sábado, 9 de marzo de 2019

Revistas infantiles argentinas: entre la escuela y la casa

Nota extraída de la página Premio Nacional y Latinoamericano de LIJ La Hormiguita viajera, Biblioteca Virrey del Pino, La Matanza.
Por María Cristina Alonso
1. Quién es quién en la esquina de tu casa

Los recientes despidos en la Editorial Atlántida pronostican el fin de una de las revistas para niños con más historia de la Argentina: “Billiken”. Su sola mención evoca la infancia de muchas generaciones porque esta revista, que salió a la venta en 1919 dirigida por Constancio C Vigil, interpeló durante un siglo a los niños y niñas que buscaban en esta publicación no sólo entretenimiento, sino también una herramienta para las tareas escolares.
Pensar las revistas infantiles que se fueron sucediendo a lo largo del siglo XX y que muy pocas sobrevivieron a la tecnología en las puertas del siglo XXI, es pensar en cuál es la representación de la infancia que una sociedad tiene y plasma en las publicaciones destinadas a ese sector.
Sin lugar a dudas, todas las que vamos a mencionar tienen un carácter instrumental, promocionan en sus páginas materiales para la escuela, pero también incluyen cuentos, historietas y leyendas de autores argentinos y universales creando un espacio de formación del niño lector.
Si bien no fue la primera revista destinada a los niños, ya que hubo un intento previo de Constancio C. Vigil -fundador de la Editorial Atlántida- con la creación “Pulgarcito y Germinal”, es “Billiken”, nacida el 17 de noviembre de 1919, la que estuvo destinada a permanecer en el mercado y a dejar una huella en el recuerdo de tantos lectores.
Muchos factores contribuyeron a su dilatada trayectoria: la aparición semanal tan esperada, los recortables, las figuritas de próceres que terminaban pegadas en los cuadernos escolares, los paisajes estereotipados de un país que siempre tenía un sol naciente y banderas que flameaban con el aire de la patria, las batallas que congelaban la imagen de aguerridos soldados, la casita de Tucumán y el Cabildo… Todo conformando la arquitectura ideal de un pasado que siempre se contaba desde la ideología del poder dominante. Al respecto, Paula Guitelman, en su libro “La infancia en dictadura” (Prometeo, 2006) señala que “Durante la dictadura, ¨Billiken` –en tanto medio de entretenimiento y de educación al mismo tiempo– actuó en sintonía y complementariedad con otras instituciones de formación como son la familia y la escuela”. Y analiza cómo la revista presenta una versión purificadora de la historia, reinventada y vinculada al objetivo de disciplinamiento de la sociedad que se proponía la dictadura.” Entre los muchos ejemplos que propone la autora sobre las secciones de “Billiken” en el período estudiado, están las notas tituladas “Quién es quién en la esquina de tu casa”, que “remite al orden, la localización y la importancia que se da a la identificación de objetos y sujetos diferentes para luego segregarlos”,

Pero ¿quiénes eran esos niños que poblaban las páginas del “Billiken” y a quién estaba dirigida la publicación? se pregunta Paula Bontempo en su ensayo “Los niños de ´Billiken´. Las infancias en Buenos Aires en las primeras décadas de siglo XX”. [1] Para la autora, el éxito de la revista residió en la heterogeneidad de intereses y matices de la infancia que intentó construir: niños escolares pulcros, de guardapolvos almidonados, y chicos que se escapaban de la casa para jugar en el potrero, que soñaban con juguetes y comían golosinas. Claro que siempre niños que iban a la escuela, es decir aquellos que se diferenciaban de los menores, que eran los niños pobres, abandonados, marginales que transitaban el circuito calle-instituto.

La escolarización fue un fenómeno constitutivo de la sociedad y de la cultura moderna, y el Estado -en un intento de regular y ajustar la infancia a las normas- recurrió, por un lado, a la obligatoriedad escolar, y por el otro, al encierro de los menores en asilos e instituciones.
El inspirador de “Billiken”, Constancio C. Vigil, autor de cuentos populares como El momo relojero, La hormiguita viajera, Misia Pepa, tenía una postura pacifista que se fundaba en la regeneración moral a través del amor al prójimo, a la naturaleza y a los animales. De esta manera, en los cuentos y narraciones que aparecían en la publicación, encontramos dos tipos de niños: el pobre y el benefactor. El niño pobre era frecuentemente huérfano, no tenía casa, estaba forzado a trabajar, y el niño benefactor acudía en su ayuda cambiando la vida del niño pobre. Claro que no existían -en estas páginas- la lucha de clases y la injusticia social, pero sí injusticias puntuales que la bondad de las personas podía enmendar.
Si “Billiken” es una revista hija de la ley de Educación 1420 (que promulga la obligatoriedad de la educación primaria) aparecida en el marco de una política cultural que incorpora a los hijos de inmigrantes al sistema educativo, “Anteojito”, nacida en 1964, llega al mercado y se dirige a un niño lector que conoce la primera imagen televisiva en blanco y negro.

2. Caótica, alucinada, decididamente psicótica

Anteojito” se diferencia de “Billiken” porque hace referencia, desde el comienzo, al lenguaje televisivo tanto en su gráfica en las publicidades como en las secciones. Pertenece a Manuel García Ferré Producciones,que relaciona todos los aspectos de la industria cultural del momento: revista, discos, programa de televisión, revista de historietas y dibujos animados en televisión. En su tapa siempre está Anteojito, un niño con unas gafas descomunales, un niño personaje que emplea un discurso pedagógico por ser un alumno destacado, que propone una relación directa con el niño lector de la revista.
Además de los temas escolares presentes en este tipo de revistas,  “Anteojito” dio cabida a grandes ilustradores como José Luis SalinasJuan ArancioCarlos Roume y Oswal, Jorge de los Ríos, Hugo Casaglia, entre otros.
Luego de permanecer en los kioscos del país y países limítrofes durante 37 años, la revista dejó de publicarse como consecuencia de la crisis del 2001. Habían aparecido en total 1925 números y su última edición fue el 28 de diciembre del 2001.
A “Anteojito” se la llevó la crisis del 2001, como a “Billiken” se la está llevando la crisis que atraviesa la Argentina con las políticas neoliberales de Macri en 2019.
Rodrigo Fresán, en un artículo publicado a partir de la noticia de la desaparición de “Anteojito”, define de este modo a las dos revistas infantiles argentinas más conocidas: “A mi modesto entender, ´Anteojito´ y ´Billiken´ tendrían que desaparecer juntas porque son dos caras de una misma moneda. Durante mi lejana infancia, la de Constancio C. Vigil era prolija, burguesa, bastante desabrida, perfecto material de lectura para chicos que querían ser los mejores alumnos y su parte más lúdica buscaba emparentarse con la estética progre-aristocrática de María Elena Walsh. La de García Ferré (quien paradójicamente le debe su último gran éxito a la walshiana Tortuga Manuelita) era caótica, alucinada, decididamente psicótica, dedicando páginas al Día de la Bandera entre visiones del planeta Marte o instrucciones para construir alguna ideíta de Leonardo Da Vinci. Los lectores de ´Billiken´ calzaban Adidas y empuñaban lapiceras Parker, los de ´Anteojito´ metían sus quesos adentro de zapatillas Flecha y mordían plumas Scheaffer.” (“Por el camino de ´Anteojito´”, Página /12,domingo, 13 de enero de 2002).
Aquella crisis desbastadora fagocitó a personajes entrañables que habitaban las páginas de la revista “Anteojito”, entre otros, el niño espantapájaros Trapito, el superhéroe Hijitus, la Bruja Cachavacha, el pollo sheriff Pío Pío, el chico científico Calculín.

3. La advertencia de Nyoka, la muchacha de la jungla

El peronismo tuvo su propia publicación destinada a los niños, fue “Mundo infantil”, que comenzó a publicar, en 1949, la editorial de Haynes de Carlos Aloé, dirigida por Oscar Rubio. Su tirada era semanal y salió entre los años 1949 y 1952.
“Mundo Infantil” transmitía un mensaje político e ideológico que intentaba apuntalar el proyecto nacional y popular que se sustentaba en las “Veinte verdades peronistas”, entre las cuales estaba la de que “en la nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños”. Si en la segunda década del siglo XX aparece la idea de que la infancia debe ser considerada como un período autónomo de la vida adulta y que el niño es sujeto de derechos, durante el peronismo se constituye al niño como sujeto ciudadano.
No obstante, la revista -que contenía materiales escolares, cuentos, gran cantidad de páginas dedicados a las obras de la Fundación Eva Perón y a los Torneos Infantiles Evita, otras con contenidos acordes a cada grado y láminas y maquetas para armar, con motivos patrios- no escapaba a los estereotipos de género propios de la época.

El peronismo había propiciado cierto empoderamiento de la mujer y -durante el segundo gobierno- se había conquistado el acceso al voto femenino; sin embargo, en las páginas de la revista se repiten muchos de los estereotipos de infancia y de género. María Eugenia Bordagaray y Anabela Gonza, en su ensayo “Mundo Infantil y la socialización de género en la infancia del primer
peronismo (1950-1952)”[2], sostienen que, por momentos, la revista parece dirigida sólo a los varones. Mientras que a las niñas se destinan secciones donde se habla de modas y de labores, los niños se divierten y arman aviones y barcos de madera balsa o leen artículos destinados sólo a ellos -sobre todo en la promoción de carreras técnicas, como un medio para promover las escuelas técnicas, de reciente creación-.
Las niñas debían evitar el ocio, ayudar a la madre en las tareas domésticas, hacer las tareas escolares y no molestar al padre cuando regresaba cansado del trabajo. No obstante, desde las páginas de “Mundo infantil”, Nyoka, la muchacha de la jungla, creación de Edgar Rice Burroughs, el de Tarzán, desparramaba trompadas y hacía guiños a las “lectorcitas” avisando que había un territorio de luchas que todavía no se habían dado y que las tendrían como protagonistas.

Otras revistas infantiles menos longevas alimentaron esa doble funcionalidad que las constituía: ayuda escolar y a la vez fuente de lecturas recreativas, actividades manuales y consejos útiles. “Selecciones escolares”, de la editorial Codex (1959-1964), que se presentaba en un formato pequeño y atractivo y se autoproclamaba como “Revista mensual de divulgación y actualidades para la juventud”; “Pepín Cascarón” –solo dieciséis ejemplares publicados a partir de 1960- representado por un huevo de ancha sonrisa dibujado por Dante Quinterno y, más adelante, la abortada “Mega”, que fue robada por el grupo Clarín y publicada con el nombre de “Genios” (1998). Pero este artículo quedaría incompleto si no recordáramos una publicación dedicada a la infancia, que marcó la diferencia.


4. Humi, ollas populares para los pajaritos


Nacida en la editorial La Urraca, la misma que publicó “Humor”, la revista que hizo frente a la dictadura militar vio la luz durante el período 1982-1983. Destinada a los hijos de los lectores de esa revista, su nombre “Humi” le hace guiños al lector adulto que lee “Humor”.
A diferencia de la estereotipada “Billiken”, “Humi” mantiene una actitud transgresora, remite permanentemente al contexto político y social porque es tiempo de restablecer los lazos entre el adulto y el niño, destruidos por la dictadura. Por eso la escuela ya no es un lugar sacrosanto, sino que se la mira con desconfianza, ha sido el aparato ideológico de la dictadura. En sus páginas se cuenta la otra historia, la revisionista y, permanentemente, se estimula al niño lector a participar escribiendo cartas, mandando dibujos porque es, según la publicidad, “una revista infantil para crear y aprender”. Baste como ejemplo la sección “La pelela de la pulga”, en donde se promociona un Concurso de chistes malos, se publican dibujos de los lectores, una lista de insufribles (“los grandes que dicen “es igual a la madre…”), nombres graciosos (Abraham Lapuerta), adivinanzas enviadas por los chicos (¿Cuál es el mar más tonto? El mar mota”) o un recortable para armar una olla popular para los pajaritos y ayudarlos a pasar el invierno.
“Humi” fue la fascinación de los lectores adultos de “Humor”, pero no lo fue de la mayoría de los niños. Estos ya tenían formateado el género “revista infantil” en sus cabezas. Por lo tanto, no podían extasiarse con las tapas de Nine o los dibujos de Tabaré Gómez Laborde, que propiciaban otra estética. Estética que no encontraría lugar en las tradicionales aulas argentinas.






[1]Bontempo, Paula Los niños de Billken. Las infancias en Buenos Aires en las primeras décadas de siglo XX. Anuario del Centro de Estudios Históricos “Prof. Carlos S. A. Segreti” Córdoba (Argentina), año 12, n° 12, 2012, pp. 205-221. ISSN 1666-6836
[2]Bordagaray, María Eugenia y Gorza, Anabella, Mundo Infantil y la socialización de género en la infancia del primer peronismo (1950-1952)I Jornadas CINIG de Estudios de Género y Feminismos Teorías y políticas: desde el Segundo Sexo hasta los debates actuales 29 y 30 de octubre de 2009.



lunes, 4 de febrero de 2019

Pobreza e infancia

Nota extraída de la página Premio Nacional y Latinoamericano de LIJ La Hormiguita viajera, Biblioteca Virrey del Pino, La Matanza.

Narrativas sobre la crueldad
Por María Cristina Alonso



Los libros destinados a los niños que nos muestran escenas de la infancia nos dicen más sobre los adultos que sobre los chicos, precisamente porque esas narrativas se construyen a partir de la realidad. Una sociedad inmersa en la violencia y en la que se vulneran los derechos de los más débiles se verá reflejaba, de una manera u otra en las historias que pensamos y escribimos para los niños.
Pero no todo lo que les ocurre a los niños es pasible de ser ficcionalizado, al menos en relatos destinados al público infantil. Pienso en la historia de la niña jujeña que fue obligada a tener un hijo fruto de la violación de un hombre de 60 años y que, además de negársele la posibilidad de interrumpir el embarazo -como lo disponen los protocolos para estos casos de menores de 15 años- el gobernador de la provincia ya había digitado que una “buena familia” iba a adoptar al bebé. ¿Y la niña? La niña sólo quería que todo terminara para volver a jugar.
Tan difícil de convertirla en historia para el público infantil como la de cientos de niños y niñas que hoy viven en las calles de casi todas las ciudades del mundo, huérfanos de escuela, de juguetes, de protección, de acompañamiento del Estado que, por otro lado -y en los discursos- proclama su interés por la infancia y dice considerar al niño como sujeto de derecho.
La crueldad y la violencia ejercida sobre los niños y niñas, sin embargo, impregna a toda la literatura infantil desde los albores del género.
Un médico alemán, Heinrich Hoffmann, escribió y dibujó en 1845 un libro con historias para su hijo que tituló: Struwwelpeter (Pedro Melenas). Consciente de que las imágenes tienen un efecto aleccionador, Hoffmann cuenta relatos de advertencia sobre niños desobedientes que sufren ejemplificadores castigos: Gaspar, el melindroso, se niega a tomar la sopa y, al quinto día de su negativa, muere. Hoffmman no ahorra en detalles macabros; va dibujando al personaje cada vez más flaco hasta que, en la última imagen, aparece la tumba del niño con la cruel imagen de la sopera como epitafio. Pero verdaderamente horripilante es la historia del Pequeño Chupadedo. Para evitar que continúe con el hábito de chuparse los dedos aparece el sastre con unas enormes tijeras y le corta los pulgares: “Cuando mamá vuelve al hogar, /Se lo encuentra -¡puro llorar!-/¡Sin pulgares se quedó,/el sastre se los cortó!”
Nada comparable con la historia de Paulita, que se prende fuego por jugar con los fósforos.Claro que la historia cuenta, al pasar, que a Paulita la dejaron sola en su casa. No obstante, si se prendió fuego de pies a cabeza a pesar de que los gatos le advertían el peligro y su madre le había recomendado no hacerlo, se deduce que la culpa, además, recae sobre la niña, que -como la pequeña de Jujuy de la historia real- fue abandonada por los adultos y, de víctima, pasa a ser culpable y desobediente.La niña -¡qué gran tristeza!-/ardió de pies a cabeza./ Quedaron sólo ceniza,/ y rojas, dos zapatillas.”


La indiferencia también es crueldad. Con mucha sutileza, las autoras del libro álbum Hugo tiene hambre, de Silvia Schujer y Mónica Weiss, nos narran esa violencia silenciosa que es el hambre de los niños que están en la calle. Niños que nadie mira, que parecen invisibles pero que, con su sola mirada, nos dicen que vivimos en un mundo que va perdiendo su humanidad. En este cuento, Hugo está enojado, el hambre inevitablemente nos pone irascibles. Anda con los labios apretados porque en una ciudad llena de colores, él solo puede mirar: gentes, plazas, calles, negocios, todo lo ve con la forma de su deseo: las plazas son soperas, los árboles alcauciles, y la gente y las cosas se vuelven platos de comida, golosinas, frutas y verduras.
Hugo recién se distiende y sonríe cuando encuentra a un perro hambriento como él, porque “cuando uno tiene un amigo, la panza hace menos ruido.”
Dice Mónica Weiss, la ilustradora de este libro álbum conmovedor: “Cuando me puse a trabajar en él, enseguida reparé en que -en los cuentos clásicos- el niño pobre que deambula solo y tiene hambre era un personaje corriente, pero como estaba “en el pasado”, parecía no doler tanto. En cambio, en los libros para chicos que transcurrían en aquel momento (2005), los niños pobres casi no aparecían. En mi biblioteca, entre cientos de libros donde los chicos tienen casa y comida asegurada, sólo contaba con De noche en la calle, de Ángela Lago. Así que había como un ocultamiento de algo que todos veíamos a diario en nuestra vida cotidiana. Aunque ´ver´ era una manera de decir.”[1]


En la literatura infantil el tema del hambre es recurrente, como en los cuentos de hadas recogidos por los hermanos Grimm. Los niños de esas historias deben enfrentar, como los reales en los que están inspirados, el secuestro, el abandono, la esclavitud, el abuso y hasta el asesinato.
Como el Hugo del que hemos hablado, en Hansel y Gretel el tema del hambre proyecta una realidad histórica. En la Edad Media, la escasez de comida por el crecimiento demográfico y las malas cosechas producía hambrunas. Por lo tanto, el abandono de los niños –y hasta el infanticidio- eran frecuentes, ya que no podían ser alimentados.

 Hansel y Gretell es uno de los cuentos más crueles que se puedan contar. Es la historia de dos hermanos abandonados por el padre y la madrastra en el bosque, con la excusa de que no tienen nada para darles de comer. Cuando se encuentran con la engañosa casa de chocolate, aparece la bruja que enjaula a Hansel para comérselo crudo, y encima lo engorda lentamente. Para compensar tanta crueldad, Gretel logra tirar a la bruja al horno encendido y la quema viva. Como los chicos regresan con una bolsa llena de oro, los padres los reciben contentos. ¿Tiene un final feliz este cuento? Según esta historia, hay que llevar un tesoro a casa para ser amado.
En los cuentos de hadas aparecen todo tipo de crueldades dirigidas a los niños. A Caperucita Roja se la come un lobo, Cenicienta tiene que soportar todo tipo de desprecios y burlas de sus hermanastras; a Blanca Nieves, la madrastra la manda a matar y pide que le arranquen el corazón; a Pulgarcito y sus hermanos, el Ogro los anda buscando para cortarles la cabeza y, en Pinocho, de Carlo Collodi, el Zorro y el Gato se abusan de la ignorancia del muñeco de madera: le roban las monedas de oro y  lo cuelgan de una encina.
.


El libro álbum de la escritora e ilustradora brasileña Ángela Lago, De noche en la calle quiere ser un testimonio de los niños de la calle. Hay un niño que ofrece tres pelotitas con los colores del semáforo ante la indiferencia de los automovilistas. En el cómodo interior de los autos donde nos ubica la autora, la gente mira con ferocidad al niño solo, le teme, lo amenaza. Lo exterior y lo interior no se comunican, salvo en el momento en que el niño roba una caja del asiento trasero de un auto donde encontrará tres nuevas pelotas, que seguirá ofreciendo en una rueda infinita de un destino que no podrás modificarse. La crueldad y la indiferencia también aquí son tematizadas. Volvemos a Hugo tiene hambre (Shujer-Weiss). Mónica Weiss escribe -refiriéndose a los niños de la calle-: “Siempre me impresionó la naturalidad con que, en las paradas de los semáforos de las grandes ciudades, los conductores pasan por alto el hecho de que esos que están pidiendo monedas son niños. Imagino que, si vieran en esa misma esquina a uno de sus hijos o vecinitos, saldrían inmediatamente del coche y tratarían de ampararlos y de llevarlos a sus casas o con sus adultos. Sin embargo, los chicos como Hugo parece que fueran parte del paisaje urbano: con el mismo valor simbólico de una silla de plaza, un cesto, un semáforo. Como sin entidad humana, propia. [2]

Niños pobres y maltratados deambulan por muchos relatos infantiles de todos los tiempos. Lo hacen David Copperfield y Oliverio Twist, los personajes de las respectivas novelas del escritor inglés Charles Dickens, que no dudó en contar la crueldad de la sociedad del siglo XIX en la que le tocó vivir. Tanto David como Oliver se quedan huérfanos, reciben palos de los maestros, desprecios de sus padrastros y sienten hambre.
También medio muerto de hambre anda por los tres primeros tratados Lazarillo de Tormes, el protagonista de la novela picaresca española del siglo XVI. Lazarillo es un chico que queda solo en el mundo. Cuando el padre se muere, su madre le dice esta crueldad: “Criado te he, válete por ti” y lo manda a que se las arregle por los caminos. Por suerte el chico es vivo y se las ingenia para ir de amo en amo aunque siempre, con hambre.


La orfandad es una constante en los relatos para niños y jóvenes. El héroe casi nunca tiene padres, por lo tanto, tiene que reinventarse. Los padres de Harry Potter fueron asesinados por el mago Voldemor una noche de Halloween. Tom Sawyer vive con su tía Polly en un pueblito junto al Missisippi, y el Principito, está en su planeta con la sola compañía de una rosa.


La pobreza y el hambre siempre determinan que estos personajes niños inicien un largo viaje, vivan una aventura, obtengan una riqueza o realicen una hazaña. Así Charly, el de la película “La fábrica de Chocolate”, de  RoaldDahl, se somete a los caprichos del excéntrico Willy Wonka; Bastián Baltasar Bux, el protagonista de “La historia sin fin”, que es un chico huérfano de madre, viaja -a través de un libro- al mundo de Fantasía, para compensar sus días solitarios.

Los chicos y las chicas de la literatura infantil y juvenil tienen maestros que pegan coscorrones en la cabeza a los que se portan mal, tienen padres que los abandonan o los olvidan, y andan por caminos embarrados y muertos de frío. La literatura cuenta, sin disimulo, lo que les sucede a los niños pobres en la vida real. Como la historia de la niña de Jujuy, los relatos de ficción siguen contándonos de qué manera las sociedades lejos de combatirla, abominan de la pobreza.







[1] Weiss, MónicaIlustrar ¿para niños, jóvenes, adultos? Curso introductorio para mediadores de lectura literaria juvenil del CAEU / OEI
[2]Weiss, MónicaIlustrar ¿para niños, jóvenes, adultos? Curso introductorio para mediadores de lectura literaria juvenil del CAEU / OEI



lunes, 8 de octubre de 2018

150 aniversario de la publicación de Mujercitas de Louisa May Alcott

Nota extraída de la página Premio Nacional y Latinoamericano de LIJ La Hormiguita viajera, Biblioteca Virrey del Pino, La Matanza.

Todas fuimos Jo
por María Cristina Alonso
Las lecturas de infancia nos marcan a fuego, quedan en el recuerdo de forma fragmentaria, como barcos encallados que van perdiendo su aspecto pero que siguen evocando su destino viajero. A 150 años de la primera publicación de Mujercitas de Louisa May Alcott, varias lectoras adultas son convocadas para recuperar lo que quedó en su imaginario de ese libro de chicas que marcó la infancia de muchas.

Louisa May Alcott, (1832-1888) una escritora norteamericana que  vivió en Concord, Massachusetts, cuando ya era una autora consolidada, recibió la propuesta de su editor de escribir un “libro para chicas”. Y, aunque se resistió en un primer momento, porque
nunca le habían caído bien las muchachas ni había conocido a muchas, salvo a sus hermanas, se puso manos a la obra y así escribió Mujercitas, publicada en 1868, que se convirtió rápidamente en un best sellers leído más tarde, por varias generaciones. Partió de la idea de acompañar a las mujeres de la familia March a lo largo de un año mientras el padre estaba en la Guerra de Secesión. Y, como Alcott consideraba que el estímulo económico era la mejor motivación para escribir profesionalmente, su novela Mujercitas tuvo una segunda parte que se convirtió a su vez en éxito explosivo.
A Mujercitas le siguieron continuaciones: Little Men (Hombrecitos) y Jo's Boys (Los muchachos de Jo), en las que se muestran a hijos, sobrinos y alumnos de las hijas de los March armando sus propias vidas.
Robert Louis Stevenson  sostenía  que  un  buen  relato “debía  comunicar  una  anécdota,  un  incidente  que  actuara  sobre  la  imaginación  y  sobreviviera  más  claramente  en  la  memoria  que  los  ínfimos  detalles  de  la  novela  pretendidamente  social”. Hay una escena de Mujercitas, que se reitera cuando les pido a mis amigas –mujeres todas entre cincuenta y setenta años- que traten de recordar la lectura infantil de la novela  para escribir esta nota con la excusa de que se cumplieron 150 años de su publicación en septiembre de 1868.  La escena memorable, como Robinsón  Crusoe  retrocediendo  ante  la  huella  y  Ulises  doblando  el  arco, es ese momento en que Jo se saca la gorra y muestra su pelo corto. Ha vendido sus hermosas trenzas por 25 dólares para ayudar a Marmee que viaja a Washington a ver al padre enfermo. Ese gesto de automutilación para realizar un acto generoso ha quedado indeleble en el recuerdo de varias generaciones de lectoras.
Jo es, según señalan los críticos, el gran personaje femenino de la literatura norteamericana del siglo XIX, y su innovadora construcción ha quedado inalterable en el imaginario femenino porque asume la rebeldía que tantas mujeres quisieron y no pudieron expresar para sacudirse la opresión de la sociedad patriarcal.
En uno de sus recuerdos de la lectura, Adriana, una profesora de Ciencias Naturales, dice que, si la historia de Alcott estuviera ambientada en esta época, las mujercitas  llevarían el pañuelo verde y estarían a la cabeza reivindicando derechos.
En los mails y  audios de whatssap, mis amigas responden entusiasmadas a mi requerimiento. El título de la novela más leída por las chicas de varias generaciones atrás es un talismán, un pasaje, un boleto de regreso a esa patria, a esa tierra incógnita que es la infancia.
Lectoras con distintas profesiones y recorridos vitales me cuentan recuerdos fragmentados de una novela que les quedó grabada en forma indeleble. Para muchas, la evocación del libro viene unida al adulto que lo regaló. “Mi tía Chicha, una maestra frustrada, nos regalaba libros muy a menudo. Mujercitas vino de su mano, cuenta Marta, que pasó su infancia en un pequeño pueblito lechero. Y Marita, que hizo la primaria en una escuela rural, evoca al maestro de séptimo grado, un comunista deseoso de que todos los chicos estudiaran,  que le regaló un ejemplar de Mujercitas a fin de año, dándole de leer, así, la primera novela de buena literatura que superó las manoseadas  historietas y novelitas rosa.
Las muchachas March eran mujeres que se animaban a todo, “mujeres que trataban de salir por sus propios medios adelante”, define María Elena, una profesora de historia y voraz lectora que admira a esa comunidad femenina autosuficiente en que se convierte el hogar de los March, con el padre en la guerra. Lasque han tenido hermanas sostienen que jugaban a identificarse con los personajes que inventó Alcott en la segunda mitad del siglo XIX. “Con los trapos nos armábamos esos trajes largos que las vestían a las hermanas March, en las tapas duras de aquella edición amarilla cuyo nombre no recuerdo.  Y entonces, yo me convertía en Meg (que era la más responsable y fina y elegante, como yo aspiraba ser) y mi hermana, en Jo (tan machona y mal hablada como el personaje). Y así pasábamos toda la tarde reproduciendo las escenas que más nos habían gustado”, recuerda Marta, arrancando ese recuerdo de una infancia pasada en un pueblo rural en los años cuarenta.
Capítulo aparte merece el personaje más nombrado por todas las lectoras que evocan esta novela. Y es Jo, que con su masculinidad expresa: silba, se sienta como un muchacho, habla desmañadamente, no le preocupan los vestidos y dice sin ruborizarse: “Ya me parece bastante malo ser una chica cuando lo que me gusta son los juegos, los trabajos y la forma de comportarse de los muchachos” (Mujercitas, El juego de los peregrinos, Primera parte).
Es que Jo, como su autora, armó su vida con la tensión entre la obligación femenina de formar un hogar, atender a padres e hijos y la libertad creadora.“Si tengo que mencionar un hecho de Mujercitas es cuando se encierra a escribir y cuando logra la primera publicación”, me mensajea Silvia, una autora de novelas históricas, confirmando que muchas de las escritoras de su generación son hijas de esa Jo que se ponía ropa especial, se calzaba un gorro rojo con una pluma para encerrarse en la buhardilla a escribir, comer manzanas y hablar con un ratón.
Me identificaba plenamente con Jo March y detestaba a Amy por vanidosa y superficial –escribe Norma, una amiga de Facebook que vive en La Plata- Jo era independiente, imaginativa, tomaba decisiones, como cuando vendió su pelo para que su madre llevara dinero en el viaje al hospital de campaña en donde estaba el padre. Resumiendo, adoraba ese libro y me frustré mucho con el matrimonio de Laurie con Amy ¡Qué injusticia!
Leí Mujercitas durante mi infancia. El libro pertenecía a la colección Billiken tapas rojas y duras, tamaño ideal. Escasas ilustraciones, para ver más imágenes releía cada tanto una versión resumida de Mujercitas pero en un libro grande de tapas duras con más ilustraciones que textos que tenía mi prima. Inmediatamente me identifiqué con Jo, era la rebelde, la machona, poco femenina, no se callaba nada, era la distinta en su época”, dice Silvia, una profesora de arte y fan del Club Atlético de Lanús.
Y no sólo Jo aparece reiteradamente en la memoria de estas lectoras puestas a evocar un libro fundacional. También el objeto libro es mencionado una y otra vez: “Mujercitas fue mis siestas de verano, leído en la colección Billiken que comprábamos con esforzados ahorros”, evoca Graciela desde la orilla del río Paraná, en una ciudad entrerriana. La misma edición que recupera la lanusense Silvia. Tal vez la misma de ese libro llave que un maestro comunista le regaló a Marita frente a la tranquera de la escuela.
He leído muchas notas sobre Mujercitas escritas para este aniversario. Pero he querido hacer el experimento de releer la novela con la paciencia de la primera vez. Para mi sorpresa, la prosa de Alcott en la traducción de Gloria Méndez sigue siendo fresca e invita a continuar con su lectura. Claro que esta versión, tomada de la original publicada el 1 de octubre de 1868, no fue la que leímos en la infancia sino la de 1880. La propia Louisa Alcott permitió que apareciera con varios cambios textuales, y la prosa vigorosa fuera reemplazada por una más trivial y propia de una dama, simplificando  las alusiones literarias para que llegaran a un público más amplio.
Y mientras avanzaba por las más de quinientas páginas, trataba de acordarme cómo fue esa primera lectura, dado que, como me lo cuentan mis amigas, por aquel entonces vivíamos lo que leíamos.A la hora de la siesta-me cuenta Marta-, mi hermana –la segunda- y yo, aprovechando que los demás dormían, sacábamos colchas y telas de la habitación y las llevábamos al galpón. Allí espantábamos a las gallinas, apretábamos las bolsas y el espacio se convertía rápidamente en el cuarto de las mujercitas.”
Mujercitas ha sido una lectura inspiradora. Hay un libro en el que creí ver reflejado mi futuro: Mujercitas, de Louisa May Alcott. Yo quería a toda costa  ser Jo, la intelectual. Compartía con ella el rechazo a las tareas domésticas y el amor por los libros. Jo escribía, y para imitarla empecé mis primeros cuentos cortos”, escribe Simone de Beauvoir en Memorias de una joven formal, su autobiografía.
Leída por feministas que vieron en la historia la tensión entre la obligación femenina y a creación artística, lo cierto es que la obra de Alcott sembró ideas renovadoras en varias generaciones de mujeres. Fue una escritora que abrevó en las ideas del trascendentalismo tomadas de los grandes hombres del círculo de su padre, el pedagogo Amos Alcott; Emerson, Nathaniel Hawthorne, el predicador Theodore Parker y Thoreau,  fue partidaria fervorosa de la causa abolicionista y de la lucha por el voto femenino. Ella supo inocularnos con la creación de esa muchacha desgarbada y laboriosa, la idea de que  la escritura era un acto de rebeldía capaz de atravesar la dura cáscara del patriarcado. Tal vez por eso, casi todas las chicas que han leído y leen Mujercitas quieren ser, para siempre, Jo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

PREMIO NACIONAL Y LATINOAMERICANO DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
“LA HORMIGÜITA VIAJERA”
Edición 2018
AUSPICIADO POR ABGRA (ASOCIACION DE BIBLIOTECARIOS GRADUADOS DE LA REPUBLICA ARGENTINA)

EDUCACIÓN Y PROMOCIÓN DE LA LIJ: MARÍA CRISTINA ALONSO