martes, 7 de agosto de 2018

El mundo de Andersen en la 11° Feria del Libro de Bragado

El sábado 4 de agosto, en La Feria del libro de Bragado recreamos el mundo de Hans Christian Andersen teatralizando el cuento El traje nuevo del emperador. La puesta y actuación de Estefanía Etulain y Betiana Grosso Cosentino.










El traje nuevo del Emperador

Hans Christian Andersen

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.
No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.
La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.
-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.
«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».
El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».
-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.
-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.
Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.
Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.
-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.
«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.
-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.
-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.
«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.
Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.
Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.
-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!
-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle – anunció el maestro de Ceremonias.
-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? – y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:
-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!
Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.
-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.

Los fósforos que encienden los cuentos de Andersen por María Cristina Alonso


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Confecciona ropa para sus marionetas que   viven en el teatrillo que le ha hecho su padre, un zapatero pobre que  se irá a la guerra y de regreso lo dejará huérfano. Detrás de esas maderas viejas, los muñecos interpretan múltiples historias. La imaginación del muchacho es un motor encendido las veinticuatro horas, un mecanismo que no para jamás y que casi no necesita combustión.
 Canta, recita diálogos con voz de princesa, con ronquidos de ogro, con incesantes parloteos de feria. En el barrio los  muchachos le tiran piedras, se burlan de su cuerpo desgarbado, de sus juegos solitarios. Pero él no se siente solo. A su alrededor, los objetos más insignificantes le descubren sin pudor sus corazones emparchados. Y también a ellos les otorga una voz. Muchos años después contará sus vidas melancólicas: un viejo farol a punto de ser desechado, un soldadito de plomo sin una pierna, una tetera arrogante que termina astillada, unos zuecos que hacen viajar hacia sus deseos a quien se los calce, un ruiseñor a cuerda que entretiene a un emperador, un fardo de harapos de distinta procedencia que discurren sobre su lugar de origen, unos zapatos rojos que no paran de bailar. En los primeros años del siglo XIX, en Odense. Dinamarca, Hans Christian Andersen   descubre que todo lo que lo rodea, hasta el objeto más insignificante, puede ser narrado. Por eso no lo doblegan los delirios alcohólicos de su madre,  ni lo amilanan las burlas y los golpes que recibe en la escuela. Las  historias que imagina  son  una coraza protectora y, como muchos de esos seres que cobran vida por las noches, cuando el sueño no llega, él siente que está destinado a ser un grande, que toda Dinamarca repetirá con orgullo su nombre, pero todavía no sabe por qué.
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En el manicomio donde trabaja su abuela cuidando el jardín y su madre lavando ropa descubre a la literatura. Descubre que con una simple cerilla se puede encender la imaginación, engañar al estómago vacío y aliviar al cuerpo aterido de frío.  Escucha a las internas que, mientras hilan, cuentan historias, algunas vulgares, otras maravillosas, otras de impactante terror y toma nota.
En casa ha leído las tragedias de Shakespeare que le ha legado su padre, pobre pero fantasioso, y las ha revivido una y otra vez en el mísero teatrillo. Todavía no es el avezado  autor de cuentos de hadas, pero allí, en su infancia, está el germen de un género del que será creador personalísimo. Dirá más tarde cuando ya es un autor consagrado y los públicos diversos aplaudirán sus lecturas públicas refiriéndose a sus cuentos: “Los escribí de la manera en que se los contaría a un niño.” En una época en que la incipiente literatura destinada a la infancia era didáctica y moralizante, el danés contó historias llenas de fantasía pero en las que también habló de la inestabilidad de la condición humana, de la inclemencia de los poderosos, de los que se mueren de frío, de amor, de injusticia.  Su mirada clemente de narrador exalta al pobre, a la niña que se sacrifica por librar del hechizo a sus hermanos, al patito más feo de la granja, al soldadito defectuoso al que le falta una pierna por defecto de fabricación. “El pueblo como el niño- dice Graciela Montes_ está en situación social de desvalimiento y se identifica fácilmente con los héroes perseguidos, con los relegados, y se siente reivindicado con el final feliz”[1]
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Otra cosa que hace durante toda su vida es viajar, viaja como tantos escritores para escribir sus impresiones de viajes y para contar al regreso. También dibuja paisajes en sus cuadernos con trazo diestro. Lleva en su valija el diario de viaje y el cuaderno de dibujo. Como muchos viajeros célebres cultiva el género y escribe en un diario sus impresiones sobre los itinerarios que realiza. Un cosmopolita que visita países que resultan exóticos para su época como España, Grecia, Turquía. Su vida es un viaje que, como sus cuentos, debe ser narrada. Se convierte en un guía experto por los países Nórdicos y Alemania. Ama las torres de Núremberg, se deleita con la exótica melancolía de Málaga.
En Bratislava dirá de esta ciudad que lo maravilla: “Me esperaba una bienvenida espectacular. Me encanta esta ciudad, es tan viable y llena de colores. Las tiendas parecen como si fueran trasladadas aquí desde Viena. Hay mucho que ver – me dijo un ciudadano – subamos a las ruinas del castillo allí en la roca. Desde allí se puede ver el puente flotante, la ciudad entera y los campos de trigo en sus alrededores” Es  junio de 1841 y va en viaje de  Estambul a Viena. Entusiasta afirma: “Me piden que les cuente un cuento. ¿Para qué? Si vuestra ciudad es un cuento.” Muchos años después, los habitantes de la capital de Chequia erigirán una estatua del cuentista danés  en la plaza Hviezdoslavovo námestie. Y para que no se sienta solo, lo rodean de los personajes de sus cuentos más famosos.
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Sus relatos son tristes, muchos de ellos nacen de las historias con que tropieza en la isla de Fionia, en su Odense natal. Cuentos salidos de la boca de rústicas tejedoras, de campesinos, del pobrerío de los barrios bajos. Otros encubren escenas autobiográficas. El patito feo es su propia historia contada en clave animal. El pato más feo termina en cisne y corrobora el síndrome de Aladino que padece Andersen. Tanta confianza tiene en su buena estrella que así como Aladino , hijo de un  padre artesano termina colmado de riquezas, él hijo de un zapatero llegará muy lejos.
En ese viaje que comienza cuando va a Copenhague a probarse como actor, cantante, bailarín y terminará amparado por la burguesía ilustrada lo impulsa la vanidad, el deseo de agradar y su complejo de advenedizo.
Heinrich Heine  lo definió sin piedad: “Parecía un sastre. Su figura revela una especie de servilismo que tanto complace a los príncipes. Es un vivo ejemplo de cómo quieren los príncipes que sea un poeta.”
Aunque muchos aman sus historias, la vanidad y el carácter de Andersen lo torna un personaje bastante incómodo. En 1847 Charles Dickens lo invita a
Gad Hill Place, cerca de Rochester, una residencia que acababa de comprar y que estaba bastante aislada. Ambos escritores se admiran, pero algo sucede. El danés alarga su estadía y la familia se impacienta. Cuando al fin hace las valijas y parte, Dickens escribe en el espejo:  «Hans Andersen durmió en esta sala durante cinco semanas que a la familia nos parecieron siglos».
Andersen conoce a los poderosos de cerca. Los frecuenta, los adula, se beneficia de sus contactos y sabe de sus defectos. Sus cuentos hablan del emperador vanidoso que estrena traje nuevo todos los días y que, su ostentación y la adulación de los súbditos lo hacen salir desnudo a la calle o de aquel poderoso de la china que agota a su capricho la vida útil del ruiseñor mecánico.
Y en casi todos, encontramos la revancha de los débiles. La vendedora de fósforos es recibida por su abuela cuando muere, la sirenita que no ha podido cumplir su sueño consigue el alma eterna. Elisa, la niña de Los cisnes salvajes es recompensada cuando rompe el maleficio de sus hermanos. Todos los personajes son sometidos a duros sufrimientos.
En el mundo Andersen cualquier felicidad se consigue después de un largo viaje en el que el viajero debe sortear obstáculos, superar envidas, ser humillado, tocar fondo en los más imaginativos infiernos y, si algo tiene claro el lector, es que la nieve termina derritiéndose y los duros corazones acaban ablandándose, porque en los cuentos de hadas que este desgarbado soñador de galera escribe para deleitar a los chicos y a los grandes, en este o en el otro mundo siempre hay revancha.



[1] Montes, Graciela, nota preliminar a El cuento infantil, CEAL, Buenos Aires, 1977

Ensayo que obtuvo el Primer Premio en el concurso de relatos de la Fundación El Libro 2018

domingo, 29 de julio de 2018

Infernales de Laura Ramos


Una biografía gótica
por María Cristina Alonso


 
Así como James Boswell, para escribir la biografía de Samuel Johnson, partió de la correspondencia, de los testimonios orales, de la frecuentación directa puntillosa y obsesiva del biografiado, fundando la biografía moderna como género, Laura Ramos arma en su libro Infernales (Taurus, 2018) -con la misma obsesiva indagación en anteriores biografías, en relatos de viajes al corazón de Haworth y en lecturas meticulosas de las obras ficcionales- las fantasmales y productivas vidas de los hermanos Brontë.
Hay mucho de novelista en un biógrafo que crea un mundo y debe poblarlo alrededor de sus personajes, con la diferencia de que la biografía exige basarse en testimonios más o menos fiables.
Laura Ramos nos lleva con su libro de viaje a la región de Yorkshire en la primera mitad del siglo XIX y nos deja instalados en un páramo cruzado por los vientos que da, entre sus mejores frutos,  escritores. Y no cualquier escritor: tres novelistas formidables que encendieron la curiosidad y despertaron devociones en los lectores de todas las épocas, y un poeta que hubiera sido brillante si el opio, los amores desdichados, el alcohol y la decisión de sus hermanas de ignorarlo, no lo hubieran casi borrado de la historia. Tales son las vidas de Charlotte, Emily, Anne y Bradwell Brontë.
La reconstrucción del mundo Brontë no puede ser más minuciosa, y a la vez fascinante. Tiene la virtud de incitar al lector que se inicia en la reconstrucción de esa factoría donde se forjaron novelas inolvidables como Jane Eyre y Cumbres borrascosas, a completar el repertorio de ficciones que estas inglesas de Yorkshire legaron a la humanidad. Biografía, entonces, que no sólo reelabora los pensamientos de estos escritores e imagina opciones de ese pasado cuando era presente, sino que nos insta a releer sus textos.  
En Infernales encontramos la explicación y el origen de una de las literaturas más potentes del siglo XIX. Desde los juguetes que inspiraron los primeros textos literarios de los hermanos, como la caja de soldaditos de madera que el padre les llevó de Leeds, pasando por la literatura edificante que se leía en las escuelas para hijos de clérigos pobres a las que asistían. Cuentos poblados de niños sufrientes -que mantenían la fe pese a las adversidades- como los que integraban  El amigo de los niños del reverendo Wilson. Y los fantasmas que escapaban de los cuentos que Tabby, la cocinera, les contaba junto al fuego hasta el clima melancólico del cementerio junto a la rectoría donde vivieron, los efluvios de El Toro negro, la taberna sobre cuyo mostrador Brandwell escribió algunos versos, y el otro fantasma inevitable, el de las enfermedades que fueron diezmando a la familia impiadosamente.
¿Qué tiene de nuevo este libro sobre unas escritoras bastamente visitadas por biografías y películas? La autora, las páginas finales, nos comparte su plan de trabajo. “Me apropiaría de todas las investigaciones hechas hasta el momento, haría la ruta Brontë británica, la irlandesa y la belga, pero también abrevaría en las fuentes desacreditadas chismes, videntes, farmacéuticos, borrachos, fantasmas, la cuñada del guardia.”
Sobre el final de Infernales, Laura Ramos nos cuenta el origen de esta obsesión Brontë, de “su trauma” como ella misma lo denomina, que le llevó diez años de investigación y escritura. El descubrimiento de Jane Eyre en la edición española  titulada Juana Eyre de Carlota Brontë, hallada en el banco de la iglesia del colegio donde estaba pupila una vecina. Libro cuya lectura le borró el mundo hasta que las monjas la rescataron,  y el incumplido deseo del padre, Abelardo Ramos, de que su hija visitara el Museo Británico  para ver el escritorio de Carlos Marx. Ella, en su lugar, se fue a Haworth, a casa de las hermanas Brontë.
Y lo nuevo que trae este libro es el rescate del hermano ignorado, despejando la leyenda maldita de Patrick Brandwell Brönte, un romántico  poeta  cultísimo que escribió poemas en prosa y fue el primero de los hermanos editados.
También devela aspectos de las tres hermanas -que comenzaron a publicar bajo seudónimos, como Curren, Ellis y Acton Bell- desmintiendo la imagen de solitarias muchachas virginales perdidas en un páramo escribiendo novelas. Nos presenta a Charlotte, Emily y Anne como mujeres cultas, que viajaron, que se educaron en Bruselas, como Charlote y Emily, que  se enamoraron,  (Charlotte de dos hombres casados), que fueron egoístas con su hermano cuando decidieron utilizar la herencia de la tía muerta para financiar sus obras, que despreciaban el único trabajo que las mujeres cultas y pobres podían hacer, el ser institutrices y gobernantas, y que abandonaron sus sueños modestos de crear una escuela para convertirse en escritoras profesionales.
Laura Ramos nos revela la génesis de estas escritoras que fueron feministas cuando nadie tenía conciencia de la igualdad de género, que decidieron no casarse y hacerse cargo de sus vidas, que escribieron una obra que limita con las pasiones humanas más salvajes, más tenebrosas. Nos lleva a los tiempos en que, siendo niñas, escribieron pequeños libros en retazos de papeles contando historias de mundos como la Confederación de la ciudad de Cristal, Angrial o Gondal, y los poemas escritos a la luz de las velas mientras pelaban papas.
Infernales es una biografía gótica que se propone deconstruir el mito Brontë con una escena fundante: la noche en que Charlotte y Emily se presentan ante George Smith, de la librería y editorial Smith & Elder, en Londres, para dejar en claro que ellas eran las autoras de las famosas novelas firmadas con los seudónimos de Currel, Ellis y Acton Bell. “Somos tres hermanas”, dijeron al editor y terminaron en la Ópera donde daban El barbero de Sevilla.  Capítulo introductorio  que concluye con los puntos suspensivos con que la autora invita al lector a visitar los páramos de Yorkshire y no abandonarlos más hasta la última página.



sábado, 5 de agosto de 2017

Subiendo por la escalera del libro álbum: charla sobre el proceso creativo Presentación de ¿Quién dibujo a Toribio? de Celina Guzmán y Cuento con cuentos de Cristina Alonso

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 Primer escalón: De cómo lo libros álbum llegaron al taller del ilustrador Marcelo Sosa

Queremos contarles nuestro encuentro con los libros álbum y cómo, a partir de su lectura y análisis, surgieron estas dos historias, la de Toribio y Alina en el taller del ilustrador Marcelo Sosa.
Los libros álbum con los que trabajamos fueron los que distribuyó el Ministerio de Educación de la anterior administración a todas las escuelas  públicas.
En primer lugar, nos encontramos con Celina con un interés común, por ser docentes, en la literatura infantil y más precisamente en los libros álbum que tienen características peculiares.
Por lo tanto, el proceso de creación de nuestros libros surgió de un trabajo en conjunto, de aprender en compañía, de compartir saberes, discutir ideas y estimularnos en nuestros proyectos.
Y Marcelo entendió rápidamente cuál era nuestra búsqueda porque él, además de ser un ilustrador y maestro increíble, es también un lector de literatura y nos ayudó a encontrar las claves para contar nuestras historias.
¿Cómo lo hicimos? Sin proponérnoslo fuimos llevando al taller los libros álbum que tenían las bibliotecas de las escuelas. Así, sobre la mesa del taller, fuimos desplegando las páginas de los libros de Antony Browne, de Isol, de Satoshi Kitamura, de Itsvansch, de Sendak, y de otros autores menos conocidos. Tratamos de entenderlos, viendo, ayudadas por Marcelo, la línea, el color, la textura, la perspectiva, la composición, la relación texto/ imagen.

Segundo escalón: Qué vimos en los libros álbum

Los libros álbum nos proponen una forma nueva de leer y nos invita a revisar nuestro propio concepto de lectura.
En el pasado, las ilustraciones que acompañaban a los cuentos no eran nada atractivas ya que el contenido estaba por encima de las imágenes.
Recién en el siglo XVIII se empezó a cuidar las ilustraciones de los cuentos y se comenzó  a considerar a la imagen como  una herramienta ideal para que los niños leyeran, de tal manera que esos libros iban perdiendo el carácter didáctico moralizante de las etapas anteriores y se proponían como lo que debían ser, juegos del lenguaje y juegos con las imágenes.
Y a partir del siglo XIX se colorearon  las ilustraciones gracias al avance de las nuevas tecnologías. Es aquí cuando comienzan los libros a parecerse a lo que conocemos por libro ilustrado en la actualidad.
Es a partir de la década del 60 del siglo pasado cuando las editoriales se atreven a publicar lo que vamos a llamar libro álbum, este tipo de portadores a partir de la idea de texto e imagen en íntima colaboración, como un solo proyecto que se formula en simultáneo y donde ambos lenguajes construyen significados y argumentos.
El álbum, tal como lo entendemos actualmente, es un producto postmoderno: surgió gracias al abaratamiento de la reproducción de imágenes, a los cambios en la educación y a la vocación por la imagen de la cultura actual.
 Los álbumes contribuyen a la educación literaria. Exponen a los lectores que se inician a discursos complejos, y a aspectos de la narración y de la comunicación literaria con los que se encontrarán más adelante al leer literatura. 
Texto e imagen hacen una síntesis; no se apoyan una en el otro. Generan distintas posibilidades de lectura y es el lector el que construye y enhebra el sentido de la decodificación de ambos y su interpretación.
Por un lado, el texto obliga a seguir adelante. Por el otro, las ilustraciones invitan a detenerse, a mirar cuidadosamente, a fijarse en los detalles, a descubrir signos.
Los libros álbum en general se caracterizan por utilizar el recurso de la metaficción, es decir, donde el propio libro aparece como objeto dentro del relato   e introducir referencias intertextuales.
La metaficción es un tipo de ficción que desmonta las convenciones de la ficción y llama la atención del lector sobre la idea de que lo que está leyendo es un artefacto, una creación y no la realidad. Este tipo de ficción es muy frecuente en la literatura postmoderna; para crear este distanciamiento, los autores se valen de técnicas diversas tales como narradores en los que no se puede confiar, salto de los niveles de la comunicación narrativa, préstamos de otras obras, cesión de la autoridad al lector.
Los álbumes metaficcionales exigen una lectura distanciada, muy diferente a la del lector romántico que se mete en la trama y sufre con sus personajes.
En Las pinturas de Willy, de Anthony Browne, además de realizar un homenaje a las obras cumbres de la pintura occidental a través de la parodia, deja abierta una nueva historia cuando en su última página podemos ver que el protagonista, Willy, el chimpancé, abandona la habitación donde estuvo pintando y deja tras de sí una máscara de mono y su chaleco multicolor, ¿Quién es Willy?¿Quién es el autor de esta obra?
A su vez, las imágenes evocan y dialogan con otras imágenes: Así como en la literatura se habla de intertextualidad cuando el texto se relaciona con textos anteriores, en el mundo de la imagen podemos hablar de intertextualidad visual: detrás de una imagen, podemos encontrar muchas otras con las cuales el ilustrador dialoga, cuestiona, imita, ridiculiza, etc. Por ejemplo en En el bosque, de Anthony Browne. Este libro tiene un intertexto ineludible: Caperucita Roja, pero ni los personajes ni la situación que introduce la historia son las mismas. El ruido por la noche y el silencio de la mañana le anuncian que algo ha cambiado en su hogar: papá se ha ido. No lo menciona explícitamente pero imágenes y texto lo dan a entender. Mientras que en la historia tradicional, la protagonista es una hermosa niña, en el libro de Browne el protagonista es un niño que está asustado ante la ausencia de su padre. Aparece en la imagen otro intertexto: Hansel y Gretel, dos niños perdidos en el bosque.
La lectura de un libro álbum convoca a una red de significación donde se ponen en juego elementos del cine, la historieta, la publicidad, en este contrapunto que generan el texto y la imagen. Este género abre un camino más para la formación de lectores activos, y no hay edad para su lectura. Desafía a quienes quieran hojearlo, una y otra vez, reflejando en cada interpretación, en cada significado que le da el lector, su propia historia con la literatura.

Tercer escalón: Cómo leen los niños los libros-álbum
Es interesante probar junto con los chicos textos que desordenen las estrategias, la comodidad conocida para leerlos. En ese sentido, a través de nuestro trabajo como mediadores y del de los chicos como lectores, se generarán nuevos recursos para nuevas lecturas palpitantes, desafiantes y visibles.
Es interesante que nos animemos a correr riesgos con los textos. Y es precisamente lo que proponen los libros álbum. Ejemplo, la hipótesis que realizan los niños cuando se les muestra la tapa de La escoba de la viuda, de Crhis Van Allsburg, por ejemplo.
El libro-álbum sostiene un tramado minucioso entre sus partes. Tapa, contratapa, guardas, ilustraciones, texto, todo es concebido como una unidad, lo que da paso a una obra de arte visual.
Estos libros, entonces, rompen la linealidad de una historia mediante el diálogo que las imágenes establecen con el texto. Y esta complejidad narrativa se pone al alcance de los chicos del Nivel Inicial a partir de la interacción del texto con la imagen y generan una lectura por parte de ellos antes de que sepan leer las letras.
Según un ilustrador, especialista en libros Álbum, Martín Salisbury, los niños valoran a los ilustradores, y con frecuencia intentan entender cómo consiguen los efectos y qué significan. Los jóvenes lectores son sensibles  al color y al tono e incluso  los más pequeños interpretan el lenguaje corporal que probablemente aprenden en los dibujos animados. A los niños les encanta divertirse con los libros álbum pero también quieren desafiar los retos que éstos proponen.

Cuarto escalón: De cómo aparecieron las historias y los dibujos

Entonces, después de leer sobre libros álbum, de experimentar con ellos en el aula, como en el caso de Celina que trabaja en el nivel inicial -casi sin proponérnoslo- en el taller de Marcelo empezamos con los primeros bocetos y a barajar ideas para armar nuestros propios libros álbum.
Como todo trabajo creativo el proceso es largo y arduo. Pensar en una historia en primer lugar que en los dos casos llevaría texto.
Y así escribimos la storyboard o guión gráfico, hicimos bocetos, desechamos ideas que al principio nos parecíamos geniales y que después se iban debilitando, trabajamos con borradores. Los personajes fueron mutando. Tanto Toribio como Alina fueron sufriendo transformaciones.
Pensamos mucho en las técnicas, en el color que predominaría, el barrio y la casa de Alina imponían grises y azules porque la historia comienza cuando Alina se aburre porque nadie le lee los libros que hay en la biblioteca.
Toribio, en cambio, juega con los espacios en blanco, con las líneas inacabadas que expanden los objetos. Dialoga con las formas, deconstruye, arma y vuelve a armar, simplifica objetos. En cambio el mundo de Alina dialoga con la literatura universal, intertextualiza imágenes que remiten a Pinocho, a los cuentos de los hermanos Grimm, a Italo Calvino, a las Mil y una noches.
Las dos trabajamos con acuarelas y microfibras.


¿Quién dibujo a Toribio? de María Celina Guzmán es un libro álbum que fue pensado como un regalo de Celina  para su sobrino Lautaro, que tiene un perro de raza big llamado, como el personaje, Toribio.
El cuento propone el tema universal del doble. El del doppelgänger -literalmente "doble que camina"- es uno más de los mitos engendrados por la idea de dualidad con la que el hombre percibe su entorno. Todo tiene su antónimo: el día en la noche, el fuego en el agua, la vida en la muerte.
El doble es un tema recurrente en la literatura, la tradición y el folclore popular.
El perro Toribio se queda solo en la casa y, robando los fibrones de la mochila de su dueño, se dibuja sobre la pared. Como en todas las historias fantásticas, el dibujo cobra vida y, al salir de la pared se desordena. Hocico por un lado, patas por el otro, cabeza y ojos en el cuarto, orejas en el baño. Ante tal prodigio, Toribio tiene miedo y se mete bajo un sillón. No obstante, se sobrepone y, antes de que llegue Lautaro trata de juntar las partes que forman otro animal muy distinto al que era en origen. Desmontar para resignificar, es entender que en el fondo todo puede ser de otra manera. El dibujo que se desarma se rearma propiciando otra lectura.
Mientras tanto, el lector, irá recorriendo la casa, descubriendo personajes misteriosos que se ubican como espectadores, para seguir el juego que propone la historia. Buscar las partes de ese doble de Toribio que, es, si se lo vincula con la literatura bíblica, una especie de Golem. En la cultura moderna y, particularmente, en el marco coloquial, el Golem es una figura metafórica estrechamente relacionada con el autómata, el ser descerebrado o el hombre masificado que, controlado, sirve desde un plano de conformismo, pero podría, bajo ciertas circunstancias, rebelarse.
El dinamismo de la historia, en la que texto e ilustración se complementan, propone a los niños leer entre líneas y “leer” las imágenes.
El dibujante, el artista, parece decirnos esta historia, es como Toribio, se ve, no como lo ven los otros, sino como es en la realidad de su creación y nos habla, además de la necesidad de estar acompañados aunque nos guste la soledad. El lector, como el Lautaro de la historia, parece un cómplice de la travesura puesto que intuye que algo “extraño” va a pasar.

Cuento con cuentos de María Cristina Alonso nació a partir de un tema recurrente que atraviesa sus escritos, esa sutil frontera que delimita la ficción de la realidad en el espacio de la biblioteca. Las bibliotecas como las entiende Borges, como un universo compuesto de un número indefinido e infinito de libros que remiten a otros libros. Un receptáculo donde siempre están ocurriendo los sucesos que conforman las historias que narran. Un lugar donde se vive la ficción, que contiene todos esos seres creados por la imaginación a lo largo de la literatura universal y que acompañan al lector.
En ese sentido, la historia de Alina está atravesada por intertextos diversos que remiten a la literatura universal y en especial a los relatos tradicionales para niños.
Alina vive en una ciudad que no está en ningún mapa y en una casita chiquita y gris. Se aburre -así lo cuenta la primera página donde se la ve sentada con su perro en la puerta de la casa- pero en ese mundo silencioso hay una biblioteca que nadie lee. Una biblioteca llena de libros siempre es una posibilidad y en ella ocurren cosas: está habitada por navíos, personajes del desierto, animales ruidosos y ciudades colgantes.
Los padres, como muchos adultos, no tienen tiempo de compartir lecturas con Alina (que dicho sea de paso tiene el nombre de la protagonista de Lejana, un cuento de Cortázar). Entonces, como en todo cuento fantástico, los planos se mezclan y de los libros salen las voces de personajes muy conocidos por el público infantil: Gepetto, el creador de Pinocho, el Patito feo, la madrastra de Blanca Nieves. Su parloteo es convocante y Alina se anima a bajar los libros y ponerse a leer.
El cuento nos habla de la inconmensurable compañía que nos hace la literatura, de cómo los lectores nunca estamos solos y la ficción nos ayuda a hacer frente a la soledad, la indiferencia, la incomprensión.

Como dice el escritor español Muñoz Molina: “Como el agua y el pan, como la amistad y el amor, la literatura es un atributo de la vida y un instrumento de la inteligencia, de la razón y de la felicidad.” 

domingo, 16 de julio de 2017

Profesores que escriben

Heme aquí, ya profesor (de Mientras duren los libros)

 Me pregunté durante mucho tiempo: ¿se puede escribir y ser una profesora de secundaria? Pienso en Haroldo Conti, dando clases de latín mientras escribía Mascaró,  en Cortázar en las escuelas de Bolívar y de Chivilcoy, en la década del 40, o  en Antonio Machado y sus cursos de francés en la España de la Segunda República. Sobre estas cosas trata este capítulo de Mientras duren los libros


Durante mucho tiempo soy una profesora que anda a los tumbos y apenas si puede orientarse en el salón de clase. La juventud nos llena la cabeza de sueños. El mío es el de convertirme en escritora y en poder leer sin que nadie me interrumpa durante horas. Pero no hay caso. No hay tiempo para nada. Además de las horas que paso frente a alumnos, en dos turnos, tengo que asistir a reuniones, hacer planificaciones, escribir discursos para los múltiples actos que se suceden a lo largo del año y corregir parvas de evaluaciones y trabajos escritos.

Corregir, esa es la condena del profesor. Los chicos     escriben como si estuvieran colgados de una ventana mirando el precipicio. Letras de múltiples formas con biromes de todos los colores pero nunca escritura legible. Un profesor es un criptógrafo, un aspirante a Champollión, un descifrador de jeroglíficos. Pasa horas mirando las hojas de carpeta intentando dilucidar lo que han querido escribir sus alumnos y, cuando lo logra, en general no hay nada consistente.
Horas de corrección. Me instalo frente a la ventana con el mate, pongo música, me reclino sobre almohadones, pero la pila de escritos no avanza. Cuando ya tengo cinco corregidos me acuerdo de que hay que ir a descolgar la ropa porque va a llover o pienso que el cubo del agua del perro estará vacío. Me levanto incontables veces para consultar libros de la biblioteca que me vienen a la cabeza, los abro, leo unos párrafos y los vuelvo a colocar en los estantes. Me digo que, para corregir los cinco cursos que se apilan sobre mi mesa, debería atarme a la silla con una cadena. Me muero de aburrimiento. No soy buena profesora, odio corregir siempre las mismos errores, esas largas oraciones sin puntos ni comas, esos errores ortográficos que horrorizan, esas diez palabras que conforman casi todo el vocabulario de los adolescentes que tiene siempre cosas más interesantes que hacer que dedicarse a escribir una página decente para la prueba de lengua.
Sueño con hojas de carpeta Rivadavia garabateadas con birome, con los extremos doblados, con florcitas dibujadas en los extremos, con la marca de agua con esa R estirada y llena de firuletes que atraviesa la hoja. Justo Rivadavia, un tipo que no me cae para nada simpático. Y trato de no hacer la cuenta de los trabajos escritos que corrijo en el mes, en el año, al cabo de los años. Por suerte, de tanto en tanto, algún adolescente escribe una historia interesante o incurre en errores graciosos.
Me pregunto ¿se puede escribir y ser una profesora de secundaria? Pienso en Haroldo Conti, dando clases de latín mientras escribía Mascaró,  en Cortázar en las escuelas de Bolívar y de Chivilcoy, en la década del 40, o  en Antonio Machado y sus cursos de francés en la España de la Segunda República. Y me respondo que se puede. Entonces corro las evaluaciones agobiantes y pongo una hoja en la Olivetti Lettera 32 anaranjada o más adelante enciendo la computadora y escribo.
Una mañana llevo un libro de poesías completas de Antonio Machado a clase. Él también fue profesor. Un reposado profesor que escribe mientras camina por los campos de Castilla bordados de olivares polvorientos: "Heme aquí ya, profesor/ de lenguas vivas (ayer  maestro de gay-saber, /aprendiz de ruiseñor)/ en un pueblo húmedo y frío,/ destartalado y sombrío, / entre andaluz y manchego". Es Antonio Machado que,  en 1912, después de la muerte de su amada Leonor, se traslada a Baeza, en Jaén, a casa de su madre y, hasta 1919, enseñará Gramática Francesa en el Instituto de Bachillerato instalado en la Antigua Universidad baezana.
Sus ex alumnos lo recordarán como un hombre benevolente y un tanto ausente del mundo cotidiano. Su cabeza estaba llena de poesía pero también preocupado por el clima político que se respiraba durante la Segunda República. Le inquietaban los males nacionales y les decía a sus alumnos: No aceptéis la cultura postiza que no pueda pasar por el tamiz de vuestra inteligencia. Hay que aprender a pensar, a razonar, a utilizar el cerebro; a distinguir “los valores falsos de los verdaderos y el mérito real de las personas bajo toda suerte de disfraces”
La pena por la pérdida de Leonor, que había muerto a los 18 años, se notaba en su  desaliño. Solía decir: Un hombre mal vestido, pobre y desdeñado, puede ser un sabio, un héroe, un santo. El birrete de un doctor puede cubrir el cráneo de un imbécil.
Escribe el hispanista Ian Gibson que Machado fue catedrático por casualidad pero que, una vez que ganó la cátedra de Lengua Francesa en el Instituto de Soria, en 1907, se aplicó muy en serio a su profesión y a sus obligaciones. Había pensado trabajar en un banco, y también había querido ser actor. Fue su maestro Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien lo encaminó hacia la docencia y le propuso opositar a una cátedra en el Instituto.  Sabía francés como su padre y abuelo, le interesaba la literatura francesa contemporánea, había estado en París. Por lo tanto, ya que como escritor no iba a poder ganarse la vida,  comenzó a dar clases. Y no fue un profesor convencional. Aunque su misión era enseñar francés con los libros de textos oficiales –por aquel entonces el francés era considerado una materia “de adorno”, como la gimnasia- se las ingeniaba para que sus clases fueran entretenidas y dinámicas. Aligeraba el aburrimiento de la gramática enseñando la lengua a través de la literatura, no sólo francesa, sino también española. Tampoco, parece, suspendía a ningún alumno. Podemos imaginar que en aquellas “lecturas comentadas” – dice Gibson- habría frecuentes alusiones a la literatura española, e incluso a poetas amigos del catedrático. Y lo más grande, era que los alumnos sabían que, pasara lo que pasara, el bueno de don Antonio nunca los iba a suspender.
Leo en voz alta Canciones y cantares, leo “A un olmo seco”. Un chico de pecas me mira soñoliento, una que no puede dejar tranquilos a sus rulos encendidos bosteza, desde el último banco se escucha el ruido de un sacapuntas. Las virutas van cayendo sobre el piso y me alejan de los campos de Castilla, de Antonio Machado exiliándose en Coilleur, de su melancolía. Suena el timbre.

Tampoco suspendía a sus alumnos Haroldo Conti,  que desapareció el 4 de mayo de 1976, secuestrado por una patota en los comienzos de la dictadura. En ese entonces daba clases en el Liceo Nacional N° 7 “Domingo Faustino Sarmiento”, de Buenos Aires.
Un profesor diferente, como lo recuerda una ex alumna, Ramy Alvarez Freita, cuyo testimonio está registrado en el libro Haroldo Conti, biografía de un cazador, de Néstor Restivo y Camila Sánchez: “No era lo que se dice un profesor común. En absoluto. A nosotros nos dictaba latín, en segundo año, en el 72”. “No hablaba mucho de sus libros. Tanto que muchas compañeras, creo, ni siquiera sabían que al frente de la clase estaba un escritor de muy alto nivel.”
Y la directora del Liceo donde Conti enseñaba recordó con horror que una noche encendió el televisor y lo vio a Haroldo Conti entrevistado por Julio Lagos, que decía: “Sí, yo dicto en una escuela latín…la verdad es que cumplo la mitad del programa.” Y pensó que al día siguiente iba a tener que llamarle la atención. Como cuando faltaba y ella le decía: “Conti, no me haga tener que pasarle una observación escrita.”
El mismo Conti dirá, en un reportaje publicado en el diario La Opinión del 15 de junio de 1975:”Ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes (se refiere a sus deseos de ser escritor). Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín.”
Y, reflexionando sobre su situación económica: “Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos.”
Conti se desempeñó como profesor de latín en el Liceo N°7, de Buenos Aires, desde 1967 a 1976. Luego de su desaparición, durante dos años, se le siguieron computando las ausencias y, recién a mediados de 1979, el Ministerio de Educación, envió al establecimiento una notificación que lo declaraba cesante por "abandono de tareas".
Escritores que enseñan, que dan clases para vivir pero que andan por los pasillos de las escuelas con sus ficciones a cuestas. Mientras van pasando los años y escribo libros, mientras transcribo notas a planillas cuadriculadas, corrijo evaluaciones y asisto a interminables reuniones de profesores cuya finalidad es hacernos sentir siempre en falta y culpables, pienso en Cortázar enseñando Instrucción Cívica en la escuela normal de Chivilcoy entre 1939 y 1944 y escribiendo cuentos en la pensión Varzilio.
Chivilcoy está a cincuenta kilómetros de la ciudad donde vivo. Envidio a los chivilcoyanos por haberlo tenido a Cortázar vagando por sus calles.
Leo un prólogo que Cortázar escribe para una edición de los cuentos de Felisberto Hernández  -“Carta en mano propia”-  y puedo entrar, guiado por sus palabras a la pensión Varzilio.
Para envidia del resto de los pensionistas, la habitación de Cortázar da a la calle y parece que es la mejor de la casa aunque el futuro escritor se queje no sólo de ella, sino de la aplastada ciudad de la pampa bonaerense.
Cuando no está en la escuela, Julio escucha discos que pasa en una victrola rasposa, según la descripción que hace a un Felisberto que ya no puede leerlo porque está muerto.  Por la ventana de la pensión Varzilio salen aires de Mozart, de Bach, tangos de Gardel,  los blues de Jelly Roll Morton y las canciones de Bing Crosby.
La vida de Cortázar en Chivilcoy se reparte así: cada tanto un concierto en el club social y de lunes a miércoles, cinco horas de geografía, nueve de historia y dos de instrucción cívica. Los almuerzos compartidos en la larga mesa con viajantes de comercio y empleados bancarios.
El joven Cortázar se está volviendo un experto en pueblos, antes de Chivilcoy ha estado en Bolívar, “ese peldaño del infierno que se llama Bolívar”,  le escribe a una amiga, describiendo las ventajas de Chivilcoy: De no existir la inapreciable ventaja de escaparse cada fin de semana, acaso habría más problemas de vida aquí que en aquel pueblo sin alma. No sabe usted las cosas que me han ocurrido... y que me ocurren: la suma de miserias y torpezas que caracterizan a una ciudad del interior.
  Lo cierto es que  antes de Rayuela y el boom latinoamericano, antes de Cuba y de su hermano, el Che, que iba por los montes mientras él  dormía y  Nicaragua tan violentamente dulce, Cortázar es un docente que enamora a alguna de sus alumnas y debe abandonar el pueblo acusado, en 1944, de comunista, anticlerical, anarquista y trotskista por no besar el anillo del obispo de Mercedes, que visita la institución.

María Cristina Alonso

Obras mencionadas en este capítulo:
Mascaró, de Haroldo Conti. “Campos de Castilla”, “A un olmo seco”, de Canciones y cantares, de Antonio Machado. Haroldo Conti, biografía de un cazador,  de Néstor Restivo y Camila Sánchez. Rayuela, de Julio Cortázar, “Che” en “Carta a Adelaida y Roberto Fernández Retamar” de Cartas 1964-1968, de Julio Cortázar en Edición a cargo de Aurora Bernárdez.