viernes, 24 de octubre de 2008

Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster

En los laberintos de la mente se construyen infinidad de mundos. La literatura multiplica la realidad, agrega, como diría Bioy Casares, un cuarto a la casa de la vida.
En la última novela de Paul Auster, Un hombre en la oscuridad, un crítico literario septuagenario, August Brill, convalece en casa de su hija después de un accidente y, como no puede dormir, imagina historias. Piensa a un personaje, Owen Brick, un mago que de pronto es transplantado a un mundo paralelo en el que Estados Unidos está sumergido en una guerra civil. Sin explicación alguna, recibe la orden de matar a una persona que es la responsable de imaginar esa guerra, el mismo August. Es decir que en el relato ambas vidas, las del crítico literario y la del personaje se entrelazan en esa pluralidad de mundos que propone la ficción.
En el despliegue de esas dos historias ocurre el mismo fenómeno que en el cuento de Cortázar, Continuidad en los parques. En él hay un lector que se deja fascinar por la trama de la novela que lee hasta tal punto que ficción y realidad se le confunden y termina convertido en la víctima del asesinato que los personajes del libro planean. La clave de este cuento está en el título, la continuidad se da en los dos espacios, el del lector y el de los personajes.
Esta historia, como también otra de Cortázar, La noche boca arriba, puede representarse con la cinta de Moebius, una banda que no tiene dos lados sin uno solo. Con el mismo efecto que logramos en la cinta de Moebius, el crítico Oscar Hahn señala: “En ‘Continuidad de los parques’ el personaje lector está literalmente dentro de la novela. Mientras lee, comparte el mundo de los amantes y, al compartirlo, potencia el fenómeno de la reversibilidad: a los personajes les es dado compartir el espacio de su lector. La comunicación de los mundos queda establecida”.
La novela de Paul Auster nos plantea lo que ya otras ficciones nos dicen. No hay un solo mundo, sino infinitos, idea que a Giordano Bruno, en 1600, lo llevó a la hoguera acusado de herejía por la Inquisición. Él hablaba de la pluralidad de mundos: «Dios es omnipotente y perfecto y el universo es infinito; si Dios lo conoce todo entonces es capaz de pensar en todo, incluido lo que yo pienso. Debido a que Dios es perfecto y conoce todo, debe crear lo que yo pienso. Yo puedo imaginar un infinito número de mundos parecidos a la tierra, con un jardín del Edén en cada uno.”
Brick, el personaje de Un hombre en la oscuridad, es trasladado por esa brecha, esa porosidad de la realidad de su mundo trivial a otro en el que deberá ser víctima y verdugo. Como la Alicia de Carroll que pasa a través del espejo, como el motociclista de La noche boca arriba que también es un indio moteca víctima de la guerra Florida, los versos de William Blake resuenan en el fondo de estos textos inquietantes:

Si las puertas de la percepción se depurasen,
todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito.
Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver
todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna.

Como todas las novelas de Paul Auster, Un hombre en la oscuridad, no nos suelta hasta la última página. Porque además de estos juegos ficcionales, el autor refleja un mundo despiadado y en conflicto y nos recuerda que sólo a través de la literatura puede explorarse a fondo nuestra violenta realidad.

jueves, 16 de octubre de 2008

Presentación de Pasaje a la frontera en la Escuela Media nº2 de Bragado

Presentaron: Prof. María Raquel Pajón y Karina Fraccaroli de Comunicarte

El acto fue muy emotivo, organizado por mis compañeras del Departamento de Lengua y Comunicación. Directivos, colegas, alumnos y amigos me acompañaron. El libro empezó a viajar en manos de los lectores.

martes, 14 de octubre de 2008

Valentina


Valentina es mi amiga más chiquita y una lectora. A ella está dedicada mi novela Pasaje a la frontera. Valentina sabe que cada libro es un viaje y una aventura, como lo dice Emily Dickinson en este poema:


No hay mejor fragata que un libro
para llevarnos a tierras lejanas.
Ni mejor corcel que una página
de cabriolante poesía.
Esta travesía, el más pobre puede emprenderla
sin la opresión del peaje.
Qué sencillo es el carruaje
que el alma lejos envía.

sábado, 4 de octubre de 2008

La marca en la tierra, de Graciela Rendón


Mucho se discute la existencia de la literatura juvenil más allá de constituir un fenómeno de mercado. Para muchos, este género que crece gracias a la mediación de la escuela, sería una especie de bisagra entre la literatura infantil y la gran literatura, el necesario escalón para llegar a obras más complejas.
Sin embargo, la novela juvenil, cuyos destinatarios son adolescentes entre doce y dieciocho años, se ha fortalecido a lo largo del tiempo incentivada por concursos literarios y colecciones diseñadas para atrapar la atención de esa particular franja etaria.
Como toda buena literatura, La marca en la tierra de Graciela Rendón escapa a la deliberada intención pedagógica que suele ser moneda corriente en este género.
Esta novela de perfiles épicos tiene muchas claves de lectura. Desde la perspectiva del género posee todos los condimentos esperables: personajes en una etapa de crecimiento, aventura, multiplicidad de conflictos propios del mundo juvenil, relaciones complicadas entre padres e hijos, aparición de oponentes fuertemente reconocibles contra los que luchar, valores éticos y la reivindicación de la especificidad del destinatario.
Pero la novela de Rendón tiene muchas cosas más. Se suele considerar a la literatura juvenil como una escritura espejo de la problemáticas propias de la pubertad, de tal manera que, se supone, el joven se deleita viéndose a si mismo en las páginas del libro e identificándose con el protagonista. Sin embargo, ¿cómo explicar que los jóvenes se hayan apropiado de relatos tan alejados de sus mundos cotidianos como el Corsario Negro de Salgari o las amargas reflexiones del Swift que narra Los viajes de Gulliver? Es que precisamente, el joven que habitualmente está sediento de aventura, busca otros imaginarios muy alejados de sus rutinas porque es, precisamente allí, frente a lo desconocido, lo diferente, donde intenta encontrar las respuestas existenciales.
La historia de Edelina, la protagonista de La marca en la tierra, tiene algo más que la intención de contarnos un relato moral entre un pueblo que lucha por defender su tierra contra un intendente inescrupuloso que, además, es un padre golpeador, un violento. Lo que Graciela Rendón cuenta es una epopeya colectiva, y es en este punto en que la novela deja de reproducir las claves del género para anclarse en un tema que se inscribe en la literatura universal. La sublevación de los débiles contra los poderosos ha sido narrada por Lope de Vega en Fuenteovejuna- recordemos ese Comendador que agravia a hombres y mujeres- o en Fontamara novela de Ignazio Silote, una crónica de la brutalidad del fascismo que se ensaña contra los cafoni, campesinos del sur de Italia por citar dos ejemplos. En ese sentido, La marca en la tierra trasciende las temáticas individualistas propias del género y da voz a los descendientes de los pueblos originarios creando un imaginario más complejo y poco abordado en la narrativa destinada a los jóvenes.
El valor de la tierra como construcción de identidad, el rescate de la tradición y de los saberes empíricos encarnados en el abuelo Raimundo -que también ha dejado su “marca” en la niña a través del recuerdo- poseedor de un discurso siempre vivo que personifica las razones fundamentales de una existencia signada por la relación del hombre con la naturaleza.
Otra clave de lectura la brinda la estrategia narrativa que escogió la autora para contarnos esta historia de una familia mapuche, sus amigos y agentes institucionales (maestras, asistentes sociales). El texto interpela al lector desde una atrayente estrategia narrativa: la historia se construye desde diferentes voces: la de la protagonista, la de su amiga Indira, la del abuelo mapuche, la del intendente, la de las representantes de las instituciones educativas y comunitarias, las de las madres.
Voces recurrentes que van fundando el universo de un grupo humano que se desarrolla en un lugar junto a la cordillera instaurando, además, una geografía que se animiza a través de un leguaje metafórico en el que las cosas, los animales, el paisaje y todo lo humano se nombra hasta el extremo de sus posibilidades.
Lejos de plantear un mundo maniqueo, Rendón trabaja a sus personajes en toda su complejidad. Las mujeres son buenas y malas, sumisas y criteriosas, tienen dudas, se equivocan y se rectifican. Hay una madre que abandona y otra que es cómplice de la violencia masculina. Hay una chica que es solidaria pero a veces piensa con egoísmo. Eusebio, el padre de Edelina, es un buen hombre pero no puede establecer un diálogo con su hija ni entender que debe estar en la escuela y no trabajando de madre sustituta. Gente ruda, trabajada por las dificultades de una vida que tiene más dolores que recompensas. Las maestras, no obstante, aparecen idealizadas. Son las que saben qué hacer en cada circunstancia y es quizá este un pequeño punto débil, concesión hecha a una de los objetivos de la literatura juvenil: ser leída en la escuela.
Otra clave de lectura la brinda el final. Si bien se van cerrando todos los conflictos, hay cuestiones que quedan abiertas como en la vida: Edelina no encuentra la explicación para abandono de la madre, lo que constituye un escape a la obviedad y traslada al lector un conflicto que queda sin resolver porque la existencia es un espacio de ambigüedades e incertidumbres.

Aquí estamos con Graciela y Silvia Werner en Córdoba

Graciela Rendón, nació en Buenos Aires en 1955 y vive en San Martín de los Andes, provincia de Neuquén, donde ejerce la docencia y desarrolla tareas culturales en su comunidad. Es autora además de “De las huellas a la palabra” de Abuelas de Plaza de Mayo. “La marca en la tierra” recibió Mención honorífica en el Primer concurso Jóvenes del MERCOSUR de la Editorial Comunicarte

viernes, 26 de septiembre de 2008

Swift


No es fácil ser optimista con los zapatos rotos. No es fácil ser irlandés, vivir en Inglaterra y tener que limpiar el traje con vinagre para aparecer presentable. Jonathan Swift (1667-1745) supo de estas humillaciones. Más tarde mejoró su condición trabajando al servicio de un pariente lejano, con el que se llevó siempre mal: el escritor y diplomático William Temple. De regreso a Dublín se ordenó sacerdote. Más tarde se convirtió en un escritor propagandista. Estamos en el siglo XVIII, los mecenas han desaparecido, son tiempos de alquilar la pluma al partido que lo solicite. Swift derrochó sus acideces primero para al partido wig, después para el tory. Sus palabras eran sarcásticas, las necesarias para hablar de un mundo sombrío.
En Irlanda fue considerado un héroe nacional, pues sus obras apoyaban las reivindicaciones de su pueblo. En 1729 publicó “Una modesta proposición”. Con ironía proponía en ese texto una solución para los niños hijos de pobres familias irlandesas que significaban una terrible carga. Comenzaban las famosas hambrunas de Irlanda y, según lo que proponía Swift, los niños podían ser engordados y vendidos como alimento de los ricos. “Un niño alcanzaría para dos platos en una comida de amigos...”, sugería. André Breton pensaba que Swift inventó el humor negro. Y tenía razón. Porque después, en 1726, el escritor irlandés escribe Los viajes de Gulliver. Sombría novela que, si bien fue objeto de apropiación por el público juvenil, es mucho más que un relato de aventuras, es una reflexión desgarradora sobre la condición humana. Para Gulliver, después de su largo viaje lleno de experiencias extraordinarias, visitando reinos y civilizaciones exóticas, acaso más justas que las europeas, el retorno parece imposible. Pero vuelve porque, dice el navegante: ¿”quién no se siente arrastrado por sus fobias y por su parcialidad hacia el lugar en el que se ha nacido?”
Los viajes de Gulliver es un libro cruel. De las cuatro aventuras, quizá la más recordada es la del reino de Liliput, el país cuyos habitantes miden seis pulgadas. Pero si bien el pintoresquismo de este primer episodio le valió la inmortalidad a la obra, ésta avanza en profundidad a medida que el protagonista descubre países que desconocen la guerra, las intrigas de estado y la desigualdad social.
Gulliver toma conciencia, de viaje en viaje, de que pertenece a una civilización que ensalza la muerte, que agudiza la desigualdad, la avaricia, la corrupción . Al final, arriba a un país donde los seres pensantes y racionales son los caballos (los houyhnhnm) y las bestias de carga unos humanoides despreciables denominados yahoos. Y entonces es ahí donde Swift habla de cómo ve a la humanidad, en el tono más sombrío, más desesperanzado. Los desagradables y voraces yahoos, primitivos y bestiales tienen, curiosamente, los mismos comportamientos que los europeos: avaros, individualistas y voraces. Frente a ellos, el ordenado mundo de los caballos nos propone una lección de equidad y honradez, de amistad y benevolencia.
El reintegro de Gulliver a Inglaterra, después de sus disparatados viajes es imposible. Se siente incapacitado para su readaptación. No soporta. ni siquiera la cercanía de su mujer: “La semana pasada empecé a permitirle a mi mujer que se sentase a comer conmigo, al extremo opuesto de una larga mesa y respondo (aunque con el mayor laconismo) a las pocas palabras que me dirige”. El olor de yahoo le sigue siendo desagradable. Se tapona la nariz con ruda, espliego u hojas de tabaco para no sentirlo. De ahí a volverse loco queda un paso. Y Swift, no su personaje, enloquece. El rey de Brobdignag le había dicho a Gulliver cuando se enteró de los sofisticados armamentos que sus contemporáneos han inventado para destruirse : “No puedo sino concluir que el grueso de los hombres nacidos en su país son la más perniciosa raza de abominables y minúsculos gusanos que la naturaleza ha hecho reptar jamás sobre la faz de la tierra”. Después de eso, Swift camina diez horas diarias. Un día se mira al espejo y se dice: “estoy loco”. Después se muere, en 1745. Deja sus bienes destinados a la construcción de un manicomio. La lucidez de su mirada lo lanzó a la locura. De ese viaje sí que no se vuelve.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Córdoba: días de libros y amistad

La presentación de las novelas ganadoras del Primer concurso Los jóvenes del MERCOSUR se realizó en el Auditorio Obispo Mercadillo, frente a la plaza San Martín en el marco de la Feria del libro en Córdoba, capital.
Córdoba es una hermosa ciudad. La pasamos genial. Basta vernos las caras. Gabriel Saéz, Silvia Werner y yo.
Con Karina Fraccaroli, directora de Comunicart e y el secretario de Cultura de la Municipalidad de Córdoba. ¿Cuánto tardaste en llegar a Córdoba?

Las novelas:El Primer Premio correspondió a Gabriel Saez (Uruguay) con la novela ¨Noton y los ladrones de luz¨; el Segundo Premio recayó en Silvia Werner (Argentina), con el título ¨Por lo que debas ser” y el Tercer Premio lo mereció Shirley Souza (Brasil) por la obra ¨Rotina (nada normal) de una adolescente em crise...¨. Menciones Honoríficas recibidas por: María Cristina Alonso (provincia de Buenos Aires) con ¨Pasaje a la frontera¨ y Graciela Rendón con “La marca en la tierra (Neuquén)”

Esta colección propone historias atrapantes con temáticas propias de la cultura juvenil, de todos los tiempos y para todos los gustos. Veinte Escalones apunta a los adolescentes de 9 a 17 años, una etapa bisagra entre el niño que viene leyendo un libro álbum -todo ilustrado- y la literatura para adultos.


De la contratapa de la novela “Pasaje a la frontera”: “Un viaje a través del tiempo. Manuel, huérfano, recién llegado de la ciudad al pueblo, se ve envuelto en un momento clave de la historia argentina: la Campaña del Desierto. La lucha por sobrevivir en una realidad que le es ajena pronto se convertirá en destino. Aventuras, amistades, experiencias nuevas. ¿Volverías a tu casa? ¿Volverías al futuro?”


domingo, 14 de septiembre de 2008

La revista CRISIS


La Editorial de la Universidad Nacional De Quilmes ha publicado una antología de la revista Crisis.
Esta revista era nuestra lectura obligada en los años setenta. En ella leímos a los autores que nos deslumbraban, propiciaba el debate en el campo intelectual y alimentaba nuestro sueño de un cambio social. En Crisis publicaban Cortázar y Galeano, el padre Castellani contaba de qué habían hablado los escritores en el famoso almuerzo con Videla, Haroldo Conti escribía desde Cuba sobre Hemingway y publicaba cuentos. Había entrevistas a García Márquez ante la publicación de El otoño del patriarca y poemas de Manuel Scorza, notas a cantantes como Daniel Viglieti y Alfredo Zitarrosa, la canciones prohibidas de Chico Buarque, las cartas de John William Cooke, los comentarios de la última novela de Jorge Amado o las crónicas del golpe de Pinochet en Chile. Se escribía sobre Jorge Prelorán y su cine documental etnográfico o se publicaba como primicia la canción póstuma de Víctor Jara, escrita en el Estadio Nacional antes de que lo mataran.
La revista Crisis apareció durante apenas tres años, entre 1973 y 1976, período en que el peronismo volvió al gobierno luego de casi 20 años, en ese espacio tan complejo y violento que se vivió entre dos dictaduras militares. El director ejecutivo de la revista era Federico Vogelius, el director editorial Eduardo Galeano, uno de sus redactores, el poeta Juan Gelman y tenía como colaborador permanente a Hermenegildo Sábat.
Pocos meses después del golpe fue clausurada. Tenerla en nuestros departamentos era peligroso. Muchos se deshicieron de la colección de la revista en esas hogueras de autocensura en las que nos desprendíamos de nuestros libros y publicaciones más preciadas. Eran tiempos oscuros y se corría riesgo con cualquier papel impreso que hablara de los escritores prohibidos.
Yo la salvé gracias a mi padre que la trajo a Bragado en el baúl de su auto.
Ahora, treinta y dos años después, la sigo leyendo y consultando. Muchas de sus notas siguen siendo terriblemente actuales.

martes, 9 de septiembre de 2008

Cosas que les digo a mis alumnos

Les aseguro a mis alumnos que leer es ganarse amigos, que en el mundo paralelo de nuestras lecturas hay una banda esperándonos en lugares de increíble belleza a veces, y muy poco recomendables, otras. Porque la lectura ha poblado nuestra imaginación y le ha dado sentido a nuestro mundo cargándolo de referencias.
Les digo, hay un tipo que se llama Philip Marlowe. Es un duro, siempre anda con un cigarrillo colgado de la boca y mira desde un bar como atardece en Los Ángeles. Es decente aunque le ha tocado vivir en una época, los años cuarenta, donde el dinero todo lo compra -hasta las conciencias- y acechan por doquier gangsters, mujeres demasiado bellas y estafadores. A veces recibe un golpe. Pero él tiene la lengua filosa y habla con una ironía que mata. Es un buen compañero, Marlowe, lo inventó un escritor norteamericano, Raymond Chandler, cuando ya pasaba los cuarenta. Ideal para andar en su compañía por callejones solitarios, en puentes malolientes, en bares poco iluminados.
Hay un escritor, les cuento a mis alumnos cualquier mañana de ésas, que no era un intelectual a la manera convencional. Usaba overol, martillaba todo el día en el fondo de la casa, construía sus propias canoas para remontar el Paraná y hasta inventó una máquina para matar hormigas que terminó en una explosión ante la mirada azorada de los potenciales compradores. Le gustaba la selva, escribía en Misiones, en una casa que había construido con sus propias manos, los mejores cuentos de todos los tiempos. Y entonces salimos a buscar a Horacio Quiroga por cualquiera de las páginas de sus libros de cuentos.
Otro, decía que una novela terminada era como un león muerto. Bebía, escribía y boxeaba. Escribió una novela heroica sobre un viejo pescador cubano y un pez que le insumía todas sus fuerzas. Se llamaba Ernest Hemigway y era maestro en demostrar que hay derrotas que, en el fondo, son triunfos. Con él solemos aprender que no hay nada más importante que resistir.
Navegando entre palabras remamos hacia las islas literarias. Somos Robinson Crusoe encontrando la huella marcada en la arena, somos el fugitivo de La invención de Morel enamorándonos de la esquiva y lejana Faustine, desconsoladamente solos, en un mundo de imágenes virtuales.
Un profesor, un maestro es, en todo caso, un lector entrenado que da de leer. Un arbitrario lector que entrega sus héroes, sus islas, sus amores contrariados, sus tesoros secretos. Alguien que selecciona de la gran biblioteca del mundo algunos ejemplares para que sus alumnos entren en el paraíso de la lectura. Sólo eso.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Rosada aurora

En aquel tiempo mi madre salía a la puerta para despedirme y me ataba el moño del guardapolvo que lucía casi como un repollo. En la radio escuchábamos a los Pérez García y la vida de pueblo era lenta porque es lento el tiempo de la infancia. Pasé todos los años de la primaria y todos los de la secundaria recorriendo esas dos cuadras que me separaban de la Escuela Normal, la Escuela Normal Mixta como se llamaba entonces.
El recorrido desde mi casa, en la calle Núñez donde todavía vivo, era breve pero tenía sus pequeñas aventuras. Había una vereda, en la primera cuadra, que nadie pisaba porque traía mala suerte, es decir, pisarla significaba que a uno lo llamarían a dar esa lección que no se había estudiado o recibiría un reto inesperado. La brujería andaba suelta por ese entonces y había que conjurarla bajando a la calle.
La escuela tenía una mezcla de olores. El de unas pastillitas de goma multicolores que vendían en el kiosco, el de la tiza y el de los sudores de los recreos. También olía a kerosén, como casi todas las casas de ese tiempo en que todavía la red de gas no se había extendido y el portero llegaba en esas mañana gélidas con una estufa de velas a la que, de tanto en tanto, había que darle fuelle para avivar la llama.
En la escuela nos esperaban los griegos y los romanos, las reglas ortográficas, los mapas que dibujaban regiones ignotas de Asia y de África, los gorros rojos de la mazorca, las imágenes de Sarmiento extraídas del Billiken y las maestras con guardapolvos blancos inmaculados. Porque en la escuela de antes, las maestras se abocaban a almidonar sus guardapolvos casi con el mismo empeño con el que enseñaban las primeras letras. Sus guardapolvos eran tan tiesos que crujían cuando ellas doblaban el codo para escribir en el pizarrón.
La escuela era ese enorme y emblemático edificio que atesoraba maravillas increíbles en la opacidad de sus cuartos. Los desnudos cuerpos de yeso abiertos en el vientre por los que se veían los órganos, el corazón palpitante de tintura, los sinuosos intestinos, el hígado marrón. Mientras, en el fondo oscuro de la mapoteca, el esqueleto acechaba con su humor torvo y áspero de las mañanas de invierno.
Una escuela es, en el recuerdo, un intrincado laberinto donde se cruzan los recorridos de la vida. En el tránsito por sus aulas fui viajando a través de los libros. Por los insípidos de lectura con tantos próceres y dibujos de chicos huérfanos y madres abnegadas, por el Manual Estrada cuyas tapas grises desalentaban cualquier entusiasmo y por los otros, los que fui traficando con maestras y compañeras, los que fueron construyendo ese objeto del deseo que es la lectura. En ellos todo lo humano y lo divino se concentraba en sus páginas y me hacían temblar de emoción. En la escuela, además de las batallas por la independencia y las invasiones inglesas entraba el odio de Ahab por la ballena blanca, el misterioso capitán Nemo de Verne, las chicas Marchs de Mujercitas, los liliputienses de Swift y el detestable Kurtz de El corazón de las tinieblas. Más allá de las ventanas de las aulas, tras sus vidrios escarchados o empañados por la lluvia, yo sabía que latía el desierto con sus arenas resplandecientes o la selva de Quiroga acechaba con sus yararás y sus hombres malditos por el alcohol. La escuela me dio esas visiones que emanaban de las páginas de los libros leídos muchas veces a escondidas. Hay un poema de Stevenson que cita Alberto Manguel, un lector empedernido, en su Historia de la Lectura, que explica estas antiguas sensaciones que me propiciaban los libros: “Así era el mundo y yo era el rey:/ Para mí zumbaban las abejas, volaban para mí las golondrinas”.
La imagen de la Escuela Normal recortándose en el atardecer sobre un cielo rojizo o palpitando en la noche con su cuerpo de monstruo marino es una de las tantas figuritas de mi infancia. La he recortado y la he pegado en el álbum de mis recuerdos.
Ha cambiado mientras tanto, y yo ya no curso la primaria ni la secundaria. Vuelvo a ella al cabo de los años para estar del otro lado del mostrador y a veces, sólo a veces, mientras doy alguna clase en el Polimodal o en el Instituto de Profesorado, creo entrever en el anteúltimo banco a una chica tímida con el pelo enrulado atado en una cola que me mira. Tiene un libro entre las manos.
Al principio intento no reparar en ella y me digo que los años me hacen ver visiones. Pero después me convenzo de que esa que me mira es la niña que fui en la Escuela Normal y que me pide cuentas. Y yo, mientras recorro las estrofas del Martín Fierro o hablo de la locura de Don Quijote, empiezo a tener miedo de haberla traicionado. De verdad, y para eso no tengo respuesta.
Tenía cinco años cuando mi padre me llevó de la mano y me dejó en la puerta del aula de jardín de infantes. Empezaban los años sesenta y esto que estoy contando se lee con las canciones de Elvis y más tarde con las de los Beatles de fondo.
En la escuela aprendí las complejidades de las ciencias y de las letras. Una profesora inolvidable me regaló la lectura del primer Cortázar, un compañero de banco me enseñó a reír a carcajadas y me habló por primera vez de Maiakosvky Con algunos maestros desaprendí, con otros escribí mis primeras cuentos. A los diecisiete me fui con la cabeza llena de esperanzas y de deseos. Más tarde volví, vuelvo siempre porque ahora es mi lugar de trabajo y algunas cosas aún siguen igual. No cambió, por ejemplo, la canción Aurora que se entona en la escuela todas las mañanas, en ese preciso instante de la rosada aurora de la que habla el Quijote. A ese cielo rojizo sobre el que la escuela se recorta me entrego cuando el cansancio me vence, cuando el timbre acecha como un animal marino que llama y llama. Y entonces yo entro no a la escuela de verdad, sino a la otra, la ficticia, la que sigue recorriendo la chica de doce años que fui. Porque hay una escuela dentro de otra cuyos contornos se van diluyendo sobre el cielo de las mañanas lejanas de la infancia.