Un poco más azul que el mar, María Cristina Alonso, (Niña Pez, 2025)
No sé de dónde vino la idea de trabajar con el
personaje de Alfonsina Storni. Seguramente porque siempre me gustó su rebeldía,
su empeño en escribir a pesar de su desamparo económico y su constancia para
construir una obra singular.
Pensemos que en un
tiempo en que la voz femenina es casi desconocida en el
campo cultural, una mujer que es poeta, maestra y
periodista representó una irrupción. Ella no pedía permiso para escribir, su
experiencia personal llevada a su poesía la convertía en una pionera de luchas
futuras.
Alfonsina Storni siempre me pareció una escritora
única, una auténtica rebelde, una mujer disruptiva que se atrevió a romper con las normas de la sociedad en la
que vivía. Tuvo un hijo de soltera, se ganó la vida con múltiples trabajos. Se
subió a escenarios, dio cátedras, arengó a las mujeres para que se liberaran
del patriarcado. Pensemos que en su tiempo las mujeres ni siquiera votaban,
hizo desde los trabajos más humildes como trabajadora en una fábrica de gorras,
moza en el café de su padre, costurera, oficinista pero también desarrolló una actividad
intelectual que la convirtió en una de las escritoras más leídas de su época.
Todos esos aspectos de su vida ya han sido
sobradamente estudiados, expuestos, difundidos. Yo quise, con este libro hacer
otra cosa, pensarla gozosa y no sufriente, pensarlo en ese lugar que siempre
describió con tanta belleza en sus poemas: el mar.
Revisando su iconografía encontré una foto que me disparó este libro: Alfonsina abriendo una
puerta, sorprendida por el fotógrafo a punto de entrar, imagino que a su casa.
Y es ahí donde empezó a colarse lo fantástico. Ahí estaba la historia. El
umbral donde podía hacer el pasaje de un mundo cotidiano al imaginario. El
espejo de Alicia, el ropero de Narnia, el Aleph de Borges. Detrás de esa puerta
estaba ese mundo fantástico que
describió en sus poemas a partir de la metáfora del mar. Una metáfora de la
muerte absolutamente original que fue construyendo en sus poemas hasta que, al
final de su vida, decidió hacerla realidad y se fue a vivir a ese mundo acuático en el que ya no
sufría dolor ni inquietud.
La ficción permite transformar
situaciones dolorosas en revanchas para quienes las padecieron. Si bien para Alfonsina acabar con su vida fue una
decisión muy personal que, según sus biógrafos, buscó poner fin a su enfermedad
y a muchos dolores personales, preferí imaginar que esa decisión se convertiría
en un viaje gozoso y gratificante.
Alfonsina fue armando, tal vez sin proponérselo una
escritura política, porque a principios de siglo una mujer tenía muchas luchas
que realizar. Y fue tan valiente que tuve ganas de hacer realidad ese mundo marino que imaginó en algunos poemas.
Colores, objetos, seres del mundo marino, cristales de nácar, ciudades
alucinantes. Una casa libre de todas las perturbaciones, una casa para andar en
libertad más allá del dolor y de las luchas humanas.
A Alfonsina no le gustaban
las jaulas, por eso eligió el mar que no tiene límites y parece infinito.
En esa vida de navegante eterna en el fondo del océano,
la Alfonsina de mi libro tiene ojos para ver escenas del pasado y del presente
que ocurren en las profundidades.
Y la idea me permitió jugar: ¿Qué pasaría si de pronto
Alfonsina, ya instalada en el fondo del mar como lo dice ese poema “Yo en el
fondo del mar” (En el fondo del mar hay una casa de cristal, a una avenida de
madréporas da…”, se cruzara de pronto con el submarino amarillo de los Beatles,
ese submarino de la canción compuesta por Paul Mac Cartney e interpretada por
Ringo Starr que cuenta la historia de un marinero que relata su vida en la
tierra de los submarinos. La canción
dice “Pues navegamos hacia él /Hasta que encontremos el mar verde/ Y vivimos por debajo de las olas” y así anda Alfonsina en
este libro, navegando sin tiempo.
.El poema “Yo en el fondo del mar” configuró mi libro.
Ahí
Alfonsina reunió todo su mundo imaginario: la casa de cristal, la avenida de
madréporas, el pez de oro, el pulpo que le hace guiños, el bosque verde, las
sirenas.
Entonces,
si Alfonsina en su viaje eterno por los océanos podía encontrarse con el
submarino de los Beatles también podía, por qué no, toparse con los despojos
del Titanic, que pese a la corrosión de tantos años hundidos aun guarda
vestigios de la gente que viajó y sucumbió en él.
Como ese
viaje es eterno e intemporal, también podría encontrarse con los desesperados
que se lanzan al mar en precarias embarcaciones y hasta con la selva de su
amigo Horacio Quiroga.
Me propuse
a través de textos y dibujos sumergirme en el mar que, para Alfonsina
representaba la inmensidad, un refugio y una fuente de inspiración que
incentivó su creatividad. Sus descripciones del mar siempre evocan paz y
plenitud y es allí donde parece encontrar su libertad anhelada.

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