domingo, 20 de junio de 2010

Letras en tinta china


Mi viejo se levantaba muy temprano en aquellos inviernos impiadosos de mi infancia. Antes de que yo me fuera a la escuela ya estaba dibujando planos sobre el tablero en la oficina. Me gustaba su universo de lapiceras de pluma y ese papel rígido y transparente que usaba para trazar líneas y ángulos a escala.

De su tablero, salían casas, silos, galpones, ampliaciones de hogares que necesitaban crecer. Me gusta recordar sus dedos manchados de tinta china y su mano cuyo pulso era casi perfecto. Nunca vi a otra persona que dibujara letras con tanta perfección y tanta gracia. Ahora con la computadora cualquiera, pero mi viejo no usaba ni siquiera esas reglas que tienen las letras caladas. Su mano trazaba con firmeza las mejores letras del mundo.

Dibujante de planos y constructor. Levantó muchas casas mi viejo, dirigía las obras entre gruñidos porque no tenía un temperamento apacible, él era tormentoso y pasional, no tenía términos medios y su afán perfeccionista le traía alguna que otra trifulca con los albañiles que lo toleraban porque sabían que don Alonso era así, explosivo pero bueno, con una honestidad que había aprendido en un hogar donde la palabra empeñada era el único orgullo.

De una raza de hombres que ya casi no quedan, mi viejo. De esos tipos que pelearon contra viento y marea en una Argentina que no premia precisamente a los que se rompen el alma trabajando.

Cuando era adolescente me permitía que lo acompañara en sus recorridas por las obras que tenía en marcha. Me había enseñado a manejar y yo me sentía importante llevándolo en ese itinerario de las dos de la tarde cuando, a plena sol y después del asadito, los albañiles seguían levantando paredes.

Lo veía descender con las manos en los bolsillos de su pantalón de tela grafa. Del bolsillo trasero le asomaba el pañuelo manchado de tinta china y también alguna tenaza o una pinza. Subía a los andamios con destreza bajo el sol abrasador o la lluvia. Recuerdo el sonido de la mezcladora, el golpetear de los baldes contra el piso cuando bajaban pendiendo de una soga, las tablas de los andamios que se curvaban con el peso de los albañiles, las cucharas tirando la mezcla sobre los ladrillos, el mundo de la gente que levanta casas con esa vocación de hornero que tenemos los hombres.

La profesión de mi padre, vista ahora en la distancia me parece casi una enseñanza. El constructor hace una tarea que desafía al tiempo, que permanece en medio de la naturaleza, y que tiene que ver con el deseo gregario de armar un nido para refugiarse del viento, del frío, protegerse del calor, expandir la familia, gozar del cobijo de un techo.

Siempre me pregunté como el viejo aprendió a calcular cosas tan complicadas como silos, o edificios altos cuando no era ingeniero, apenas había ido a la universidad de Córdoba por un corto período, y cómo podía dibujar planos con tanta eficacia. Lo suyo era puro empeño autodidacta. Él pertenecía a una generación que abarcaba una especie de cultura general conseguida a fuerza de empeño e instinto de superación.

Le gustaban los desafíos a mi viejo. Imagino que no debe haber sido fácil para él mantener su profesión con las idas y venidas del país. Había dejado viejos sueños para dedicarse a cosas concretas y reales que le permitieran mantener a la familia. Tenía la certeza de que mientras sus manos permanecieran vigorosas siempre había un trabajo nuevo para hacer.

Vivía inmerso en un mundo donde se le iban desordenando los instrumentos. Su escritorio y otras partes de la casa se veían arrasadas por el huracán de sus herramientas de trabajo: la cinta métrica, el aparato para revelar planos que se ponía al sol, las tintas, los papeles, las escuadras y, entreverados entre los cálculos que para mí eran jeroglíficos, solían aparecer sus dibujos de palomas volando sobre cielos abiertos en las mañanas de su imaginación.

Por el andamio del recuerdo anda mi padre midiendo con su cinta métrica a la muerte. El cielo se le refleja en los ojos almendrados y aún silba bajito. Lo escucho a veces, cuando llueve y veo sus letras perfectas y sus dibujos a escala sobre los vidrios empañados.

sábado, 19 de junio de 2010

Viajando por mi biblioteca


Hay muchas formas de viajar. Se viaja a lugares lejanos en avión, colectivo o auto, y también a través de un libro. La literatura es una agencia de turismo de posibilidades insospechadas. Puede viajar a la Mancha o al Congo, a Macondo Yoknapatawpha, si es la hora de Cervantes, Conrad, García Márquez o Faulkner.
Uno de los viajes posibles es hacer un derrotero por la propia biblioteca, ordenándola o revisándola. Hoy me fui a caminar por los estantes de todas las que tengo en casa. La primera posta fue la vieja biblioteca de “La Nación”, con sus libros y mueble incluido, que data de 1909.
La historia de la Biblioteca de “La Nación se remonta a 1901 y el diario la anunciaba mediante un sistema de suscripción. Su surgimiento fue, como lo señalaba el diario antes de su lanzamiento, “una iniciativa alturista”. Con la adopción de las máquinas linotipo para la composición del diario, buena parte de los tipógrafos que quedaban sin trabajo lo recuperaban con esta colección de libros que se anunciaba como “Lectura al alcance de todos”. Esa accesibilidad la permitían los prólogos que aportaban claves de lectura.
La mayoría de los títulos que alberga la que hay en mi casa, todos editados en 1909, son en su mayoría textos de autores extranjeros, muchas novelas francesas hoy olvidadas, pero también se incluyen clásicos de todos los tiempos como “EL ingeniosos hidalgo don Quijote de la Mancha”, “La cabaña del tío Tom” de Harriet B. Stowe o “María” de Jorge Isaac.
Entre todos los libros que atesora ese mueble que venía incluido con la Biblioteca, hay una novela de Florence Warden, “La casa del pantano”, que leí en mi adolescencia y que revisité cuando escribí “Aventuras en borrador”.
La novela tenía todos los condimentos del género gótico: protagonista cándida, institutriz que se empleaba en una casa al borde de un pantano del que se levantaba una blanca y espesa niebla, dueño enigmático y de discurso escalofriante, mujer demacrada encerrada en la torre y sirvienta cómplice.
La planificación de los títulos de la Biblioteca de “La Nación” evidencia una superioridad de la literatura extranjera en detrimento de la nacional.
Entre las joyitas encuentro un ejemplar de Stella,(1905) firmada por César Duayen que no era otra que Emma de la Barra de de la Barra que firmó con identidad masculina respondiendo a la moral de la época. Fue un suceso editorial de 1905, que le hace decir al prologista: “César Duayen, en su misterio, tiene derecho a estar satisfecho y recibir con justicia el saludo de respeto y bienvenida que ha de dirigirle los cultores de las letras argentinas”
"El frenesí del público era tal - recuerda un librero - que devoraba con no igualada rapidez
hasta entonces, las pilas nutridas de ejemplares, hasta que un letrero adherido al escaparate
del afortunado editor, anunció triunfalmente: "Agotada la edición de mil ejemplares en tres
días." Stella se reeditó, firmada por César Duayen. Todos se preguntaban, por aquel entonces quién era ese escritor capaz de un éxito semejante. Se sospechaba de un periodista y folletinista, Julio Llanos, el segundo marido de Emma. Lo acosaban en su casa y Emma sonreía. Finalmente se develó el misterio el director de “El Diqrio” : "El autor de Stella", dice la nota, "una bella pesquisa literaria. El autor es una dama: la señora Emma de la Barra." Y así, De la Barra nace a la fama. Se venden nueve ediciones de mil ejemplares cada una en dos meses, es traducida al italiano con prólogo de Edmundo D´Amicis. Stella fue un hecho único en la literatura argentina de la época.
La novela revela la propia vida de Emma. La protagonista es una señorita de clase alta obligada a casarse con un señor muy acaudalado. En un pasaje de la obra, una amiga opina de ella: “A Stella no le han enseñado a pensar”. Stella tiene su contraparte en otro personaje femenino, Alejandra, quien dice: “Una persona del género femenino tiene derecho a saber algo más que Colón descubrió América, tocar piano, cantar, coser y bordar en seda china”.
Estas novelas las leían mis tías abuelas y luego mi hermana y yo en incontables tardes de adolescencia. Desde aquellas lejanas épocas, cada vez que vuelvo a revisar sus títulos, viajo un poco al siglo pasado. Los tomos encuadernados en tela de la biblioteca La Nación resisten al tiempo, como si recién hubieran salido de la imprenta.

domingo, 23 de mayo de 2010

El capote de Gogol, un cuento sobre el deseo


Dostoiesvky escribió refiriéndose a El capote de Nikolai Gogol (1809-1952): “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”, destacando la importancia de este cuento canónico.
El cuento relata la historia de Akakiy Akakievich, un insignificante funcionario de un departamento ministerial del imperio zarista, cuya tarea era copiar documentos. Humillado por sus compañeros de oficina, su mundo se constreñía a esa tarea y a una vida llena de privaciones. Los hechos transcurren en San Peterburgo, a mediados del siglo XIX, y este dato es fundamental para entender el relato. El frío del invierno de esa ciudad es lo que da sentido a las penurias de este personaje, puesto que, el conflicto comienza cuando descubre que su antiguo capote, casi una bata, está tan roto que su sastre, Petrovich, ya no puede arreglarlo y debe encargar uno nuevo que le costará ochenta rublos. Con enormes privaciones conseguirá juntar el dinero para la nueva prenda..
Finalmente el capote estuvo terminado: “Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió..., es difícil precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich”, escribe Gogol.
Fascinado con su capote, acepta ir a una fiesta que organiza un superior. Será una ocasión para lucir el abrigo. Pero Akaiy Akakievich no disfruta de la reunión y decide volver a su casa. Hace frío y las calles están desoladas. Así describe Gogol la noche petersburguesa: “Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.
Y entonces unos hombres le roban el capote. La desesperación por la pérdida lo enferma y muere. El cuento no termina ahí, Akakiy reaparece por las calles de San Petersburgo como fantasma que se dedica a despojar de su abrigo a los viandantes en busca del que le robaron.
Este cuento puede leerse como una metáfora del deseo. El insignificante Akakiy logra apasionarse por algo, su vida en pos de un nuevo capote le devuelve el sentido. Como dice Elena Visso: “Hay quienes pueden reinventarse capotes por los que apasionarse en cada tramo de su vida, quienes renuevan su capote insistentemente, y sin haberlo previsto, dejan por herencia el puro afán de procurarse abrigos. Eso de lo incesante de la vida es el deseo, la herencia estructurante y mayor.”

La historia de humillados funcionarios atrapados por la telaraña de la burocracia, de vidas grises e insignificantes es un gran tema de la literatura. Personajes similares al inventado por Gogol encontramos en Bartleby, el escribiente de Melville, La metamorfosis de Kafka, El doble de Dostoievsky, La tregua de Mario Benedetti.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Feria Regional del Libro de Gaiman, Chubut

Entre el 13 y 16 de mayo se realizó como todos los años la Feria del Libro en esa pequeña ciudad tan hermosa y acogedora que es Gaiman, antigua colonia galesa, ubicada a 15 km de Trelew.
Allí se reunieron escritores y lectores. Entre los más destacados: Federico Jeanmaire, ganador del último premio Clarín de novela y Juan Sasturain, uno de nuestros grandes novelistas y conductor del programa sobre libros Ver para leer.
En ese marco di un curso destinado a docentes: El rol de la literatura juvenil en la escuela. Agradezco a todas las maestras y bibliotecarias que tuvieron la paciencia de escucharme. Y van unas fotitos:

domingo, 9 de mayo de 2010

Con El Eternauta en la Feria


¡Al fin pude sacarme una foto con El Eternauta! Después de tantos años viviendo sus aventuras con mis alumnos.


Fue en la Feria del Libro. Firmé libros en el stand de Comuniarte. Me encantó conocer a Miriam, una lectora de Morón que dijo seguir este blog y leer mis novelas. Los lectores siempre son algo impreciso e informe. Uno nunca sabe qué ocurre con sus textos, por dónde circulan. Estos encuentros con personajes y lectores son muy estimulantes.

jueves, 6 de mayo de 2010

La luz dorada de las tardes de los años cincuenta





Mi madre era modista. Una modista de barrio que cosía para las vecinas y la familia. Cosió con maestría y lentitud durante toda la vida. Había estudiado en la Instituto Argentino de Corte y Confección y se había recibido con medalla de oro. Las modistas de su época tuvieron que lidiar con una moda complicada: hombreras y bastillas, plisados y mangas abullonadas, tapados de verano y trajecitos sastre, blusas con infinitas puntillas y botones forrados.
Los dos últimos años de su vida, mi madre quedó postrada en una silla de ruedas. Tenía ochenta y nueve años y casi nada de lo que ella había sido perduraba en su cuerpo. Tenía los ojos vacíos, fijos en un punto indeterminado del mundo. Igual yo buscaba algo en ellos.
En esas tardes, en esas horas en que me sentaba frente a ella, intentaba contarle una historia. Las historias desafían a la muerte. Ella y Sherazade lo sabían.
Volvamos, le decía en voz baja, a cualquier tarde de los años cincuenta. Y entonces se escuchaba el ruido del pedal de la máquina Singer y ella volvía a coser la ropa de toda la casa. El otoño amarilleaba los árboles del patio y una luz dorada se filtraba por las ventanas. Sobre la mesa, la revista Chavela impresa en colores sepia, con las fotos de Olga Zubarry o Sully Moreno, ilustraban las portadas. De los modelos que exhibían sus páginas ella se inspiraba para coser trajecitos entallados en la cintura -sólo para cinturas de avispa- rigurosamente forrados con tafetas brillantes. Sacos que tenían hombreras que adosaba no sin dificultad y que después le probaba al maniquí, su compañía de todas las tardes. El maniquí era impenetrable personaje sin cabeza, un tanto pechugón, de espaldas derechas, forrado con un lienzo blanco al que mi madre le clavabas sin piedad los alfileres.
Con el maniquí no se podía hablar, pero era una compañía, acaso un confidente.
En la radio eléctrica empezaba el radioteatro de la tarde y, mientras ella cosía, viajaba al territorio de los amores desdichados a través de la voz de Oscar Casco y de Hilda Bernard, mientras la costura avanzaba en la máquina. Una modista genial, mi madre..
La máquina de coser y la radio eléctrica eran los dos elementos que presidían sus tardes. Primero la máquina era a pedal pero, más tarde, mi padre le adosó un motor eléctrico para que coser no fuera tan esforzado para unas piernas llenas de várices.
Aquellas tardes de mi madre cosiendo en la cocina tenían las voces de Lucía Marcó y Rafael Díaz Gallardo anunciando a Alfredo De Angelis, y también los de una familia, los Pérez García, que se presentaban así:
-Riing, riiing, hola..Si, amigos, esta es la casa de los Perez García.
Una radio era, en el espacio de esa cocina, el mundo que se colaba por las rendijas de un recinto cerrado. Entre puntada y puntada, las noticias de la caída de los presidentes, las encendidas declaraciones de amor de los radioteatros, las propagandas de jabones y de vinos, los tangos y boleros armaban una vida por fuera del silencio de la casa, una invasión que me dejaba al costado de la atención de mi madre. La radio era su territorio, un tren por el que ella se iba de las tareas habituales, que la ayudaba a bordear los intrincados caminos del sulfilado de los ruedos y de los plisados de las polleras. A veces cantaba entre dientes alguna canción de moda. Tenía una voz chiquita, tímida, que apenas se atrevía.
Esas cosas le contaba a mi madre cuando estábamos las dos en silencio. Había una anécdota maravillosa con la radio. Cuando mi madre era soltera y vivía en el campo se apasionaba con los radioteatros de Juan Carlos Chiappe: Chispazos de Tradición. Sus hermanas también se volvían locas por esas historias en capítulos diarios. La radio era un aparato enorme que presidía la cocina y que funcionaba a baterías. A la hora en que se emitía el programa todos tenían que estar en el campo cosechando, dándole de beber a las vacas, juntando las ovejas. La que se quedaba a cocinar era la única privilegiada que podía escuchar la radio. Pero la ansiedad por saber cómo seguían esas historias de gauchos insidiosos y amores forjados a lágrima suelta les impedían esperar al atardecer para interrogar a la que había escuchado el episodio y conocer el relato de los acontecimientos de esa tarde. Entonces habían inventado un sistema que casi siempre funcionaba. La hermana que se quedaba en la cocina anotaba en un papelito un resumen del capítulo y lo ataba al cuello de un perro que hacía de mensajero.
Cuando el perro llegaba, todos dejaban las tareas y deletreaban la caligrafía ripiosa y se conformaban con saber si la muchacha había descubierto quién era su madre, o si el guacho malo al fin se había muerto para tranquilidad de todos
Acaso lo único que le quedó en sus últimos días fue la luz dorada de aquellas tardes de otoño, un vago reflejo que a veces yo veía relumbrar en sus ojos apagados, un maniquí altivo en el rincón y su vieja máquina Singer que todavía la espera, con esa inocencia con que los objetos que nos pertenecieron nos siguen esperando, infinitamente.

miércoles, 28 de abril de 2010

Balzac y la joven costurera china


Dai Sijie, (China, 1954) es el autor de una deliciosa novela sobre la felicidad de leer.
Es la historia de dos jóvenes chinos hijos de intelectuales en los tiempos de la Revolución Cultural, enviados a una aldea en la Montaña del Cielo a hacer tareas de reeducación entre los campesinos para realizar las más duras tareas. Los jóvenes, el narrador y Luo son diestros en narrar historias, descubren que otro joven tiene una valija llena de libros de literatura occidental, considerada en esos tiempos subversiva. La novela gira en torno a la posesión de ese tesoro y a la relación que ambos entablan con una joven costurera que, contagiada por la pasión de la lectura se transforma ella también en una mujer con deseos de libertad. Toda la novela es una alabanza de la posibilidad que brinda la literatura para escapar de la opresión y sobrellevar las inclemencias de una vida casi infrahumana. También nos habla sobre el poder de transformación que la lectura opera en las mentes sencillas, complejizándolas. Después de leer las novelas de Balzac, la sastrecilla ya no será la misma ni se conformará con su destino humilde.
La historia se basa en circunstancias reales, puesto que su autor, hijo de un médico fue enviado a un centro de recuperación como el protagonista, entre los años 1971 y 1974. Actualmente vive en Francia.

jueves, 15 de abril de 2010

Historias de gitanos

"La Gitana Dormida".1897. Henri Rousseau
En Auschwich-Birkenau, me cuenta Eugenia Unger, sobreviviente del Holocausto, unas prisioneras gitanas que siempre le demostraban simpatía –ella era una adolescente- le hicieron un suéter con papeles que juntaban en el campo. Los retorcían y los tejían hasta darle la forma de un precario abrigo. Había que luchar contra el frío que helaba hasta los huesos en el interminable invierno polaco de 1942.
Los roma o gitanos estaban entre los grupos elegidos por razones raciales para ser perseguidos por el régimen nazi. Eugenia escuchó sus gritos desesperados y las balas que les dieron muerte una noche terrible en que los eliminaron a todos. Después vio refulgir las lenguas de fuego de los crematorios.
Mi abuela, en cambio, que era una inmigrante gallega, me hablaba de las maldiciones de las gitanas cuando llegaban a la aldea. Aparecían de pronto agitando sus faldas de colores ofreciendo adivinar la suerte. Un día pidieron comida y, como la madrastra de mi abuela se la negó, las gitanas miraron a los cerdos, les dijeron extrañas palabras y los animales empezaron a revolverse como poseídos por el diablo.
Decía mi abuela que, cuando ellas visitaban la casa, los gusanos salían de adentro del pan. Mi abuela traía de España un viejo prejuicio racial que la hacía atribuir a ese pueblo nómade por obligación, características maléficas.
Entre esas gitanas que tejen suertes de papel en el campo de concentración y las que evocaba mi abuela con prejuicio y miedo, se extiende el drama de un pueblo que sólo ha conocido la discriminación, el agravio y la marginación a lo largo de los siglos.
Federico García Lorca, en su Romancero gitano, asume una reivindicación de la figura del gitano. Sus versos desdeñan el pintoresquismo de sus ropas y sus bailes y también los tópicos malintencionados que los muestran como ladrones o malhechores. En cambio los eleva a la condición de mito, porque para el poeta granadino, los gitanos son los portadores de la historia, de la tradición. Escribe sobre ellos libre de prejuicios y exotismos. Así expresó su compromiso con las minorías:
«Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega. Nosotros -me refiero a los hombres de significación intelectual y educados en el ambiente medio de las clases que podemos llamar acomodadas- estamos llamados al sacrificio. Aceptémoslo. En el mundo ya no luchan fuerzas humanas sino telúricas. A mí me ponen en una balanza el resultado de esta lucha: aquí tu dolor y tu sacrificio, y aquí la justicia para todos, aun con la angustia del tránsito hacia un futuro que se presiente, pero que se desconoce, y descargo el puño con toda mi fuerza en este último platillo». (Gibson, 1987, vol. II: 330-331).
Sobre las torres de canela de la ciudad de los gitanos del romance de Lorca (Romance de la guardia Civil), estarán las gitanas del campo de Birkenau tejiendo pulóveres de papel para una chica judía de trece años que siente frío y se abriga con las canciones nostálgicas de una raza que aún en el siglo XXI no ha alcanzado su total reivindicación.

sábado, 27 de marzo de 2010

Jóvenes y Memoria en Chaco



Se presentó el libro “Cartas de Cecilia” en el lanzamiento del programa Jóvenes y Memoria en la provincia de Chaco

Siempre es conmovedor asistir al comienzo de actividades que involucran a los jóvenes. Junto con dos alumnas, viajamos a presentar nuestro trabajo realizado en el marco del Programa Jóvenes y Memoria en 2009 con las escuelas Medias 2 y 4 de Bragado.
Fuimos invitados por la Comisión por la Memoria de Chaco que el 23 del corriente hizo el lanzamiento oficial de un programa similar al que hemos participado, en esa provincia.
Con las alumnas Leonor Rodríguez Pratt y Magdalena Gianzanti contamos ante una multitudinaria concurrencia de estudiantes de Resistencia y del interior de Chaco cómo realizamos nuestro proyecto en el Complejo Cultural Guido Miranda.
El acto, organizado conjuntamente por la Comisión Provincial de Chaco, y el área de la Juventud de la cartera de Desarrollo Social y Derechos Humanos y el Ministerio de Educación de esa provincia, contó con la presencia de Aldo Etchegoyen Obispo Emérito de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina y Copresidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y vicepresidente de la Comisión Provincial por la Memoria de la provincia de Buenos Aires, la ministra de Desarrollo Social y Derechos Humanos Beatriz Bogado, la presidenta del Instituto de Cultura de la provincia Silvia Robles, la subsecretaria Norma Papinutti y el subsecretario de Coordinación Ejecutiva del Ministerio de Educación Cultura Ciencia y Tecnología Carlos Quiroz, el subsecretario de Derechos Humanos José Luis Valenzuela y el presidente de la Comisión Provincial por la Memoria Emilio Goya, responsable del área de Juventud del Ministerio de Desarrollo Social y Derechos Humanos.
El programa Jóvenes y Memoria propone a los jóvenes que investiguen y cuenten las historias locales del pasado reciente en torno al eje autoritarismo y democracia, de tal modo que sean los chicos los que se apropien de las experiencias del pasado. A partir de un tema de la historia de su comunidad los adolescentes exponen su investigación en un producto final: video, libro, programa de radio, página web, muestra fotográfica, etc.
De la provincia de Buenos Aires se presentaron dos trabajos realizados durante 2009: el libro “Cartas de Cecilia”, biografía de Cecilia Luján Idiart, una joven nacida en Bragado y desaparecida en La Plata en 1977 y el video “El 20 cuenta su historia” realizado por un grupo de estudiantes de la Escuela nº 25 de Isidro Casanova de la Matanza, que cuenta la historia del barrio 20 de junio de 1973 que iba a ser destinado a familias de militares pero que, en vísperas de la llegada de Perón al país, fue tomado por militantes de ERP y Montoneros y entregado a los vecinos que todavía viven allí.

Estuvimos en el Museo de la Memoria de Chaco que funciona en lo que fue la Brigada de Investigaciones y centro de concentración de detenidos y de torturas. La casa, hoy un lugar de memoria, guarda las marcas del horror del pasado pero también es un lugar donde jóvenes y militantes de derechos humanos generan actividades culturales y conmemorativas.

Sobrevuela, desde luego, el recuerdo permanente de la masacre de Margarita Belén, ocurrida muy cerca de Resistencia. Durante la noche del 12 al 13 de diciembre de 1976, en un paraje cercano a Margarita Belén, fueron fusilados 22 presos políticos a los que con anterioridad se había torturado salvajemente, casi todos militantes de la juventud Peronista. El operativo fue realizado conjuntamente por el Ejército Argentino y la Policía de Chaco y fue disfrazado, como era costumbre en esos tiempos, de un tiroteo ocurrido durante un intento de fuga de los prisioneros.
Esta masacre es una causa emblemática para Chaco, que aún hoy, no ha sido esclarecida, pero cuyo relato circula en las paredes, en los afiches y en los relatos de todos los chaqueños.

Este viaje, que hice con mis alumnas, nos permitió conocer otras historias, otras memorias, otras realidades. El Chaco tiene mucho para contar, del pasado reciente, de la exclusión social, de las comunidades originarias, de la lucha de sus militantes políticos.

Los jóvenes investigando el pasado son la mejor garantía de un país democrático. En la provincia de Buenos Aires está abierta la convocatoria para participar en el Programa Jóvenes y Memoria 2010. Ojalá muchos docentes de Bragado quieran sumarse a este trabajo que es un verdadero desafío educativo.
Todavía, en nuestra ciudad, hay muchas historias para investigar y contar.