jueves 12 de noviembre de 2009

La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares


IMÁGENES VIRTUALES



En 1940, Adolfo Bioy Casares escribió una novela que vaticinaba lo que hoy conocemos como realidad virtual. En este siglo, mediático y virtual, la historia de La invención de Morel sigue siendo fascinante, no tanto por su carácter anticipador, sino porque, en el fondo, cuenta la eterna historia de la imposibilidad del amor, la más antigua y dolorosa de las aventuras humanas.
Un fugitivo llega a una isla y se encuentra de pronto frente a hombres y mujeres que bailan y toman el té bajo la lluvia. De la isla se dice que contagia una terrible peste que mata de afuera para adentro, y el fugitivo, debe convivir con los milagros extraños de ver dos soles y dos lunas o de presenciar el prodigio de pasar, sin ser visto, por los visitantes.
Bioy Casares imaginó en La invención de Morel, a un inventor que intenta dar perpetua realidad a sus fantasías, reproducir a través de complicados aparatos regidos por las mareas a las personas que lo acompañaron durante una semana en la isla y conseguir -aunque de manera ilusoria- el amor de una mujer.
En el siglo XXI, las invenciones de Bioy, que por aquel tiempo en que escribió esta novela parecían sólo surgidas de la literatura fantástica o de la ciencia ficción, no parecen tan lejanas. La realidad virtual, es decir la apariencia de las cosas que en realidad no son, inauguran una nueva manera de recrear lugares y fenómenos físicos, pura ilusión, pero esta vez de la mano de la tecnología.
Con la realidad virtual, todo lo que no tenemos o lo que jamás podremos conseguir, estará a nuestro alcance.
Morel inventa un aparato para reproducir imágenes que lucen tan reales como las personas. El complicado mecanismo funciona merced a las mareas y proyecta imágenes grabadas en un disco, que se repite eternamente, imágenes que se corporizan en el mismo espacio en el que un día vivieron las personas que fueron filmadas. El problema con el que se enfrenta Morel es que esas imágenes no conservan el alma. Su ilusión de lograr la inmortalidad se ve, de esta manera, frustrada. Morel, está enamorado de la esquiva Faustine y, para obtener su amor, dispone de la vida de sus amigos que lo acompañan en la excursión a la isla para pasar el resto de la eternidad junto a ella.
La historia está contada por un fugitivo venezolano que se refugia en la isla huyendo de la policía de su país y que, sometido a las privaciones y al aislamiento, se enamora también de Faustine, que mira todas las tardes la puesta del sol. Cuando el fugitivo descubre que todos los veraneantes de la isla no son reales, sino imágenes grabadas en un disco que se repite cíclicamente, su desesperación lo lleva a filmarse junto a ellos para conseguir el amor de la mujer. Pero en ese juego de realidad virtual, descubre que, aunque eternamente las máquinas lo reproduzcan junto a Faustine, jamás podrá entrar en su conciencia, porque pertenecen a mundos y tiempos diferentes.
Lo que Bioy, uno de los cultores de la literatura fantástica, plantea como trama ingeniosa, la tecnología computacional ha desarrollado a través de la realidad virtual, que utiliza los sentidos del cuerpo, la vista, el sonido, el movimiento y el tacto para simular objetos o lugares reales.
Si en la novela, Morel logra reproducir imágenes a partir de complejas máquinas, en la realidad, ahora cualquier usuario portando un casco y un guante de datos puede adentrarse en un mundo tridimensional y manipular objetos en él, generados por la computadora. La realidad virtual, usada en las estaciones de trabajo de la NASA, por los arquitectos para explorar casas que han sido diseñadas pero no construidas, por los animadores de personajes de caricatura y en los salones de juego de video, es un comprobado milagro tecnológico.
Sin embargo, la novela de Bioy Casares, escrita hace mas de cincuenta años sigue siendo fascinante, no tanto por la sorprendente imaginación de su trama, por ese mecanismo de relojería que es su argumento, sino porque la literatura, aún cuando plantee inventos que después se hacen realidad, como le sucedió a Julio Verne, si está bien escrita, seguirá deslumbrando al lector. "Quise ser escritor para contar, en tono despreocupado, historias de héroes que dejan la seguridad de su casa o de su patria y el afecto de su gente, para aventurarse por mundos desconocidos", admitió Bioy Casares cuando agradeció el premio Cervantes. Recorriendo las páginas de La invención de Morel, los lectores seguiremos asombrándonos del prodigio de esos seres que escuchan Té para dos y Valencia, y bailan bajo la lluvia, entre los pajonales, y seguiremos padeciendo junto al fugitivo, todos los peligros que lo acechan en la isla.
Seguramente, el paraíso de la tecnología nos espera con inventos aún más deslumbrantes que el de las imágenes virtuales, acaso también se llegue a fabricar réplicas de seres humanos y de animales, como en la película Blade Runner, un clásico del cine de ciencia ficción. Pero para los lectores de novelas, la historia de un hombre que se deja morir por amor a una mujer, seguirá siendo el más sorprendente de los inventos humanos.

domingo 8 de noviembre de 2009

VIII Encuentro de Jóvenes y memoria en Chapadamalal








Recordar el pasado y pensar el presente


Durante tres días –entre el 5 y 7 de noviembre- alumnos de tres escuelas medias de Bragado, presentaron el resultado de sus proyectos de investigación en el marco del VIII Encuentro de Jóvenes y Memoria de la Comisión Provincial por la Memoria. En esta oportunidad, viajaron gracias al apoyo económico del municipio, los equipos de trabajo de los polimodales de las escuelas Comercial, Nacional y Normal acompañados por los docentes coordinadores María del Carmen Giuliano, Marita García, Cristina Alonso y Ana Aguilar.
El encuentro que se realiza en el Complejo Turístico de Chapadmalal es un acontecimiento inigualable donde se encuentran más de 800 en cada tanda y son cinco, alumnos de escuelas de la provincia de Buenos Aires que comparten sus trabajos sobre la memoria del pasado reciente y sobre cuestiones del presente, debaten en foros, participan de talleres y hacen escuchar su voz, aprenden a reconocerse en sus diferencias y estrechan lazos solidarios.
Los trabajos que presentaron los alumnos de Bragado versaron sobre el tema de los desaparecidos oriundos de nuestra ciudad. Los alumnos de la escuela de Comercio presentaron un video que indagó sobre las historias de los siete desaparecidos bragadenses y las escuelas Normal y Nacional presentaron el libro “Cartas de Cecilia” que cuenta la historia de Cecilia Luján Idiart.
El encuentro contó con la presencia del Premio Novel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, que escuchó los trabajos y felicitó el compromiso de los jóvenes con cuestiones que todavía no están cerradas en nuestra sociedad.
Año a año, las investigaciones que realizan los chicos sobre las violaciones a los derechos humanos de la última dictadura militar se van enriqueciendo con otras problemáticas del presente. Este año fueron muy conmovedores trabajos que abordaban temas como el gatillo fácil, que cuestionaban los intentos de aplicar leyes que bajen la imputabilidad de los jóvenes, la exclusión social, la historia de los barrios del conurbano bonaerense, entre otros.
También apareció como otras veces distintas miradas de la guerra de Malvinas. Este año participaron alumnos del Liceo Militar San Martín, acontecimiento sin duda trascendente si se piensa en democratizar a las Fuerzas Armadas.
Varios videos fueron conmovedores, como el presentado por los alumnos de la escuela Padre Carlos Mujica del barrio Puerta de Hierro de La Matanza, sobre el tema de la exclusión y la discriminación y una investigación hecha por los alumnos de Agustina, un pueblo situado a veinte kilómetros de Junín que descubrieron que en una comisaría del lugar había funcionado un centro de torturas y posiblemente hubiera enterradas víctimas de la dictadura.
Estas representaciones del pasado y las marcas que van dejando en el presente, trabajadas en la escuela, nos salvan del silencio cómplice o del mero recuerdo repetitivo. Las múltiples voces de víctimas y testigos que entregan sus relatos a los alumnos dejan un espacio para la continuidad, porque quienes las reciben hacen un nuevo relato de tal manera que la memoria pasa de generación en generación.

lunes 26 de octubre de 2009

Cartas de Cecilia


Con los alumnos de las Escuelas Medias 2 y 4 de Bragado participamos del Programa Jóvenes y Memoria de la Comisión Provincial por la Memoria. El 5 de noviembre iremos a Chapadmalal a presentar nuestro trabajo en el marco del VIII Encuentro.


Nuestra investigación, este año, quedó plasmada en un libro, Cartas de Cecilia, Historia de una desaparecida durante la dicatadura cívico militar (1976-1983).

Cecilia Luján Idiart nació en Bragado en 1955 y fue vista por última vez en la Brigada de Investigaciones de La Plata a fines de noviembre de 1977.


Investigación realizada por los alumnos de las Escuelas de Educación Media n° 2 y n°4 de Bragado:

Francisco Sánchez
Gimena Navarro
Joaquín Riera
Leonor Rodriguez Pratt
Lucía Costa, Pablo Pildain
Magdalena Gianzanti
Nicolás Lamazon
Victoria Juárez

Coordinación y puesta en texto:
María Cristina Alonso
(De la contratapa del libro)

Una tarde o una noche de 1977, una chica de poco más de veinte años escribe una carta para su familia. La escribe con birome en hojas blancas. Su letra, un poco despareja, da cuenta de una escritura que se hace con premura, acaso con desesperación. La chica escribe sobre cosas que, a simple vista, parecen triviales. Pide lana roja y azul para tejer, está haciendo una agarradera porque dice, con eso se entretiene.
En apariencia, leídas a más de treinta dos años del momento en que se escribieron, las cartas de Cecilia parecen inofensivos mensajes de una hija a su familia, las de una chica simple que repite que cree en Dios y que Dios la ayuda y le ha indicado el camino.
Pero no son cartas comunes como no lo fueron las circunstancias en que se escribieron. Este libro, realizado para el programa Jóvenes y Memoria, relata la historia de Cecilia Luján Idiart, una joven desaparecida en 1977 que participó-junto a otros seis jóvenes- de un extraño experimento de “recuperación” en la Brigada de Investigaciones de La Plata. Este grupo fue asistido “espiritualmente” por el cura Christian Von Wernich quien participaba en las torturas y en los interrogatorios. Los represores permitieron durante un tiempo que las familias los visitaran en cautiverio.
Cecilia fue secuestrada el 16 de diciembre de 1976 y fue vista por sus familiares, por última vez, a fines de noviembre de 1977.

jueves 1 de octubre de 2009

Bartleby contado por una alumna


Leimos con mis alumnos de Polimodal de la Escuela Media 2 de Bragado el maravilloso texto de Melville, Bartleby, el escribiente. El relato está contado desde el abogado dueño de un estudio en Wall Street que contrata a un singular escribiente que sólo dice :"Preferiría no hacerlo", cuando se le pide algo. Finalizada la lectura les di una consigna de escritura: contar la misma historia desde otro punto de vista. Micaela escribió este texto desde el punto de vista de Bartleby.


Yo estaba en la oficina trabajando como lo hacía normalmente. Tenía a mí alrededor un grupo de personas realizando una serie de actividades. Mientras hacía mi labor me gustaba comer galletas de jengibre. Mi jefe me había colocado en un rincón cerca de una ventana que no tenia vista alguna.
Recuerdo que me daba muchas órdenes, que yo prefería no hacerlas. Él se quedaba mirándome sin entender mi actitud.
En la oficina también había otros trabajadores. Turkey era inglés, bajo y obeso. Era el ser mas juicioso y diligente que he conocido.
Nippers era un muchacho de unos veinticinco años, cetrino, melenudo y algo pirático, que padecía una ambición enfermiza.
Ginger Nut, era un muchacho de doce años que coleccionaba cáscaras de nueces.
Los días pasaban y mi jefe me exigía cada vez más para que yo hiciera las cosas. Yo por el momento me mantenía tranquilo y le dirigía mi palabra serenamente.
Yo había estado varios años trabajando en la oficina de cartas muertas, en Washington, y fui despedido por un cambio en la administración, por lo cual había perdido mis esperanzas de conseguir un nuevo trabajo. Tan sólo soy un simple espíritu situado en el más remoto rincón de esta oficina.
Debo decir que el jefe fue amable conmigo, me consideraba un ser extraño y para nada peligroso. Creo que nunca se atrevió a pensar que yo no pertenecía a su mundo.
Recuerdo que Nippers se molestaba cada vez que yo me negaba a cumplir con mi trabajo. Tomaba una actitud violenta, a tal punto que me quería pegar.
La oficina, era como mi casa, permanecía día y noche dentro de ella, por lo cual el jefe cada vez estaba más desconcertado. Claro, porque aquellas personas acostumbraban a trabajar y luego irse a sus hogares, pero yo no. En realidad, ese ser que daba órdenes, el tal jefe, en mi no tenia dominio alguno.
Fue un día en que él se cansó y decidió mudarse a otra oficina. La policía me buscaba a mí pero yo no había hecho más que quedarme tranquilo en aquel sitio.
Me llevaron a la cárcel y me entristecí mucho ahí, yo quería quedarme en el mismo lugar de siempre.
Me ofrecían comida, pero yo la rechazaba. Igual tenía libertad de andar por el patio de la cárcel.
Fue así que decidí volver a morir. Recuerdo los ojos de lamento del jefe, él hizo bastante por mi.
Ahora he vuelto, estoy aquí en la oficina y pienso quedarme y no cumplir con ninguna actividad, sólo comer galletas de jengibre y mirar por la ventana.

sábado 19 de septiembre de 2009

Estreno en Bragado de la película Haroldo Conti Homo viator

El jueves 17 se estrenó en el teatro Constantino de Bragado la película "Haroldo Conti .Homo viator" de Miguel Mato, quien estuvo presente.














El homenaje al escritor desaparecido que organizamos desde la escuela Media N°2 y la Municipalidad, se completó con la muestra de fotografías, documentos y cartas "Como un león", de la Comisión Provincial por la Memoria expuesta en el palacio municipal.



Pese a la lluvia asisitió gran cantidad de público.

"El arte es la más intensa alegría que el hombre se proporciona a sí mismo" . "El arte es una eterna conspiración. Es su más fuerte atractivo, su más alta misión.” (Haroldo Conti, Mascaró, el cazador americano")

martes 15 de septiembre de 2009

Homenaje a Conti en el día del profesor


Con la muestra “Como un león”, de la Comisión Provincial por la Memoria expuesta en el palacio Municipal de la ciudad de Bragado y el estreno de la película “Haroldo Conti, Homo viator” de Miguel Mato, la Escuela Media N° 2 y la Municipalidad de Bragado rinde homenaje al escritor desaparecido, en el día del profesor.
Porque Haroldo Conti tuvo una vida muy intensa y desempeñó varios oficios. Fue seminarista, aviador, guionista de films publicitarios y de largometrajes, vendedor callejero de libros, vagabundo, náufrago, militante político, periodista, escritor y profesor en escuelas secundarias.
El estreno de la película realizada por Miguel Mato el 17 de setiembre adquiere una doble significación: recordar al escritor desaparecido en un acto de memoria y homenajear en él a los profesores secundarios en su día.
Haroldo fue un profesor diferente, como lo recuerda una ex alumna, Ramy Alvarez Freita, cuyo testimonio está registrado en el libro “Haroldo Conti, biografía de un cazador” de Néstor Restivo y Camila Sánchez: “No era lo que se dice un profesor común. En absoluto. A nosotros no dictaba latín, en segundo año, en el 72”. “No hablaba mucho de sus libros. Tanto que muchas compañeras, creo, ni siquiera sabían que al frente de la clase estaba un escritor de muy alto nivel.”
Y la directora del Liceo Nacional n° 7 Domingo Faustino Sarmiento de Buenos Aires donde Conti enseñaba, recordó con horror que una noche encendió el televisor y lo vio a Haroldo Conti entrevistado por Julio Lagos que decía: “Sí, yo dicto en una escuela latín…la verdad es que cumplo la mitad del programa.” Y pensó que al día siguiente iba a tener que llamarle la atención. Como cuando faltaba y ella le decía: “Conti, no me haga tener que pasarle una observación escrita.”
El mismo Conti dirá en un reportaje publicado en el diario La Opinión del 15 de junio de 1975:”… ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes (se refiere a sus deseos de ser escritor). Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín.”
Y reflexionando sobre su situación económica: “Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos.”
Conti se desempeñó como profesor de latín en el Liceo N°7 de Buenos Aires desde 1967 a 1976. Luego de su desaparición, durante dos años se le siguieron computando las ausencias y recién a mediados de 1979, el Ministerio de Educación, envió al establecimiento una notificación que lo declaraba cesante por "abandono de tareas".
Ahora, no obstante, cuando Haroldo ya no está entre nosotros, es un orgullo para la Escuela Argentina que haya dictado clases en sus aulas. Pero como siempre, es tarde.

lunes 31 de agosto de 2009

Los caminos inventados de Haroldo Conti


Pronto estrenaremos en Bragado la película sobre Haroldo Conti, Homo viator, de Miguel Mato.

Aquí va un artículo sobre su obra que escribí hace un tiempo:


LOS CAMINOS INVENTADOS DE HAROLDO CONTI

María Cristina Alonso


Insospechadamente, un lugar se funda a partir de la escritura, la realidad no deja de ser apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, da vida, corrige, reinventa.
Los cuentos de Haroldo Conti construyen un espacio escriturario sobre la tranquila y sencilla vida del pueblo en donde pasó su infancia y a donde volvió una y otra vez para arrancarle personajes e historias. Como habría leído en Cesare Pavese, autor que influyó en su modelo de escritura, “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. “
Hacia ese pueblo Conti volvía una y otra vez con su mente, es decir con su escritura que era una forma de reinventarlo. Una manera de escribir para que otros existan que de eso se trata, acaso la literatura. “y entonces vuelvo a golpear otra tecla una y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio”, escribe en Los caminos pensando en sus amigos lejanos. Artificio que el escritor iniciaba en esos “prolijos viajes de la memoria”.
Porque su literatura inicia, desde la memoria, una reconstrucción de un espacio sembrado de objetos, luces y sombras, personajes que viven en la inmediatez del presente pero que pueblan la narrativa de Haroldo que los captaba en sus idas y vueltas al territorio de la infancia. En ese tono siempre evocativo, el paisaje se reinventa, y, cuando uno desanda esos caminos, el eternamente por asfaltar que une Chacabuco con Bragado, cuyo dinero se lo gastaron tres veces distintas administraciones, o se sienta a la sombra del álamo carolina que está en la antigua chacra de Maruca Cirigliano, o visita su casa se encuentra con Haroldo porque como le escribiera a Haydé Lombardi: “allí donde terminan los caminos, allí estoy yo”. Y seguramente viajar hacia esos territorios tiene mucho de encuentro.

La obra de Haroldo Conti está cruzada por los caminos: el que une Chacabuco con Bragado, ese que el tío Agustín atravesaba cada vez que se corría la fondo "Las doce a Bragado", habitado por cuises, liebres y pájaros; el que lleva álamo carolina en el campo de Cirigliano; el que es transitado por el Expreso 25 de Mayo, haciendo escala en Warnes, ese pueblito que lo maravillaba y que describió hasta en sus más mínimos detalles. Y otros caminos que lo llevaban a reencontrarse con los amigos como Paco Urondo, Lirio Rocha o el capitán Alfonso Domínguez o, mucho más lejos, a la Cuba revolucionaria que admiró y en la que recuperó a su leído y admirado Ernest Hemingway. Caminos que lo dejaban en las islas del Delta, donde tenía una casa y de los que habló en Sudeste. Y otros caminos, trazados en la novela Mascaró, el cazador americano, fatigados por el Príncipe Patagón y su loca trouppe circense para encontrar insignificantes pueblos en donde hacer sus fantásticas representaciones. Y acaso un camino final: el que lo llevó el 5 de mayo de 1976 a convertirse en un desaparecido, víctima de la represión desatada por la última dictadura militar.

La escritura, una travesía

La narrativa de Conti se inscribe en una línea costumbrista que viene de Payró y Roberto Arlt, pero que en él adquiere un tono intimista, de morosas descripciones del paisaje, a veces llenas de melancolía. En eso marca una ruptura con las narrativas de Borges y Cortázar que tanto influyeron a sus contemporáneos.
Muchos de sus personajes, que a veces saltan de una obra a otra, luchan por liberarse, por encontrar una senda. Por eso decimos que la obra de Haroldo Conti está como signada por los caminos, por la búsqueda de un destino. En medio de la jaula en la que suele convertirse la vida, el camino ofrece una manera de liberación, de buscar mundo, de huir de lo cotidiano, de la alienación de la vida contemporánea. "Aquí me tiene -dice Oreste, el protagonista de su cuento El último- tumbado a un costado del camino, esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte". Es ese mismo Oreste que en la novela Mascaró, sigue al Príncipe Patagón y a la compañía de un circo buscando también su destino. La vida, entonces, entendida como travesía, como lo explica el capitán del Mañana, el barco que inicia el derrotero: "La vida es una eterna travesía, se erraba desde el nacimiento, ese puertito de luces, tan recogido, tan breve", para después preguntarse: "¿dónde estaba el camino?"
Tal vez porque Conti, que había abrevado en las historias pueblerinas que le contaban sus familiares y amigos, pensaba, como el padre de Todos los veranos, que "su corazón nunca estaba donde estaba el resto del cuerpo". Y por eso era necesario andar, ir y volver, para que, alguna vez, ambos coincidieran.


De Chacabuco y sus alrededores

Para siempre quedarán en la memoria de los lectores esos personajes que Haroldo supo describir en cuentos inspirados en el ambiente pueblerino de Chacabuco o en el camino de tierra que une esa ciudad con Bragado: el tío Agustín (Las doce a Bragado), con el número 14 en la espalda, corriendo la carrera de Fondo las doce a Bragado, corriendo y desistiendo antes de llegar al campo de Cirigliano, pero también ese mismo tío, sentado junto al banco de carpintero, envejeciendo al lado de la sierra y la cardadora; Basilio Argimón, y su empeño por inventar un aparato para convertirse en pájaro y sobrevolar el pueblo y, al fin, estrellarse contra el hotel Unión (Ad astra); el viejo Pampín, el almacenero de Warnes, "un puñado de casitas y tapiales entre los árboles", el mismo que habiéndose olvidado abierta la tapa del sótano que estaba detrás del mostrador, se cayó y hubo que sacarlo con un aparejo; o el loco Seretti, que empezó arreglando los techos para luego quedarse a vivir arriba de ellos (Mi madre andaba en la luz); el maestro Pellice, el cohetero de la zona que, una tarde, se enamoró de la señorita Hayde Lombardi y empezó a escribirle cartas nocturnas que nunca se atrevía a mandar y con las que rellenaba las bombas de estruendo (Perfumada noche); el tío Hipólito y la señorita Adela, atravesando el pueblo para ir a conocer la casa con el jardín y los dos pinos y -junto con ellos- reconocer el olor a tierra mojada que deja el camión regador, ese que tenía un águila de bronce en la tapa del radiador, saltar la acera de ladrillos húmedos, ver a don Italo en la puerta del almacén con el lápiz en la oreja, o al gallego Correa saludar desde el mostrador de la tienda "El mercurio", y hablar del tiempo, de flores, de tulipanes, de espuelas de caballeros, de ciclamen (Los novios).
Cuentos todos en los que nunca pasa nada o muy poco, como en la vida. Lo distintivo de la narrativa de Conti es, precisamente, la construcción de un mundo a partir de una anécdota insignificante, como en Perdido que resume los instantes previos a la salida del tren, en la estación Retiro. Oreste va al encuentro de su tío, que se pone nervioso una hora antes de la partida: "Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban ya estaban pensando en volver". Nada sucede salvo breves diálogos aprendidos en la narrativa de Hemingway: intercambios de noticias, alusiones al paso del tiempo, saludos repetidos y promesas de reencuentros. Pero con esos pocos elementos, se crea un clima, se percibe la inquietud, la desazón que provocaba la gran ciudad.
En otros relatos, no sólo hay un apunte pintoresquista, sino que la mirada se vuelve más descarnada, como en Otra gente: un niño sube al techo a buscar su barrilete que se le ha quedado enganchado en un árbol y, desde allí, descubre un agujero en la chapa que se convierte en un espacio por el que ve a su familia bajo otro aspecto: la tristeza de la madre, las relaciones de la Tere con el peón, la desesperación del padre, el abuelo que, confinado a una silla de ruedas, se levanta para sacar la botella del aparador. Desde ese mirador insospechado, su gente es otra gente, y la existencia mucho más miserable.


Camino de regreso


Haroldo Conti escribió que sus novelas eran testimoniales pero, entre la vida y la literatura, terminaba eligiendo la vida. Quienes lo conocieron cuentan de su interés por los hombres y el mundo y por su sentido de la solidaridad. Fue un hombre que se comprometió con su tiempo y defendió sus ideas. Él creía en el socialismo, admiraba la revolución cubana y sentía que su lugar estaba entre su gente. Sabía que figuraba en las listas negras donde se consignaban los nombres de los intelectuales que iba a arrasar la dictadura. Tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero él pensaba que había que resistir hasta que se pudiera.
Su última novela, Mascaró, el cazador americano, marca una coherencia entre su vida y su obra. Allí escribe: "El arte es la más intensa alegría que el hombre se proporciona a sí mismo" y, el Príncipe Patagón, uno de los personajes, sentencia: "El arte es una eterna conspiración. Es su más fuerte atractivo, su más alta misión. Rumbea adelante, madrugón del sujeto humano".
En ella, un grupo de vagabundos arman un circo para ir de pueblo en pueblo, es una novela de camino y sus personajes cambian, porque no sólo cambia el paisaje. Cambian ellos. Oreste, ese personaje que viene recorriendo su obra desde otros relatos, termina encarcelado. Lo torturan, le quitan el nombre, le asignan un número -cero- lo degradan, le dicen, "usted no existe". Con cierta lucidez premonitoria, Haroldo contaba, en 1975, su propio destino. El padre Castellani que, después de su desaparición, logró verlo en Coordinación Federal, refirió que lo había encontrado en una celda en tal estado de postración por las torturas, que no pudo conversar con él.
En el cuento La balada del lamo carolina, Haroldo Conti coloca como epígrafe un anónimo japonés: "Ciruelo de mi puerta,/ si no volviese yo,/ la primavera siempre/ volverá . Tú florece. Haroldo nunca regresó, hoy es uno de lo 30.000 desaparecidos que enlutaron nuestra historia reciente. Sin embargo siempre está volviendo en cada uno de sus textos. Su obra recupera la cultura popular, reseña la historia del trabajo, habla de ese mundo de invenciones, testimonia la modificación de las tecnologías en el ámbito rural, traza caminos en un país marcado por las distancias y la desmemoria.
Un antiguo señalador de caminos, que un día se llevó de lo de Maruca Cirigliano, le está marcando a Haroldo el regreso, a él que es el único escritor que tuvo un certificado de náufrago, que escribió guiones para televisión, enseñó latín y navegó por el Delta y que, el día en que se lo llevaron, había terminado un cuento que tituló A la diestra, en el que algunos muertos de Chacabuco y algunos amigos vivos comían un asado organizado por Dios en una parrilla hecha con rejas de portón. Digo el regreso porque un escritor vuelve cuando nuevos lectores recorren sus páginas. La literatura es siempre un camino de vuelta.

viernes 7 de agosto de 2009

Robert Louis Stevenson: la lección del maestro


Stevenson fue uno de los escritores más populares del mundo inglés durante los primeros años del siglo XIX. Él pensaba que, las narraciones son para los adultos lo que los juegos son para los niños y, por lo tanto creía que todo buen relato debía repetirse en mil imágenes coloreadas al ojo del que las evocara. Stevenson sostenía que un buen relato debía comunicar una anécdota, un incidente que actuara sobre la imaginación y sobreviviera más claramente en la memoria que los ínfimos detalles de la novela pretendidamente social.

Sostenía que, una obra de ficción es un objeto artificial pero, debe tener la apariencia de una vida propia, representar la realidad. Y que los personajes de ficción son sólo “sartas de palabras y partes de libros”.

Para el escritor inglés la mejor manera de hacer del lector un activo colaborador en el proceso de creación consiste en combinar dos impulsos contrarios: dirigirse hacia abstracciones generalizadas y hacia detalles sorprendentes, por el otro. Un proceso de abstracción y simplificación hace evidente la artificialidad de la obra.

Esos “detalles sorprendentes y misteriosos” hacían excitar la imaginación del lector con detalles fascinantes.

La novela, que es una obra de arte, existe no por sus semejanzas con la vida que son forzadas y materiales sino por su incontenible diferencia con la vida.

Un texto debe permanecer a la vez abierto y ambiguo y precisamente resultará sugestivo por su mismo carácter incompleto.

Stevenson evita el “relleno” propio de la novela victoriana. Al suprimir rellenos impidió que el lector se sintiera a gusto con los personajes, siempre queda la impresión de que se sabe muy poco de ellos.

Sin embargo, Stevenson da importancia al empleo de cierta clase de detalles que clasifica:
1) los que unen distintos momentos de un relato (actuando como leimotivs) o que ayudan a reforzar una escena particularmente importante (y emblemática),
2) y los que llevan al lector a inventar una historia para justificar la presencia de un detalle inexplicable o anómalo. Es decir los detalles que actúan dentro del relato o fuera del mismo.
Ejemplos que da Stevenson: Robinsón Crusoe retrocediendo ante la huella y Ulises doblando el arco: es decir, cuadros vívidos, estáticos. Escenas memorables que graban el relato en la memoria como una ilustración.

domingo 19 de julio de 2009

La noche en que llegamos a la luna


Cada uno de los de mi generación llegó a la luna de diferentes maneras. Era un 20 de julio de 1969. Teníamos un televisor precario, en blanco y negro que a veces “se veía”, y otras no, gracias a una antena altísima erigida en el techo de la casa y que captaba las misteriosas imágenes y los extraños sonidos del mundo.
Por allí, por ese televisor en blanco y negro que estaba en el gélido y oscuro comedor de mi infancia, descendió Neil Amstrong sobre la superficie lunar. Tal vez esa medianoche le saltó alguna chispa de la estufa donde estaban encendidos los leños y chamuscó su traje plateado. A lo mejor escuchó el ladrido de mi perra de entonces. Era una noche de milagros y la larga espera fue gratificada con las imágenes del descenso que un fotógrafo amigo de mi padre tomó del televisor.
En el 69 tenía catorce años, ya Bradbury había entrado en mi vida y los libros de ciencia ficción que devoraba por aquel entonces empalidecían ante esa imagen, en vivo y en directo, de un hombrecito con escafandra que descendía por la escalera de un aparato un poco más complejo que una lata de tomates.
Recuerdo que mandé una carta a la NASA y me enviaron un sello conmemorativo. No lo conservo. Pero sí han quedado esas fotos que el amigo de mi padre sacó del televisor en tiempos en que la reproducción de imágenes era una cosa compleja, en tiempos en que los prodigios de la ciencia nos dejaban sin aliento.
Todos nos fuimos esa noche de hace cuarenta años, a dormir pisando la luna, aunque nuestras huellas se fueran borrando con los vientos de los años, que ya se sabe, soplan cada vez más fuerte.