viernes, 26 de septiembre de 2008

Swift


No es fácil ser optimista con los zapatos rotos. No es fácil ser irlandés, vivir en Inglaterra y tener que limpiar el traje con vinagre para aparecer presentable. Jonathan Swift (1667-1745) supo de estas humillaciones. Más tarde mejoró su condición trabajando al servicio de un pariente lejano, con el que se llevó siempre mal: el escritor y diplomático William Temple. De regreso a Dublín se ordenó sacerdote. Más tarde se convirtió en un escritor propagandista. Estamos en el siglo XVIII, los mecenas han desaparecido, son tiempos de alquilar la pluma al partido que lo solicite. Swift derrochó sus acideces primero para al partido wig, después para el tory. Sus palabras eran sarcásticas, las necesarias para hablar de un mundo sombrío.
En Irlanda fue considerado un héroe nacional, pues sus obras apoyaban las reivindicaciones de su pueblo. En 1729 publicó “Una modesta proposición”. Con ironía proponía en ese texto una solución para los niños hijos de pobres familias irlandesas que significaban una terrible carga. Comenzaban las famosas hambrunas de Irlanda y, según lo que proponía Swift, los niños podían ser engordados y vendidos como alimento de los ricos. “Un niño alcanzaría para dos platos en una comida de amigos...”, sugería. André Breton pensaba que Swift inventó el humor negro. Y tenía razón. Porque después, en 1726, el escritor irlandés escribe Los viajes de Gulliver. Sombría novela que, si bien fue objeto de apropiación por el público juvenil, es mucho más que un relato de aventuras, es una reflexión desgarradora sobre la condición humana. Para Gulliver, después de su largo viaje lleno de experiencias extraordinarias, visitando reinos y civilizaciones exóticas, acaso más justas que las europeas, el retorno parece imposible. Pero vuelve porque, dice el navegante: ¿”quién no se siente arrastrado por sus fobias y por su parcialidad hacia el lugar en el que se ha nacido?”
Los viajes de Gulliver es un libro cruel. De las cuatro aventuras, quizá la más recordada es la del reino de Liliput, el país cuyos habitantes miden seis pulgadas. Pero si bien el pintoresquismo de este primer episodio le valió la inmortalidad a la obra, ésta avanza en profundidad a medida que el protagonista descubre países que desconocen la guerra, las intrigas de estado y la desigualdad social.
Gulliver toma conciencia, de viaje en viaje, de que pertenece a una civilización que ensalza la muerte, que agudiza la desigualdad, la avaricia, la corrupción . Al final, arriba a un país donde los seres pensantes y racionales son los caballos (los houyhnhnm) y las bestias de carga unos humanoides despreciables denominados yahoos. Y entonces es ahí donde Swift habla de cómo ve a la humanidad, en el tono más sombrío, más desesperanzado. Los desagradables y voraces yahoos, primitivos y bestiales tienen, curiosamente, los mismos comportamientos que los europeos: avaros, individualistas y voraces. Frente a ellos, el ordenado mundo de los caballos nos propone una lección de equidad y honradez, de amistad y benevolencia.
El reintegro de Gulliver a Inglaterra, después de sus disparatados viajes es imposible. Se siente incapacitado para su readaptación. No soporta. ni siquiera la cercanía de su mujer: “La semana pasada empecé a permitirle a mi mujer que se sentase a comer conmigo, al extremo opuesto de una larga mesa y respondo (aunque con el mayor laconismo) a las pocas palabras que me dirige”. El olor de yahoo le sigue siendo desagradable. Se tapona la nariz con ruda, espliego u hojas de tabaco para no sentirlo. De ahí a volverse loco queda un paso. Y Swift, no su personaje, enloquece. El rey de Brobdignag le había dicho a Gulliver cuando se enteró de los sofisticados armamentos que sus contemporáneos han inventado para destruirse : “No puedo sino concluir que el grueso de los hombres nacidos en su país son la más perniciosa raza de abominables y minúsculos gusanos que la naturaleza ha hecho reptar jamás sobre la faz de la tierra”. Después de eso, Swift camina diez horas diarias. Un día se mira al espejo y se dice: “estoy loco”. Después se muere, en 1745. Deja sus bienes destinados a la construcción de un manicomio. La lucidez de su mirada lo lanzó a la locura. De ese viaje sí que no se vuelve.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Córdoba: días de libros y amistad

La presentación de las novelas ganadoras del Primer concurso Los jóvenes del MERCOSUR se realizó en el Auditorio Obispo Mercadillo, frente a la plaza San Martín en el marco de la Feria del libro en Córdoba, capital.
Córdoba es una hermosa ciudad. La pasamos genial. Basta vernos las caras. Gabriel Saéz, Silvia Werner y yo.
Con Karina Fraccaroli, directora de Comunicart e y el secretario de Cultura de la Municipalidad de Córdoba. ¿Cuánto tardaste en llegar a Córdoba?

Las novelas:El Primer Premio correspondió a Gabriel Saez (Uruguay) con la novela ¨Noton y los ladrones de luz¨; el Segundo Premio recayó en Silvia Werner (Argentina), con el título ¨Por lo que debas ser” y el Tercer Premio lo mereció Shirley Souza (Brasil) por la obra ¨Rotina (nada normal) de una adolescente em crise...¨. Menciones Honoríficas recibidas por: María Cristina Alonso (provincia de Buenos Aires) con ¨Pasaje a la frontera¨ y Graciela Rendón con “La marca en la tierra (Neuquén)”

Esta colección propone historias atrapantes con temáticas propias de la cultura juvenil, de todos los tiempos y para todos los gustos. Veinte Escalones apunta a los adolescentes de 9 a 17 años, una etapa bisagra entre el niño que viene leyendo un libro álbum -todo ilustrado- y la literatura para adultos.


De la contratapa de la novela “Pasaje a la frontera”: “Un viaje a través del tiempo. Manuel, huérfano, recién llegado de la ciudad al pueblo, se ve envuelto en un momento clave de la historia argentina: la Campaña del Desierto. La lucha por sobrevivir en una realidad que le es ajena pronto se convertirá en destino. Aventuras, amistades, experiencias nuevas. ¿Volverías a tu casa? ¿Volverías al futuro?”


domingo, 14 de septiembre de 2008

La revista CRISIS


La Editorial de la Universidad Nacional De Quilmes ha publicado una antología de la revista Crisis.
Esta revista era nuestra lectura obligada en los años setenta. En ella leímos a los autores que nos deslumbraban, propiciaba el debate en el campo intelectual y alimentaba nuestro sueño de un cambio social. En Crisis publicaban Cortázar y Galeano, el padre Castellani contaba de qué habían hablado los escritores en el famoso almuerzo con Videla, Haroldo Conti escribía desde Cuba sobre Hemingway y publicaba cuentos. Había entrevistas a García Márquez ante la publicación de El otoño del patriarca y poemas de Manuel Scorza, notas a cantantes como Daniel Viglieti y Alfredo Zitarrosa, la canciones prohibidas de Chico Buarque, las cartas de John William Cooke, los comentarios de la última novela de Jorge Amado o las crónicas del golpe de Pinochet en Chile. Se escribía sobre Jorge Prelorán y su cine documental etnográfico o se publicaba como primicia la canción póstuma de Víctor Jara, escrita en el Estadio Nacional antes de que lo mataran.
La revista Crisis apareció durante apenas tres años, entre 1973 y 1976, período en que el peronismo volvió al gobierno luego de casi 20 años, en ese espacio tan complejo y violento que se vivió entre dos dictaduras militares. El director ejecutivo de la revista era Federico Vogelius, el director editorial Eduardo Galeano, uno de sus redactores, el poeta Juan Gelman y tenía como colaborador permanente a Hermenegildo Sábat.
Pocos meses después del golpe fue clausurada. Tenerla en nuestros departamentos era peligroso. Muchos se deshicieron de la colección de la revista en esas hogueras de autocensura en las que nos desprendíamos de nuestros libros y publicaciones más preciadas. Eran tiempos oscuros y se corría riesgo con cualquier papel impreso que hablara de los escritores prohibidos.
Yo la salvé gracias a mi padre que la trajo a Bragado en el baúl de su auto.
Ahora, treinta y dos años después, la sigo leyendo y consultando. Muchas de sus notas siguen siendo terriblemente actuales.

martes, 9 de septiembre de 2008

Cosas que les digo a mis alumnos

Les aseguro a mis alumnos que leer es ganarse amigos, que en el mundo paralelo de nuestras lecturas hay una banda esperándonos en lugares de increíble belleza a veces, y muy poco recomendables, otras. Porque la lectura ha poblado nuestra imaginación y le ha dado sentido a nuestro mundo cargándolo de referencias.
Les digo, hay un tipo que se llama Philip Marlowe. Es un duro, siempre anda con un cigarrillo colgado de la boca y mira desde un bar como atardece en Los Ángeles. Es decente aunque le ha tocado vivir en una época, los años cuarenta, donde el dinero todo lo compra -hasta las conciencias- y acechan por doquier gangsters, mujeres demasiado bellas y estafadores. A veces recibe un golpe. Pero él tiene la lengua filosa y habla con una ironía que mata. Es un buen compañero, Marlowe, lo inventó un escritor norteamericano, Raymond Chandler, cuando ya pasaba los cuarenta. Ideal para andar en su compañía por callejones solitarios, en puentes malolientes, en bares poco iluminados.
Hay un escritor, les cuento a mis alumnos cualquier mañana de ésas, que no era un intelectual a la manera convencional. Usaba overol, martillaba todo el día en el fondo de la casa, construía sus propias canoas para remontar el Paraná y hasta inventó una máquina para matar hormigas que terminó en una explosión ante la mirada azorada de los potenciales compradores. Le gustaba la selva, escribía en Misiones, en una casa que había construido con sus propias manos, los mejores cuentos de todos los tiempos. Y entonces salimos a buscar a Horacio Quiroga por cualquiera de las páginas de sus libros de cuentos.
Otro, decía que una novela terminada era como un león muerto. Bebía, escribía y boxeaba. Escribió una novela heroica sobre un viejo pescador cubano y un pez que le insumía todas sus fuerzas. Se llamaba Ernest Hemigway y era maestro en demostrar que hay derrotas que, en el fondo, son triunfos. Con él solemos aprender que no hay nada más importante que resistir.
Navegando entre palabras remamos hacia las islas literarias. Somos Robinson Crusoe encontrando la huella marcada en la arena, somos el fugitivo de La invención de Morel enamorándonos de la esquiva y lejana Faustine, desconsoladamente solos, en un mundo de imágenes virtuales.
Un profesor, un maestro es, en todo caso, un lector entrenado que da de leer. Un arbitrario lector que entrega sus héroes, sus islas, sus amores contrariados, sus tesoros secretos. Alguien que selecciona de la gran biblioteca del mundo algunos ejemplares para que sus alumnos entren en el paraíso de la lectura. Sólo eso.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Rosada aurora

En aquel tiempo mi madre salía a la puerta para despedirme y me ataba el moño del guardapolvo que lucía casi como un repollo. En la radio escuchábamos a los Pérez García y la vida de pueblo era lenta porque es lento el tiempo de la infancia. Pasé todos los años de la primaria y todos los de la secundaria recorriendo esas dos cuadras que me separaban de la Escuela Normal, la Escuela Normal Mixta como se llamaba entonces.
El recorrido desde mi casa, en la calle Núñez donde todavía vivo, era breve pero tenía sus pequeñas aventuras. Había una vereda, en la primera cuadra, que nadie pisaba porque traía mala suerte, es decir, pisarla significaba que a uno lo llamarían a dar esa lección que no se había estudiado o recibiría un reto inesperado. La brujería andaba suelta por ese entonces y había que conjurarla bajando a la calle.
La escuela tenía una mezcla de olores. El de unas pastillitas de goma multicolores que vendían en el kiosco, el de la tiza y el de los sudores de los recreos. También olía a kerosén, como casi todas las casas de ese tiempo en que todavía la red de gas no se había extendido y el portero llegaba en esas mañana gélidas con una estufa de velas a la que, de tanto en tanto, había que darle fuelle para avivar la llama.
En la escuela nos esperaban los griegos y los romanos, las reglas ortográficas, los mapas que dibujaban regiones ignotas de Asia y de África, los gorros rojos de la mazorca, las imágenes de Sarmiento extraídas del Billiken y las maestras con guardapolvos blancos inmaculados. Porque en la escuela de antes, las maestras se abocaban a almidonar sus guardapolvos casi con el mismo empeño con el que enseñaban las primeras letras. Sus guardapolvos eran tan tiesos que crujían cuando ellas doblaban el codo para escribir en el pizarrón.
La escuela era ese enorme y emblemático edificio que atesoraba maravillas increíbles en la opacidad de sus cuartos. Los desnudos cuerpos de yeso abiertos en el vientre por los que se veían los órganos, el corazón palpitante de tintura, los sinuosos intestinos, el hígado marrón. Mientras, en el fondo oscuro de la mapoteca, el esqueleto acechaba con su humor torvo y áspero de las mañanas de invierno.
Una escuela es, en el recuerdo, un intrincado laberinto donde se cruzan los recorridos de la vida. En el tránsito por sus aulas fui viajando a través de los libros. Por los insípidos de lectura con tantos próceres y dibujos de chicos huérfanos y madres abnegadas, por el Manual Estrada cuyas tapas grises desalentaban cualquier entusiasmo y por los otros, los que fui traficando con maestras y compañeras, los que fueron construyendo ese objeto del deseo que es la lectura. En ellos todo lo humano y lo divino se concentraba en sus páginas y me hacían temblar de emoción. En la escuela, además de las batallas por la independencia y las invasiones inglesas entraba el odio de Ahab por la ballena blanca, el misterioso capitán Nemo de Verne, las chicas Marchs de Mujercitas, los liliputienses de Swift y el detestable Kurtz de El corazón de las tinieblas. Más allá de las ventanas de las aulas, tras sus vidrios escarchados o empañados por la lluvia, yo sabía que latía el desierto con sus arenas resplandecientes o la selva de Quiroga acechaba con sus yararás y sus hombres malditos por el alcohol. La escuela me dio esas visiones que emanaban de las páginas de los libros leídos muchas veces a escondidas. Hay un poema de Stevenson que cita Alberto Manguel, un lector empedernido, en su Historia de la Lectura, que explica estas antiguas sensaciones que me propiciaban los libros: “Así era el mundo y yo era el rey:/ Para mí zumbaban las abejas, volaban para mí las golondrinas”.
La imagen de la Escuela Normal recortándose en el atardecer sobre un cielo rojizo o palpitando en la noche con su cuerpo de monstruo marino es una de las tantas figuritas de mi infancia. La he recortado y la he pegado en el álbum de mis recuerdos.
Ha cambiado mientras tanto, y yo ya no curso la primaria ni la secundaria. Vuelvo a ella al cabo de los años para estar del otro lado del mostrador y a veces, sólo a veces, mientras doy alguna clase en el Polimodal o en el Instituto de Profesorado, creo entrever en el anteúltimo banco a una chica tímida con el pelo enrulado atado en una cola que me mira. Tiene un libro entre las manos.
Al principio intento no reparar en ella y me digo que los años me hacen ver visiones. Pero después me convenzo de que esa que me mira es la niña que fui en la Escuela Normal y que me pide cuentas. Y yo, mientras recorro las estrofas del Martín Fierro o hablo de la locura de Don Quijote, empiezo a tener miedo de haberla traicionado. De verdad, y para eso no tengo respuesta.
Tenía cinco años cuando mi padre me llevó de la mano y me dejó en la puerta del aula de jardín de infantes. Empezaban los años sesenta y esto que estoy contando se lee con las canciones de Elvis y más tarde con las de los Beatles de fondo.
En la escuela aprendí las complejidades de las ciencias y de las letras. Una profesora inolvidable me regaló la lectura del primer Cortázar, un compañero de banco me enseñó a reír a carcajadas y me habló por primera vez de Maiakosvky Con algunos maestros desaprendí, con otros escribí mis primeras cuentos. A los diecisiete me fui con la cabeza llena de esperanzas y de deseos. Más tarde volví, vuelvo siempre porque ahora es mi lugar de trabajo y algunas cosas aún siguen igual. No cambió, por ejemplo, la canción Aurora que se entona en la escuela todas las mañanas, en ese preciso instante de la rosada aurora de la que habla el Quijote. A ese cielo rojizo sobre el que la escuela se recorta me entrego cuando el cansancio me vence, cuando el timbre acecha como un animal marino que llama y llama. Y entonces yo entro no a la escuela de verdad, sino a la otra, la ficticia, la que sigue recorriendo la chica de doce años que fui. Porque hay una escuela dentro de otra cuyos contornos se van diluyendo sobre el cielo de las mañanas lejanas de la infancia.

domingo, 31 de agosto de 2008

Escribir una novela

La escritura de una novela es una empresa que requiere de muchas horas, dedicación y constancia. Alguien dijo que escribir una novela era sumarse un problema más a los que de por sí ya tiene la vida, y otro escribió, "¿Para qué‚ escribir una novela si se puede conseguir quizá una mejor por unos pocos pesos?". Sin embargo, a pesar de que planear un trabajo de largo aliento como es una novela es una complicación para un escritor que, sin lugar a dudas, sabe que no va a vivir de su venta, sigue habiendo locos que emprenden ese cometido. Es que quienes escriben no lo hacen por ninguna de las razones que habitualmente se piensa: para alcanzar fama, dinero, prestigio, para verse en letras de molde. García Márquez dice que escribe para que sus amigos lo quieran, Stendhal tenia el propósito de seducir con su escritura a una mujer hermosa. Es que siempre uno escribe para alguien, para ese lector sin rostro, o para uno secreto y privilegiado, porque como decía Maurice Blanchot: "Qué es un libro que no se lee?" Y se respondía: "Algo que todavía no está escrito."
Escuchemos a Robert Louis Stevenson: "Cualquiera puede escribir un cuento, un mal cuento, quiero decir, si tiene industria, y papel, y tiempo suficiente; pero no todos pueden esperar escribir una novela, ni siquiera mala. La extensión es la clave. Un novelista aceptado puede construir y derribar su novela; pasar días con ella en vano, y no escribir más de lo que tacha. Un principiante no. La naturaleza humana tiene ciertos derechos: un instinto, el de supervivencia, prohibe que nadie, sin verse animado y apoyado por la conciencia de victorias previas, pueda soportar las miserias de un esfuerzo literario baldío mas allá de periodos que se pueden medir en semanas. La esperanza necesita un suelo para arraigar. El principiante necesita una buena brisa, encontrar una veta afortunada; debe estar en una de esas horas en que las palabras vienen y las frases se equilibran solas, y eso para empezar. Y, habiendo empezado, ¡qué terror cada mirada hacia adelante hasta que el libro se acaba! ¡Cuánto tiempo debe seguir soplando esa brisa, siguiendo esa veta! ¡durante cuánto tiempo debe seguir al mando de esa misma calidad de estilo! ¡Durante cuánto tiempo debe mover sus marionetas, siempre vitales, consistentes, vigorosas! Recuerdo que, en esos tiempos, solía mirar todas las novelas de tres volúmenes con una cierta veneración, como una hazaña, si no literaria, al menos de resistencia física y moral, del coraje de un Ayax".

sábado, 16 de agosto de 2008

TEJIDOS

Ilustración de Norah Borges,
para el cuento "Casa tomada"
(Anales de Buenos Aires, nº 11)
Algunos inviernos traen la moda del tejido. Sobre todo en tiempos de crisis las mujeres vuelven a las agujas y a las lanas no sólo para aliviar la deprimida economía de sus hogares, sino para reeditar un ritual que se remonta mucho más lejos que la época de las abuelas que tejían escuchando el radioteatro.
En La Odisea aparece ya la idea del tejido asociado a la espera. Penélope teje el sudario de Laertes, que no ha muerto aún, esperando el regreso de su amado Ulises. Tejido que sirve como entretenimiento de la espera pero también como artilugio para acallar el apremio de los Pretendientes que quieren ocupar el lugar del viajero errante.
El tejido se asocia inevitablemente a la trama del texto. ¿Qué es un texto sino un entramado de palabras que inventan un mundo con sus personajes, sus acciones, sus voces y silencios? La tejedora en lugar de palabras va uniendo lanas, armando una trama en la que se van colgando sus pensamientos, las voces del mundo que le llegan mientras avanza en su tejido y el tiempo, que se va colando entre un punto para arriba y otro para abajo.
Tejer es, de algún modo armar el orden del tiempo. Lo sabía Aracne, esa joven tan hábil en el arte del tejido que desafía a la misma Palas Atenea a hacer un tapiz. La diosa representa en la trama de su tejido a los dioses en todo su esplendor mientras Aracne prefiere ilustrar con sus hilos los romances que ha vivido. Le sale mal, no el tapiz, sino el desafío. Atenea, furiosa frente a la belleza de la obra de la muchacha, tira de los hilos y la deja atrapada en su propia trama que convierte en telaraña y a la misma Aracne en araña. Las diosas son así de irascibles y envidiosas. Velázquez, el pintor sevillano, inmortalizó esta contienda en su célebre pintura Las hilanderas. En ella hay un gato a los pies de Aracne jugando con las lanas mientras que la luz se enreda en el tiempo del tejido y del mito.
A medida que el tejido avanza, la tejedora deja en la trama de su tela las impresiones de su paso por el mundo. Mientras ella teje, la vida corre. Hasta el paso del cometa Haley ha quedado registrado entre los hilos multicolores del famoso tapiz de Bayeux. Allá por 1066 Matilde de Flandes, esposa de Guillermo el Conquistador -u otras tejedoras, en esto no se ponen de acuerdo los historiadores- se dedica a contar con agujas y paciencia los acontecimientos referentes a la invasión normanda de Inglaterra.
Mucho más cerca, Irene, el personaje de Casa Tomada de Cortázar, teje para llenar el vacío de su vida, teje por tejer, mañanitas y tricotas que guarda en un cajón sin utilidad alguna. Teje el tiempo de su abulia y, acaso, de su desdicha. Y sólo al final, cuando está todo perdido, suelta el tejido cuando se da cuenta de que los ovillos han quedado del otro lado.
Con infinita paciencia, otra tejedora célebre, doña Paula Albarracín, teje en su telar bajo la higuera sanjuanina mientras, muy cerca de ella, su hijo Domingo Faustino lee preparándose para ser presidente. Paradójicamente, cuando lo logre, propiciará la importación de tejidos de Inglaterra que opacarán las artesanías de su madre.
El tejido es un arte milenario. Tiene que ver con la noche, el fuego y el tiempo. El placer de tejer, como otros de la vida, se va enlazando en la trama de los textos.

domingo, 10 de agosto de 2008

La poesía de Héctor Cattolica

Lentamente, Héctor Cattolica va apareciendo a través de su obra. Una obra dispersa, casi inhallable. Sus dibujos están humedeciéndose en una peniche en el Sena y, todavía, nadie puede decirnos cómo encontrarla. Si bien fue por sobre todas las cosas un artista gráfico, también se interesó por la poesía y, hasta donde conocemos, publicó un solo libro: A falta de otra cosa.
No hace mucho encontré en el Google una oferta de este ejemplar en Mercado Libre. Se lo comuniqué a Mariano Gerbino que proyecta una película sobre Cattolica y él lo compró inmediatamente. Es un volumen dedicado por el autor a Fanny Gorostizaga y a Rómulo, acaso amigos de Buenos Aires. El libro fue editado en 1960 y la dedicatoria está fechada el 30 de agosto de 1961. En ese año Héctor estaba viajando por Europa, había visitado el pueblo de su padre y había vivido un año en el país vasco. Recién regresará a la Argentina en 1969 cuando ya se había instalado en París y había participado de la revuelta del mayo francés.
Leerlo después de haber escrito su biografía en Cattolica pero anarquisto, un artista gráfico en París ha sido para mí muy emocionante. Rastrear su obra fue una empresa compleja y me hace pensar que ese libro que publiqué en 2007 no se ha cerrado aún. Que Héctor Cattolica recién ahora, después de mi investigación, va dejando escuchar su voz.
Aquí va uno de los poemas que integran el libro.

MI PADRE ALBAÑIL
Por Héctor Cattolica

Estoy lejos. Mi padre vive tal vez
con sus arrugas, su trabajo
que adelgaza la cal en el muro
la cara de mi madre y el mantel blanco
cuando era niño
en la humedad de los cimientos
junto a los ladrillos ordenados.

Ya nadie vendrá a buscarme:
el tiempo ha crecido a expensas de mi cuerpo
mi juventud se registra en las canas de mi padre
le duele en la cintura.

Yo quisiera, hermano pájaro,
decirte que él es italiano y estoy lejos
que emigró hace cuarenta años de sus padres y
yo soy su hijo y tú eres pájaro y eres albañil
como mi padre.

El no tiene nuestra vida.
el levanta cuatro paredes y se duerme
porque nadie vendrá a buscarlo
para andar otra vez por la nieve, bajo el sol, hasta su tierra.

miércoles, 6 de agosto de 2008

La casa del silencio

Voy a comentar una novela que terminé de leer el último verano pero que hoy volví a recordar al revisar mis notas sobre los libros que leo. Es una buena costumbre hacer una breve anotación para que, al cabo del tiempo, recordar todo lo que uno leyó.
La novela en cuestión es La casa del silencio de Orhan Pamuk, relato extraño que transcurre en la lejana Turquía pero que, a medida que uno se va adentrando en sus páginas, comienza a descubrir que la sociedad que pinta es demasiado parecida a la nuestra, aún en sus rasgos fundamentalistas.
Hay un personaje que es extraordinario: Fatma, una vieja que recuerda a pesar de sí misma. Otro es Recep, un enano, su criado, que dice: “…el hombre no debe sentir miedo mientras desde algún rincón se filtre aunque sea un poco de luz y el mundo no esté en las tinieblas.”
La novela cuenta la vida cotidiana de una familia turca, una abuela –Fatma- y sus nietos: Faruk, Metin y Nolgum y el criado Recep, en los años 80.
Se cierra con la voz de la anciana que recupera un recuerdo de la infancia. Ha ido a jugar a la casa de unas amigas y, cuando la madre la va a buscar para regresar a su casa, llora desconsoladamente. Pide llevarse un libro que le han leído. Es el Robinson de Defoe. Y entonces, compara a la vida con la lectura. No se puede volver a vivir pero “si tienes un libro entre las manos, por confuso e incomprensible que sea, cuando lo terminas puedes, si quieres, leerlo otra vez y comprender lo incomprensible, para comprender la vida”.