martes, 14 de junio de 2011

Las netbooks y una nueva escuela


El martes pasado en la escuela donde trabajo hace 34 años (Escuela de Educación Media n°2, ex Colegio Nacional)) llegaron las netbook, como parte del programa Conectar Igualdad - implementado por la Presidencia de la Nación - que implica una política de inclusión digital que llegará a todos los alumnos y profesores de las escuelas públicas del país.
Como profesora que ha atravesado un largo camino, pensaba que ya nada iba a asombrarme. Pero el miércoles, cuando llegué a mi escuela y entré en el aula, al ver a mis alumnos frente a sus notebooks sentí que las fantasías del futuro leídas en Bradbury o en Philip Dick se hacían realidad. También sentí que estaba en el país con el que soñé cuando me formé como docente, un país en donde la educación es prioritaria. Y ahí estaba, en una escuela pública donde todos los chicos ingresaban en el mundo digital, en la nueva manera de alfabetizarse que imponen las actuales tecnologías, pero también en una escuela cuya biblioteca es alimentada progresivamente con libros de papel, las mejores ediciones de autores clásicos y contemporáneos, que envía el Ministerio de Educación. Libros y computadoras, y una nueva escuela que se abre a los desafíos de los tiempos que corren.
Porque la incorporación de las nuevas tecnologías en las escuelas es un desafío pedagógico que implica la reorganización de los saberes y las relaciones de autoridad en el aula.
Con el programa Conectar igualdad ya nada va a ser lo mismo en el ámbito educativo, estamos frente a un nuevo paradigma de enseñanza- aprendizaje en el que la pantalla es el nuevo escenario en el que los profesores diseñaremos nuestro trabajo.
Hoy, la alfabetización tradicional basada en la lectura y la escritura, no alcanza. Hasta no hace mucho, alfabetizarse significaba saber leer y escribir – una habilidad instrumental de primer orden- conocer y dominar los códigos del lenguaje textual y para ello, la institución escolar y los libros de texto cumplieron bien esta tarea.
Pero en la actualidad, el concepto de alfabetismo remite al dominio funcional de los conocimientos y las habilidades para manejar y manejarse con la tecnología, las imágenes fijas y en movimiento, la información, y ello con independencia de que en estos ámbitos el texto escrito, la lectura y la escritura continúan estando presentes y desempeñan un papel fundamental.
Ahora, más que nunca, es necesario que nuestros alumnos sean lectores competentes en cualquier tipo de soporte, capaces de desentrañar críticamente todo tipo de mensajes, textos e imágenes, puedan crear páginas web, elaborar hipertextos, usar los géneros discursivos de Internet (correo electrónico, foros, chats). Un reto para quienes hoy educan y se educan con las nuevas tecnologías. Porque si algo hay que tener claro es que en este nuevo entorno todos podemos aprender y todos podemos enseñar. Que se aprende en forma colaborativa, que se asumen diferentes roles en la búsqueda del conocimiento, y que queda un largo camino para transitar en este espacio de infinitas posibilidades que se abren.
Como todo cambio, genera miedos, dudas y escepticismo profético. Pero con el salto que la escuela pública ha dado ya no se puede volver atrás.
¿Qué cambian las TIC (Tecnología de la Información y la Comunicación)?
Mucho. En primer lugar es una herramienta de inclusión y una ventana abierta al mundo del conocimiento. Se tiene acceso a otras culturas y todos pueden manifestarse. Es un espacio esencialmente democrático.
Claro que la información acumulada no es necesariamente conocimiento. El papel de la escuela es ayudar a los jóvenes a construir significado puesto que la lectura sigue siendo la clave del conocimiento.
La pantalla de la computadora es un formidable espacio para acceder a la información, para intervenir de alguna manera en esa información, un lugar de encuentro (para la comunicación, para el trabajo colaborativo) para crear, para desarrollar recursos nuevos, colaborar, compartir.
Aventurarse en la red es permitir que los jóvenes abran las puertas y las ventanas de la imaginación, que confronten nuestros discursos con otros, que discutan, que amplíen sus horizontes culturales, que lean, escriban y compartan. ¿No era acaso el futuro que siempre hemos soñado? Pasen y vean.

martes, 29 de marzo de 2011

Adelina Dematti de Alaye y Julio Cortázar


A raíz de la visita de Adelina de Alaye, fundadora de la organización Madres de Plaza de Mayo,a Bragado para participar de los actos conmemorativos del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, los hilos de la memoria conectaron a la militante de derechos humanos y al genial escritor de cuentos fantásticos




¿Te gusta leer a Cortázar?, me pregunta Adelina Dematti de Alaye cuando se sienta en la mesa de mi casa y mira una foto con imán pegado a la heladera. En ella se reproduce al escritor argentino con su eterno cigarrillo colgado de la boca. Y entonces cuenta que fue alumna del escritor en la Escuela Normal de Chivilcoy, a principios de los años cuarenta.


Continúa evocando sin interrupciones: “Todos me preguntan si era buen mozo y yo les digo que era horrible, tan alto y con la cabeza chiquita. Se paraba en la tarima del salón y, desde allí, hablaba y hablaba. Y entonces se volvía fascinante. Nadie quería que tocara el timbre del recreo y se rompiera la magia.”


“Era muy serio. A veces lo encontraba en el cine los domingos y, al otro día, me pedía la lección”, dice esta Madre de Plaza de Mayo que ha venido a Bragado a participar de los actos por el día de la Memoria.


Cuando Julio Cortázar decidió dejar Chivilcoy para dictar Literatura en la Universidad de Cuyo, todas las alumnas, incluida Adelina, fueron a despedirlo.

Muchos años después, Adelina volvió a hablar con su antiguo maestro. Fue en el año 1979, en París, después de la desaparición de su hijo Carlos Esteban, cuando ya había iniciado la larga lucha para que se conociera la verdad y se hiciera justicia. Levantó el teléfono y se dio a conocer:


-Fui tu alumna en Chivilcoy- le recordó- pero ahora soy Madre de Plaza de Mayo. Cortázar, que fue un intelectual comprometido con la lucha por los derechos humanos, un escritor que asumió desde el exilio un compromiso político, concertó inmediatamente una cita en su casa de la rue Martel. Adelina recuerda la foto tomada en esa ocasión con el escritor y su esposa Carol Dunlop.


Tres años después, Cortázar escribió un artículo en La República de París que tituló: “Nuevo elogio a la locura”. En él comentaba al calificativo de “locas” con que la dictadura se refería a las madres y sostenía: “Estúpidos como corresponde a su fauna y a sus tendencias, no se dieron cuenta (los dictadores) de que echaban a volar una inmensa bandada de palomas que habría de cubrir los cielos del mundo con su mensaje de angustiada verdad, con su mensaje que cada día es más escuchado y más comprendido por las mujeres y los hombres libres de todos los pueblos.”


Adelina Dematti de Alaye nació en Chivilcoy en 1928, cursó sus estudios en esa ciudad y se recibió de maestra de jardín de infantes. Ejerció la docencia en numerosos lugares de la provincia de Buenos Aires y las circunstancias la llevaron a ser una madre que, buscando a su hijo desaparecido, se convirtió en una militante social. Es fundadora de la organización Madres de Plaza de Mayo, y su militancia por la búsqueda de justicia le ha dado una identidad. De esa manera se presenta, así lo hizo aquella vez ante Julio Cortázar, en tiempos terribles para el país cuando las madres buscaban apoyo internacional.


A partir de ese 5 de mayo de 1977 en que su hijo Carlos Esteban fue secuestrado en Ensenada por personal civil que luego se comprobó pertenecía a la Marina, Adelina inició su búsqueda. De esa manera conoció a otras personas que también buscaban a sus familiares desaparecidos. De ese grupo surgiría la organización Madres de Plaza de Mayo de la Ciudad de La Plata. Varias organizaciones vinculadas a los derechos humanos la cuentan entre sus miembros: Madres de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo de la Plata, Comisión Provincial por la Memoria, Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata.


La búsqueda de su hijo la llevó a formar un archivo que incluye documentos acumulados durante 30 años. Un valioso acervo que da cuenta de su búsqueda personal, de la formación de las organizaciones dedicadas a los derechos humanos y de la desaparición de personas. Documentos de incalculable valor histórico, donados al Archivo Histórico de La Plata.


A principios de los años cuarenta, un profesor que todavía no era el escritor de fama internacional, que aún no era el autor de Rayuela, ni el inventor de Cronopios, enseñaba Historia a un grupo de adolescentes en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Entre ellas, estaba Adelina que todavía ni imaginaba que iba a convertirse en Madre de Plaza de Mayo y sería un ejemplo de lucha para las generaciones venideras. Vidas conectadas por misteriosos hilos.


En un mediodía de marzo de 2011, en Bragado, esta madre evoca al escritor que, en 1981 pronuncia un discurso en el coloquio de París, en el Senado de la República francesa y que titula “Negación del olvido”, y dice en el párrafo final: “Hay que mantener en un obstinado presente, con toda su sangre y su ignominia, algo que ya se está queriendo hacer entrar en el cómodo país del olvido; hay que seguir considerando como vivos a los que acaso ya no lo están pero que tenemos la obligación de reclamar, uno por uno, hasta que la respuesta muestre finalmente la verdad que hoy se pretende escamotear. Por eso este coloquio, y todo lo que podamos hacer en el plano nacional e internacional, tiene un sentido que va mucho más allá de su finalidad inmediata: el ejemplo admirable de las Madres de Plaza de Mayo está ahí como algo que se llama dignidad, se llama libertad, y sobre todo se llama futuro”.


Para eso ha venido Adelina a Bragado, para mantener en un obstinado presente, la memoria de los que dejaron su vida luchando por un mundo mejor.

lunes, 7 de marzo de 2011

Algunas lecturas del verano


La nieta del señor Linh, de Philipe Claudel

Hermosa fábula sobre la soledad, el desarraigo, la amistad y la indefensión de las personas cuando son obligadas a dejar su tierra.
Esta es la historia de una amistad entre dos seres solitarios. El señor Linh, un anciano que ha vivido en el pequeño microcosmos de su aldea y ha perdido a su familia en la guerra, llega a un país extraño como refugiado, del que desconoce su idioma y sus costumbres. Cargando a su nieta, se aferra a ella para sobrevivir. El señor Bark es un hombre solitario que ha perdido a su mujer y fuma su soledad sentado en un banco frente al parque de diversiones donde ha trabajado. Estas dos soledades se encuentran y, aunque ninguno entiende la lengua del otro, se crea entre ambos un lazo de amistad y respeto.
Una pequeña obra de arte llena de ternura con un final sorprendente.



Novecento de Alessandro Baricco, La leyenda del pianista en el océano, otro pequeño gran libro. Es la historia de un niño de pocos días que aparece sobre el piano de cola del salón de baile del transatlántico Virginian, que hace la ruta entre Europa y América. El maquinista del barco, Dany Boodman se hace cargo de él, lo bautiza como T. D. Lemon Novencento. El niño crecerá en el barco, se convertirá en el pianista más fabuloso de todos los tiempos. Un texto poético, escrito como un monólogo teatral que también fue llevado al cine.



El tiempo entre costuras, María Dueñas

Es un novelón de casi 600 páginas, pero de esos novelones que no nos dejan hasta acabarlo. Cuenta la historia de una costurera en los agitados años de la Guerra Civil española y los años posteriores.
Es de esas novelas que crean un mundo tan amueblado que es difícil salir de él. Tetuán, Tánger y el Madrid de posguerra están descriptos con precisión y frescura.
Hay personajes ficticios muy interesantes, como el de Candelaria. Y es una novela de aventuras con todos los condimentos. Por momentos la autora se excede en la cantidad de datos históricos que el personaje- narrador de la modista no puede conocer. A Dueñas le jugó en contra la historiadora. Pero es una placentera lectura de verano.

Adiós Hemingway, de Leonardo Padura.
Leonardo Padura es un escritor cubano que ha escrito una saga policial cuyo detective es el ex policía Mario Conde. En esta novela la historia se dispara a partir del hallazgo de un cadáver enterrado bajo un árbol abatido por un vendaval en Finca Vigía, la casa de Hemingway en Cuba, cuarenta años después de su muerte.
La historia transcurre en dos planos. El de la investigación que hace conde para descubrir quién es el muerto y qué relación ha tenido con el escritor y en los últimos días que pasa Hemingway en Cuba, en 1958, antes de partir definitivamente. Impagable la construcción del personaje de Hemingway, envejecido y final.

domingo, 30 de enero de 2011

Cuba



Cuba, es ese “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, como describe Nicolás Guillén en su poema. Cuba es José Martí y sus versos sencillos, es Hemigway llegando en el yate Pilar de una de sus expediciones de pesca. Es el Che en cada grafitti, en cada remera, en las pintadas en las paredes, en el corazón del pueblo cubano. Es Alejo Carpentier describiendo la ciudad donde nació: «La Habana de mi infancia era una ciudad de repique y repiqueteos: de cascabeles, de cencerros, de esquilas y esquilones, de campanas arrabaleras, de bordones catedralicios…”
Estuve tres días en La Habana, inolvidables. Desde el asombro de las primeras horas cuando salimos del hotel Habana Libre para comer y vimos la heladería Coppelia, que está enfrente, donde los cubanos hacen cinco horas de cola para tomar un helado y comer en un paladar, un restaurante criollo dentro de una casa, un pollo exquisito y arroz con
frijoles, hasta recorrer las calles de una ciudad tan exótica para nuestro ojos sudamericanos.
. Desde el piso 11 del hotel Habana Libre (donde estuvo alojado Fidel en los primeros días de la revolución) veía el malecón en toda su extensión y

al fondo la bahía donde está el castillo de los Tres Reyes del Morro y gran parte de la ciudad. Amé la Habana, sus olores, sus contrastes, sus edificios semiderruidos, la cordialidad de su gente. La caminé de día y de noche. Me senté en el malecón, anduve por el Paseo del Prado, recorrí el casco histórico, la parte reciclada por la noche, tomé un refresco en la plaza de la Catedral, me fotografié junto a la estatua de Hemingway en el Floridita, compré "Islas en el golfo" en los puestos cerca de la plaza vieja, asistí a la ceremonia del cañonazo en el fuerte San Carlos, anduve por la Quinta Avenida, escuché música en cada bar, en cada restaurante, en el hotel Ambos Mundos donde vivió el autor de “El viejo y el mar”. Viajé en autos de la década del 50 y hasta en un coco taxi, una especie de moto con forma de huevo. Conocí el barrio residencial de Miramar y desde luego me fotografié en la Plaza de la Revolución con las imágenes del Che y de Camilo Cienfuegos en los dos ministerios. Tomé un café en el piso 33 del edificio Focsa, cerca del Habana Libre. Ah, que hermosura. Me perdí por callecitas, lejos de la ciudad turística, donde las mujeres baldeaban las veredas y los músicos ensayaban tras las ventanas.
En Santa Clara, donde está el mausoleo del Che, me emocioné hasta las lágrimas. Allí están los restos de Guevara y muchas de sus pertenencias, entre ellas sus libros juveniles. Recuerdo dos: “La isla del tesoro” de Stevenson y “Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes.
Y luego Trinidad y sus plantaciones de tabaco y caña, uno de los lugares más antiguos de Cuba donde muchos de sus habitantes son descendientes de africanos. Trinidad es una pequeña ciudad colonial preciosa, con sus castillos de los señores de las plantaciones y su plaza con escalinatas donde se remataban a los esclavos. Y por último Cienfuegos, una ciudad más moderna, que data del siglo XIX, pero al estilo cubano, con esas casas con balaustradas y pintadas de colores.
En el viaje a Trinidad, vi en la carretera las universidades en medio del campo, entre ellas la de la Operación Milagro, que formaba a médicos para las operaciones de la vista que se hicieron y hacen en distintas partes del mundo.
Hablé con gente que estaba a favor y en contra del socialismo. No vi a nadie pidiendo, a ningún mendigo, cero analfabetismo. El bloqueo es una calamidad que los cubanos sobrellevan como pueden, pero sobre todo con dignidad.
Además del ron y de los habanos de rigor, de los collares y pulseras de semillas y algunas maracas y un güiro, me llevo el recuerdo de un país lleno de poesía.
Pienso en algunas leyendas inscritas en carteles en las ciudades y en el campo: “Socialismo o muerte”, “Mande, Fidel”, “Patria o Muerte”, “Fieles a nuestra historia”.
Pienso en la alegría de los cubanos, en su música. Para hablar de Cuba acaso sea mejor citar las palabras que dijo Eduardo Galeano en marzo de 2010, en la Universidad de La Habana cuando le concedieron el título de Doctor Honoris Causa:
“En un mundo donde el servilismo es alta virtud; en un mundo donde quien no se vende, se alquila, resulta raro escuchar la voz de la dignidad. Cuba está siendo, una vez más, boca de esa voz. A lo largo de más de cuarenta años, esta revolución, castigada, bloqueada, calumniada, ha hecho bastante menos que lo que quería pero ha hecho mucho más que lo que podía. Y en eso está. Ella sigue cometiendo la peligrosa locura de creer que los seres humanos no estamos condenados a la humillación. A ella le doy, en ustedes, mis muchas gracias.”

martes, 28 de diciembre de 2010

Exhumaciones: Haroldo Conti en Cuba tras las huellas de Hemigway

Ordenando mi biblioteca encuentro el n° 15, de julio de 1974, de la revista Crisis, dedicada en gran parte a la vida y la obra de Hemigway. El artículo más entrañable es el que escribe Haroldo Conti, en el que relata su viaje a Cuba tras las huelas de Mister Pa.
Faltan dos años para que Conti desaparezca en las garras de la dictadura militar. Ya ha publicado sus mejores libros y reconstruye la vida de Hemigway en Cuba como un escritor que busca cómo otro ha construido su universo literario a través de quienes lo conocieron.
Conversa con las personas que han pertenecido al entorno de Hemigway y que aun están vivas, como un empleado del hotel Ambos Mundos, en el que el escritor norteamericano vivía y escribía cuando estaba en Cuba, en la habitación 511.
El artículo está ilustrado con varias fotos. Hay una de la ventana abierta por la que se ve el panorama que el autor de “Los asesinos” divisaba desde su habitación del hotel. Entrevista a Marcelino Piñeiro, el jefe de ropería del hotel Ambos Mundos. El hombre habla de la naturaleza bondadosa de Pa, “que se hacía querer por todo el mundo”.
En ese hotel, Hemigway escribió “Adiós a las armas” y Marcelino lamenta no haber guardado alguno de los borradores que el escritor tiraba a la basura, puesto que escribía a mano sin corregir y luego pasaba los originales a máquina.
También Conti va a Cojímar en busca de Gregorio, el pescador que sirvió 27 años como patrón de El Pilar, el crucero de Hemigway.
Cojímar es un pueblo de pescadores y ahí está el lugar y los personajes que lo inspiraron para escribir “El viejo y el mar”.
Lo que emociona al leer esta nota son las reflexiones de Haroldo Conti, por ejemplo cuando se enfrenta con el busto del escritor hecho con las hélices fundidas de las embarcaciones: “Yo me pregunto qué sentirá el viejo realmente tanto tiempo y tanta historia y ese hombre con el que convivió 27 años ahora montado en una piedra sobre dos fechas y entre las dos un espacio pelado que corresponde a su vida”.
El recorrido continúa en Finca Vigía, al este de La Habana. La fastuosidad de la casa cubana de Hemigway incomoda a Conti, revela la opulencia de un escritor norteamericano que cobraba 15 mil dólares por un simple artículo. Al compararse, Conti, escritor de un país pobre que desvaloriza la cultura, reflexiona: “…nos queda el desvelado orgullo de nuestra inmensa y rebelde pobreza que en algún sentido ayuda a nuestra escritura pues nos mantiene junto al pueblo y nos aleja del privilegio”. Toda una poética de un escritor que siente que acompaña una revolución que nunca va a llegar, nótese que este texto aparece publicado en el mismo mes en que muere Perón y se desata la violencia de la derecha en la Argentina, aparece la Triple A y domina la sombra siniestra de López Rega.
Conti, que amó navegar y describió barcos en “Mascaró” y en otros textos, termina la nota con una alusión a El Pilar, el barco de Hemigway varado en el jardín de Finca Vigía desde que la casa se convirtió en museo. Dice: “Este es el barco que el viejo amó como a un hijo, condenado in memorian a vivir lejos del mar, a navegar nostálgicamente entre arecas y palmeras sobre el césped bien cortado, el último trofeo de aquel incansable cazador.”


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viernes, 10 de diciembre de 2010

Los escritores y el viaje (1)


Sarmiento viajaba para constatar sus puntos de vista: viaja en busca de reconocimientos y sus preocupaciones son utilitarias, busca modelos para aplicarlos en América. Es en Mansilla donde se verifica la búsqueda de lo estético. Es el viaje del gentleman que se justifica artísticamente al conectarse con el predominio de una élite. Europa es la culminación y el privilegio.

Mansilla en Europa fundamentalmente gasta, es el viaje consumidor: comida, ropas, palabras, en diversas lenguas.
De la acumulación al ocio, al privilegio, al gasto. La espectacularidad y el narcisismo.
En el seno de la oligarquía federal porteña, surgían contradicciones. Mansilla recuerda las palabras de su padre: “Cuando uno es sobrino de Rosas no lee el Contrato Social, si se ha de quedar en este país, o se va de el si quiere hacerlo con provecho”.

En sus múltiples viajes, Mansilla pasa del viaje del niño al viaje del gentleman.
En “Una excursión...”, sin embargo, Mansilla habla de otro viaje, un viaje al interior, al corazón de la pampa. Ya no es el “más allá”, Europa, es ese otro lugar donde Santiago Arcos, que vive en París, desearía comer una tortilla de avestruz. Igualmente el viaje a tierra adentro se cubre de exotismo, es una incursión al interior, porque viajar, para Mansilla es experimentar contrastes. Mansilla piensa que las clases dirigentes no conocen el país, no llegan a asumirlo como suyo “Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los ranqueles que en diez años de despestañarme leyendo opúsculos, gacetillas y libros especiales...”

Con la solidificación del grupo social que dirige el país luego del 1880, el viaje europeo se institucionaliza: ni pioneros, ni precursores, ni aventureros, quienes lo celebran adoptan cada vez más el aire de oficiantes y el itinerario se convierte en ritual. Se viaja a Europa para santificarse allá y regresar consagrado. Se viaja para purgarse, para liberarse del país, de Buenos Aires o de la Argentina. Se va para volver. El cielo reside en Europa, pero la verificación de la sacralidad se realiza aquí. Mansilla cuenta su regreso, la cantidad de curiosos que lo miran desembarcar y lo siguen hasta que llega a su casa.
Los viajeros, en eso consiste el viaje estético, ven a Europa como una torre de marfil (entre el 80 y el 900 Europa se convierte en monopolio del modernismo)

Después del 900, conectado con la crisis del liberalismo señorial y de sus respuestas filosóficas, literarias y educacionales (positivismo, normalismo, modernismo) se pueden verificar otras variantes del viaje estético de los gentlemen-escritores y de los hijos del 80. La fiesta de la belle- epoque ha concluido. El heroísmo y la vuelta al campo contarán con mayores adeptos: la guerra del 14 y la estancia paterna facilitan la elección. El campo es el final y la antítesis del viaje estético. La pampa se convierte en lo esencial y puro frente a la corrompida contingencia de Europa. Los hijos del 80, espiritualista y apolíticos quieren purgar la glotona consumición de su clase. Ese es el regreso de Güiraldes. Regresa para purificarse. No sólo aparece en Güiraldes, también en Oliverio Girondo.
Como toda clase que hace de necesidad virtud, promueven el mito campesino: un telurismo teñido de religiosidad.
(Tomado de Viñas, David, Literatura y política, Buenos Aires Santiago Arcos Editor, 2005)

sábado, 13 de noviembre de 2010

A 160 años de la muerte de Robert Louis Stevenson


Reflexiones de Stevenson sobre la novela

Cualquiera puede escribir un cuento, un mal cuento, quiero decir, si tiene industria, y papel, y tiempo suficiente; pero no todos pueden esperar escribir una novela, ni siquiera mala. La extensión es la clave. Un novelista aceptado puede construir y derribar su novela; pasar días con ella en vano, y no escribir más de lo que tacha. Un principiante no. La naturaleza humana tiene ciertos derechos: un instinto, el de supervivencia, prohibe que nadie, sin verse animado y apoyado por la conciencia de victorias previas, pueda soportar las miserias de un esfuerzo literario baldío mas allá de periodos que se pueden medir en semanas. La esperanza necesita un suelo para arraigar. El principiante necesita una buena brisa, encontrar una veta afortunada; debe estar en una de esas horas en que las palabras vienen y las frases se equilibran solas, y eso para empezar. Y, habiendo empezado, ¡qué terror cada mirada hacia adelante hasta que el libro se acaba! ¡Cuánto tiempo debe seguir soplando esa brisa, siguiendo esa veta! ¡durante cuánto tiempo debe seguir al mando de esa misma calidad de estilo! ¡Durante cuánto tiempo debe mover sus marionetas, siempre vitales, consistentes, vigorosas! Recuerdo que, en esos tiempos, solía mirar todas las novelas de tres volúmenes con una cierta veneración, como una hazaña, si no literaria, al menos de resistencia física y moral, del coraje de un Ayax. (Stevenson)

jueves, 11 de noviembre de 2010

La historia del amor de Nicole Krauss


Esta es una novela que conmueve, que enhebra historias diversas a la manera de Paul Auster. “La historia del amor” es un laberinto de vidas que giran en torno a un libro escrito en tiempos de guerra.
Y también es la historia del viaje de regreso de ese libro a su dueño y de las múltiples escrituras que él propicia.
Entre las historias que se cuentan está la de Leo Gursky, un cerrajero polaco que ha huido de la persecución nazi en Polonia y ha recalado en New York. Es anciano y escribe mientras lamenta la pérdida de Alma, su amor de juventud, que ha emigrado a América y se ha casado con otro polaco que ha adoptado al hijo que llevaba en su vientre.
Es la historia de Isaac Moritz, el hijo que no conocerá a su padre, escritor famoso y la de Alma Singer, una adolescente que oficia de detective para encontrar las pistas que la lleven al origen del libro “La historia del amor”, comprado por su padre en Buenos Aires y que su madre ha recibido el encargo de traducir.
Es también, la el hermano menor de Alma, Bird, que junta dinero vendiendo limonada para viajar a Israel y convertirse en santo.
El Holocausto aparece como eco de esas vidas que se han reconstruido lejos de la propia tierra pero que ha determinado el desarraigo, la soledad, la incomunicación, el dolor. Historias despedazadas que, al rearmarse fuera del hogar van dejando vacíos como las piezas incompletas de un rompecabezas.
Y también es la historia de Zvi Litvinoff, otro judío polaco que, afincado en Chile, se apropia del libro que su amigo Leo Gursky le ha confiado antes de separarse.
Una novela que teje la historia circular de un libro que se pierde en la diáspora de la guerra y llega a través de complejos recorridos de regreso a su autor.
Nicole Krauss crea personajes complejos y entrañables a través de una novela hecha de escrituras de libros, de diarios, de memorias, de cartas. Una novela de esas que se leen con fascinación.