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viernes, 11 de julio de 2008

Vestida de Sarmiento

Sarmiento embajador en E.E.U.U. (Sentado a la izquierda). Parado a la derecha “Bartolito” el hijo del Pte B. Mitre.
Cuando Sarmiento se vio forzado a dejar su cargo de gobernador de San Juan en 1864, Mitre le encomendó una misión diplomática a los Estados Unidos. Ya embarcado, mirando rumbo a Buenos Aires hizo un corte de manga y exclamó: “¡Te embromaste! Más que nunca seré presidente. Cuánto más lejos, más hermoso. Me idealizan…”
Partió rumbo a Valparaíso. Al mirar hacia atrás contabilizó lo que dejaba: la escuela bautizada con su nombre, el colegio Preparatorio y la quinta Normal, el segundo Zonda, la explotación minera y la sombra del Chacho, convirtiéndose en leyenda.
A principios de abril de 1865, Domingo siguió viaje a los Estados Unidos. El itinerario usual en esos tiempos era de Lima a El Callao, de ese puerto a Panamá, el cruce del istmo y luego un vapor hasta Nueva Cork
Llegó a Nueva York el 5 de mayo y se alojó en un hotel de la Quinta Avenida.
Viajó por el país del norte incansablemente, “haciendo punto de media”, es decir trabajando. Visitó ferias, exposiciones, escuelas y mandó a San Juan y a Buenos Aires artículos, cartas, informes. El progreso lo excitaba y lo hacía pensar en un futuro en el que él fuera el remedio para el atraso de su país. Comenzó a enviar a su gobierno comunicaciones oficiales con sus ocurrencias, como contratar a un astrónomo para fundar un observatorio en Córdoba, iniciar la restauración del virreinato como soñara en Argirópolis, ideas que el gobierno de Mitre hacía poco caso porque advertía que por detrás, latía el anhelo de su amigo de convertirse en presidente.
Sarmiento había conocido en Connecticut, en una reunión de educadores, a una autoridad en la materia, a James Wickersham. Estrecharon amistad y James invitó al diplomático argentino a viajar a Chicago, lugar donde residía.
Sarmiento se deslumbró con Chicago, y allí le fue presentado su hermano Swayne y su cuñada Ida.
Ida era una mujer hermosa, radiante con sus 25 años. Su marido era un joven médico puritano. Sarmiento quedó deslumbrado con ella y, como no lo acompañaba Bartolito, por lo tanto no podía moverse con su mal inglés, Ida se ofreció a convertirse en su maestra de idioma. En ningún momento Domingo pensó que, siendo un hombre grande y feo, podría llamar la atención de una mujer tan increíble y mundana. La describirá más tarde. “Belleza de reina. Su frente es irreprochable y el tocado que usa muestra que sabe hacerla valer. Dice en confianza que cuando jovencita la llamaban the Pariré queen, la reina de la pradera.”
Volvió a Nueva York alegre y conmovido, como siempre sucede cuando anda dando vueltas el amor.
Pero una noticia aciaga le llegó desde la patria. El 22 de setiembre de 1866, en la batalla de Curupaiti, Dominguito, su hijo entrañable, del que dirá que “era una naturaleza privilegiada”, había muerto, a la edad de veintiún años al intentar tomar el fuerte paraguayo.
Para mitigar dolores y ansiedades se embarcó hacia París para visitar la Exposición Universal en junio de 1867. Los argentinos residentes en la capital francesa lo agasajaron con un banquete
Al regreso recibió la invitación del doctor James Wickersham a pasar una temporada en su residencia de verano en West Chester, Pensilvania. Desde luego Sarmiento aceptó complacido, volvería a ver a la bella Ida, su improvisada maestra de inglés, que lo había fascinado con sus coqueteos, sus mohines y sus cabellos renegridos.
Los días junto a ella armaron esas historias de amor que, desde el comienzo, están condenadas a no prosperar porque sus protagonistas se han encontrado sabiendo que después los separarán miles de kilómetros. Pero Sarmiento disfrutó de ese amor breve, alimentado con paseos junto al río, lecturas de Dickens -que ella leía- o del Facundo -que leía él- en ese recreo, acaso culpable y por eso más emocionante, que luego se continuó en cartas e intercambios de regalos.
Sarmiento no había olvidado a Aurelia, que lo esperaba en Buenos Aires construyendo afanosamente su candidatura presidencial. Pero igual se entregó por un breve tiempo a los encantos de esta mujer que le seguirá escribiendo y soñará con viajar a la Argentina, después de su divorcio, cuando la vida no le era fácil y debía ganarse el sustento enseñando dibujo a alumnas poco aplicadas.
Ida no sólo se divorció de su marido después de estos amores con el sanjuanino, sino que también perdió todas sus pertenencias en el gigantesco incendio de Chicago en 1871. Años después seguirá escribiéndole a Sarmiento y quejándose de su silencio: “Conservo todas sus cartas y a menudo las releo. Podría escribirle durante horas si supiera que usted siente algún interés por mí.”
Por algunos años, Sarmiento no la olvidó, y hasta le envió en 1869 un vestido de regalo a través de un agente en París, que ella lució en el gran baile del Teatro de la Opera. En la carta que Ida le escribió informándole que había recibido el vestido incluyó un pedacito de género para que el lejano enamorado lo imaginara puesto sobre su persona. Con la ropa, unas joyas y un abanico que él le había regalado cuando estuvo en su país, Ida Wickersham estaba vestida de Sarmiento.

1 comentario:

Marcelo dijo...

Se comenta que Sarmiento tuvo un hijo con Ida. Sabés algo de esto?