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viernes, 20 de junio de 2008

Puesta de sol en mi biblioteca

Una biblioteca personal es un mapa de la vida de su dueño. Libros que se han ido acumulando a lo largo del tiempo, encontrados al azar o en minuciosas búsquedas. Miles de páginas que fueron leídas en horas inciertas. En la mía, cada estante habla de mí como el mejor de los diarios íntimos. Hoy, al repasarla, me quedo en el estante de la infancia. Esperando en vano cualquier intento de relectura, están aquellos primeros ejemplares que mi padre me compraba cuando tenía fiebre, obsequiados para mitigar las horas muertas de las tardes de invierno. La mayoría, de la colección Robin Hood, que publicaba las novelas de Luis May Alcott y que yo devoraba pensando que una vida de sacrificios bien valía un final feliz. En esos estantes donde guardo mi niñez, también están las enciclopedias, las heredadas como el Tesoro de la Juventud y los libros de geografía o de animales y plantas, unos pesados tomos que mi padre compró a un viajante en alguna tarde de la década del sesenta. Aún la recuerdo. Mi padre estaba inclinado sobre la mesa de dibujo trazando líneas sobre un plano y yo juntando los recortes de papel transparente que me servían para calcar los mapas de la escuela. El viajante entró en la oficina envuelto en un sobretodo gris, pesado, que le hacía unos hombros inmensos y abrió una valija llena de libros. Los miré maravillada. Ante mis ojos se desplegaban las imágenes fascinantes de los desiertos africanos con sus camellos y oasis pertenecientes a mundos fatalmente lejanos, insectos de alas luminosas, orquídeas de amarillos rutilantes, calles de Bagdad o de Singapur, enormes serpientes doradas.
Mi padre los hojeó junto conmigo y me dejó elegir dos de entre la pila que iba depositando el viajante sobre el mostrador lleno de papeles, planos y planillas. Una Geografía de Asia, África y Oceanía y El maravilloso mundo de la selva. Discutió un largo rato la forma de pago, pero yo ya no escuchaba. Estaba caminando por las fotografías, leyendo sus epígrafes, soñando que algún día podría viajar para ver esos soles rojizos de las puestas de sol en Mali o en Tanzania, o deslizarme por la blanca estepa siberiana, porque a los siete años pensaba que mi destino iba a ser el de viajera impenitente.
Ahora, mirando mi biblioteca me digo que sí, de verdad he viajado, a tiempos y geografías distantes, aún a ese país en el que todavía mi padre y el viajante de sobretodo gris, discuten el precio de mi pasaje a mundos ignotos.

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