martes, 23 de marzo de 2021

Los fósforos que encienden los cuentos de Andersen

 por María Cristina Alonso


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Confecciona ropa para sus marionetas que   viven en el teatrillo que le ha hecho su padre, un zapatero pobre que  se irá a la guerra y de regreso lo dejará huérfano. Detrás de esas maderas viejas, los muñecos interpretan múltiples historias. La imaginación del muchacho es un motor encendido las veinticuatro horas, un mecanismo que no para jamás y que casi no necesita combustión.
 Canta, recita diálogos con voz de princesa, con ronquidos de ogro, con incesantes parloteos de feria. En el barrio los  muchachos le tiran piedras, se burlan de su cuerpo desgarbado, de sus juegos solitarios. Pero él no se siente solo. A su alrededor, los objetos más insignificantes le descubren sin pudor sus corazones emparchados. Y también a ellos les otorga una voz. Muchos años después contará sus vidas melancólicas: un viejo farol a punto de ser desechado, un soldadito de plomo sin una pierna, una tetera arrogante que termina astillada, unos zuecos que hacen viajar hacia sus deseos a quien se los calce, un ruiseñor a cuerda que entretiene a un emperador, un fardo de harapos de distinta procedencia que discurren sobre su lugar de origen, unos zapatos rojos que no paran de bailar. En los primeros años del siglo XIX, en Odense. Dinamarca, Hans Christian Andersen   descubre que todo lo que lo rodea, hasta el objeto más insignificante, puede ser narrado. Por eso no lo doblegan los delirios alcohólicos de su madre,  ni lo amilanan las burlas y los golpes que recibe en la escuela. Las  historias que imagina  son  una coraza protectora y, como muchos de esos seres que cobran vida por las noches, cuando el sueño no llega, él siente que está destinado a ser un grande, que toda Dinamarca repetirá con orgullo su nombre, pero todavía no sabe por qué.
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En el manicomio donde trabaja su abuela cuidando el jardín y su madre lavando ropa descubre a la literatura. Descubre que con una simple cerilla se puede encender la imaginación, engañar al estómago vacío y aliviar al cuerpo aterido de frío.  Escucha a las internas que, mientras hilan, cuentan historias, algunas vulgares, otras maravillosas, otras de impactante terror y toma nota.
En casa ha leído las tragedias de Shakespeare que le ha legado su padre, pobre pero fantasioso, y las ha revivido una y otra vez en el mísero teatrillo. Todavía no es el avezado  autor de cuentos de hadas, pero allí, en su infancia, está el germen de un género del que será creador personalísimo. Dirá más tarde cuando ya es un autor consagrado y los públicos diversos aplaudirán sus lecturas públicas refiriéndose a sus cuentos: “Los escribí de la manera en que se los contaría a un niño.” En una época en que la incipiente literatura destinada a la infancia era didáctica y moralizante, el danés contó historias llenas de fantasía pero en las que también habló de la inestabilidad de la condición humana, de la inclemencia de los poderosos, de los que se mueren de frío, de amor, de injusticia.  Su mirada clemente de narrador exalta al pobre, a la niña que se sacrifica por librar del hechizo a sus hermanos, al patito más feo de la granja, al soldadito defectuoso al que le falta una pierna por defecto de fabricación. “El pueblo como el niño- dice Graciela Montes_ está en situación social de desvalimiento y se identifica fácilmente con los héroes perseguidos, con los relegados, y se siente reivindicado con el final feliz”[1]
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Otra cosa que hace durante toda su vida es viajar, viaja como tantos escritores para escribir sus impresiones de viajes y para contar al regreso. También dibuja paisajes en sus cuadernos con trazo diestro. Lleva en su valija el diario de viaje y el cuaderno de dibujo. Como muchos viajeros célebres cultiva el género y escribe en un diario sus impresiones sobre los itinerarios que realiza. Un cosmopolita que visita países que resultan exóticos para su época como España, Grecia, Turquía. Su vida es un viaje que, como sus cuentos, debe ser narrada. Se convierte en un guía experto por los países Nórdicos y Alemania. Ama las torres de Núremberg, se deleita con la exótica melancolía de Málaga.
En Bratislava dirá de esta ciudad que lo maravilla: “Me esperaba una bienvenida espectacular. Me encanta esta ciudad, es tan viable y llena de colores. Las tiendas parecen como si fueran trasladadas aquí desde Viena. Hay mucho que ver – me dijo un ciudadano – subamos a las ruinas del castillo allí en la roca. Desde allí se puede ver el puente flotante, la ciudad entera y los campos de trigo en sus alrededores” Es  junio de 1841 y va en viaje de  Estambul a Viena. Entusiasta afirma: “Me piden que les cuente un cuento. ¿Para qué? Si vuestra ciudad es un cuento.” Muchos años después, los habitantes de la capital de Chequia erigirán una estatua del cuentista danés  en la plaza Hviezdoslavovo námestie. Y para que no se sienta solo, lo rodean de los personajes de sus cuentos más famosos.
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Sus relatos son tristes, muchos de ellos nacen de las historias con que tropieza en la isla de Fionia, en su Odense natal. Cuentos salidos de la boca de rústicas tejedoras, de campesinos, del pobrerío de los barrios bajos. Otros encubren escenas autobiográficas. El patito feo es su propia historia contada en clave animal. El pato más feo termina en cisne y corrobora el síndrome de Aladino que padece Andersen. Tanta confianza tiene en su buena estrella que así como Aladino , hijo de un  padre artesano termina colmado de riquezas, él hijo de un zapatero llegará muy lejos.
En ese viaje que comienza cuando va a Copenhague a probarse como actor, cantante, bailarín y terminará amparado por la burguesía ilustrada lo impulsa la vanidad, el deseo de agradar y su complejo de advenedizo.
Heinrich Heine  lo definió sin piedad: “Parecía un sastre. Su figura revela una especie de servilismo que tanto complace a los príncipes. Es un vivo ejemplo de cómo quieren los príncipes que sea un poeta.”
Aunque muchos aman sus historias, la vanidad y el carácter de Andersen lo torna un personaje bastante incómodo. En 1847 Charles Dickens lo invita a
Gad Hill Place, cerca de Rochester, una residencia que acababa de comprar y que estaba bastante aislada. Ambos escritores se admiran, pero algo sucede. El danés alarga su estadía y la familia se impacienta. Cuando al fin hace las valijas y parte, Dickens escribe en el espejo:  «Hans Andersen durmió en esta sala durante cinco semanas que a la familia nos parecieron siglos».
Andersen conoce a los poderosos de cerca. Los frecuenta, los adula, se beneficia de sus contactos y sabe de sus defectos. Sus cuentos hablan del emperador vanidoso que estrena traje nuevo todos los días y que, su ostentación y la adulación de los súbditos lo hacen salir desnudo a la calle o de aquel poderoso de la china que agota a su capricho la vida útil del ruiseñor mecánico.
Y en casi todos, encontramos la revancha de los débiles. La vendedora de fósforos es recibida por su abuela cuando muere, la sirenita que no ha podido cumplir su sueño consigue el alma eterna. Elisa, la niña de Los cisnes salvajes es recompensada cuando rompe el maleficio de sus hermanos. Todos los personajes son sometidos a duros sufrimientos.
En el mundo Andersen cualquier felicidad se consigue después de un largo viaje en el que el viajero debe sortear obstáculos, superar envidas, ser humillado, tocar fondo en los más imaginativos infiernos y, si algo tiene claro el lector, es que la nieve termina derritiéndose y los duros corazones acaban ablandándose, porque en los cuentos de hadas que este desgarbado soñador de galera escribe para deleitar a los chicos y a los grandes, en este o en el otro mundo siempre hay revancha.



[1] Montes, Graciela, nota preliminar a El cuento infantil, CEAL, Buenos Aires, 1977

Ensayo que obtuvo el Primer Premio en el concurso de relatos de la Fundación El Libro 2018

Texto tomado del blog de la Hormiguita Maestra María Cristina Alonso: "La biblioteca de Cristina". (https://labibliotecadecristina.blogspot.com/)

domingo, 7 de febrero de 2021

 

Escribir en la infancia. Maestros de escritura

 

Por María Cristina Alonso

 En la soledad de una habitación un niño, una niña escriben. Cuentan cómo es el mundo que los rodea y al que recién comienzan a aventurarse. Dejan testimonio con frescura de recién llegado. Las escrituras infantiles que perduran por haberse publicado, en general, merodean el género del diario íntimo. El diario de vida es un refugio, un espacio donde se cuela la realidad  y donde  el escritor deja testimonio de las vicisitudes personales.


Ivonne Bordelois en un fascinante libro titulado La palabra amenazada escribe: “Nada más injusto que el nombre de in-fante, que significa que el niño no puede o no sabe hablar –como el soldado de infantería, llamado así porque carece de derecho a réplica. Todos sabemos que en innúmeros casos, es la frescura de una primera aproximación al lenguaje la que hace de los niños maestros del habla”.  Maestros del habla y, en muchos casos, maestros de escritura.

 A los 15 años, Arthur Rimbaud lee a escondidas de la madre Los miserables de Víctor Hugo y edita su primer poema “El aguinaldo de los huérfanos” en la revista “Revue pour tous” en enero de 1870. El poema habla de la tristeza de dos niños pequeños en una habitación fría el día de año nuevo. Se ha muerto la madre y evocan otros momentos del pasado en los que recibían juguetes y dulces. Es un poema triste. “Ya vuestro corazón lo entiende todo: /ellos no tienen madre./¡No hay una madre en casa y su padre está lejos!/ Una criada vieja se ha ocupado/ de los niños. Los pobres/ están solos en una estancia helada,/ huérfanos de cuatro años solamente,/ y he aquí que despierta/ en sus mentes un recuerdo alegre…”

 Carrera meteórica la de Arthur Rimbaud, una vida apasionada. A los 21 años da por finalizada su carrera de poeta y se convierte en traficante de armas, esclavos y marfil en el corazón de África.



Uvas amargas y cenizas 

Una niña de nueve años escribe en 1890 una novela en una libreta, con lápiz y con algunas faltas de ortografía. La titula The Young Visiters (Los jóvenes visitontos, lo escribe incorrectamente en inglés y esta es una traducción aproximada). Uno de los personajes dice “Sin ti, mi vida serán uvas amargas y cenizas”. El argumento se desgrana en torno a un triángulo amoroso en el que la niña ridiculiza a la aristocracia inglesa. La pequeña escritora se llama Daisy Ashford (Inglaterra 1871-1972), e inventa historias desde los cuatro años que, su padre, pasa en limpio respetando su peculiar gramática y su lenguaje. Es un relato cómico y agridulce. Les niñes tienen la capacidad de ser incisivos humoristas. Extrae sus argumentos de las novelas que sus hermanas dejan a mano. Y les pone su toque personal.

A los 14 años -en 1890- escribe su última obra, The Hangman’s Daughter, una historia de crímenes e identidades cambiadas. Después la internan en una escuela de monjas y deja sus cuadernos olvidados en la casa de la infancia.

 




Daisy no se dedicó a la escritura, se mudó a Londres y trabajó como secretaria hasta 1912, año en que murió su padre y tuvo que regresar al hogar para cuidar a la madre que murió en 1917. Al desmantelar la casa, Daisy encontró en un cajón lleno de polvo sus escritos infantiles. Por intermedio de una amiga llegó con el manuscrito a interesar a un editor y el libro Los jóvenes vistontes fue publicado en 1919. El famoso James Barrie, el autor de Peter Pan, escribió el prólogo. Obtuvo un éxito arrasador, se convirtió en una comedia musical y en una película.

En ese 1919, la gripe española hacía estragos y el público necesitaba un poco de humor. Lo dice el escritor y traductor Guillermo Piro en un artículo dedicado a la novela de Daisy: “A finales de 1919 nadie estaba de humor para grandes celebraciones. La I° Guerra Mundial y después la gripe española habían diezmado a la población y su capacidad de ver más allá de su propia tragedia. Hasta que una niña de nueve años recordó a todos los adultos lo estúpidos que eran, y con su inocencia, su candor, un sentido del humor endiablado, y un montón de faltas de ortografía publicó una novela, “Los jóvenes visitontes” que devolvió un poco de ligereza y felicidad a la vida.

 

Familia duarnte la gripe española, 1919


A pesar del éxito de su novela, Daisy no volvió a escribir. Intentó con una autobiografía, pero no pudo concretarla. La escritora había quedado en la infancia. Tuvo tiempo, hasta 1972 cuando murió a los 90 años, para recordar la época lejana en la que podía poner la lupa en el mundo que la rodeaba, descubrir lo que traman los adultos y además contarlo. Un tiempo en el que, la niña escritora aseguraba: “Me encantaban los días de lluvia porque eso significaba que me podía quedar en casa leyendo y escribiendo”.


Deseaba que no hubiera pianos en el mundo

Parecen ser los diarios, y no la ficción, el género que los niños y niñas prefieren. Un diario pensado como una especie de amigo invisible, alguien al que se le pone nombre, un lugar que es refugio y consuelo. 

Los niños y niñas que escriben diarios nos demuestran que esa inocencia que los adultos les atribuyen no es tan real. Que en la infancia se mira el entorno con más realismo del que puede suponerse y, al narrarlo, los pequeños escritores van dejando la marca de su mirada y su juicio al mundo adulto. 

¿Qué leemos en un diario íntimo? ¿Una obra de ficción, un testimonio, un documento escrito? Entre los géneros discursivos referenciales, en el que coinciden autor y narrador, el diario personal contiene anotaciones que se van haciendo a diario y que sitúan al autor en un determinado contexto histórico. 

Un diario de vida es un texto flexible, abierto a multiplicidad de discursos. En él tienen cabida dibujos, reflexiones, anécdotas cotidianas, fotos. Una manera de atrapar la vivencia que es tan frágil en la memoria y dejar testimonio de lo que se vive. 


“En la actualidad me levanto algo lento, ya que temprano hace bastante frío. Sin embargo, tenemos un mayo perfectamente verde. Si no fuera sordo, me levantaría temprano para escuchar al ruiseñor.” Escribe Otto van Eck a los 10 años en su diario, el más antiguo que se conoce escrito por un niño. Lo comenzó en 1790 y llegó a tener más de 1500 páginas, lo que lo convierte en el diario más completo escrito por un niño y que nos permite escuchar la voz de un chico del pasado, cuando la infancia no se pensaba como se la piensa ahora y los niños eran considerados adultos en miniatura.


Otto inició su diario a instancias de sus padres que pusieron en práctica una estrategia educativa de los pedagogos del siglo XVIII que recomendaba la escritura de un diario para acrecentar los conocimientos del niño y seguir de cerca su crecimiento. Por lo tanto Otto es un niño de la Ilustración, educado con las teorías pedagógicas de Rousseau.

 Sus padres esperaban escudriñar meticulosamente su educación a partir de esas páginas. El niño escribe sobre paseos a caballo, sus enojos con las hermanas menores y cuenta anécdotas, pero también nos informa extensamente sobre los progresos de su enfermedad.

Como todo niño, no puede ocultar su mal genio o sus comentarios desagradables. “Deseaba que no hubiera pianos en el mundo”, escribe en su diario cuando era obligado a repetir su práctica de piano. A pesar de ello, los críticos sostienen que el diario refleja el mundo optimista de la ilustración holandesa a través de los ojos de Otto. El diario se acaba en noviembre de 1797, cuando su salud empeora. Otto sufría de tisis y muere a los 18 años.

 Una chica de avanzada

 En ocasiones, la publicación del diario de un niño o joven a raíz  ocurre a raíz de su muerte. Es el caso del diario de  Marie Bashkirtseff (Imperio ruso 11 de noviembre de 1858 - París, 31 de octubre de 1884) que comenzó su diario a los 15 años y, cuyas 19.000 páginas fueron publicadas por su madre luego de su muerte por  tuberculosis, a  los 25. Fue pintora y escultora famosa. Su diario fue considerado un modelo en su género por Simone de Beauvoir. Una chica de avanzada para su época: “Lejos de querer ser un hombre estoy contenta con lo que soy. Mi manera de entender una mujer puede ser tan útil a su país y a la humanidad como un hombre, si solo hubiera (no hay) una diferencia en la educación. No puedo vivir ignorada y perdida en la multitud, tengo que distinguirme”, escribió Marie.

 

Su diario fue víctima de la censura de su madre. Retocó, edulcoró y suprimió pasajes –a su parecer- no eran convenientes para su reputación.

Aunque Marie llegó a exponer sus obras en el Salón de París y llevó una vida mundana, con viajes y visitas a estaciones termales cuando su salud comenzó a quebrantarse, no dejó de expresar sus ideas feministas: escribió artículos denunciado la discriminación que sufrían las mujeres a las que se le impedía formarse en L’Ecole des Beux-Arts.

 Después de la muerte de la madre pudo leerse el diario de Marie sin censuras. Sirvió de inspiración para otras escritoras que incursionaron en el género: Katerine Mansfield y Anais Nin.



Marie Bashkirtseff, En el estudio (1881). Bashkirtseff se ha retratado a sí misma como la figura central sentada en primer plano


Querida Kitty

Otra niña escritora tiene una vida breve. Mientras escribe su diario en “la casa de atrás” sueña con convertirse en escritora cuando termine la guerra, sin saber que ya lo es. Para que los abrumadores días pasen en el estrecho espacio que debe compartir con sus padres, hermana y una familia amiga, no deja de hacer observaciones sobre las relaciones cotidianas, la persecución a la que son sometidos los judíos durante el nazismo, las lecturas que hace, el despertar del amor adolescente, la esperanza de que algún día vuelva la paz. Una muchacha corriente que se convierte, sin saberlo, en la voz de seis millones de personas víctimas del Holocausto.

Es la mundialmente leída Ana Frank, que le escribe a Kitty, como llama a su diario. Lo hace durante el encierro voluntario para salvar la vida desde junio de 1942 hasta agosto de 1944, fecha en que los escondidos fueron detenidos y enviados a campos de concentración.

La niña pasó dos años escondida en el número 263 de la calle Prinsengracht, en Amsterdam. En extremas condiciones, con comida racionada y obligación de hacer silencio para no ser escuchada. En la parte delantera del edificio funcionaban las oficinas de la empresa donde trabajaba su padre, Otto Frank.



Los Frank eran una familia de comerciantes judíos alemanes que, con el triunfo del nazismo, habían emigrado a Amsterdam en 1933. Se creyeron seguros hasta que Hitler invadió Holanda. Todo lo va registrando la niña con precisión y conciencia de que está gestando un documento histórico. Desde las primeras restricciones hasta los acontecimientos que deciden desaparecer a la familia. 

“Querida Kitty- le cuenta Ana a su diario el jueves 9 de julio de 1942- Así anduvimos bajo la lluvia torrencial, papá, mamá y yo, cada cual con una cartera de colegio y una bolsa de la compra, cargadas hasta los topes con una mezcolanza de cosas. Los trabajadores que iban temprano a trabajar nos seguían con la mirada. En sus caras podía verse claramente que lamentaban no poder ofrecernos ningún transporte: la estrella amarilla que llevábamos era elocuente.
Solo cuando ya estuvimos en la calle, papá y mamá empezaron a contarme poquito a poco el plan del escondite. Llevaban meses sacando de la casa la mayor cantidad posible de muebles y enseres, y habían decidido que entraríamos en la clandestinidad voluntariamente, el 16 de julio.”


Su diario, fue hallado por Miep Gies -secretaria de Otto Frank quien los asistió durante el encierro- después de que la Gestapo detuvo a los habitantes de la casa y se convirtió en testimonio contundente de uno de los horrores más insoportables del siglo 20.

 

Te hablo de la guerra

 

La guerra es un suceso incomprensible, aún para los adultos que sabemos de cuánta crueldad es capaz el ser humano. Por eso los que más sufren en las guerras son los niños y niñas que deben atravesarlas. El sitio de Sarajevo fue uno de los más prolongados en la historia de la guerra moderna. Duró desde el 5 de abril de 1992 hasta el 29 de febrero de 1996, durante la guerra de Bosnia y Herzegovina cuando se desintegró la ex Yugoslavia.


Desde las colinas, una lluvia de fuego se batió sobre Sarajevo, los  francotiradores tomaron la ciudad y la vida se tornó insoportable.

 Zlata Filipovic (Sarajevo, 1980) había leído el diario de Ana Frank, tenía 12 años, y escribía en el suyo la vida cotidiana de una adolescente que va a la escuela, toma vacaciones con su familia, se encuentra con amigas.

 Pero de pronto la guerra irrumpe en su diario sin pedir permiso. El miércoles 23 de octubre de 1991 escribe: “En Dubrovnik ha estallado la guerra. Terribles bombardeos. La gente están en refugios, sin agua, sin luz. El teléfono está cortado. En la tele se ven imágenes horribles.”

 Escribir es el acto organizador en la vida de la adolescente. Y, al cabo de varias entradas, así como Ana llama a su diario Kitty, Zlata,  le escribe a Mimmy: “Dear Mimmy: ¿Recuerdas el 2 de mayo de 1992, el día más infernal de esta vida miserable? A menudo me digo que seguramente no era el día más duro sino el primero, el primero verdaderamente duro, y por eso lo recuerdo como el peor. No logro expulsar de mi cabeza el hedor del sótano, el hambre, los cristales que saltaban en pedazos por los obuses. Estuvimos doce horas sin comer ni beber; pero lo peor era el miedo, tener que permanecer pegados en un rincón del sótano si saber lo que iba a suceder.” Y más adelante, en ese diálogo que va trazando la escritura, el diario es interpelado y se convierte en refugio, en el lugar donde los acontecimientos del mundo se hacen propios: “Dear Mimmy, Yo no te hablo nunca de mí. Te hablo de la guerra, de la muerte, de las heridas, de obuses, de penas Y TRISTEZAS. Casi todos mis amigos se han ido. Pero incluso, si estuvieran aquí, ¿quién sabe si podríamos vernos? El teléfono no funciona, ni siquiera podríamos hablarnos.”




Zlata reflexiona y se sabe testigo de un acontecimiento y, en su registro diario se vuelve una crítica notable: “He vuelto a ver el mercado al ir a clase de música. A Sarajevo no le falta nada. La gente vende de todo para poder comer. No está bien robar cosas, pero todavía peor venderlas a cambio de divisas fuertes…Y hay que ver lo que comemos. Cuando se tiene hambre, vale todo. ¿Cómo vas a comprar un huevo que vale 5 marcos alemanes, o el chocolate a 20 marcos, las galletas a 40 marcos, el café a 120 marcos, etc? ¿Quién puede pagar eso? La gente común como nosotros, no. La gente común, como nosotros recibe un paquete, y ahora, para SOBREVIVIR se cultivan verduras donde y como sea. Las ventanas y los balcones se han convertido en huertas. En lugar de flores crecen lechugas, cebollas, perejil, zanahorias, remolachas, tomates y no sé cuántas cosas más.” 

El diario de Zlata comenzó a circular en fotocopias puesto que muchos consideraron que era un testimonio importante para que el mundo conociera lo que estaba sucediendo en las Balcanes. La prensa internacional lo difundió e interesó a una editorial francesa que lo publicó. Zlata junto a su familia, fue refugiada en París, a finales de 1993 con la ayuda de las fuerzas de la ONU y de las autoridades francesas gracias a la popularidad obtenida por su diario. 



“Ayer vino un equipo de la televisión canadiense con Janine para ver cómo aguantábamos esta locura de los bombardeos. Un hermoso gesto. Humano.(…) Y cuando vimos a Janine con los brazos cargados de provisiones, estallamos en sollozos. La gente humanitaria se preocupa por nosotros, piensa en nosotros, y gente inhumana quiere destruirnos. ¿Por qué? Siempre me hago la misma pregunta. ¿Por qué?” 

Voy a poner todas las órdenes que se han dado 

Una niña chilena, Francisca Márquez de 12 años también lleva un diario cuando Pinochet da el golpe de estado contra la Unidad Popular y sume a su país en un despiadado régimen militar. Se publicó recién en 2019. 

Así cuenta Francisca en su diario ese 11 de septiembre de 1973: 

"Son las 11:45 am. El ejército, la marina y la aviación han decidido echar a (Salvador) Allende y a sus ministros. Allende está en La Moneda y el ejército, la marina y la aviación le dijeron a Allende que se rindiera porque, si no se rendía, iban a atacar por tierra y por aire. Resultado: Allende no se rindió y bombardearon La Moneda". Y continúa: “"No he podido saber nada más porque por la radio no dicen mucho. En mi calle, todas las casas pusieron una bandera chilena en la ventana. Y unas personas sacaron una mesa para la calle. Y empezaron a dar café. En la esquina viven unos UP (Unidad Popular) y su casa está llena de personas UP. Ahora tenemos un nuevo gobierno. Junta militar de gobierno. Espero que todo llegue a ser como antes".




El diario de Francisca tuvo que esperar 46 años para salir a la luz cuando su autora, la antropóloga y académica de la Universidad Alberto Hurtado decidió publicar los textos que escribió desde agosto de 1973.

Entre dibujos, recortes de revistas y papeles de golosinas Francisca, va relatando los acontecimientos que terminaron con el derrocamiento de Salvador Allende y la instauración de un régimen de terror.




El relato escrito ese 11 de septiembre continúa así:

“Parece que el incendio en La Moneda es inmenso, porque desde mi ventana se ve el humo. El papá cree que Allende y sus ministros iniciaron el incendio y así pudieron arrancar por algún túnel secreto.

Voy a poner todas las órdenes que se han dado por el nuevo gobierno.

1. Está prohibido salir a la calle en grupos. A todos los que no obedezcan se les disparará.

2. No se podrá salir a la calle a partir de las tres de la tarde.

3. Los trabajadores no deben abandonar su trabajo. Se castigará al que lo haga.

4. Todos los extranjeros que estén ahí y no tengan sus papeles en orden deben presentarse en una comisaría.

5. No se deben hacer manifestaciones como: poner banderas en las ventanas, gritar en las calles, etc.

6. Prohibido portar armas de cualquier tipo.

7. Hay que quedarse en sus casas calmados y dejar que la Aviación, Marina y Ejército actúen.

8. Antes de las seis de la tarde deben estar todos los trabajadores, obreros o profesionales en sus casas.

Todo es bastante espantoso porque los bombardeos, los disparos y los aviones pasan a cada rato, igual el helicóptero.

A mí me da pena que maten o destierren a Allende, él pensaba solo en lo mejor para los pobres. Yo creo que Allende es bueno, y que puede pensar lo que quiere y hizo lo que creía mejor para Chile.”

 

Maestros del habla, como señala Bordelois, las escrituras infantiles desnudan un mundo que a veces, los adultos, no queremos ver.

 

 

 


sábado, 3 de octubre de 2020

Un conejo en los cuadernos de Hawthorne

Un conejo en los cuadernos de Hawthorne

Por María Cristina Alonso

“Si papá no escribiera, ¡qué bien la pasaríamos todos!”, recordó Julián Hawthrone que había dicho su hermana Una.  Ese papá que escribía era nada menos que el autor de la novela La letra escarlata, cuya primera edición -que había salido en 1850- se agotó en diez días y de muchos cuentos, como “Wakefield” que, un siglo después, conmovió a Borges y lo llevó a decir que en él encontró “sabor a Kafka”.



                                                                       Ilustración de Beatrix Potter

Cuando no escribía sus obras memorables, Nathaniel Hawthrone (Salem, 1804- Plymouth, 1864) llenaba cuadernos en los que anotaba argumentos de posibles cuentos: “Unos gnomos diminutos viven dentro de un diente hueco. Uno descubre que el diente fue empastado en oro y lo explotan como si fuera una mina”. “Un hombre muere dentro de una chimenea y acaba ahumado, como un trozo de tocino. Podría mencionarse de paso, al consignar los destinos de los personajes de un cuento”.  Llegó a redactar tres volúmenes de diarios que abarcan los años 1935 a 1852. Hoy los conocemos como Cuadernos norteamericanos (American Notebooks).

Pero en la casa de los Hawthorne había otros cuadernos en los que su esposa Sophia y los hijos, Julián y Una, anotaban rutinas domésticas, dibujos y garabatos.

En 1951 la familia dejó Salem y se trasladó a Lenox, en el condado de Berkshire, a una granja con una casa de paredes rojas a la que Hawthorne denominó Taglewood, como una de sus obras, nombre que perdura hasta la actualidad asociado a un festival de música. Se instalaron en la casita roja -propiedad de una amiga de su esposa Sophia- con la intención de encontrar un lugar tranquilo y agreste.  Aunque el escritor calificó de horroroso (“Detesto Berkshire con toda mi alma, y vería con placer que sus montañas fueran
allanadas
”) en ese lugar pasó días felices. Estaba casado con Sophia Peabody que era una mujer inteligente con la que compartía ideas progresistas sobre la educación  de los hijos, jugaba con  los niños, cultivaba hortalizas y daba de comer a las gallinas.



Llevaba una vida retirada y solo iba a la ciudad a recoger el correo a la Oficina Postal. Pero en ese aislamiento recibía la visita de quien escribiría la gran novela americana, nada menos que Herman Melville, con quien entabló una inspiradora amistad, intercambiaron cartas y hablaron de sus respectivos trabajos. Melville, que era más joven, veía en Hawthorne a un maestro. Le hablaba de la ballena que iba creciendo en sus escritos. Según Paul Auster que dedicó un ensayo a esta amistad, Moby  Dick estaba pensada como una novela de aventuras pero, por influencia de Hawthorne, dio un giro hasta el punto de convertirse en la más rica novela del siglo XIX. Se la dedica a su amigo admirado: “En señal de admiración por su genio, este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne”.

Mientras tanto, en los cuadernos de Hawthorne se van llenando de sus observaciones sobre las actividades de sus hijos.  « Una dibuja una vaca y dice: “Con una patada voy a hacer que mueva un pie”. Hay una feliz energía en esta expresión. En su calidad de creadora. Una se identifica por completo con la vaca, consciente de ejercer plenos podres sobre cada uno de sus sentimientos» .

« Julián, tras haber recogido el otro día un puñado de hojas de arce, todas rojas: “Mira papá: un ramillete de fuego” ». Y su hijo nuevamente: “Julián me ha preguntado si la noche está encerrada en el dormitorio de tía Elizabeth”.

 

El 26 de julio de 1851 Sophia Hawthorne se fue de viaje a visitar a sus padres que vivían en West Newton, en las afueras de Boston, en compañía de sus hijas -Una y la bebé Rose- y su hermana mayor, Elizabeth Peabody. Dejó a Julián, de cinco años, al cuidado de su padre en la granja de Lenox hasta el 16 de agosto.

 Durante ese período el escritor famoso que, según sus críticos ya había escrito las mejores páginas, queda a cargo de la casa y del niño y decide registrarlo en un cuaderno aparte que lleva por título Veinte días con Julián y conejito.

El texto de Hawthrone está compuesto de múltiples instantáneas de su hijo en esos días en que están solos en la casita roja.

Registra juegos: arrojan piedras al agua, Julián talla  escarbadientes con una navaja, juegan a la guerra con los cardos imaginándose que “son dragones de
múltiples cabezas e hidras, y que tenían vástagos tan altos
que pasaban por gigantes.” Hawthorne arma un bote que tiene un trozo de periódico por vela, juntos recogen grosellas.

Nada pasa casi en el relato, pero el paisaje, minuciosamente descripto desfila por el cuaderno de Hawthorne como un bordado de momentos intrascendentes: se desplazan las pesadas nubes, discurre el agua en el lago, aparecen las protuberancias azules de las montañas lejanas, el sol se refleja en el lago. El paisaje va variando por los efectos de la luz.

Julián reflexiona sobre lo que ve y su padre lo anota: “Entre otras cosas, durante la recolección de grosellas, estuvo especulando sobre los arco iris, y me preguntó por qué no los llamaban arcos de sol (sun-bows) o arcos de lluvia solar (sun-rain-bows). Después me explicó que la cuerda de su arco estaba hecha de hilos de araña, y que esa era la razón por la que no podíamos verla.
De a ratos lo oía recitar poemas, con énfasis y buena entonación. Jamás se enfurece ni desanima, y ciertamente es tan feliz como largo es el día”.

El padre amoroso y paciente con su hijo deja, por momentos, escapar comentarios irónicos propios de quien no está acostumbrado a que caiga todo el peso del cuidado del niño sobre sus hombros.

“Julian se divirtió mucho hoy con mi navaja, que por tener
el filo de una azada le di para que se pusiera a tallar. Así que
hizo lo que él llamó un bote, y manifestó su intención de hacer
escarbadientes para su madre, para él, para Una y para mí.
Cubrió dos veces el piso del tocador con virutas, y encontró en
eso un entrenamiento tan inagotable que pienso que compensaría con creces la pérdida de uno o dos de sus dedos”.

 


También el Conejito del título tiene un espacio en las anotaciones de Hawthorne. Si al principio no parece interesar mucho al niño puesto que solo come y duerme: “A primera vista es más bien imponente y aristocrático;- dice de él- pero al examinarlo más de cerca aparece vagamente risible. Julián ahora le presta muy poca atención, y deja que sea
yo quien le junte sus hierbas; de otra forma, la pobre bestia
moriría de hambre. Me siento profundamente tentado por El
Maligno a asesinarlo a escondidas, y deseo con todo mi corazón que la señora Peters pueda por fin ahogarlo
”.

Pero páginas más adelante,  Conejito aparece de mejor aspecto, sobre todo cuando sale afuera de la casa y se sobresalta con el más mínimo ruido, oportunidad que aprovecha para saltar al regazo de Julián. Se intranquiliza en espacios abiertos. Sobre el final de las anotaciones, nos enteramos que Conejito aparece muerto.

“Conejito parece estar intranquilo en los espacios abiertos y soleados; y su primer impulso es buscar la sombra -la sombra de una mata de arbustos, o la de Julian, o la mía-. Da la impresión de sentirse en grave peligro -él, un personaje tan importante- en el jardín abierto, y aprovecha toda oportunidad para saltar al regazo de Julian”.

Los días pasados juntos quedaron para siempre en los cuadernos del escritor norteamericano. Mucho tiempo después, Julián recordará en su libro Nathaniel Hawthorne and his wife los días idílicos pasados junto a su padre, aunque admite que, para un hombre de mediados de siglo XIX, la tarea debería haber  resultado bastante pesada.

Nathaniel y Sofía fueron influidos por las ideas trascendentalistas profesadas por Emerson y Thoreau, y la educación que propiciaron para sus hijos no fue para nada ortodoxa, en un tiempo en que la severidad y los castigos físicos eran moneda corriente. Ambos creían que se educaba teniendo infinita paciencia, mucha ternura y magnanimidad.  Esas ideas emanan de Veinte días con Julián y Conejito: mucha paciencia y comprensión. Hawthorne refrena su ira cuando el niño lo saca de quicio, aunque en general se muestra tolerante y afable y se alegra de ver feliz a su hijo “¡Disfruta tanto de esta libertad!”, escribe. Y casi al final, cuando la nostalgia por su esposa Sophia lo embarga: “Permítaseme decir claramente, por una vez que es un niño dulce y encantador, y que se merece todo el cariño que soy capaz de darle. ¡Gracias a Dios por habérmelo dado! Que te bendiga por ser la mejor esposa y madre del mundo!”

El relato de los veinte días de camaradería es un libro en sí mismo y fue ignorado por mucho tiempo. Después de la muerte de su marido Sophía se negó a publicar este relato junto con los apuntes de los cuadernos: “Hawthrone jamás habría deseado que se hiciera pública una historia tan íntima y doméstica como ésa”. Recién vio la luz en 1932.



Stockbridge Bowl y Shadowbrook Lenox Mass 1902

 

El paisaje registrado con sus cambios transporta al lector a esos días lejanos en que un padre y un hijo escriben la historia de una aventura juntos. Son instantáneas de una vida sencilla, de cuestiones domésticas que un hombre del silgo XIX difícilmente era proclive a dejar constancia. Hawthorne oficia de padre y de madre, siente terror cuando deja de ver a Julián por una hora - “tengo, sumadas a las mías, todas las inquietudes de su madre”- debe atender una picadura de abeja, dolores de panza, peinarlo sin mucho éxito y cambiarlo cuando se hace pis: “…le oí gritar cuando estaba a cierta distancia detrás de él, y, al acercarme, vi que caminaba separando las piernas- ¡Pobre hombrecito! Tenía completamente empapado los calzones”.



 En la correspondencia de Sophia y en los textos de Julián aparece un Hawthrone menos sombrío que el que emana de sus relatos. Asoma un compañero de juegos  divertido que sube a los árboles, hace de Mago y se deja tapar con hojas de hierba por sus hijos.

 Veinte días de Julián y Conejito es el álbum de momentos mínimos. Un texto lleno de poesía y ternura, escrito por un hombre que se obsesionó con el bien y el mal y con la idea de pecado pero que, en sus cuadernos de trabajo bordó con palabras esos días en los que el sol fue girando sobre la casa roja, mientras él se instalaba a tiempo completo en el mundo de su hijo.

 

 

Bibliografía:

Auster, Paul, Hawthorne en familia, Ensayos completos, Buenos Aires, Planeta, 2013

Schierloh, Eric, HAWTHORNE, Nathaniel, prólogo a  Veinte días con Julián & Conejito. / Nathaniel Hawthorne. 1ra ed. Buenos Aires: Barba de Abejas, mayo de 2013.

Berti, Eduardo, prólogo a Cuadernos nortemaericanos, Bogotá, Norma, 2007.