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lunes, 26 de mayo de 2014

Marionetas, autómatas y muñecas que escriben cartas


De los estantes de mi biblioteca cuelgan varios muñecos. Entre ellos una marioneta que hizo mi hijo cuando tenía diez años, una especie de gaucho como los que dibujaba Molina Campos  con bigote manubrio y boina negra y un Pinocho comprado en Italia que me recuerda que pronto se convertirá en niño.
Los muñecos y artefactos afines como autómatas, marionetas y androides habitan en muchos de los libros de mi biblioteca. Desde la antigüedad  hemos inventado esos seres que se parecen a nosotros para no sentirnos tan solos.
Así lo pensó el filósofo René Descartes, que en 1860, construyó un autómata con la apariencia de su hija y lo llamó “mon fill Francine”
. Era una muñeca de porcelana, de manos finas y largos dedos, que tocaba el piano y se desplazaba por sí sola. Dicen que el filósofo  se había aficionado tanto a ella que la llevó en un viaje a Holanda, escondida en un cofre para evitar suspicacias.
El capitán del barco moría de la curiosidad por saber qué guardaba Descartes en el cofre y, en un descuido del filósofo, entró en el camarote. Al abrir la caja, la muñeca se incorporó y echó a andar. El horror se apoderó del capitán y, en un instintivo arrebato, la tiró por la borda.
La muñeca flotó un instante y luego se hundió en las profundidades del mar. Dicen que Descartes, cuyo carácter irascible se manifestaba en frecuentes ataques de furia, consumó la venganza tirando al capitán por la borda como este lo había hecho con la muñeca. Pero es probable que sean habladurías de la historia.
En un relato titulado  El hombre de arena de Hoffman,  hay un personaje cuyo nombre es Nataniel que se enamora de la hija del profesor de física Spalanzani -una belleza de nombre Olimpia- que posa enigmática en la ventana y parece escurridiza.
Olimpia le parece a Nataniel especial, hermosa, sublime. Le habla. Ella solo contesta “Aj, aj”, pero eso basta para que un romántico construya un mundo y sienta que su pecho se inflama de amor con fuerza incontenible. No ve -su desbordado sentimiento se lo impide- que “en sus líneas perfectas sólo se advertía una falta, un ligero arqueamiento del talle, consecuencia al parecer de un exceso de presión en el corsé. La beldad se desplazaba con una cierta rigidez que se atribuía a su natural timidez.” Es que era una autómata, una muñeca que tenía en su interior un complicado mecanismo.

Los androides fascinaron a los hombres de los siglos XVIII y XIX. Jacques Vaucanson se presentaba en las cortes europeas con su autómata flautista que era capaz de ejecutar melodías barrocas siguiendo con los ojos la partitura o el pato mecánico, cuatrocientas piezas móviles que lo hacían graznar y comer de la mano del público. Y Pierre Jaquet-Droz, junto a su hijo, construyó muñecos capaces de escribir, dibujar o tocar instrumentos.

No es raro, entonces, que la literatura se pueble de muñecos o seres inventados por científicos ingeniosos. Un hombre hecho con retazos de cadáveres  protagoniza Frankestein, de Mary Shelley, un niño construido con un trozo de madera  es el inolvidable Pinoccio de Carlo Collodi, una máquina capaz de jugar al ajedrez sin perder jamás, aparece en El jugador de ajedrez de Maezel, de Edgard Allan Poe.

Cristian Andersen coloca en uno de sus cuentos a un soldadito de plomo que carece de una pierna y que se enamora de una bailarina y en la película Toys Story los juguetes cobran vida cuando Andy, su dueño, abandona la habitación.
En El maravilloso Mago de Oz de Frank Baum, su protagonista. Doroty, es acompañada, entre otros amigos, por un hombre de hojalata que anda triste porque no tiene corazón y lo necesita para volver a amar a su chica.


Una de las historias más lindas que se refieren a muñecos fue protagonizada por Franz Kafka, el célebre escritor checo y contada por Jordi Sierra i Fabra en su libro Kafka y la muñeca viajera y también por Paul Auster en The Brooklin Follies.

Un año antes de su muerte, Franz Kafka mientras paseaba por un parque  de Berlín, encontró a una niña que lloraba desconsolada porque había perdido su muñeca. El escritor intentó calmar a la niña inventando una historia: la muñeca no estaba perdida, se había ido de viaje y él, que era un cartero de muñecas, tenía una carta que le daría al día siguiente en el mismo parque. Esa noche, cuenta su novia Dora Dyament, Kafka bastante afiebrado, escribió esa carta con el mismo empeño con que escribía las obras que lo hicieron inmortal. Durante tres semanas entregó puntualmente cartas a la niña narrando las historias extraordinarias de la muñeca por todas partes del mundo. Sin embargo, nunca volvió a saberse ni de la niña  ni de las cartas.
Es probable, nos queda imaginar, que las cartas que escribió Kafka siguen en poder de la muñeca. Porque los muñecos de mi biblioteca son tan misteriosos como los que, por las noches, se despiertan y juegan sin control en los cuartos de todos los niños del mundo.


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