miércoles, 1 de mayo de 2013

Libros que marcan caminos.


(Las fotos de Ezequiel)

La abuela de un ex alumno, biólogo y recién instalado en Viena llama a mi puerta blandiendo un pequeño álbum de fotografías, de esos que dan en las casa de revelado. Al principio no entiendo qué es lo que me trae pero me habla de su nieto y antiguo alumno mío en el Colegio Nacional de Bragado del que está orgullosa como lo estamos muchos argentinos porque es uno de los científicos que consiguieron desentrañar el mecanismo que opera en el reloj biológico de plantas e insectos. Un joven científico que ha dado que hablar en el mundo y que ahora está en Viena con una beca para seguir sus investigaciones.

La mujer me dice que Ezequiel, su nieto, quería participarme de una experiencia que había vivido hacía un par de años, que siempre había pensado escribirme pero en un viaje relámpago a su pueblo, me dejaba el testimonio gráfico porque como buen científico, sabía que yo no necesitaba palabras para entender.

La abuela me sigue contando de su nieto que hace poco se ha casado, que ha viajado a Viena con la esposa y la gata y mientras tanto, sigue blandiendo ante mis ojos el álbum cuyas fotos aun no he podido ver. Al fin las deposita en mis manos y yo las voy pasando: la conocida entrada al campo con la leyenda “El trabajo hace libres”, con las letras recortadas en hierro, los barrancones , las alambradas con su púas sobre un cielo sembrado de nubes, la cámara de gas, las torres de vigilancia. En unas pocas fotografías se despliega el horror de Auschwitz y, con apenas una mirada interpreto el mensaje de mi ex alumno que en alguna mañana de su escuela secundaria leyó conmigo el Diario de Ana Frank y hablamos de la Shoá, de los campos de concentración de la Alemania nazi, acaso de los campos de la dictadura cívico militar argentina.
Acostumbrado a desentrañar los misterios de animales y plantas, este doctor en biología molecular no pudo comprender –como nadie puede hacerlo- el horror del nazismo. Se lo ve en una de las fotos con los ojos enrojecidos, a punto de llorar. Su abuela me cuenta que había sido tal el impacto de la visita a ese centro de muerte que jamás podría volver a pisarlo.

Sin duda, las palabras de Ana Frank, escritas en el escondite y leídas muchas décadas después en la clase de Literatura de una escuela pública quedaron grabadas en la memoria y en el corazón de aquel adolescente que muchos años después, ya convertido en un científico reconocido, encaminaron sus pasos a ese museo de la memoria. Ana escribió en las primeras páginas que “el papel es más paciente que los hombres”. Los libros que se leen en la juventud van sedimentado en el interior de ciertos hombres y marcan caminos.

Cuando se fue la abuela de Ezequiel desplegué las fotos sobre la mesa de la cocina. No necesité palabras para componer el mensaje que mi antiguo alumno me enviaba a través del tiempo y la distancia. Un profesor sabe que un libro recorre derroteros indescifrables, que viaja con la gente, que crece con ella y que un día despierta ante los ojos del hombre de treinta años que lo evoca mientras camina por los senderos de Auschwitz, cerca de la ciudad polaca de Oswiecim, junto con otros turistas, ante los ojos de ese adolescente que seguía la lectura del diario de Ana, sentado en la primera fila, una mañana de hace una década, en mi clase de Literatura.

(Ezequiel Petrillo es doctor en Biología Molecular por la Universidad de Buenos Aires y uno de los investigadores que consiguieron desentrañar el mecanismo que opera en el reloj biológico de plantas e insectos)



viernes, 8 de marzo de 2013

Día de la mujer: No son flores lo que las mujeres reclaman

Mujeres.
No son tan frágiles como se las imagina. Les regalan flores, pero ellas tienen ocupadas las manos con hijos, trabajos, ropa para lavar, cuentas por pagar, proyectos que realizar.

Las piropean el día internacional de la mujer, pero ellas quieren escuchar justicia, quieren que no las golpeen, que no las discriminen, que no las aparten de sus hijos, que no las humillen.

Les dicen que son las reinas de la creación, pero después las obligan a tener hijos no deseados, a cobrar salarios de hambre, a rendir examen todo el tiempo.

Sin embargo las mujeres, sin cuarto o con cuarto propio -como sostenía Virginia Wolf a comienzos del siglo XX- han tenido que luchar palmo a palmo su derecho a no ser discriminadas en este mundo que a veces parece hecho sólo para los hombres.

Se confunden los que piensan que el día de la mujer se celebra con las habituales frases hechas que exaltan su fragilidad, su dulzura, su pertenencia al bello sexo. El día de la mujer tiene un origen militante. La fecha conmemora una manifestación femenina reprimida salvajemente, en la ciudad de Nueva York (EE.UU.), el 8 de marzo de 1857. Ese día, cientos de mujeres de una fábrica de textiles habían organizado una marcha en contra de los bajos salarios y las condiciones inhumanas de trabajo.

También en el mismo día, pero 52 años más tarde, Nueva York fue de nuevo testigo de las protestas de miles de mujeres trabajadoras.

A lo largo del siglo XX las mujeres han encabezado protestas de diversa índole y cada nuevo escalón en la consecución de sus derechos ha sido una dura batalla.

En un día como hoy las protagonistas son aquellas que, rompiendo viejos mandatos, se animaron a enfrentar el cerrado orden masculino.

El día de la mujer está cubierto con los pañuelos blancos de las madres que, marchando alrededor de la pirámide de Mayo, arriesgaron sus vidas para clamar por sus hijos desaparecidos. Tiene la perseverancia de las Abuelas, que siguen rastreando a sus nietos veinte años después. Y la voz de esas madres que piden justicia por sus hijos víctimas de la violencia en una sociedad cuya única ley es la de la selva.

El día de la mujer tiene la fuerza de esas otras que escriben o pintan, o estudian en las mezquinas horas que les dejan sus trabajos agobiantes. Y la de ésas, que crían solas a sus hijos cuando los hombres rehuyen sus obligaciones.

Tiene la melodía de aquellas que cantan a contrapelo de la realidad, y de las que -con paciencia- enseñan las primeras letras, y de las que se abren paso, a codazos o como pueden.

El día de la mujer es, además, Alfonsina Storni defendiendo su derecho a ser poeta, madre soltera e independiente; o Sor Juana, la docta, que se consagró a la iglesia para poder dar rienda suelta a sus enormes ansias de saber en tiempos en que sólo había dos lugares para la mujer, la casa y el convento. Y ni aún en el convento la dejaron tranquila con sus libros.

Y es Aurora Dupin, haciéndose llamar George Sand para publicar sus novelas y vistiéndose de hombre para asistir a los cafés parisinos del siglo XIX.

Y también Juana Manuela Gorriti, escritora y patriota, intentando vivir de la literatura no sólo con cuentos fantásticos sino también con libros de recetas de cocina.

Y las otras, las científicas, las sufragistas, las maestras, las políticas que no se corrompen, las que todos los días salen a ganarse el pan. Y también las que padecen la violencia, el hambre, la desnutrición, el analfabetismo, la discriminación.

Las conocidas y las anónimas.

También es mi abuela, aprendiendo -en aquella aldea gallega- a leer y a escribir detrás de una puerta porque su padre, el maestro, sólo impartía las primeras letras a los hombres.

Y es la fidelidad de mi madre, pilar de una casa hasta que le dieron las fuerzas. Y mis amigas y colegas que todos los días pelean por un espacio de libertad, por no ser humilladas, por no reproducir los modelos machistas que aún hoy imperan.

No son flores, entonces, lo que ellas esperan. Ni siquiera que exista un día de la mujer. Esperan un mundo más justo, una esperanza tan desmedida como las batallas que fueron ganando a regañadientes.

viernes, 23 de noviembre de 2012

El hombre del gabán de María Cristina Alonso

(Palabras de la Licenciada Marta Pasut para la presentación de la novela en el Centro Cultural Florencio Constantino)



El hombre del gabán no es una biografía ni una novela histórica. Hay en ella, sí, muchísimas referencias que pueden ser corroboradas en cualquier bibliografía específica. Por la novela desfilan el escritor Miguel de Unamuno; Enrico Carusso; Eduardo Zamacois; el payador Gabino Ezeiza; algunos bragadenses como Ramoncito Ibarra, Pito Blanch, Andrés Barrera, los hermanos Islas, Electo Urquiza… Por sus páginas volvemos a revivir hechos que alguna vez hemos conocido: la inauguración de este teatro, la invención de kinestocopio, las guerras carlistas, las inundaciones de Bragado en el 13…

La trama nos lleva por los lugares que recorrió Constantino. A través de ella despedimos al siglo XIX y entramos al XX, deambulando con el cantante por los teatros de Buenos Aires, Nueva York, Varsovia, Moscú, mientras en nuestros oídos resuenan las notas de La Bohéme, Rigoletto, Tosca, Lucía de Lamermoor…
Pero entre esos lugares rastreables, entre esos nombres y hechos reconocibles, aparecen también Miguelito, Rosa, Pierre, Paco, personajes entrañables inventados por la autora. Ella ha creado el mundo de todos estos seres, y ha ido transitando por sus pensamientos.
Y estas son las licencias que permite la literatura. Porque, en definitiva, no se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo.
A lo largo del proceso de escritura, Cristina Alonso ha buceado por los más diversos mares. A través de ellos fue recorriendo el tiempo en que vivió Florencio Constantino. Cada paso dado le abrió nuevas puertas: tuvo que penetrar por ellas al mundo de los autómatas, a los terrenos de la ópera, al país de los sueños, para llegar también al lugar de la locura.
Y de esa amalgama entre verdades y mentiras, nació El hombre del gabán.
En la página 75, Constantino le pregunta al Dr. Venancio Macías “¿De qué otra manera puede contarse la hazaña de saltar de una trilladora en las pampas argentinas, a la ópera -que es un arte excelso del que disfrutan las clases pudientes-?”
Y esta pregunta es la que también ha de haberse planteado Cristina, con todos los materiales sobre la mesa. La manera que ella elige es contar esta vida desde los momentos finales del tenor, en los desvaríos de la locura. Y -desde ahí- se expande a toda su trayectoria. Coloca a Constantino en el Instituto para enfermos mentales Lavista, en el DF de México, allí, donde el Dr. Macías está escuchando la historia del tenor, porque le interesa esa vida y se plantea, también, cómo contarla.
La autora decide empezar desde atrás y –a través de sucesivos flash back- el lector va recuperando pasajes importantes de la vida del protagonista. Esos saltos hacia atrás están contados por distintas voces: Luisa, la primera mujer; Miguel de Unamuno, la corista Hontabot, Mendizábal, Miguelito…
Y así nosotros, los lectores, vamos configurando ese universo.
Las novelas mienten –es cierto- pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es.

El mérito de esta novela es revivir a Constantino, sacarlo de un mero dato en una cronología y darle la envergadura de un ser de carne y hueso. De ahí que suframos con su padecimiento y nos hagamos más conscientes de la fragilidad humana y de las veleidades de la fortuna o de la fama.

En esta historia, Constantino tiene un sueño recurrente. Sueña con que el teatro se inunda. El agua anega el subsuelo y las paredes se resquebrajan. Tal vez lo que veía en sus sueños era muy parecido a lo que creó Ernesto Pereyra para esta tapa. El teatro ha sido construido en el barrio de las ranas, no lejos de la laguna, tan a merced de las inundaciones –piensa Constantino muy cerca de su muerte-.
Podríamos decir que esos sueños –de alguna manera- preanunciaban la decrepitud en que cayó el edificio durante algún tiempo.
Pero los años nos han dado la posibilidad de ser testigos de una gran reparación. Hoy estamos presentando una novela sobre el tenor en un Teatro Constantino impensado para Bragado.
Desde algún lugar, este Florencio Constantino que protagoniza la novela y aquél que la ha inspirado han de sentirse totalmente satisfechos.

Yo los invito a que conozcan a este hombre del gabán. A que se sumerjan en estas páginas y se dejen ganar por la ilusión novelesca. Solo así, conociéndolos, los sueños de Constantino seguirán haciéndose realidad.


sábado, 17 de noviembre de 2012

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Del Templo de las Artes en California al Complejo Cultural Florencio Constantino en Bragado

A veces los sueños tardan cien años

En 1918 Florencio Constantino está en California y ya casi se ha retirado de los escenarios. Sus últimos años norteamericanos han sido duros, le han acarreado demandas, juicios, achaques y sinsabores. Pero todavía tiene sueños y algo de dinero para concretar una vieja idea: la creación de una escuela donde se enseñe arte.

El tenor, que todavía conserva su fama, ha tenido siempre la vocación de acercar el arte al pueblo. Él es un hombre del pueblo aunque su voz le haya permitido codearse con reyes, aristócratas e intelectuales. Cree en la necesidad de la formación musical de la niñez para desarrollar talentos, sobre todo de los hijos de las clases más pobres. Acaso recuerde su infancia tan huérfana de estímulos musicales.

En 1918, cuando en Europa finaliza la Gran Guerra y la gripe española viaja en las gargantas de los soldados que han luchado en el frente, el proyecto de Constantino, que dio en llamarse Temple of Arts, está en marcha. Un conservatorio que se convierte en lugar para recitales y conciertos organizados por los profesores de la casa.

Constantino ha equipado el edificio con escenarios y escenografía que incluye decorados varios: jardín, palacio, bosque, salón. El cuerpo docente es selecto. Ha conseguido que Theodore Roberts, un actor de Hollywood que ya tenía una carrera en el cine mudo y el escultor italiano Carlo Romanelli que vive en Los Ángeles desde 1902 se integren al plantel de profesores

Su idea consiste en abarcar todas las artes, por eso la institución cuenta con cuatro departamentos. El de Música cuyo director es el mismo Constantino y en el que se enseña canto, piano, órgano, Contrapunto y Armonía, Orquesta y Banda de música, violín violoncelo y arpa.

Del departamento de danzas es responsable Mme Matildita, el de Lenguas modernas y Literatura, un profesor de apellido Rosado (se enseñaba español, italiano, francés y alemán). El de Bellas Artes queda a cargo del escultor Romanelli que ha tallado la placa de bronce que representa a Madame Cadillac llegando a Detroit en canoa desde Quebec y que se luce en Cadillac Center Station.

El Departamento de teatro, bajo la dirección del Theodore Roberts, actor y estrella de cine, tiene un atractivo acorde con los tiempos que corren. Además del entrenamiento habitual que realiza todo actor para su formación, se anuncian clases de filmación. Los futuros intérpretes viven la experiencia de ser filmados en estudio y en exteriores en los escenarios que Mr Roberts prepara. Luego, los alumnos ven sus propias filmaciones en una pantalla. Un templo de las Artes a tono con el éxito arrollador que tiene el cine mudo, que es la fuente de esparcimiento más importante de los norteamericanos y con la industria cinematográfica que se consolida con la fundación de los primeros estudios grandes en Hollywood, California (Fox, Paramount, y Universal).

En el Templo de las Artes de Constantino muchos alumnos sueñan con ser tan populares como Charles Chaplin, firmar contratos millonarios como lo hace Mary Pickford y salir fotografiados en la revista Photoplay.

El enero de 1918, la revista Pacific Coast Musician asegura que El Temple of Arts reporta un gran número de inscripciones para ser su primer año. La fama de Constantino atrae alumnos del Este y del Oeste de la región. Muchas de las clases que se dictan semanalmente son gratuitas porque Constantino cree en la necesidad de acercar el arte al pueblo y se organizan conciertos a beneficio para los soldados que regresan de la guerra o de la Cruz Roja.

Cuando en 1919 Florencio Constantino muere en México en el sanatorio para enfermos mentales Lavista de Tlalpan, el sueño del Templo de las Artes se derrumba. Cien años después, en aquel teatro que el tenor construyera en su pueblo de los comienzos, Bragado, que ha sufrido a lo largo de los años una suerte adversa y ha estado a punto de ser derrumbado, se reinaugura el Centro Cultural Florencio Constantino.

Un espacio que no sólo contiene la sala destinada a la lírica, sino que alberga otra sala de teatro, un microcine, una sala de conferencias y áreas específicas para ballet, música y pintura, archivo y biblioteca.

A veces los sueños de los hombres tardan cien años en concretarse. El 25 de noviembre, cuando se reinaugure oficialmente el complejo, aquella idea de un Templo de las Artes dedicado al pueblo encontrará su cauce.



lunes, 1 de octubre de 2012

Narrar desde el aula: "El profesor" de Frank McCourt

Frank McCourt se tomó su tiempo para escribir, digamos que esperó a tener más de sesenta años y jubilarse para contar sobre su infancia terrible en Limerick, Irlanda (Las cenizas de Ángela) o sobre su experiencia como docente. ¿Qué estaba haciendo mientras tanto? Dando clases en escuelas secundarias, corrigiendo escritos de sus alumnos adolescentes y postergando la lectura de sus escritores preferidos, esquivando directores y supervisores que no comprendían sus peculiares métodos para enseñar escritura creativa e inglés. Treinta años de carrera docente que McCourt relata en El profesor, para que quienes hemos permanecido en las aulas esa misma cantidad de años nos identifiquemos en muchas de sus apreciaciones.

Porque lo que cuenta este profesor de secundaria son sus vicisitudes e iluminaciones desde adentro del salón. No teoriza, nos acerca las voces de sus alumnos, narra los conflictos que surgen en la tarea docente, nos permite identificarnos con un profesor que duda, que suele sentirse desconcertado en el universo de la clase. Porque sólo quien ha estado en esa situación sabe cómo se siente un profesor en ese micromundo que es un aula llena de adolescentes. “El aula- dice MacCourt- es un lugar de mucho dramatismo. Nunca sabrás qué les has hecho a, o qué has hecho por, los cientos que vienen y van. Los ves salir del aula: soñadores, insulsos, despectivos, maravillados, sonrientes, perplejos. Después de unos años desarrollas antenas. Sabes cuándo llegaste hasta ellos, cuándo te los pusiste en contra. Es química. Es psicología. Es instinto animal. Estás con los chicos y, mientras quieras seguir siendo profesor, no hay escape. No esperes ayuda de los que han escapado del aula, los superiores, Están ocupados yendo a almorzar y pensando pensamientos superiores.”

Por momentos se torna lúcido y cuestiona al sistema educativo en la línea de la película “The wall”: “¿Para qué son las escuelas de todos modos? Pregunto: ¿es tarea del profesor proporcionar carne de cañón para el complejo militar-industrial? ¿Estamos formando paquetes para la línea de montaje corporativo?

Frank McCourt enseñó Inglés y Escritura creativa durante treinta años en escuelas secundarias de Nueva York. Fue invisible para el mundo de la literatura hasta que, ya jubilado, con 66 años, se convirtió en best seller y ganó el premio Pulitzer.

Su dura infancia en Irlanda le dio material para este y otros libros y para convertirse, según sus propias palabras, en una novedad geriátrica.

En El profesor explica por qué tardó tanto en escribir y publicar. “Estaba enseñando. Cuando das cinco clases por día, cinco días a la semana en una escuela secundaria, no te inclinas por volver a casa, despejar tu cabeza y labrar una prosa inmortal”

domingo, 16 de septiembre de 2012

Escuela y Literatura: un antidiscurso de despedida

  Primera escena:

Entro a la escuela de la mano de mi padre que ha dejado por un momento de dibujar planos sobre su tablero y ha caminado las dos cuadras por la calle Núñez, tal vez con un nudo en la garganta porque es una primera vez, y como todas las primeras veces conmueven como las últimas. Es 1960. Mi madre ha preparado el desayuno escuchando la radio y yo estoy orgullosa porque entro al jardín de infantes vestida como mi hermana que ya está en sexto. Entro en la escuela sin imaginar que pasaré más de cuarenta años recorriendo las galerías, inventando historias sobre sus paredes llenas de láminas, atisbando la misteriosa mapoteca donde un cuerpo de yeso muestra las vísceras azules y rojas. Por varios años leo libros de lectura que tienen títulos tan poco atractivos como “El niño y su lectura” o “Fuentes de vida”, el manual del estudiante bonaerense que desalienta desde sus tapas grises, recorto soldados de San Martín del Billiken. Pero también leo Mujercitas y, sentada en un banco de cuarto o quinto grado, quiero ser desesperadamente como Jo, la chica rebelde que escribe en una bohardilla. En la escuela, además de las batallas por la independencia y las invasiones inglesas entra el odio de Ahab, el capitán de Moby Dick, por la ballena blanca, el misterioso capitán Nemo de Verne los liliputienses de Swift y el detestable Kurtz de El corazón de las tinieblas. Más allá de las ventanas de las aulas, tras sus vidrios escarchados o empañados por la lluvia, yo sé que late el desierto con sus arenas resplandecientes o la selva de Horacio Quiroga acecha con sus yararás y sus hombres malditos por el alcohol. La escuela me da esas visiones que emanan de las páginas de los libros leídos muchas veces a escondidas. Hay un poema de Stevenson que cita Alberto Manguel, un lector empedernido, en su Historia de la Lectura, que explica estas antiguas sensaciones que me propiciaban los libros: “Así era el mundo y yo era el rey: / Para mí zumbaban las abejas, volaban para mí las golondrinas”.

 Segunda Escena:
 Es una mañana fría de invierno tal vez de 1970. Todavía no se ha encendido la estufa a kerosene y, mientras mi madre prepara el café con leche le digo desde el dormitorio, calzándome las medias en los pies helados: -Nunca voy a tener un trabajo que me obligue a madrugar. Todavía me falta terminar la secundaria y los años de universidad pero, paradójicamente y contra ese deseo primigenio, desde que me recibí de profesora en letras y durante treinta y cuatro años escuché bramar al despertador como un animal acorralado, me levanté a la madrugada para ir a mis clases y me calcé las medias en los pies helados refunfuñando. Desde el principio, supe que, la literatura y las madrugadas eran dos cosas que nunca se llevarían bien en mi vida. No obstante, el olor del café con leche aquel día de mi infancia en que pronuncio la sentencia incumplida, inunda la casa y yo termino de salir de la cama pensando en que más frío -porque hasta que la estufa de kerosene agarra viaje la casa tarda en calefaccionarse -más frío había pasado Fiedor Dostoievski en la cárcel de Omsk, en Siberia, experiencia que contaría tiempo después en su libro Recuerdo de la casa de los muertos y que yo he encontrado en una caja en el galpón, medio roído por las lauchas, entre muchos otros que resumen la biblioteca de una tía lejana que ha muerto y cuyas escasas pertenencias han ido a parar a mi casa. Ese libro y otros autores rusos que leo después consuelan mis inviernos. Porque yo voy muchas veces a San Petersburgo, camino por la avenida Nevsky con Gogol y sin capote, y veo las cúpulas de San Isaac desde el canal con las luces de las farolas proyectándose sobre el río Neva, un paisaje que sigo recordando cuando un alumno, muchos años después, me dice en una primera hora de la secundaria, una mañana muy fría y destemplada, que ha leído El jugador de un tirón durante una noche de insomnio. No es de los más estudiosos, pero lee lo que le cae en la mano y escribe mejor que cualquiera de los que siguen mis clases aplicadamente. Un alumno que lee a Dostoievski sin que nadie se lo pida es una especie de felicidad inexplicable para una profesora de Literatura.

Tercera escena:

Suena el timbre del recreo. Es una mañana de cualquier día de 1981, en cualquiera de las escuelas donde trabajo. Estamos en dictadura y la literatura, como otras cosas en el país está rigurosamente vigilada. Salgo del aula con una bolsa llena de libros colgada del hombro. Los pasillos se llenan de alumnos, de voces, de gritos. Paso por delante del despacho de la directora que hace que lee unas planillas pero vigila detrás de sus anteojos. Sonrío. Su trabajo es vigilar. El mío el de no levantar sospechas. Llevo conmigo a unos tipos impresentables que no serían de su agrado y que -si los descubriera- serían invitados a abandonar el establecimiento inmediatamente. Uno por ejemplo es un loco que, de tanto leer libros de caballería se cree un caballero andante, confunde molinos con gigantes y anda liberando galeotes. Otro se despierta convertido en insecto con el vientre abombado y parduzco, moviendo las patas sobre el cobertor. Va también Long John Silver, el Largo, un marinero aparentemente trabajador y honrado que es, en verdad, un pirata feroz al que le falta una pierna y lleva un loro posado en su hombro. A dos gauchos que se exilian en tierra de indios- uno de ellos ha roto la guitarra y tiene dos lagrimones que le ruedan por la cara. Hace barra con ellos una mujer adúltera, Emma Bobary, natural de Tostes, compradora compulsiva que terminará sus días ingiriendo arsénico en polvo. Y una muchacha suicida que escribe poemas desesperados y dice “Alejandra, Alejandra/ debajo estoy yo/ Alejandra” y sentencia que “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo”. Y, para empeorar las cosas, también estoy con otro tipo que se la pasa vomitando conejos y es imparable. Yo no sé que voy a hacer si la escuela se llena con los conejos de Cortáza, que no se culpe a nadie. Pero por momentos lo imagino, conejos saltando sobre la mesa de la sala de profesores, escondiéndose en los mapas enrollados, saltando sobre los ficheros, saliendo desde dentro del cajón de la secretaria que pierde los anteojos con la impresión. Y ni hablar si suelto a los leones que han estado agazapados en la pradera artificial del cuarto de los niños del cuento de Ray Bradbury. No quiero que la directora me llame. Seguro que me pedirá que le haga un informe sobre el rendimiento de los alumnos, que pase notas en huidizos casilleros, que llene una declaración jurada con toda mi carga horaria. Y yo ando con mi bolsa, de aula en aula, tratando de que el capitán Ahab, deje por un rato su obsesión por la ballena blanca llamada Moby Dick y que los gitanos de García Lorca no griten tan fuerte dentro de la fragua. A pesar de que siento la mirada helada que me lanza tras sus anteojos de miope, paso por delante de sus narices con todos esos indisciplinados que llevo adentro de mi bolsa, que hablan a mis alumnos con el discurso revulsivo de la literatura. A veces he intentado explicárselo cuando me agobia con reuniones de departamento y de padres. No puedo hacerle entender que, más allá de los programas oficiales y las recomendaciones pedagógicas, un profesor de literatura es un guía de lecturas, alguien que da de leer sus textos preferidos, que habla sobre lo que lee o escribe, que expone ante sus alumnos su biblioteca personal, los personajes que lo han marcado, las páginas que lo han emocionado. Soy la suma de los libros que leo y doy de leer, tengo la armadura de mi biblioteca para soportar los embates de una profesión signada por las palabras. Con ese caudal me visto para afrontar las incontables horas de clase, los humores diversos de los alumnos y colegas, ese universo kafkiano que es una escuela cuyo mejor espacio es el aula de clase cuando todo está por inventarse.
Cuarta escena:
 Esto sucede cualquier día, en cualquier trimestre, en cualquier estación. Estoy en un salón de clases. Hay treinta o más adolescentes que me escuchan. Hablamos de los géneros, el policial y sus claves, el terror y sus marcas. Los miro, he mirado a mis alumnos muchas veces con cierta consternación. Adelante suele sentarse el Mejor Alumno, ese que tiene las respuestas antes que uno formule las preguntas, más allá el Distraído, orbitando en su mundo, La Más Linda, mirándose disimuladamente en un espejito, y también La Feminista, la que cuenta que en su familia su abuela, madre y hermanas siempre se las arreglaron solas, El Solitario, ese que jamás dice una palabra y baja la cabeza cada vez que uno pronuncia su nombre. En el fondo se sienta el Chistoso, ese que dice cualquier cosa para llamar la atención. Están los Resentidos, los Quisquillosos, los Simpáticos, los Burlones, la más Estudiosa, la Imaginativa, el Tapado. Alumnos. Siempre me gustaron más los rebeldes que los aplicados, los contestatarios que los conformistas, los que se pintan la cabeza de verde a los que lucen ropa de marca. No voy a idealizarlos románticamente. Pero algunos me gustaron mucho, me encanta escucharlos, leer sus escritos, confrontar ideas. Con ellos realizamos muchos viajes: hacia islas solitarias, a pueblos caribeños, al futuro distópico, al pasado lejano. Gracias a los libros hemos traspasado los límites del tiempo y del espacio, hemos viajado también al interior de nosotros mismos. Porque como dice el escritor Muñoz Molina “La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros y mucho más lejos del alcance de nuestra mirada. Es una ventana y también un espejo. Quiero decir: es necesaria.
Última escena:
Estoy en una mesa de examen del Profesorado primario, es finales de febrero y por las ventanas abiertas del aula se filtra la noche con sus rumores, acaso no hay luna. Voy examinando a las alumnas y, sorpresivamente los trabajos que escucho son en general muy buenos. Miro a las profesoras que me acompañan y pienso que todo huele a final. Mi última mesa de examen, la última vez que estoy en la escuela como profesora activa. Y eso tiene un olor, tiene una forma, tiene múltiples imágenes que se van colocando unas dentro de otras como en cajas chinas. Lleno planillas, pongo las notas, firmo el acta y pienso que todo final tiene también un principio, que como una víbora que se muerde la cola vuelvo, a través del aire suave que entra por la ventana, a las escenas anteriores. Recuerdo un texto de Isidoro Blaisten: “Escribir es perdurar en la palabra, creo que sólo la ausencia puede nombrar a la ausencia. Pronunciar una palabra es fundar ya el olvido.” Salgo a la noche calurosa de fin de verano y no digo adiós. Pronunciar esa palabra es fundar el olvido. Se me ocurren muchas escenas de despedidas. Me quedo con una: en la novela de Güiraldes, Fabio Cáceres se despide de su maestro y mentor Don Segundo Sombra. Ha dejado de ser un gaucho pobre y se ha convertido en patrón. Los dos personajes se dicen adiós al borde de una laguna y luego Fabio, ve cómo la silueta del padrino aparece en la lomada. Siente tristeza, piensa en su soledad y dice dando vuelta a su caballo “me fui como quien se desangra”.