domingo, 30 de enero de 2011

Cuba



Cuba, es ese “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua”, como describe Nicolás Guillén en su poema. Cuba es José Martí y sus versos sencillos, es Hemigway llegando en el yate Pilar de una de sus expediciones de pesca. Es el Che en cada grafitti, en cada remera, en las pintadas en las paredes, en el corazón del pueblo cubano. Es Alejo Carpentier describiendo la ciudad donde nació: «La Habana de mi infancia era una ciudad de repique y repiqueteos: de cascabeles, de cencerros, de esquilas y esquilones, de campanas arrabaleras, de bordones catedralicios…”
Estuve tres días en La Habana, inolvidables. Desde el asombro de las primeras horas cuando salimos del hotel Habana Libre para comer y vimos la heladería Coppelia, que está enfrente, donde los cubanos hacen cinco horas de cola para tomar un helado y comer en un paladar, un restaurante criollo dentro de una casa, un pollo exquisito y arroz con
frijoles, hasta recorrer las calles de una ciudad tan exótica para nuestro ojos sudamericanos.
. Desde el piso 11 del hotel Habana Libre (donde estuvo alojado Fidel en los primeros días de la revolución) veía el malecón en toda su extensión y

al fondo la bahía donde está el castillo de los Tres Reyes del Morro y gran parte de la ciudad. Amé la Habana, sus olores, sus contrastes, sus edificios semiderruidos, la cordialidad de su gente. La caminé de día y de noche. Me senté en el malecón, anduve por el Paseo del Prado, recorrí el casco histórico, la parte reciclada por la noche, tomé un refresco en la plaza de la Catedral, me fotografié junto a la estatua de Hemingway en el Floridita, compré "Islas en el golfo" en los puestos cerca de la plaza vieja, asistí a la ceremonia del cañonazo en el fuerte San Carlos, anduve por la Quinta Avenida, escuché música en cada bar, en cada restaurante, en el hotel Ambos Mundos donde vivió el autor de “El viejo y el mar”. Viajé en autos de la década del 50 y hasta en un coco taxi, una especie de moto con forma de huevo. Conocí el barrio residencial de Miramar y desde luego me fotografié en la Plaza de la Revolución con las imágenes del Che y de Camilo Cienfuegos en los dos ministerios. Tomé un café en el piso 33 del edificio Focsa, cerca del Habana Libre. Ah, que hermosura. Me perdí por callecitas, lejos de la ciudad turística, donde las mujeres baldeaban las veredas y los músicos ensayaban tras las ventanas.
En Santa Clara, donde está el mausoleo del Che, me emocioné hasta las lágrimas. Allí están los restos de Guevara y muchas de sus pertenencias, entre ellas sus libros juveniles. Recuerdo dos: “La isla del tesoro” de Stevenson y “Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes.
Y luego Trinidad y sus plantaciones de tabaco y caña, uno de los lugares más antiguos de Cuba donde muchos de sus habitantes son descendientes de africanos. Trinidad es una pequeña ciudad colonial preciosa, con sus castillos de los señores de las plantaciones y su plaza con escalinatas donde se remataban a los esclavos. Y por último Cienfuegos, una ciudad más moderna, que data del siglo XIX, pero al estilo cubano, con esas casas con balaustradas y pintadas de colores.
En el viaje a Trinidad, vi en la carretera las universidades en medio del campo, entre ellas la de la Operación Milagro, que formaba a médicos para las operaciones de la vista que se hicieron y hacen en distintas partes del mundo.
Hablé con gente que estaba a favor y en contra del socialismo. No vi a nadie pidiendo, a ningún mendigo, cero analfabetismo. El bloqueo es una calamidad que los cubanos sobrellevan como pueden, pero sobre todo con dignidad.
Además del ron y de los habanos de rigor, de los collares y pulseras de semillas y algunas maracas y un güiro, me llevo el recuerdo de un país lleno de poesía.
Pienso en algunas leyendas inscritas en carteles en las ciudades y en el campo: “Socialismo o muerte”, “Mande, Fidel”, “Patria o Muerte”, “Fieles a nuestra historia”.
Pienso en la alegría de los cubanos, en su música. Para hablar de Cuba acaso sea mejor citar las palabras que dijo Eduardo Galeano en marzo de 2010, en la Universidad de La Habana cuando le concedieron el título de Doctor Honoris Causa:
“En un mundo donde el servilismo es alta virtud; en un mundo donde quien no se vende, se alquila, resulta raro escuchar la voz de la dignidad. Cuba está siendo, una vez más, boca de esa voz. A lo largo de más de cuarenta años, esta revolución, castigada, bloqueada, calumniada, ha hecho bastante menos que lo que quería pero ha hecho mucho más que lo que podía. Y en eso está. Ella sigue cometiendo la peligrosa locura de creer que los seres humanos no estamos condenados a la humillación. A ella le doy, en ustedes, mis muchas gracias.”

martes, 28 de diciembre de 2010

Exhumaciones: Haroldo Conti en Cuba tras las huellas de Hemigway

Ordenando mi biblioteca encuentro el n° 15, de julio de 1974, de la revista Crisis, dedicada en gran parte a la vida y la obra de Hemigway. El artículo más entrañable es el que escribe Haroldo Conti, en el que relata su viaje a Cuba tras las huelas de Mister Pa.
Faltan dos años para que Conti desaparezca en las garras de la dictadura militar. Ya ha publicado sus mejores libros y reconstruye la vida de Hemigway en Cuba como un escritor que busca cómo otro ha construido su universo literario a través de quienes lo conocieron.
Conversa con las personas que han pertenecido al entorno de Hemigway y que aun están vivas, como un empleado del hotel Ambos Mundos, en el que el escritor norteamericano vivía y escribía cuando estaba en Cuba, en la habitación 511.
El artículo está ilustrado con varias fotos. Hay una de la ventana abierta por la que se ve el panorama que el autor de “Los asesinos” divisaba desde su habitación del hotel. Entrevista a Marcelino Piñeiro, el jefe de ropería del hotel Ambos Mundos. El hombre habla de la naturaleza bondadosa de Pa, “que se hacía querer por todo el mundo”.
En ese hotel, Hemigway escribió “Adiós a las armas” y Marcelino lamenta no haber guardado alguno de los borradores que el escritor tiraba a la basura, puesto que escribía a mano sin corregir y luego pasaba los originales a máquina.
También Conti va a Cojímar en busca de Gregorio, el pescador que sirvió 27 años como patrón de El Pilar, el crucero de Hemigway.
Cojímar es un pueblo de pescadores y ahí está el lugar y los personajes que lo inspiraron para escribir “El viejo y el mar”.
Lo que emociona al leer esta nota son las reflexiones de Haroldo Conti, por ejemplo cuando se enfrenta con el busto del escritor hecho con las hélices fundidas de las embarcaciones: “Yo me pregunto qué sentirá el viejo realmente tanto tiempo y tanta historia y ese hombre con el que convivió 27 años ahora montado en una piedra sobre dos fechas y entre las dos un espacio pelado que corresponde a su vida”.
El recorrido continúa en Finca Vigía, al este de La Habana. La fastuosidad de la casa cubana de Hemigway incomoda a Conti, revela la opulencia de un escritor norteamericano que cobraba 15 mil dólares por un simple artículo. Al compararse, Conti, escritor de un país pobre que desvaloriza la cultura, reflexiona: “…nos queda el desvelado orgullo de nuestra inmensa y rebelde pobreza que en algún sentido ayuda a nuestra escritura pues nos mantiene junto al pueblo y nos aleja del privilegio”. Toda una poética de un escritor que siente que acompaña una revolución que nunca va a llegar, nótese que este texto aparece publicado en el mismo mes en que muere Perón y se desata la violencia de la derecha en la Argentina, aparece la Triple A y domina la sombra siniestra de López Rega.
Conti, que amó navegar y describió barcos en “Mascaró” y en otros textos, termina la nota con una alusión a El Pilar, el barco de Hemigway varado en el jardín de Finca Vigía desde que la casa se convirtió en museo. Dice: “Este es el barco que el viejo amó como a un hijo, condenado in memorian a vivir lejos del mar, a navegar nostálgicamente entre arecas y palmeras sobre el césped bien cortado, el último trofeo de aquel incansable cazador.”


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viernes, 10 de diciembre de 2010

Los escritores y el viaje (1)


Sarmiento viajaba para constatar sus puntos de vista: viaja en busca de reconocimientos y sus preocupaciones son utilitarias, busca modelos para aplicarlos en América. Es en Mansilla donde se verifica la búsqueda de lo estético. Es el viaje del gentleman que se justifica artísticamente al conectarse con el predominio de una élite. Europa es la culminación y el privilegio.

Mansilla en Europa fundamentalmente gasta, es el viaje consumidor: comida, ropas, palabras, en diversas lenguas.
De la acumulación al ocio, al privilegio, al gasto. La espectacularidad y el narcisismo.
En el seno de la oligarquía federal porteña, surgían contradicciones. Mansilla recuerda las palabras de su padre: “Cuando uno es sobrino de Rosas no lee el Contrato Social, si se ha de quedar en este país, o se va de el si quiere hacerlo con provecho”.

En sus múltiples viajes, Mansilla pasa del viaje del niño al viaje del gentleman.
En “Una excursión...”, sin embargo, Mansilla habla de otro viaje, un viaje al interior, al corazón de la pampa. Ya no es el “más allá”, Europa, es ese otro lugar donde Santiago Arcos, que vive en París, desearía comer una tortilla de avestruz. Igualmente el viaje a tierra adentro se cubre de exotismo, es una incursión al interior, porque viajar, para Mansilla es experimentar contrastes. Mansilla piensa que las clases dirigentes no conocen el país, no llegan a asumirlo como suyo “Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los ranqueles que en diez años de despestañarme leyendo opúsculos, gacetillas y libros especiales...”

Con la solidificación del grupo social que dirige el país luego del 1880, el viaje europeo se institucionaliza: ni pioneros, ni precursores, ni aventureros, quienes lo celebran adoptan cada vez más el aire de oficiantes y el itinerario se convierte en ritual. Se viaja a Europa para santificarse allá y regresar consagrado. Se viaja para purgarse, para liberarse del país, de Buenos Aires o de la Argentina. Se va para volver. El cielo reside en Europa, pero la verificación de la sacralidad se realiza aquí. Mansilla cuenta su regreso, la cantidad de curiosos que lo miran desembarcar y lo siguen hasta que llega a su casa.
Los viajeros, en eso consiste el viaje estético, ven a Europa como una torre de marfil (entre el 80 y el 900 Europa se convierte en monopolio del modernismo)

Después del 900, conectado con la crisis del liberalismo señorial y de sus respuestas filosóficas, literarias y educacionales (positivismo, normalismo, modernismo) se pueden verificar otras variantes del viaje estético de los gentlemen-escritores y de los hijos del 80. La fiesta de la belle- epoque ha concluido. El heroísmo y la vuelta al campo contarán con mayores adeptos: la guerra del 14 y la estancia paterna facilitan la elección. El campo es el final y la antítesis del viaje estético. La pampa se convierte en lo esencial y puro frente a la corrompida contingencia de Europa. Los hijos del 80, espiritualista y apolíticos quieren purgar la glotona consumición de su clase. Ese es el regreso de Güiraldes. Regresa para purificarse. No sólo aparece en Güiraldes, también en Oliverio Girondo.
Como toda clase que hace de necesidad virtud, promueven el mito campesino: un telurismo teñido de religiosidad.
(Tomado de Viñas, David, Literatura y política, Buenos Aires Santiago Arcos Editor, 2005)

sábado, 13 de noviembre de 2010

A 160 años de la muerte de Robert Louis Stevenson


Reflexiones de Stevenson sobre la novela

Cualquiera puede escribir un cuento, un mal cuento, quiero decir, si tiene industria, y papel, y tiempo suficiente; pero no todos pueden esperar escribir una novela, ni siquiera mala. La extensión es la clave. Un novelista aceptado puede construir y derribar su novela; pasar días con ella en vano, y no escribir más de lo que tacha. Un principiante no. La naturaleza humana tiene ciertos derechos: un instinto, el de supervivencia, prohibe que nadie, sin verse animado y apoyado por la conciencia de victorias previas, pueda soportar las miserias de un esfuerzo literario baldío mas allá de periodos que se pueden medir en semanas. La esperanza necesita un suelo para arraigar. El principiante necesita una buena brisa, encontrar una veta afortunada; debe estar en una de esas horas en que las palabras vienen y las frases se equilibran solas, y eso para empezar. Y, habiendo empezado, ¡qué terror cada mirada hacia adelante hasta que el libro se acaba! ¡Cuánto tiempo debe seguir soplando esa brisa, siguiendo esa veta! ¡durante cuánto tiempo debe seguir al mando de esa misma calidad de estilo! ¡Durante cuánto tiempo debe mover sus marionetas, siempre vitales, consistentes, vigorosas! Recuerdo que, en esos tiempos, solía mirar todas las novelas de tres volúmenes con una cierta veneración, como una hazaña, si no literaria, al menos de resistencia física y moral, del coraje de un Ayax. (Stevenson)

jueves, 11 de noviembre de 2010

La historia del amor de Nicole Krauss


Esta es una novela que conmueve, que enhebra historias diversas a la manera de Paul Auster. “La historia del amor” es un laberinto de vidas que giran en torno a un libro escrito en tiempos de guerra.
Y también es la historia del viaje de regreso de ese libro a su dueño y de las múltiples escrituras que él propicia.
Entre las historias que se cuentan está la de Leo Gursky, un cerrajero polaco que ha huido de la persecución nazi en Polonia y ha recalado en New York. Es anciano y escribe mientras lamenta la pérdida de Alma, su amor de juventud, que ha emigrado a América y se ha casado con otro polaco que ha adoptado al hijo que llevaba en su vientre.
Es la historia de Isaac Moritz, el hijo que no conocerá a su padre, escritor famoso y la de Alma Singer, una adolescente que oficia de detective para encontrar las pistas que la lleven al origen del libro “La historia del amor”, comprado por su padre en Buenos Aires y que su madre ha recibido el encargo de traducir.
Es también, la el hermano menor de Alma, Bird, que junta dinero vendiendo limonada para viajar a Israel y convertirse en santo.
El Holocausto aparece como eco de esas vidas que se han reconstruido lejos de la propia tierra pero que ha determinado el desarraigo, la soledad, la incomunicación, el dolor. Historias despedazadas que, al rearmarse fuera del hogar van dejando vacíos como las piezas incompletas de un rompecabezas.
Y también es la historia de Zvi Litvinoff, otro judío polaco que, afincado en Chile, se apropia del libro que su amigo Leo Gursky le ha confiado antes de separarse.
Una novela que teje la historia circular de un libro que se pierde en la diáspora de la guerra y llega a través de complejos recorridos de regreso a su autor.
Nicole Krauss crea personajes complejos y entrañables a través de una novela hecha de escrituras de libros, de diarios, de memorias, de cartas. Una novela de esas que se leen con fascinación.

lunes, 4 de octubre de 2010

Notas de viaje. Córdoba


Piglia dice que en el fondo todos los relatos cuentan una investigación o cuentan un viaje. En este relato hay un viaje a Córdoba contratada por la Subsecretaría de Igualdad y Calidad Educativa del Ministerio de Educación para dar un curso sobre Literatura Juvenil capacitando a docentes en once ciudades de esa provincia en ocho días. Todo un rally que implicó subir y bajar de colectivos diversos y conocer lugares y gente impensada.
Entre los apuntes de mi viaje está una iglesia de color rosa confite salida de un cuento infantil en una pequeña ciudad, Villa El Totoral, recortada contra un cielo sin nubes en la calma de las tres de la tarde, la emoción de ver por la ventanilla del colectivo un cartel en el que se leía Barranca Yaco, el lugar donde los Reinafé mataron a Juan Facundo Quiroga y enterarme de que muy cerca pasaba el Camino Real que, en tiempos de la colonia, llevaba a carretas y diligencias al Alto Perú. Un docente que dijo haber leído “Doctor Tetric y doctor Morbis además de Pablo De Santis, unas empanadas riquísimas mientras afuera el cielo se desplomaba y yo temía que se cerraran los caminos y no pudiera regresar, un sinfín de arcoíris colgados entre las sierras de regreso por el Camino de las Altas Cumbres, un grupo de profesoras jóvenes de Bell Ville que contaban cómo leían textos interesantes con los alumnos, un viento terrible en Río Tercero que amenazaba con llevarse las chapas del local donde dictaba mi curso, muchas personas amables que me recibieron con afecto y que daban ganas de quedarse para compartir charlas y amistad. También una tarde de domingo por la feria de artesanos de Córdoba capital, entre músicas y confidencias.
De cada lugar me llevé un color, una sonrisa, una palabra de afecto. Córdoba es una provincia que hace mucho por la educación y eso se ve en todos lados.
Fue un recorrido geográfico y también literario, ciudades y libros fueron armando un itinerario de experiencias que fui acumulando en mi valija a medida que pasaba por Córdoba Capital, Cruz del Eje, Cosquín, Río Cuarto, Bell Ville, Río Primero, San Francisco, Morteros, Villa Dolores, Ría Tercero y Villa El Totoral.
Para todos los docentes que asistieron al curso mi agradecido recuerdo.

lunes, 30 de agosto de 2010

Literatura Juvenil: Libros “divertidos”

Pablo De Santis, en un reciente reportaje aparecido en la revista ADN a raíz de la publicación de su último libro, Los anticuarios, confiesa que sigue leyendo básicamente libros divertidos. Libros que potencian la imaginación, que entretienen, que dan felicidad. De eso se trata cuando el docente debe pensar un corpus de lecturas para sus alumnos.
Los chicos de la secundaria a los que suele endilgarse el mote de no lectores, son jóvenes que deben encontrarse con libros que los conmuevan, potencien su imaginación, les permitan construir su subjetividad, pensarse a sí mismos y pensar el mundo.
Uno de los caminos para lograr un hábito lector en los adolescentes lo proporciona la llamada Literatura Juvenil, ese género que ha alcanzado entidad propia a partir de la construcción de un público, el joven de 12 a 17 años y el surgimiento de autores especializados.
Si bien muchos de los textos que el mercado editorial propone al público juvenil están pensados para satisfacer demandas extraliterarias -abordan temas que suponen atender los intereses adolescentes, imitar su lenguaje, educar en valores- han surgido obras que proponen rupturas y una apuesta a lecturas más enriquecedoras.
Al margen de los libros que los jóvenes de todas las épocas se han apropiado y que no estaban originariamente destinados a ellos como Los viajes de Gulliver o El cazador oculto de Salinger por citar dos obras alejadas en el tiempo, hay en el mercado textos que permiten que los jóvenes consigan el hábito lector, formen un pensamiento crítico, mejoren su competencia comunicativa. Libros que huyen de la moralina y de la reproducción de la ideología de la sociedad dominante.
Libros “divertidos” que no renuncian a la calidad literaria y que se convierten en literatura de transición y no en literatura sustitutiva. Autores como Pablo De Santis, Ema Wolf, Marcelo Birmajer, Graciela Cabal, Silvia Schujer, Liliana Bodoc, María Tresa Andruetto, Ana María Shua, son algunos de los escritores que abordan el género con obras de auténtica calidad literaria.
Por otro lado está la literatura que consumen los jóvenes por fuera de la institución escolar, esa literatura que impone el mercado y que elimina al mediador ligado al mundo de la enseñanza , libros pensados para una sociedad globalizada construidos dentro de una lógica de marketing.
Estos libros, como la saga Crepúsculo de Meyer, producen mecanismos de seducción del público lector que ya fueron utilizados por las novelas de folletín del siglo XIX, como lo señala la especialista Gemma Lluch en su libro “Cómo analizamos relatos infantiles y juveniles”. Relatos de estructura abierta, que alimentan la añoranza de futuro, de nuevos libros, aparición de clones, proliferación de foros de Internet, creación de suspense a través de episodios que contienen información justa y la identificación del mundo narrado con el mundo del lector.
En las antípodas, Liliana Bodoc, una de las narradoras argentinas de relatos juveniles, sostiene en su artículo “Literatura juvenil sin incomodidad” que la LJ no debe ser divulgación literaria ni preparar a los jóvenes para la gran literatura, que no es precalentamiento sino pleno juego, aquella que como la adulta es capaz de producir una crisis en el lector.

viernes, 27 de agosto de 2010

Escrituras desde el encierro. Víctor Segovia, el minero chileno escribe y espera


En las profundidades de la mina chilena de San José, uno de los mineros, Víctor Segovia, escribe diariamente lo que va ocurriendo desde el día del derrumbe.
Registrar la vida en situaciones límite, cuando se está impedido de volver al mundo y a la libertad es un antídoto contra la desesperación, una manera de registrar lo vivido a través de la palabra escrita para que la experiencia sobreviva al tiempo. Escribir para dejar testimonio, para que esa vivencia extrema tenga un sentido, para sobrevivir a la claustrofobia.
Ana Frank, la chica judía que vivió casi dos años encerrada junto a su familia en el ático de la calle Prinsengrach en Ámsterdam inició su diario para tener un receptor amigo a quien confiarle sus sueños y problemas de adolescente, y terminó escribiendo uno de los testimonios más conmovedores de del Holocausto.
“El papel es más paciente que los hombres” anotó Ana en la entrada del sábado 20 de junio de 1942, cuando aún estaba en libertad y buscaba en las páginas del diario al amigo a amiga que pudiera leerlo y entenderla.
Víctor Segovia, cuando toma el papel y la lapicera para narrar la vida cotidiana de los 33 mineros encerrados, dibuja entre las sombras, las letras que devuelven a la experiencia su significación. Todo suceso, por pequeño que sea, amerita un relato. Somos seres narrativos por excelencia, nuestras vidas están tejidas con narraciones, con historias que nos contamos y nos cuentan. A partir de ellas dejamos huellas de nuestro estar en el mundo.
En la oscuridad del submarino ruso Kursk, hundido el 12 de agosto de 2000, refugiado en el compartimento 9 y sabiendo que ya no había remedio y morirían todos los tripulantes, el teniente Dimitri Kolesnikov de 27 años escribió apresuradamente una carta a Dora, su mujer, para registrar sus sentimientos frente a la muerte inminente: "Cuando llegue la hora de morir, pese a que intento no pensar en ello, querría haber tenido tiempo para decirte querida, te amo”. Y agrega "Escribo esta nota en la oscuridad". Luego envolvió el papel en un nylon para que no se mojara y perduraran sus palabras.
Toda escritura es siempre una forma de la libertad. Mientras escribe, Víctor Segovia acorta los días que lo devolverán a la luz.

lunes, 9 de agosto de 2010

Visita a la ESMA


En una reciente capacitación destinada a los docentes del Programa Jóvenes y Memoria de a Comisión Provincial por la Memoria, realizada en el ESPACIO PARA LA MEMORIA Y PARA LA PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS- ex centro clandestino de detención y exterminio Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) - no s llevaron a los docentes a hacer una visita guiada por lo que fue uno de los centros clandestinos de detención de la última dictadura militar argentina más siniestros, e irracionales.
Los espacios de memoria tienen voces silenciosas que interpelan a quienes los visitan.
Pueden leerse miles de testimonios, ensayos, ver fotos, películas, pero la experiencia de caminar por los lugares donde la degradación del ser humano era moneda corriente, donde la vida no valía nada, cambia la perspectiva del visitante. Como muchos otros lugares donde los derechos humanos fueron violados por el poder de un estado represor y terrorista, quien entra por primera vez a la ESMA no sale de la misma manera. Hay algo en el interior de quien camina por los pasillos de la “capucha” o del sótano donde se torturaba insistentemente y sin lógica, que se quiebra. Saber que uno está mirando los lugares donde tres décadas atrás estuvieron los prisioneros esperando la muerte, inmóviles, engrillados, hambrientos, es una sensación indescriptible, un viaje hacia las tinieblas y también una manera de comprender que recordar es un imperativo de los docentes como tributo a las próximas generaciones.
Una guía explicaba cómo era la vida cotidiana en la denominada “capucha”. Se escuchaba el rumor de los trenes que pasaban cercanos. El mismo rumor que acompañaría a aquellos que estuvieron secuestrados. Por una ventana entraba la luz, pero en aquellos tiempos estaba tabicada. A través de la voz de la guía reconstruíamos el grupo de docentes los días de los prisioneros sumidos en la oscuridad. Un silencio espeso y opresivo nos inundaba.
A uno de los visitantes le sonó el teléfono celular y, en lugar de acallarlo se puso a hablar de banalidades a viva voz, paseándose con el teléfono en la oreja como si estuviera en una plaza o en la calle. Muchos intentamos acallarlo, pero el tipo seguía solucionando sus cuestiones personales rompiendo ese momento de constricción y recogimiento que todos experimentábamos. Cuando uno presencia comportamientos así en los docentes, pierde inevitablemente la fe.
Mientras la guía seguía explicando la mecánica del horror recordé que frente a la indiferencia de muchos siempre están las palabras. Y pensé en lo que escribió Jorge Semprún, sobreviviente del campo nazi de Buchenwald, al contar en su libro “La escritura o la vida” su experiencia concentracionaria :”Puede decirse todo de esta experiencia. Basta con pensarlo. Y con ponerse a ello. Con disponer del tiempo, sin duda, y del valor de un relato ilimitado, probablemente interminable, iluminado –acotado, también, por supuesto- por esta posibilidad de proseguir hasta el infinito.”