viernes, 4 de mayo de 2012

Mapas inquietantes

En “Magias parciales del Quijote” Borges dice: “Imaginemos que una porción del suelo de Inglaterra ha sido nivelada perfectamente y que en ella traza un cartógrafo un mapa de Inglaterra. La obra es perfecta; no hay detalle del suelo de Inglaterra, por diminuto que sea, que no esté registrado en el mapa; todo tiene ahí su correspondencia. Ese mapa, en tal caso, debe contener un mapa del mapa; que debe contener un mapa del mapa del mapa, y así hasta lo infinito.” Ahí radica la naturaleza inquietante que nos trasmiten los mapas. Y su fascinación.


Mi padre llevaba siempre en la guantera de su Citröen un atlas de Firestone con la red caminera argentina, publicado en el 68, y en su tapa, un sello que daba cuenta de que el obsequio de dicha publicación, se debía a la estación de Servicio YPF de Capiet, en la que él cargaba nafta con una fidelidad inquebrantable. No era un gran viajero mi padre, apenas si recorría la misma ruta de la provincia cuando iba a La Plata a visitarnos a mi hermana y a mí y sí, mucho, los alrededores del pueblo. Pero ese atlas era como una promesa del mundo que podría recorrer si se hubiese animado. Me gustaba, en los viajes, cuando lo acompañaba, recorrer las páginas en las que el mapa de la República Argentina aparecía parcelado y daba cuenta de rutas, caminos, vías del ferrocarril, y detenerme en las recomendaciones para el eventual conductor: Cómo deben viajar los niños, cómo colocar el vehículo en la banquina, cómo adelantarse a una vehículo, una tabla de presiones y cargas de las cubiertas y las señales del camino.

Un mapa es como un anticipo de las prometedoras aventuras por vivir.

A partir de un mapa Robert Louis Stevenson escribió su más famosa historia de piratas, “La isla del tesoro”. En un ensayo sobre la escritura de esta novela, nos cuenta que su obra comenzó con un mapa que dibujó para su hijastro en una época de lluvias y tormentas: “En una de esas ocasiones dibujé el mapa de una isla; su forma obligó a mi habilidad a ir más allá de lo habitual, contenía muelles como si fueran sonetos y, sin percibir a lo que estaba destinada, titulé mi realización La isla del Tesoro. (…) mientras me detenía en el mapa empezaron a hacerse visibles entre bosques imaginarios los futuros personajes del libro.

Más adelante agrega: “He dicho que el mapa fue gran parte de la trama. Podría decirse que lo fue todo. Unas pocas reminiscencias de Poe, Defoe y Washington Irving, una copia de Bucaneers de Johnson, el nombre del Cofre del Hombre Muerto tomado de At Last de Kimgsley, algunos datos sobre la navegación en alta mar y el propio mapa con su infinita elocuencia sumaba el total de mis materiales.

En la escuela de mi infancia había una mapoteca, lugar inquietante y misterioso. En la oscuridad de ese salón con los vidrios tapados con pesadas cortinas, vibraban los desiertos de África, los mares del sur, las islas secretas, las planicies doradas, la humedad del Amazonas, y yo, una niña de pueblo, sentía que ahí dentro, enrollado en esos mapas de tela resquebrajada, la tierra hablaba y respiraba invitándome a escapar hacia ella en el tedio de esas mañanas interminables.

No había leído aún “El corazón de las tinieblas” de Joshep Conrad pero hubiera podido escribir como él: "De muchacho tenía yo pasión por los mapas. Hubiera mirado durante horas enteras mapas de América del Sur, de África, de Australia y me hubiera perdido en todas las glorias de la exploración. En aquel entonces había en la tierra muchos espacios en blanco, y cuando yo veía en un mapa uno que pareciera especialmente atractivo (y todos lo parecían), hubiera puesto mi dedo sobre él para decir: Cuando crezca iré allá”.

Cuando mi hijo era pequeño, a los cuatro o cinco años se aficionó a los mapas. Su fiebre por la cartografía lo llevó a calcar cuanto mapa caía en sus manos. Calcó todos los que encontró en los libros de la casa y luego tuve que recurrir a la biblioteca de la escuela para que, con su trazo inseguro al principio, y luego firme y perfecto cuando se adiestró, llenara hojas y hojas de papel de calcar con los mapas de todos los continentes, pintados con fibras de colores. De grande –estoy segura que fue gracias a aquellos mapas- se convirtió en un viajero con mochila al hombro, un guitarra y poca plata.

Muchos escritores dibujaron mapas de los territorios que inventaron. La edición de Emecé de 1965 de la novela “¡Absalón, Absalón!” de Faulkner -que reviso mientras escribo sobre mapas- incluye el mapa que su autor dibujó sobre el territorio que inventó, el condado (ficticio) de Yoknapatawpha En él se consigna la línea de ferrocarril de Juan Sartoris (puesto así, en español), la capital, Jefferson, la colina de los pinos, las tierras de los indios Chickasaw.

También Tolkien dibujó el mapa de la Tierra Media para “El señor de los anillos” y Rider Haggar hizo el suyo cuando escribió “Las minas del rey Salomón. Julio Verne diseñó mapas para explicar el recorrido que sus personaje hacen en “La vuelta al mundo en 80 días”, “Cinco semanas en globo” o “Veinte mil leguas de viaje submarino”.

Todo mapa es un relato que contiene otros en su interior. Los mapas de lugares reales o inventados siguen siendo una invitación a poner en juego los resortes de nuestra imaginación.



miércoles, 21 de marzo de 2012

Salgari y la invención de la aventura



“Me figuraba, escribe Emilio Salgari en sus memorias, que todo el mundo estaba sin explorar y que todos los hombres tenía el deber de lanzarse a la conquista de la tierra”. Y luego continúa: “Con estas ideas tempestuosas en el cerebro, me preguntaba a veces ingenuamente, qué harían en sus casitas, en las oscuras oficinas, en los ociosos cafés, tantos jóvenes veroneses que perdían así el tiempo de su vida, en lugar de lanzarse de cabeza en las aventuras  de tierra y de mar…”
Y entonces Salgari decide lanzarse a vivir todas las aventuras posibles pero no como nos cuenta en su libro autobiográfico, sino escribiendo, que también es una manera de vivir al filo del abismo. La escritura es, en si misma una aventura.
Sus biógrafos han demostrado que el escritor italiano nunca fue capitán de un barco y que jamás viajó a Bombay y a Malasia. Ni siquiera conoció al legendario Sandokán, integrante de la banda de piratas Los Tigres de Mompracem, puesto que el Sandokán histórico parece que murió en 1845, casi 40 años antes del supuesto encuentro.
No obstante, al describirlo en las memorias Salgari nos recuerda el origen literario de su amigo: “El rebelde, dice, que mis lectores habrán conocido en muchas de mis novelas con el nombre de Sandokán, llevaba una amplia túnica de seda blanca, sujeta a la cintura con una faja de terciopelo rojo y oro, constelada de perlas de enorme valor.”
Un héroe romántico a la medida de las ficciones que, a partir de la publicación de la primera novela que lo tiene como protagonista en 1887, convierte a su autor en el más popular de su época. Once novelas dedicó a Sandokán y, si al principio vivió con cierta holgura, la paga siempre fue escasa para mantener a su mujer, sus cuatro hijos y un zoológico de papagayos, perros, gatos, ardillas, tortugas y patos.
El escritor en su libro autobiográfico nos narra sus viajes por regiones remotas: India, Borneo, el Pacífico Sur, lugares en los que le acontecieron sucesos extraordinarios y aventuras que ponían a prueba al más pintado. Con esos recuerdos, Salgari sostiene que construyó su obra. Pero en realidad, realizó poquísimos viajes de joven, como parte de su entrenamiento naval y fue un pasajero de un barco mercante que navegó durante unos pocos meses por el mar Adriático.
¿Y entonces? Sus libros están escritos con su ferviente imaginación, con sus lecturas copiosas y con su enorme capacidad para construir escenarios creíbles y describir regiones geográficas cuyos datos los obtenía en enciclopedias, geografías y diccionarios que consultaba en las bibliotecas de Turín y de Génova. Para un escritor con su imaginación, cuya marca característica es el detalle del mundo narrado -flora, fauna, costumbres- escribir es documentarse y lanzarse a la aventura. No es más veraz el que viaja y conoce de primera mano un espacio sino el que sabe encontrar las palabras certeras para que se lo crea el lector.

Por eso, en sus memorias, el aventurero devenido en escritor nos sigue mintiendo acerca de su supuesta vida llena de riesgos, pero también desnuda su realidad de escribiente con poca paga: “Sentí primero la necesidad de escribir para dar deshago al tumulto de impresiones que había coleccionado durante mi vida peligrosa. Pero después, la necesidad moral se convirtió en necesidad material, en la triste necesidad material de cambiar por pan las páginas escritas.”
Pocos escritores como Emilio Salgari han dado cuenta con tanto dramatismo la miserable explotación de los editores. Porque si bien su obra es vastísima,   no obstante, él se considera “un galeote de la pluma”: “Ya ustedes, nos dice, pueden pensar; tres mil míseras liras anuales era mi estipendio, y tenía que trabajar indefectiblemente día y noche para ganar aquella cifra, porque mi contrato me obligaba a entregar tres volúmenes al año”.
Toda escritura es ficción, y Salgari es, en definitiva, su mejor personaje. Un hombre que, ya vencido, a los  cuarenta y ocho años, después de haber escrito incontables novelas sobre héroes que sirvieran para templar el sentido viril de los jóvenes italianos, después de haber fumado miles de cigarrillos mientras su pluma se deslizaba por las cuartillas sobre una mesa con la pata coja, apremiado por el editor que no le admite descansos, se va a un bosque en las afueras de Turín y se hace el harakiri, al estilo samurái. Y todo se acaba. Antes, en sus memorias, el 24 de abril de 1911, escribe a sus hijos anticipándoles el final. “Trunco mi existencia rompiendo la pluma”. Anticipa su muerte con el convencimiento de que le ha dado a la patria sus novelas. ¿Qué más puede dar un hombre al mundo que su imaginación?

martes, 7 de febrero de 2012

Dickens, Copperfield y el libro de los cocodrilos


Al cumplirse los 200 años del nacimiento de Charles Dickens, intenté acordarme de las novelas que leí en mi infancia: David Copperfield y Oliver Twist, es decir, intenté acordarme de quién era yo cuando leía esas novelas que anegaban mis ojos de lágrimas y cómo las leía. Porque hay dos caras de un mismo libro: el que es en realidad y el que recordamos haber leído. Por eso cada relectura es, en sí misma, una nueva lectura. Ni somos los mismos, ni los textos nos dicen las mismas cosas que en el pasado.
Pero vuelvo a David Copperfield y me sumerjo en mi biblioteca tras su rastro. Sé que era un libro que ya en mi infancia se deshacía entre las manos, que era una edición más rústica que los libros de la colección La Nación, pero que sus tres tomos ocupaban el último estante del mueble de madera que alberga los cientos de novelas encuadernadas en tela de la Biblioteca La Nación de 1909 que fueron propiedad de unas tías abuelas.
Ahí están los tres tomos de David Copperfield, con las tapas descoladas, en los que Dickens es Carlos y no Charles, una traducción de Gregorio Lafuerza, publicados en Buenos Aires en 1916.
Una edición que me contó la historia de un muchacho que se va fortaleciendo con las desgracias en la cruel Inglaterra victoriana del siglo XIX. No sé cuántos años tenía y cómo atravesé esas casi 1000 páginas. De aquella lectura me quedan ciertas escenas y personajes. La casa del hermano de la criada Peggotty a donde es llevado David para unas breves vacaciones,  una vivienda hecha con una barca, en cuyo interior todo estaba limpio y ordenado. Creo que, cuando leí la novela por primera vez hubiera dado cualquier cosa por pasar una noche en la alcoba destinada a David, dormir en esa cama estrecha mirando el espejo con marco de conchas y  no dejarme amedrentar por el olor a pescado que se respiraba en el ambiente.
Revisando el tercer tomo llego al último capítulo, el  LXII, “Última mirada retrospectiva”. En él, Copperfield hace un racconto de su vida, se detiene para “dirigir una postrer mirada hacia atrás”.  Entre las cosas que recuerda de su niñera Peggotty, está su fascinación por la lectura: “En el bolsillo de Peggotty abulta un objeto de gran tamaño: es el antiguo libro de los Cocodrilos, cuyo estado no puede ser más deplorable. Muchas de sus hojas han sido prendidas al volumen con alfileres, lo que no impide que Peggotty lo enseñe todos los días a los niños con orgullo. Me encanta ver reproducida en una segunda generación mi carita de niño extasiándose ante la vista de los cocodrilos.”
Uno siempre recuerda los libros que nos hicieron emocionar y nos extasiaron con sus aventuras. Dickens  no sólo sabía contar buenas historias, sino que nos recordaba que los libros siempre nos hacen mejores

martes, 17 de enero de 2012

Cuando dejamos que Ana nos cuente

  Estoy leyendo con mis  alumnos de un tercer año de la secundaria El diario de Ana Frank. Es una escuela pública y estamos en el invierno de 1993. No hay muchos ejemplares y he tenido que fotocopiar capítulos enteros para que cada uno de esos chicos que habitan una ciudad pequeña de la provincia de Buenos Aires, tengan ante sus ojos las palabras de Ana.

  El viento sopla tras la ventana y la clase está en silencio.

  Lejos en el espacio y en el tiempo, en Ámsterdam, en una casa junto al canal una chica judía escribe el  diario de su encierro. “¿Quién leerá estas cartas sino yo misma? ¿Quién podrá consolarme?”, se pregunta.

  El  diario de Ana se puebla  de voces, de olores, de sensaciones. ¿Para quién escribe esa chica encerrada en una buhardilla, en el número 263 de la calle Prinsengracht, en 1944, con quince años, mientras las horas pasan con parsimonia y los días se suceden unos a otros?

  No ve el sol. No puede hacer ruido, debe reprimir las risas y los llantos. “Quiero seguir viviendo después de mi muerte”, escribe.

   En el reverso de su diario se apunta la otra historia: los campos de Auschwitz y de Bergen-Belsen, el hambre, la sed, el tifus.

 Mis alumnos leen por turno. Se detienen, hacen preguntas. Saben poco de la Segunda Guerra, casi nada sobre la Shoá. Buscamos libros de historia en la biblioteca. Estamos en 1993, no existe la Internet y las bibliotecas escolares están bastante pobres, en este y otros temas. Los libros de historia brindan escasa información.

  Les cuento que leí el diario de Ana Frank cuando era niña, en los años sesenta y que nunca pude olvidarla, que en nuestro país también se ha vivido una dictadura, que hubo otras Anas encerradas en campos de concentración, jóvenes apenas más grandes que ellos de los que aun no se sabe nada, por los que las madres de Plaza de Mayo y las Abuelas piden verdad y justicia.

  En esos días el diario Página/12 publica un artículo de Osvaldo Bayer, “Los ciegos nos miran”, sobre la historia de un matrimonio de ciegos a los que un operativo ordenado por el general Galtieri secuestró y se apropió de su casa. Tenían un niño, Iván, que fue recuperado por su abuela.

  Despliego el diario y leo la nota. No es común en la escuela del menemismo que se hable de estos temas en las aulas. Son épocas duras, se ha indultado a los represores de la última dictadura militar y todo el mundo parece fascinado con el 1 a 1 que promete falsos  esplendores. Muchos sentimos, como en la película de Lita Stantic, que hay un muro de silencio en torno al pasado.

 Los escondidos escuchan Radio Orange. La noche ha caído sobre el fragmento de ventana por donde se ve la torre de la Westermarkt. Ana escucha que, terminada la guerra, serán importantes las cartas y los papeles que cuenten sobre esos tiempos aciagos.”¡Imagínate –escribe en el Diario- lo interesante que sería editar una novela sobre ‘la casa de atrás’! El título daría a pensar que se trata de una novela de detectives.”

Ana lee y escribe en un cuarto con olor a patatas hervidas y a sudores, aislada, habitando un planeta de palabras.

  Mis alumnos leen en un aula del viejo colegio y luego escriben cuentos, poemas, reflexiones sobre el libro de Ana en el taller de escritura.

  María Florencia termina así un poema: “Gracias Ana/, vos que sos un poco de papel y lapicera. / Gracias por tu diario/ y por las palabras que ahora son nuestras.” Nicolás me pasa una hoja de carpeta con una sola oración: “Ahora entiendo por qué quería hacernos leer este libro”

  El tiempo no tiene importancia, tan pronto es el verano holandés de 1944 y Ana agobiada por el calor siente que se le derrite la lapicera, como la primavera rosarina de 1977 que narra el artículo de Bayer cuando las fuerzas conjuntas asaltan la casa de Etelvino Vega y María Esther Ravelo, en la calle Santiago 2815 de Rosario, un matrimonio de ciegos que tienen al pequeño Iván y a un perro lazarillo. A todos se los llevan y la Gendarmería Nacional se apropia de la casa donde en lo sucesivo los militares festejarán cumpleaños y harán  asados.  Durante los días siguientes el operativo continúa, a plena luz de día, el ejército carga todo lo que pertenece a los ciegos, desde la máquina de hacer soda con la que se ganaba la vida el matrimonio secuestrado hasta el triciclo del pequeño Iván.

  Meses más tarde, en el mismo diario, Osvaldo Bayer escribirá un nuevo artículo, “Nuestra casa de Ana Frank” y en él imagina que así como la casa de Ana en Ámsterdam es un monumento nacional y recuerda para las nuevas generaciones a la niña judía que escribió un diario y fue llevada a las cámaras de gas, la casa de los ciegos de Rosario se convertirá en la Casa de la Memoria y será visitada por maestros y alumnos que aprenderán nuestra historia reciente.

  En las sucesivas semanas los alumnos leen y escriben sobre el Diario de Ana Frank, investigan sobre la Shoá, debaten sobre la discriminación.

  Alguien me da la dirección de Abraham Szwarc, director de la Federación de Comunidades Israelitas y le escribo. Recibimos películas y libros, conseguimos que el profesor Szwarc venga a nuestra escuela a dar una charla sobre el Holocausto y nos pasa un documental filmado en el gueto de Varsovia.

  Pronto sobre mi escritorio se van apilando los trabajos de mis alumnos. Son textos llenos de buenas intenciones -escritura emocionada- y el texto de Ana Frank se va abriendo a otros sentidos, se lee desde otras perspectivas. La literatura es un discurso pleno de posibilidades permite conocer, crear, opinar, discutir, imaginar. Casi sin darnos cuenta ya tenemos un libro y discutimos en clase su título. Ana utilizó su diario para contar, para narrar su vida y confiarnos sus sueños. La hemos dejado contar durante tantas clases, que el título sale sólo, cuenta Ana pero también cuentan mis alumnos que la leen: “Dejame que te cuente” conforma a todos.

  “Quienes no escriben no saben lo bonito que es escribir- le confía Ana a Kitty el 5 de abril de 1944-  Antes siempre me lamentaba por no saber dibujar, pero ahora estoy por demás de contenta porque al menos sé escribir. Y si llego a no tener talento para escribir en los periódicos o para escribir libros, pues bien, siempre me queda la opción de escribir para mí misma.”

  Marina me acerca una entrada de su diario, del domingo 6 de junio de 1993  que ha escrito inspirada en el de Ana y comienza así: “Me llamo Marina. Hace exactamente una semana que cumplí 16 años, no tuve regalos ni saludos por parte de ningún amigo por dos razones: no tengo amigos…”

  Más tarde, cuando el libro esté impreso, Marina me pasará una nota: “La experiencia más linda e increíble fue la edición de “Dejame que te cuente” ¿Mi nombre impreso en un libro? Aún no lo creo.”

   Mientras tanto Ana, se sienta en un rincón y escribe en su diario ese martes 13 de junio de 1944: “Ha sido otra vez mi cumpleaños, de modo que ya tengo quince años. Me han regalado un montón de cosas…

“Seguro que diez años después de que haya terminando la guerra -conjetura Ana más adelante -resultará cómico leer cómo hemos vivido, comido y hablado ocho judíos escondidos”.

  Las clases se terminan y mis alumnos presentan el libro. La pequeña tirada de “Dejame que te cuente” es leída por padres y profesores y se agota. La AMIA decide hacer una edición especial en homenaje a su centenario y tenemos más ejemplares.

  Un 21 de mayo de 1994  viajamos con los chicos  a Buenos Aires. Estamos en el edificio de Pasteur 633 para hacer otra presentación de nuestro libro. El acto es auspiciado por la Federación de Comunidades Israelitas Argentinas y la Comunidad Judía en Buenos Aires. Es un sábado y está nublado. Nos impresionan las oscuras paredes del enorme edificio. Subimos a la sede del Instituto Iwo donde también, junto con la presentación de nuestro libro, asistiremos a una representación teatral.

Durante  poco más de dos años Ana escribe en su cuaderno y habla del árbol que ve por un hueco de la ventana. Siente la mirada de Peter que se desliza a través de los pliegues de las páginas y se incrusta en su cuerpo. La señora Van Dan la tiene harta, siempre con sus críticas solapadas y eso es lo que escribe en su diario. Escribir para soportar el encierro, para vencer la claustrofobia. Ella, Ana Frank, escondida en el número 263 de la calle Prinsengracht  junto al canal, en la Holanda invadida por los nazis.

  Durante esa jornada en la sede de la AMIA con mis alumnos miramos asombrados al público que nos escucha. La mayoría son ancianos que nos sonríen y asienten con la cabeza ante nuestras palabras. Cuando el acto termina se acercan lentamente, una de las ancianas se arremanga el saco y nos muestra el número que los nazis tatuaron en su piel. La mayoría son sobrevivientes de la Shoá que nos impulsan a mantener viva la memoria. Son voces del pasado, son voces del presente. Asistimos con mis alumnos a la más conmovedora lección de historia.

 No podíamos imaginar, en ese lugar rodeado de libros, antiguas colecciones, ediciones que sobrevivieron a la guerra europea, archivos con documentos valiosísimos que, dos meses después, sería destruido por el atentado terrorista del 18 de julio de ese mismo año.

  Pasan los años, muchos, en la primavera de 2011, recuerdo estas voces mientras saco del estante de mi biblioteca el ejemplar del Diario de Ana Frank para leerlo con mis alumnos. Ya hemos visto la película y visitado la casa de Ana en su sitio web, en las netbooks que mis alumnos han recibido. Otros tiempos, pero la voz de Ana se escucha vívida. “Yo ya  leí el diario en el verano y ese libro me gustó mucho” me dice Yanina cuando concluye la película.

  Ana sigue en la memoria de las nuevas generaciones. La casa de los ciegos de Rosario, después de recuperada, se convirtió  en una Casa de la Memoria para que nadie se olvide de lo que le sucede a la gente durante las dictaduras.

  Aquellos alumnos que escribieron el libro sobre Ana Frank ya son hombres y mujeres de más de treinta años, pero desde mi infinita fe en la educación apuesto a que ninguno de ellos se olvida de las palabras de una niña judía que leyeron durante el secundario, de las que ellos escribieron contra la discriminación y la violencia, contra el dolor y el genocidio. Apuesto a que no se olvidan, como no lo harán mis alumnos de hoy, porque “el papel es más paciente que los hombres”, aunque ahora esas palabras hayan migrado a las pantallas de las netbook y desde la superficie iluminada sigan convocando a los jóvenes de todos los tiempos.

(Texto ganador de la primera instancia del concurso “Ana Frank a nuestros días”  2011, organizado por el Centro Ana Frank de Buenos Aires)

lunes, 2 de enero de 2012

Almas grises de Philippe Claudel



Vivir en la pena como en un país

Sombría y hermosa novela que transcurre en una pequeña población francesa próxima al escenario de la Primera Guerra Mundial. Una niña aparece asesinada y la mujer del policía que narra la historia muere de parto sin recibir asistencia. Esos dos hechos contará el narrador policía que escribe para desentrañar ese crimen y saldar sus propias heridas veinte años después de los sucesos, a sabiendas de que no podrá recuperar el tiempo ido “que las palabras no harán volver jamás los rostros, las sonrisas, las heridas."
La historia, “el Caso” como lo denomina el narrador, ha ocurrido en 1917 y, aunque los habitantes del pueblo intentan ignorarla, la guerra es una presencia cercana y constante que ensombrece y contamina. “La guerra, nos dice el narrador. Desplegaba su pequeño carnaval viril a lo largo de kilómetros y, desde donde estábamos parecía un simulacro organizado por enanos de circo.”

El policía escribe en cuadernos sucesos que ocurrieron antes y después del asesinato de Belle, y mientras lleno de dolor va desgranando sus hipótesis e intentando paliar su dolor, hace desfilar una serie de personajes grises, marchitos, miserables.

Si el fiscal Destinat, un hombre cuyo oficio ha sido mandar a la horca a los convictos, aparece como el principal sospechoso y está descripto con trazos sombríos, la historia se va intrincando y nada es lo que parece.

En la crónica de los sucesos, el narrador descubre su propio infierno, que el mundo es un lugar de padecimientos infinitos y que “se puede vivir en la pena como en un país.

Philippe Claudel es un escritor nacido en 1962, uno de los narradores franceses más reconocidos y leídos, profesor y guionista de cine. Almas grises (2005) fue galardonada con el prestigioso premio Renaudot.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Tráilers de libros en la clase de Literatura

La incorporación de las TIC en las clases permiten que la Literatura sea vivida por nuestros alumnos como experiencia, como espacio dinámico, realizando trabajos a partir de proyectos que no se centran exclusivamente en la lectura e interpretación de textos. Los estudiantes se convierten ahora, como lo señala la investigadora catalana Gemma Lluch (2010), en protagonistas a través de páginas de autores, marcan tendencias a través de foros, transforman la lectura en una experiencia compartida, organizan espacios creativos que continúan la lectura.


Podríamos detenernos en las nuevas formas en que las editoriales y los autores promocionan sus obras en Internet. Una de las más eficaces maneras la constituyen los tráilers de novedades editoriales que construyen un discurso audiovisual. Los “book trailers” son videos publicitarios que se crean de igual manera que los trailers de películas y circulan en Internet a través de blogs especializados en literatura

Los docentes podemos valernos de estas nuevas formas de comunicación entre el editor y el lector, para hablar de libros y propiciar aprendizajes significativos, convertir a nuestros alumnos en lectores críticos y creativos. Podemos analizar esos trailers, ver con qué estrategias se intenta atrapar al lector, realizar hipótesis sobre las historias que narran a partir de las imágenes y los textos que contienen. Y además, hacer un trabajo creativo proponiendo la construcción de tráilers con libros pertenecientes a la tradición que hayamos incorporado a nuestros programas.

Para realizar una tarea como esta, que culminará en un producto audiovisual, se seguirá un proceso que supondrá: en una primera etapa, ver los videos que aparecen en la red promocionando libros. Tomamos como modelo un tráiler sobre el libro “El mundo de Komori”, de Javi Araguz. Analizamos a quién va dirigido, cuál es el producto que se quiere vender, quién realiza el video, qué selección de contenidos realiza, cuál es el efecto que logran las imágenes en relación al deseo que provocan de leer el libro.

En la segunda etapa, los alumnos -conformando grupos de trabajo- harán un guión, buscarán imágenes en la web y realizarán el video con movie maker, incorporando grabaciones, imágenes estáticas, subtítulos. De esta manera, a partir de la imagen y del resultado obtenido, se puede comprobar si los alumnos se han apropiaron de los textos, si lograron interpretar los contextos de tal manera que los pudieron explicar con palabras e imágenes, si el soporte icónico sirvió como canal de comunicación para expresar sus lecturas con ideas claras y completas.

Finalmente, colgando los videos en YouTube, los alumnos podrán compartir sus trabajos con un público que trasciende el aula.

Aquí van algunos tráilers que hicieron mis alumnos durante el año





viernes, 18 de noviembre de 2011

Pasaje a la frontera




Alumnos de 2° año de la Escuela de Educación Técnica de Bragado leyeron Pasaje a la frontera, mi novela juvenil publicada por Editorial Comunicarte. Sus profesoras, Mariana Chacón y Eliana Ceballos me invitaron a compartir una jornada en la que me mostraron las producciones de los chicos a partir de la lectura y me preguntaron muchas cosas. Fue un momento muy feliz para mí. A los escritores nos gusta saber cómo leen lo que nosotros escribimos, qué interpretaciones se hacen del texto. Hubo reflexiones, dibujos, videos y mucha curiosidad por saber de dónde saca uno las historias. Chicos lectores de la escuela pública y docentes imaginativos. Un momento muy emocionante.
Escribí Pasaje a la frontera a partir del interés que suscitó en mí el tema de la zanja de Alsina, una especie de obra ciclópea y fallida que trazaba una frontera entre el mundo civilizado y el territorio de los pueblos originarios que, a fines del siglo XIX configuraban el enemigo absoluto.
Así empecé a investigar sobre esa zanja que abarcaría más de seiscientos kilómetros desde el sur de Córdoba hasta Bahía Blanca, entonces me encontré con el personaje de Alsina, un hombre que discutía con Roca la cuestión de la conquista del desierto. El pensaba que había que poblar, instalar telégrafos, plantar árboles para volver productivas a esas tierras. Fue víctima de muchas burlas en el periodismo de la época, se decía que iba a construir una especie de muralla china para abajo y se veía cuán infructuosa era esa zanja puesto que pronto se fue derrumbando con las lluvias y, si bien impedía que los pampas se llevaran el ganado, pronto encontraron métodos para sortearla. Una muralla hacia abajo llena de porosidades por las que los dos mundos seguían comunicándose. Alsina muere en ese intento, apenas se construyeron trescientos setenta y cuatro kilómetros y se enferma para morir mientras inspecciona la línea de fortines.
Alsina también era un personaje interesante: su virtud para decir encendidos discursos, su larga cabellera, la capa corta que usaba, la enorme galera alta, tipo chimenea, un paraguas cuyo mango era una especie de maza medieval, su enorme nariz que hizo las delicias de los caricaturistas y su personalidad simpática unida a su vozarrón imponente.

Pero mientras iba fracasando en la novela que me había impuesto escribir, una novela para adultos con un viejo profesor que deambulaba por un colegio fantasma evocando el pasado que incluía la historia de la zanja, después de sucesivas versiones, pensé que podría trabajar el tema con otros géneros. Una novela de aventuras y ciencia ficción con viaje en el tiempo incluido.

Recurrí a diversas fuentes, leí todos los textos que se escribieron sobre el tema a fines del siglo XIX. Las crónicas de viajeros extranjeros, libros sobre Buenos Aires y sus costumbres, las biografías de Alsina, textos sobre costumbres de los pampas, relatos de extranjerosy toda la literatura del desierto.
Si bien lo histórico está apenas implícito en la obra creo como Hemingway en la teoría del iceberg. Según él la narración es como un iceberg. Para que la parte expuesta al público se sostenga, tiene que estar respaldada por mucha más cantidad de información que aunque no lo advierta del lector, le va a llegar de alguna forma.. Es necesaria una base sólida para que la parte de la historia que se cuenta funcione y sea verosímil, como un iceberg.
También la novela está cruzada por mis otras lecturas, y llena de guiños para el lector entrenado. Aparece Pampín, el dueño de un almacén que existió en Warnes y que Haroldo Conti narra en un cuento, escenas de La excursión a los indios ranqueles de Mansilla, y hasta El cautivo de Borges encarnado en Nahuel. Creo que es una novela para jóvenes que recrea el imaginario de la literatura argentina de fines del siglo XIX interpolada en el mundo del siglo XXI con sus posibles catástrofes ecológicas.
La aventura es la esencia misma de la ficción y ocurre cuando el azar o el destino se entromete en la vida diaria y produce cambios substanciales. Toda narración avanza cuando se pasa de una situación de equilibrio a una complicación que generará la acción. Puede ocurrir en un mundo parecido al nuestro –parecido- no igual, porque es otro mundo, uno paralelo en el que los personajes están siempre en tensión. Estos personajes, que pueden ser niños o jóvenes -no necesariamente- o alguien que necesita crecer, pasar una frontera y de ahí iniciar un viaje -no importa cuán lejos-, si deberá saltar de un continente a otro o andar por los caminos vecinales de su pueblo. Es ahí, en el camino, en el viaje, donde aparece el miedo a lo desconocido, el miedo a no saber cuál será el resultado de la acción: es decir, la incertidumbre. Si algo enseña la novela de aventuras es a comprender el rol de la incertidumbre en la vida, que doblemente paraliza e incita a la acción.
El héroe, de Pasaje a la frontera, Manuel, tiene todos los condimentos de los héroes clásicos que gustan a los jóvenes: infancia o entorno desdichado, su vida transcurre en dos mundos paralelos, tiene amigos como Nico y Nahuel que lo complementan y con quienes trabaja en equipo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Finisterre, de María Rosa Lojo



Mientras leía la novela Finisterre de María Rosa Lojo recordé un pasaje de El último lector de Ricardo Piglia. Bajo el título de Una actriz en el desierto, Piglia nos refiere la historia de una actriz cautiva de los indios –en tiempos de Rosas- que es tomada por esposa por el coronel Baigorria, un hombre que se va a las tolderías y que lee el Facundo en el desierto. El texto plantea la cuestión de la lectura en los lugares donde los libros parecen, a simple vista, inexistentes. Pero esta actriz, cuyo nombre se desconoce y que muere en la toldería, mustia y desdichada, es una lectora que acaso recitaba pasajes de las obras que había interpretado en la soledad del campo a la luz de las fogatas. Una mujer, dice Piglia, que no quiere decir su nombre pero que “tiene en su silencio, el recuerdo de los libros que ha leído y que están en su memoria.”

La novela de María Rosa Lojo, Finisterre, retoma tangencialmente esta historia, pues uno de los personajes evocados en una serie de cartas que envía una enigmática Rosalind Kildare a una muchacha inglesa contándole su historia, es precisamente esta actriz que en la novela es nombrada como doña Ana, una cautiva obligada a casarse con Baigorria y que disfruta, por esta circunstancia, de mejores condiciones de vida que otras mujeres blancas, sin resignarse a su destino.
Novela trabajada a partir de cartas que recrean los dos mundos enfrentados en el siglo XIX, el de la Inglaterra victoriana y el de la campaña sudamericana, esa zona invisivilizada por la literatura de la época pero en la que había de todo menos vacío.

Finisterre es la novela de una lectora que lee, en una sucesión de cartas enviadas por la desconocida, una historia de dos mundos. Lectura que le permite aprestase para su viaje a los orígenes.
La lectura, como se sabe, es un viaje y, a través de esa correspondencia, se irán corriendo los velos del pasado. Elizabeth Armstrong -hija de un inglés y de una india- buscará en esas cartas que le llegan desde Finisterre, Galicia, las claves para develar su origen y retomar el timón de su vida.
Novela escrita con delicado lirismo, trabaja la metáfora del límite, porque como lo dicen las cartas de la mujer que ha transitado por remotos confines “tarde o temprano, alguna vez llegamos a Finisterre. Al Finis Terrae: al límite del mundo familiar, de la realidad que creemos conocer, por dentro y por fuera de nosotros mismos”.
Volviendo al personaje de la actriz que muere en el desierto, Oscar Wilde, también convertido en personaje que escribe cartas a la protagonista dirá: “¡Y vaya con doña Ana! Vivió y murió en su ley, y supo transformar en actuación estelar el más indeseado de los papeles. Es que ese era el gran papel al que estaba destinada, y que no hubiera podido representar en España. Me rindo ante su talento.”
El texto de Piglia termina así: “Allí, en la frontera, junto a otras cautivas blancas, gauchos perseguidos, desertores, está la actriz-.lectora. (…) Quizá una historia secreta de la lectura en el Río de La Plata tendría que empezar por esa bella cautiva que no quiere decir quién es”.