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domingo, 9 de julio de 2017

Gendarmes y niñeras (Capítulo 3 de Mientras duren los libros)

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Cuando empecé a estudiar Letras en la facultad de Humanidades de La Plata no pensaba en ser profesora de secundaria. Elegí la carrera porque… ¿qué otra cosa podía estudiar alguien a quien sólo le interesaba leer? Llegué a la facultad en tiempos revueltos. Era 1973, la primavera camporista. Yo venía de un pueblo y lo primero que recuerdo de aquellos pasillos de la facultad que ya no existen  son las paredes con imágenes del Che y pintadas con fusiles atravesados por lanzas haciendo la V de la victoria. Después, en el 76, cuando el golpe militar, las paredes se limpiaron y sólo corría por los pasillos el miedo y las noticias terribles de  compañeros que desaparecían.
En el último año hice mis prácticas en Bellas Artes, colegio que dependía de la Universidad.
La Profesora de Prácticas era una mujer de sonrisa fácil, parecía comprensiva. Ingenuamente propuse un poema de Cortázar para trabajar con los alumnos del  segundo año que me habían asignado: “El niño bueno”.

“No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me muerda los pies
no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo.
Acepto este destino de camisas planchadas,
llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras.
El largo desarreglo de los sentidos me va mal. Opto
por el dentífrico y las toallas. Me vacuno.
Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente
para traerte un pescadito rojo
bajo la rabia de gendarmes y niñeras.

De ninguna manera -dijo la Profesora de Prácticas- A los alumnos hay que darles siempre textos positivos, que hablen de acciones correctas y no de rebeldías estériles. Era septiembre de 1976, la dictadura se ensañaba con los jóvenes militantes, los secuestros se multiplicaban y proliferaban los centros clandestinos de detención. El 16 fue la famosa Noche de los lápices. Un grupo de estudiantes secundarios que habían participado de marchas por el Boleto Escolar Secundario y que eran militantes políticos, de la UES, fueron secuestrados por grupos de tareas conducidos por el general Ramón Camps[1]. Eran estudiantes secundarios como los alumnos con los que yo debía hacer mis prácticas, que asistían a escuelas secundarias de La Plata, entre ellas al Colegio de Bellas Artes. Es decir que, mientras mi Profesora de Prácticas me rechazaba un poema que no era “moral”, en aulas cercanas a la mía quedaban bancos vacíos de los chicos que ya estaban en campos de concentración sufriendo torturas.
El niño bueno que Cortázar describe en su poema significará para siempre aquella época. Tiempo en que nadie podía desatarse los zapatos, ni emborracharse, ni ser impuntual porque siempre había gendarmes y niñeras que nos decían todo el tiempo lo que debíamos leer, lo que debíamos escribir, lo que debíamos enseñar.
Cuando obtuve el título volví al pueblo y transité muchos años pensando que daba clases para vivir, pero que mi destino estaba en la escritura. Me alentaba pensar que otros escritores tuvieron que dar clases para sobrevivir.
A fines de 1977 conseguí unas horas en cuarto año del bachillerato en un Colegio Nacional. Año duro, terrible. Muerte, desapariciones, censura. Ese era el pesado bagaje que  llevaba en mi portafolio de docente principiante. Porque en mis primeras clases me compré un portafolio de esos serios de maestra aplicada. Después no lo usé más. Preferí llevar los libros en la mano o en una bolsa, como si estuviera de paso. Los portafolios son objetos feos, se llenan de papeles que después uno nunca saca, de pelusas, de pedazos de tiza, de planillas ajadas que debieran haber sido entregadas en tiempo y forma. Y, además, van sufriendo transformaciones a lo largo del día. El cuero parece brillante y lustroso en la primera hora, pero va cambiando a medida que las clases se suceden. El portafolio se va blanqueando con la tiza, se le pelan los extremos al rozar con los bancos, se va inflando a medida que recibe las hojas con las evaluaciones de los alumnos. Al final de la jornada es una especie de hipopótamo intoxicado que pesa como si uno llevara a todo el curso a su casa.
Así que dije basta a los portafolios y me colgué una bolsa  colorida al hombro que, si bien cumplía la misma función que el portafolio era más informal, me hacía sentir que no iba a estar cinco horas seguidas en la escuela con todo lo que significa de horarios, normas, estatutos, acuerdos disciplinarios y burocracia sino que iba a charlar sobre libros en una tertulia imaginaria.
Pero no era verdad. La escuela es una de las tantas instituciones de encierro, como las cárceles y los hospitales. La literatura es, como todas las artes, un espacio de libertad. “Mientras leo -escribió una vez Andrés Rivera- no hay censores, no hay celadores que vigilen nuestra mente”. Eso fue para mí lo paradójico de enseñar literatura. Leer no resiste el imperativo, y sin embargo siempre estamos diciendo: “tenés que leer”, “¿no leíste para hoy?” “¿dónde está tu libro?”, “Prestá atención”.
Los alumnos se resisten a leer por imposición. Siempre me dio resultado hablarles de los libros que leo por gusto propio y de los que pienso que podrían interesarles. Mantener a la literatura como algo vivo que circula entre los bancos, como algo deseable.
La literatura sucede cualquier día, en cualquier trimestre, en cualquier estación. Estoy en un salón de clases. Hay treinta o más adolescentes que me escuchan. Hablamos de los géneros, el policial y sus claves, el terror y sus marcas. Los miro, he mirado a mis alumnos muchas veces con cierta consternación. Adelante suele sentarse el Mejor Alumno, ese que tiene las respuestas antes que uno  formule las preguntas; más allá el Distraído, orbitando en su mundo; la Más Linda, mirándose disimuladamente en un espejito; y también la Feminista, la que cuenta que en su familia su abuela, madre y hermanas siempre se las arreglaron solas; el Solitario, ese que jamás dice una palabra y baja la cabeza cada vez que uno pronuncia su nombre. En el fondo se sienta el Chistoso, ese que  dice cualquier cosa para llamar la atención. Están los Resentidos, los Quisquillosos, los Simpáticos, los Burlones, la más Estudiosa, la Imaginativa, el Tapado. Alumnos. Siempre me gustaron más los rebeldes que los aplicados, los contestatarios que los conformistas, los que se pintan la cabeza de verde a los que lucen ropa de marca. No voy a idealizarlos románticamente. Pero algunos me gustaron mucho, me encanta escucharlos, leer sus escritos, confrontar ideas. Con ellos realizamos muchos viajes: hacia islas solitarias, a pueblos caribeños, al futuro distópico,  al pasado lejano. Gracias a los libros hemos traspasado los límites del tiempo y del espacio, hemos viajado también al interior de nosotros mismos. Porque, como dice el escritor Muñoz Molina “La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros y mucho más lejos del alcance de nuestra mirada. Es una ventana y también  un espejo. Quiero decir: es necesaria.”

Obras mencionadas en este capítulo:
“El niño bueno”, de Salvo el crepúsculo, de Julio Cortázar. “La disciplina de la imaginación”, conferencia de Antonio Muñoz Molina. 

María Cristina Alonso




[1]El 16 de septiembre es una fecha que ha sido fijada en el  calendario escolar por diferentes legislaciones, debe su impulso a quienes la sintieron como propia desde la recuperación de la democracia: los estudiantes. Entre los jóvenes secundarios que fueron secuestrados por las Fuerzas Armadas estaban: Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce Moler.

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