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lunes, 9 de agosto de 2010

Visita a la ESMA


En una reciente capacitación destinada a los docentes del Programa Jóvenes y Memoria de a Comisión Provincial por la Memoria, realizada en el ESPACIO PARA LA MEMORIA Y PARA LA PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS- ex centro clandestino de detención y exterminio Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) - no s llevaron a los docentes a hacer una visita guiada por lo que fue uno de los centros clandestinos de detención de la última dictadura militar argentina más siniestros, e irracionales.
Los espacios de memoria tienen voces silenciosas que interpelan a quienes los visitan.
Pueden leerse miles de testimonios, ensayos, ver fotos, películas, pero la experiencia de caminar por los lugares donde la degradación del ser humano era moneda corriente, donde la vida no valía nada, cambia la perspectiva del visitante. Como muchos otros lugares donde los derechos humanos fueron violados por el poder de un estado represor y terrorista, quien entra por primera vez a la ESMA no sale de la misma manera. Hay algo en el interior de quien camina por los pasillos de la “capucha” o del sótano donde se torturaba insistentemente y sin lógica, que se quiebra. Saber que uno está mirando los lugares donde tres décadas atrás estuvieron los prisioneros esperando la muerte, inmóviles, engrillados, hambrientos, es una sensación indescriptible, un viaje hacia las tinieblas y también una manera de comprender que recordar es un imperativo de los docentes como tributo a las próximas generaciones.
Una guía explicaba cómo era la vida cotidiana en la denominada “capucha”. Se escuchaba el rumor de los trenes que pasaban cercanos. El mismo rumor que acompañaría a aquellos que estuvieron secuestrados. Por una ventana entraba la luz, pero en aquellos tiempos estaba tabicada. A través de la voz de la guía reconstruíamos el grupo de docentes los días de los prisioneros sumidos en la oscuridad. Un silencio espeso y opresivo nos inundaba.
A uno de los visitantes le sonó el teléfono celular y, en lugar de acallarlo se puso a hablar de banalidades a viva voz, paseándose con el teléfono en la oreja como si estuviera en una plaza o en la calle. Muchos intentamos acallarlo, pero el tipo seguía solucionando sus cuestiones personales rompiendo ese momento de constricción y recogimiento que todos experimentábamos. Cuando uno presencia comportamientos así en los docentes, pierde inevitablemente la fe.
Mientras la guía seguía explicando la mecánica del horror recordé que frente a la indiferencia de muchos siempre están las palabras. Y pensé en lo que escribió Jorge Semprún, sobreviviente del campo nazi de Buchenwald, al contar en su libro “La escritura o la vida” su experiencia concentracionaria :”Puede decirse todo de esta experiencia. Basta con pensarlo. Y con ponerse a ello. Con disponer del tiempo, sin duda, y del valor de un relato ilimitado, probablemente interminable, iluminado –acotado, también, por supuesto- por esta posibilidad de proseguir hasta el infinito.”

1 comentario:

Roxana D'Auro dijo...

Cristina :si tu vivencia fue estremecedora , te puedo asegurar que no dejó de serlo también tu relato .
No se si agradecerte que compartieras esta visita con los seguidores de tu blog , pero si agradezco la coherencia y la certeza de tus palabras . Yo no pierdo la fe después de leerte. Roxana