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viernes, 9 de mayo de 2014

Gatos

Tengo un gato gris, bastante tranquilo que me mira cuando escribo y me acerca algunas ideas. Lo acepté porque me acordé de lo que había dicho un novelista argentino, Osvaldo Soriano, que un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. Se hizo amigo del perro y todo estaba tranquilo en mi  casa. Pero ahora ha aparecido otro gato, uno negro de pelo sedoso y ojos amarillos. Le he pedido que se fuera, le he  dicho que ya tengo un gato, pero los gatos son animales que suelen apropiarse de las casas. Ahora mi casa es de él. Por eso pensé en los gatos que andan por novelas, poemas y cuentos. 




Una de las historias de amor más hermosas la escribió el brasileño Jorge Amado, una historia de amor entre un gato manchado y una golondrina llamada Sinhá. Un gato malo y egoísta que cae rendido de amor cuando conoce a una golondrina grácil y risueña  mientras todos los animales del bosque murmuran por lo bajo: “¿Dónde se ha visto que un gato pasee por los rincones con una golondrina? Los gatos son enemigos de los pájaros. Hay una vieja ley no escrita que dicta pato con pato, gallo con gallina, perro con perra.”
Además de gatos enamorados encuentro en mi biblioteca otro que habla y cuando lo hace la gente tiembla. Es Tobermory, el personaje de un cuento del mismo nombre del inglés Saki.
Tobermory es el gato mimado de una casa aristocrática de fines del siglo XIX. En una reunión un científico, Cornelius Appin, revela que es capaz de hacer que los animales hablen y que su primer alumno ha sido Tobermory. El gato demuestra sus habilidades pero descubre secretos y chismes de los presentes. Tan incómodos que deciden envenenar a la mascota.
También encuentro gatos dorados en un cuento del escritor argentino Germán Rozenmacher. En él  se describe un diálogo misterioso entre un viejo pianista que acompaña los ensayos de artistas vocacionales en el sótano de un café y un gato que lo acompaña permanentemente. “Un gato que volaba, que se dejaba arrastrar por el viento, como una hoja otoñal, dorada y leve”.

Edgard Allan Poe escribió un cuento de horror que tituló El gato negro, y como es tan de miedo vamos a pasar a otro gato. El escritor Raymond Chandler, autor de varias novelas policiales tuvo una secretaria, Taki. Era una gata persa que tenía una memoria de elefante y, aunque distante, cuando estaba de humor, le decía al escritor algo así como “podrías hacerlo mejor”.



Hemigway escribió un hermoso cuento que tituló “Gato bajo la lluvia”, por eso de que los gatos y la lluvia dan historias de amor desencontrado.
Hay gatos de todos los tipos en la literatura para niños. El más famoso, quizá es el que usa botas y se cuelga una bolso al hombro en el cuento de Charles Perrault, tan astuto que consigue un reino para su amo que ha sido desheredado. El más sonriente, el gato de Cheshire creado por Lewis Caroll en Alicia en el país de las maravillas, tiene la capacidad de aparecer y desaparecer mientras conversa con la niña.
Los gatos son tan extraños que siempre inquietaron a los escritores. Por eso no sé que voy a hacer con el gato negro que se apropió de mi casa. Por lo pronto, para terminar, comparto  este poema del poeta chileno Pablo Neruda:


El hombre quiere ser pescado y pájaro, 
la serpiente quisiera tener alas, el perro es un león desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gatoquiere ser sólo gato 
(Texto leído en el programa Luna de plastilina)


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