nuestra búsqueda porque él, además de ser un ilustrador y maestro increíble, es también un lector de literatura y nos ayudó a encontrar las claves para contar nuestras historias.
¿Cómo lo hicimos? Sin proponérnoslo fuimos llevando al taller los libros álbum que tenían las bibliotecas de las escuelas. Así, sobre la mesa del taller, fuimos desplegando las páginas de los libros de Antony Browne, de Isol, de Satoshi Kitamura, de Itsvansch, de Sendak, y de otros autores menos conocidos. Tratamos de entenderlos, viendo, ayudadas por Marcelo, la línea, el color, la textura, la perspectiva, la composición, la relación texto/ imagen.

Segundo escalón: Qué vimos en los libros álbum

Los libros álbum nos proponen una forma nueva de leer y nos invita a revisar nuestro propio concepto de lectura.
En el pasado, las ilustraciones que acompañaban a los cuentos no eran nada atractivas ya que el contenido estaba por encima de las imágenes.
Recién en el siglo XVIII se empezó a cuidar las ilustraciones de los cuentos y se comenzó  a considerar a la imagen como  una herramienta ideal para que los niños leyeran, de tal manera que esos libros iban perdiendo el carácter didáctico moralizante de las etapas anteriores y se proponían como lo que debían ser, juegos del lenguaje y juegos con las imágenes.
Y a partir del siglo XIX se colorearon  las ilustraciones gracias al avance de las nuevas tecnologías. Es aquí cuando comienzan los libros a parecerse a lo que conocemos por libro ilustrado en la actualidad.
Es a partir de la década del 60 del siglo pasado cuando las editoriales se atreven a publicar lo que vamos a llamar libro álbum, este tipo de portadores a partir de la idea de texto e imagen en íntima colaboración, como un solo proyecto que se formula en simultáneo y donde ambos lenguajes construyen significados y argumentos.
El álbum, tal como lo entendemos actualmente, es un producto postmoderno: surgió gracias al abaratamiento de la reproducción de imágenes, a los cambios en la educación y a la vocación por la imagen de la cultura actual.
 Los álbumes contribuyen a la educación literaria. Exponen a los lectores que se inician a discursos complejos, y a aspectos de la narración y de la comunicación literaria con los que se encontrarán más adelante al leer literatura. 
Texto e imagen hacen una síntesis; no se apoyan una en el otro. Generan distintas posibilidades de lectura y es el lector el que construye y enhebra el sentido de la decodificación de ambos y su interpretación.
Por un lado, el texto obliga a seguir adelante. Por el otro, las ilustraciones invitan a detenerse, a mirar cuidadosamente, a fijarse en los detalles, a descubrir signos.
Los libros álbum en general se caracterizan por utilizar el recurso de la metaficción, es decir, donde el propio libro aparece como objeto dentro del relato   e introducir referencias intertextuales.
La metaficción es un tipo de ficción que desmonta las convenciones de la ficción y llama la atención del lector sobre la idea de que lo que está leyendo es un artefacto, una creación y no la realidad. Este tipo de ficción es muy frecuente en la literatura postmoderna; para crear este distanciamiento, los autores se valen de técnicas diversas tales como narradores en los que no se puede confiar, salto de los niveles de la comunicación narrativa, préstamos de otras obras, cesión de la autoridad al lector.
Los álbumes metaficcionales exigen una lectura distanciada, muy diferente a la del lector romántico que se mete en la trama y sufre con sus personajes.
En Las pinturas de Willy, de Anthony Browne, además de realizar un homenaje a las obras cumbres de la pintura occidental a través de la parodia, deja abierta una nueva historia cuando en su última página podemos ver que el protagonista, Willy, el chimpancé, abandona la habitación donde estuvo pintando y deja tras de sí una máscara de mono y su chaleco multicolor, ¿Quién es Willy?¿Quién es el autor de esta obra?
A su vez, las imágenes evocan y dialogan con otras imágenes: Así como en la literatura se habla de intertextualidad cuando el texto se relaciona con textos anteriores, en el mundo de la imagen podemos hablar de intertextualidad visual: detrás de una imagen, podemos encontrar muchas otras con las cuales el ilustrador dialoga, cuestiona, imita, ridiculiza, etc. Por ejemplo en En el bosque, de Anthony Browne. Este libro tiene un intertexto ineludible: Caperucita Roja, pero ni los personajes ni la situación que introduce la historia son las mismas. El ruido por la noche y el silencio de la mañana le anuncian que algo ha cambiado en su hogar: papá se ha ido. No lo menciona explícitamente pero imágenes y texto lo dan a entender. Mientras que en la historia tradicional, la protagonista es una hermosa niña, en el libro de Browne el protagonista es un niño que está asustado ante la ausencia de su padre. Aparece en la imagen otro intertexto: Hansel y Gretel, dos niños perdidos en el bosque.
La lectura de un libro álbum convoca a una red de significación donde se ponen en juego elementos del cine, la historieta, la publicidad, en este contrapunto que generan el texto y la imagen. Este género abre un camino más para la formación de lectores activos, y no hay edad para su lectura. Desafía a quienes quieran hojearlo, una y otra vez, reflejando en cada interpretación, en cada significado que le da el lector, su propia historia con la literatura.

Tercer escalón: Cómo leen los niños los libros-álbum
Es interesante probar junto con los chicos textos que desordenen las estrategias, la comodidad conocida para leerlos. En ese sentido, a través de nuestro trabajo como mediadores y del de los chicos como lectores, se generarán nuevos recursos para nuevas lecturas palpitantes, desafiantes y visibles.
Es interesante que nos animemos a correr riesgos con los textos. Y es precisamente lo que proponen los libros álbum. Ejemplo, la hipótesis que realizan los niños cuando se les muestra la tapa de La escoba de la viuda, de Crhis Van Allsburg, por ejemplo.
El libro-álbum sostiene un tramado minucioso entre sus partes. Tapa, contratapa, guardas, ilustraciones, texto, todo es concebido como una unidad, lo que da paso a una obra de arte visual.
Estos libros, entonces, rompen la linealidad de una historia mediante el diálogo que las imágenes establecen con el texto. Y esta complejidad narrativa se pone al alcance de los chicos del Nivel Inicial a partir de la interacción del texto con la imagen y generan una lectura por parte de ellos antes de que sepan leer las letras.
Según un ilustrador, especialista en libros Álbum, Martín Salisbury, los niños valoran a los ilustradores, y con frecuencia intentan entender cómo consiguen los efectos y qué significan. Los jóvenes lectores son sensibles  al color y al tono e incluso  los más pequeños interpretan el lenguaje corporal que probablemente aprenden en los dibujos animados. A los niños les encanta divertirse con los libros álbum pero también quieren desafiar los retos que éstos proponen.

Cuarto escalón: De cómo aparecieron las historias y los dibujos

Entonces, después de leer sobre libros álbum, de experimentar con ellos en el aula, como en el caso de Celina que trabaja en el nivel inicial -casi sin proponérnoslo- en el taller de Marcelo empezamos con los primeros bocetos y a barajar ideas para armar nuestros propios libros álbum.
Como todo trabajo creativo el proceso es largo y arduo. Pensar en una historia en primer lugar que en los dos casos llevaría texto.
Y así escribimos la storyboard o guión gráfico, hicimos bocetos, desechamos ideas que al principio nos parecíamos geniales y que después se iban debilitando, trabajamos con borradores. Los personajes fueron mutando. Tanto Toribio como Alina fueron sufriendo transformaciones.
Pensamos mucho en las técnicas, en el color que predominaría, el barrio y la casa de Alina imponían grises y azules porque la historia comienza cuando Alina se aburre porque nadie le lee los libros que hay en la biblioteca.
Toribio, en cambio, juega con los espacios en blanco, con las líneas inacabadas que expanden los objetos. Dialoga con las formas, deconstruye, arma y vuelve a armar, simplifica objetos. En cambio el mundo de Alina dialoga con la literatura universal, intertextualiza imágenes que remiten a Pinocho, a los cuentos de los hermanos Grimm, a Italo Calvino, a las Mil y una noches.
Las dos trabajamos con acuarelas y microfibras.


¿Quién dibujo a Toribio? de María Celina Guzmán es un libro álbum que fue pensado como un regalo de Celina  para su sobrino Lautaro, que tiene un perro de raza big llamado, como el personaje, Toribio.
El cuento propone el tema universal del doble. El del doppelgänger -literalmente "doble que camina"- es uno más de los mitos engendrados por la idea de dualidad con la que el hombre percibe su entorno. Todo tiene su antónimo: el día en la noche, el fuego en el agua, la vida en la muerte.
El doble es un tema recurrente en la literatura, la tradición y el folclore popular.
El perro Toribio se queda solo en la casa y, robando los fibrones de la mochila de su dueño, se dibuja sobre la pared. Como en todas las historias fantásticas, el dibujo cobra vida y, al salir de la pared se desordena. Hocico por un lado, patas por el otro, cabeza y ojos en el cuarto, orejas en el baño. Ante tal prodigio, Toribio tiene miedo y se mete bajo un sillón. No obstante, se sobrepone y, antes de que llegue Lautaro trata de juntar las partes que forman otro animal muy distinto al que era en origen. Desmontar para resignificar, es entender que en el fondo todo puede ser de otra manera. El dibujo que se desarma se rearma propiciando otra lectura.
Mientras tanto, el lector, irá recorriendo la casa, descubriendo personajes misteriosos que se ubican como espectadores, para seguir el juego que propone la historia. Buscar las partes de ese doble de Toribio que, es, si se lo vincula con la literatura bíblica, una especie de Golem. En la cultura moderna y, particularmente, en el marco coloquial, el Golem es una figura metafórica estrechamente relacionada con el autómata, el ser descerebrado o el hombre masificado que, controlado, sirve desde un plano de conformismo, pero podría, bajo ciertas circunstancias, rebelarse.
El dinamismo de la historia, en la que texto e ilustración se complementan, propone a los niños leer entre líneas y “leer” las imágenes.
El dibujante, el artista, parece decirnos esta historia, es como Toribio, se ve, no como lo ven los otros, sino como es en la realidad de su creación y nos habla, además de la necesidad de estar acompañados aunque nos guste la soledad. El lector, como el Lautaro de la historia, parece un cómplice de la travesura puesto que intuye que algo “extraño” va a pasar.

Cuento con cuentos de María Cristina Alonso nació a partir de un tema recurrente que atraviesa sus escritos, esa sutil frontera que delimita la ficción de la realidad en el espacio de la biblioteca. Las bibliotecas como las entiende Borges, como un universo compuesto de un número indefinido e infinito de libros que remiten a otros libros. Un receptáculo donde siempre están ocurriendo los sucesos que conforman las historias que narran. Un lugar donde se vive la ficción, que contiene todos esos seres creados por la imaginación a lo largo de la literatura universal y que acompañan al lector.
En ese sentido, la historia de Alina está atravesada por intertextos diversos que remiten a la literatura universal y en especial a los relatos tradicionales para niños.
Alina vive en una ciudad que no está en ningún mapa y en una casita chiquita y gris. Se aburre -así lo cuenta la primera página donde se la ve sentada con su perro en la puerta de la casa- pero en ese mundo silencioso hay una biblioteca que nadie lee. Una biblioteca llena de libros siempre es una posibilidad y en ella ocurren cosas: está habitada por navíos, personajes del desierto, animales ruidosos y ciudades colgantes.
Los padres, como muchos adultos, no tienen tiempo de compartir lecturas con Alina (que dicho sea de paso tiene el nombre de la protagonista de Lejana, un cuento de Cortázar). Entonces, como en todo cuento fantástico, los planos se mezclan y de los libros salen las voces de personajes muy conocidos por el público infantil: Gepetto, el creador de Pinocho, el Patito feo, la madrastra de Blanca Nieves. Su parloteo es convocante y Alina se anima a bajar los libros y ponerse a leer.
El cuento nos habla de la inconmensurable compañía que nos hace la literatura, de cómo los lectores nunca estamos solos y la ficción nos ayuda a hacer frente a la soledad, la indiferencia, la incomprensión.

Como dice el escritor español Muñoz Molina: “Como el agua y el pan, como la amistad y el amor, la literatura es un atributo de la vida y un instrumento de la inteligencia, de la razón y de la felicidad.” 

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