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domingo, 22 de junio de 2008

Discursos que asombran


En estos últimos tiempos el asombro no me da tregua. Tal vez con una especie de deformación profesional -hace treinta años que enseño en escuelas públicas- y, como muchas veces y a pesar de que creo que la educación es la única acción que salva a una sociedad de la disolución, suelo plantearme si desde que se reestableció la democracia en la Argentina, hemos aprendido algo.
Porque de pronto todo parece haberse trastocado. Los que se dicen democráticos apoyan cacerolazos y cortes de ruta. Los que se decían defensores de los derechos humanos minimizan los increíbles logros que en ese campo hemos conseguido. Los que otrora se decían con sensibilidad social, hoy están del lado de los que luchan por sus exclusivos intereses sectoriales.
No soy peronista, nunca lo he sido, pero prefiero ponerme del lado del pueblo, de los que menos tienen, de los que trabajan por un salario escaso porque, entre otras cosas, yo vivo exclusivamente de un salario estatal.
Los discursos se enrarecen en estos tiempos. A través del estudio del discurso, como lo señala el lingüista Van Dijk, se pueden comprender los recursos de manipulación y de dominación utilizados por las elites, pues estas son las que tienen el control sobre el discurso público. Y en estos tiempos son los medios de comunicación los que ejercen ese control mental. No de otra manera se justifica que gente que no tiene ninguna relación con el campo vea bien que, durante cien días, se ejerza una presión ilegal sobre la población impidiéndole circular libremente, creando el desabastecimiento y provocando una suba desmedida de precios.
Los grupos dominantes saben que para controlar los actos de los otros es necesario controlar sus estructuras mentales. El poder moderno es el que se ejerce por medio del control mental, una manera indirecta de controlar los actos de los otros. Es lo que Gramsci denominó hegemonía.
El poder de los medios de comunicación es simbólico y persuasivo, en el sentido de tener la posibilidad de controlar, en mayor o menor medida, la mente de los lectores y teleespectadores.
En este último tiempo, los medios, y sobre todo la televisión, nos han mostrado lo inadmisible como justo, la violencia de las rastras cruzadas y el fuego en las rutas como legítimos actos de protesta, los totalitarios que gritan desde tribunas improvisadas a la vera de la camino, como héroes cívicos.
En otro lado estamos los que miramos tanto fervor opositor con la misma consternación con que vimos por televisión a la gente agolpándose en la plaza de Mayo para vivar a Galtieri y apoyar una guerra desastrosa, los que decían que Menem era rubio y de ojos celestes porque les permitía ir a hacer compras a Miami, los que miraron para otro lado cuando había que hablar de juicio y castigo a los opresores y torturadores de ayer. Con ese mismo asombro, muchos como yo ven cómo se justifican escraches y cacerolazos a gobernantes elegidos por el pueblo sólo porque están en la misma línea que el gobierno nacional, pero que seguramente adularían si apoyaran sus intereses.
¿Y quiénes protestan y apoyan esta inédita rebelión de los ricos? La clase media, esa clase media empobrecida pero que se identifica con la oligarquía, esa clase media “blanca”, “culta”, “apolítica”, descomprometida que sólo se mira el ombligo y mira para otro lado cuando ve injusticias y nunca fue capaz de jugarse por nada.
No soy una incondicional del gobierno, pero creo que son tiempos para estar alerta, para no dejarse tentar por tantos discursos que nos confunden, para no hacerle el caldo gordo a los que nunca estuvieron del lado de los docentes, de los obreros, de los defensores de los derechos humanos, de los que, en cada puja de poder pierden siempre, irremediablemente

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