lunes, 30 de agosto de 2010

Literatura Juvenil: Libros “divertidos”

Pablo De Santis, en un reciente reportaje aparecido en la revista ADN a raíz de la publicación de su último libro, Los anticuarios, confiesa que sigue leyendo básicamente libros divertidos. Libros que potencian la imaginación, que entretienen, que dan felicidad. De eso se trata cuando el docente debe pensar un corpus de lecturas para sus alumnos.
Los chicos de la secundaria a los que suele endilgarse el mote de no lectores, son jóvenes que deben encontrarse con libros que los conmuevan, potencien su imaginación, les permitan construir su subjetividad, pensarse a sí mismos y pensar el mundo.
Uno de los caminos para lograr un hábito lector en los adolescentes lo proporciona la llamada Literatura Juvenil, ese género que ha alcanzado entidad propia a partir de la construcción de un público, el joven de 12 a 17 años y el surgimiento de autores especializados.
Si bien muchos de los textos que el mercado editorial propone al público juvenil están pensados para satisfacer demandas extraliterarias -abordan temas que suponen atender los intereses adolescentes, imitar su lenguaje, educar en valores- han surgido obras que proponen rupturas y una apuesta a lecturas más enriquecedoras.
Al margen de los libros que los jóvenes de todas las épocas se han apropiado y que no estaban originariamente destinados a ellos como Los viajes de Gulliver o El cazador oculto de Salinger por citar dos obras alejadas en el tiempo, hay en el mercado textos que permiten que los jóvenes consigan el hábito lector, formen un pensamiento crítico, mejoren su competencia comunicativa. Libros que huyen de la moralina y de la reproducción de la ideología de la sociedad dominante.
Libros “divertidos” que no renuncian a la calidad literaria y que se convierten en literatura de transición y no en literatura sustitutiva. Autores como Pablo De Santis, Ema Wolf, Marcelo Birmajer, Graciela Cabal, Silvia Schujer, Liliana Bodoc, María Tresa Andruetto, Ana María Shua, son algunos de los escritores que abordan el género con obras de auténtica calidad literaria.
Por otro lado está la literatura que consumen los jóvenes por fuera de la institución escolar, esa literatura que impone el mercado y que elimina al mediador ligado al mundo de la enseñanza , libros pensados para una sociedad globalizada construidos dentro de una lógica de marketing.
Estos libros, como la saga Crepúsculo de Meyer, producen mecanismos de seducción del público lector que ya fueron utilizados por las novelas de folletín del siglo XIX, como lo señala la especialista Gemma Lluch en su libro “Cómo analizamos relatos infantiles y juveniles”. Relatos de estructura abierta, que alimentan la añoranza de futuro, de nuevos libros, aparición de clones, proliferación de foros de Internet, creación de suspense a través de episodios que contienen información justa y la identificación del mundo narrado con el mundo del lector.
En las antípodas, Liliana Bodoc, una de las narradoras argentinas de relatos juveniles, sostiene en su artículo “Literatura juvenil sin incomodidad” que la LJ no debe ser divulgación literaria ni preparar a los jóvenes para la gran literatura, que no es precalentamiento sino pleno juego, aquella que como la adulta es capaz de producir una crisis en el lector.

viernes, 27 de agosto de 2010

Escrituras desde el encierro. Víctor Segovia, el minero chileno escribe y espera


En las profundidades de la mina chilena de San José, uno de los mineros, Víctor Segovia, escribe diariamente lo que va ocurriendo desde el día del derrumbe.
Registrar la vida en situaciones límite, cuando se está impedido de volver al mundo y a la libertad es un antídoto contra la desesperación, una manera de registrar lo vivido a través de la palabra escrita para que la experiencia sobreviva al tiempo. Escribir para dejar testimonio, para que esa vivencia extrema tenga un sentido, para sobrevivir a la claustrofobia.
Ana Frank, la chica judía que vivió casi dos años encerrada junto a su familia en el ático de la calle Prinsengrach en Ámsterdam inició su diario para tener un receptor amigo a quien confiarle sus sueños y problemas de adolescente, y terminó escribiendo uno de los testimonios más conmovedores de del Holocausto.
“El papel es más paciente que los hombres” anotó Ana en la entrada del sábado 20 de junio de 1942, cuando aún estaba en libertad y buscaba en las páginas del diario al amigo a amiga que pudiera leerlo y entenderla.
Víctor Segovia, cuando toma el papel y la lapicera para narrar la vida cotidiana de los 33 mineros encerrados, dibuja entre las sombras, las letras que devuelven a la experiencia su significación. Todo suceso, por pequeño que sea, amerita un relato. Somos seres narrativos por excelencia, nuestras vidas están tejidas con narraciones, con historias que nos contamos y nos cuentan. A partir de ellas dejamos huellas de nuestro estar en el mundo.
En la oscuridad del submarino ruso Kursk, hundido el 12 de agosto de 2000, refugiado en el compartimento 9 y sabiendo que ya no había remedio y morirían todos los tripulantes, el teniente Dimitri Kolesnikov de 27 años escribió apresuradamente una carta a Dora, su mujer, para registrar sus sentimientos frente a la muerte inminente: "Cuando llegue la hora de morir, pese a que intento no pensar en ello, querría haber tenido tiempo para decirte querida, te amo”. Y agrega "Escribo esta nota en la oscuridad". Luego envolvió el papel en un nylon para que no se mojara y perduraran sus palabras.
Toda escritura es siempre una forma de la libertad. Mientras escribe, Víctor Segovia acorta los días que lo devolverán a la luz.

lunes, 9 de agosto de 2010

Visita a la ESMA


En una reciente capacitación destinada a los docentes del Programa Jóvenes y Memoria de a Comisión Provincial por la Memoria, realizada en el ESPACIO PARA LA MEMORIA Y PARA LA PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS- ex centro clandestino de detención y exterminio Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) - no s llevaron a los docentes a hacer una visita guiada por lo que fue uno de los centros clandestinos de detención de la última dictadura militar argentina más siniestros, e irracionales.
Los espacios de memoria tienen voces silenciosas que interpelan a quienes los visitan.
Pueden leerse miles de testimonios, ensayos, ver fotos, películas, pero la experiencia de caminar por los lugares donde la degradación del ser humano era moneda corriente, donde la vida no valía nada, cambia la perspectiva del visitante. Como muchos otros lugares donde los derechos humanos fueron violados por el poder de un estado represor y terrorista, quien entra por primera vez a la ESMA no sale de la misma manera. Hay algo en el interior de quien camina por los pasillos de la “capucha” o del sótano donde se torturaba insistentemente y sin lógica, que se quiebra. Saber que uno está mirando los lugares donde tres décadas atrás estuvieron los prisioneros esperando la muerte, inmóviles, engrillados, hambrientos, es una sensación indescriptible, un viaje hacia las tinieblas y también una manera de comprender que recordar es un imperativo de los docentes como tributo a las próximas generaciones.
Una guía explicaba cómo era la vida cotidiana en la denominada “capucha”. Se escuchaba el rumor de los trenes que pasaban cercanos. El mismo rumor que acompañaría a aquellos que estuvieron secuestrados. Por una ventana entraba la luz, pero en aquellos tiempos estaba tabicada. A través de la voz de la guía reconstruíamos el grupo de docentes los días de los prisioneros sumidos en la oscuridad. Un silencio espeso y opresivo nos inundaba.
A uno de los visitantes le sonó el teléfono celular y, en lugar de acallarlo se puso a hablar de banalidades a viva voz, paseándose con el teléfono en la oreja como si estuviera en una plaza o en la calle. Muchos intentamos acallarlo, pero el tipo seguía solucionando sus cuestiones personales rompiendo ese momento de constricción y recogimiento que todos experimentábamos. Cuando uno presencia comportamientos así en los docentes, pierde inevitablemente la fe.
Mientras la guía seguía explicando la mecánica del horror recordé que frente a la indiferencia de muchos siempre están las palabras. Y pensé en lo que escribió Jorge Semprún, sobreviviente del campo nazi de Buchenwald, al contar en su libro “La escritura o la vida” su experiencia concentracionaria :”Puede decirse todo de esta experiencia. Basta con pensarlo. Y con ponerse a ello. Con disponer del tiempo, sin duda, y del valor de un relato ilimitado, probablemente interminable, iluminado –acotado, también, por supuesto- por esta posibilidad de proseguir hasta el infinito.”

sábado, 24 de julio de 2010

Stefano de maría Teresa Andruetto


Esta novela cuenta el periplo de una existencia, de alguien que deja su patria, sus afectos y construye una vida en otra tierra. Una novela de aprendizaje en la que el personaje, Stefano va creciendo y, mientras lo hace, va construyendo su identidad.
A lo largo de la novela se confrontan dos mundos; el que se abandona -la madre y la patria, Italia, el hambre, el dolor de no encontrar futuro- y la nueva tierra en la que la comida es abundante así como también las posibilidades de crecer y de encontrarle un sentido a la existencia.
Hay dos narraciones que se intercalan y se complementan. La primera es lineal, y está contada por un narrador omnisciente. La historia comienza en el momento en que Stefano junto con Pino, Remo y Hugo dejan su tierra rumbo a Génova para tomar el barco que los llevará a la Argentina, y terminará en Rosario donde encuentra la completud cuando conoce el amor.
El comienzo es desgarrador, como toda historia en la que una madre se despide de su hijo que se va al otro lado del mundo. “Y ella preguntó: ¿Regresarás? Y él contestó: En diez años.”
La otra narración, en primera persona, asume la voz de Stefano y tiene una narratario, Ema, que el lector va descubriendo a medida que avanza el diálogo. Stefano rememora episodios de su vida. Son en esos pasajes en los que el relato adquiere mayor profundidad. Esa voz, la de Stefano que se confiesa: “Sará forse l’addio …para seguir viviendo. Porque para vivir, Ema, hay que aprender a dejar atrás el pasado.” Aquí no hay ningún orden cronológico, los recuerdos aparecen como aparecen en la mente, en forma discontinua, pero agregan y aclaran pasajes de la primera narración.
Dos mundos aparecen irreconciliables. Italia y América. Como otros relatos sobre la inmigración, el dolor del desarraigo se compensa con la búsqueda de una nueva vida, y es ahí en donde aparecen los personajes que ayudarán a Stefano a medrar en un territorio que le propone opciones: la comodidad en casa de Vittorio o el camino que se impone a partir de su encuentro con la tuba, su amistad con Moretti, y su decisión de irse con el circo.
Novela escrita a partir de distintos momentos en la vida de un personaje que se busca en las mujeres que despiertan sus deseos y sus miedos.
La figura de la madre aparece en escenas desgarradoras siempre alrededor de la carencia. Gina es la mujer que conoce en el viaje y la que despierta sus sueños eróticos. Lina la hija del dueño de la tierra donde empieza a trabajar le ofrece seguridad, pero Stefano siente que aún no ha concluido el viaje hacia su madurez y se marcha.
La historia de María Teresa Andruetto plantea cuestiones que tiene ver con el mundo de la adolescencia: la búsqueda de la propia identidad, la relación con la madre, la incertidumbre frente a decisiones profundas, el despertar del sexo, el deseo de ser amado.
Temas bastamente abordados por la novela juvenil, pero Andruetto escribe un texto polifónico, poético, que no hace concesiones, ni apela a golpeas bajos. Muy por el contrario, es una novela compleja, que apuesta a un lector entrenado. De esas obras que enriquecen, que propone múltiples significaciones y que aborda con soltura temas como el sexo y el desarraigo, tan poco comunes en los libros que se escriben para jóvenes.
"Otras veces pienso que el deseo de venir a América, mi madre, tu madre, el viaje a Montenievas y ese circo donde estuve, han existido solo para que te encontrara...
Y a veces pienso que todo lo que pienso, es la misma cosa
." Dice Stefano sobre el final de la novela.

domingo, 11 de julio de 2010

Una novela sobre Afganistan


Un libro que leí con pasión: Cometas en el cielo de Khaled Hosseini.
Esta novela cuenta a través de la historia de Amir, los sucesos de Pakistán de las últimas décadas, desde la invasión rusa, el triunfo talibán y la presencia norteamericana.
Después de haber leído esta novela uno siente que conoce Kabul o cualquiera de las regiones donde transcurre la acción, que siente el olor de la muerte, la devastación de las calles sin árboles por la guerra, los barrios aislados, el fusilamiento o la lapidación como moneda corriente, el miedo y la falta de cualquiera de los más mínimos derechos del hombre.
Afganistán es una tierra de permanente conflicto, un lugar donde el fundamentalismo religioso niega cualquier derecho a las mujeres y las obliga a la sumisión y la miseria, un lugar en donde hay cientos de niños huérfanos donde es muy difícil llegar a viejo.
Sin embargo, como en cualquier lugar, la posibilidad de ser digno y enmendar antiguas injusticias, es posible. Y ese es el destino del protagonista y narrador, Amir, que puede de grande compensar la traición a su amigo y siervo Hassan en la persona de uno de esos huérfanos que sobreviven en los orfanatos de Kabul.
Khaled Hosseini es un médico afgano que huyó de Afganistán cuando los talibanes tomaron las riendas del país y lo convirtieron en un lugar de infinita desdicha e intolerancia.
El título de la novela alude a una de las actividades fundamentales de los niños en el invierno de Kabul, volar cometas en una competencia que apasiona a los protagonistas y que los talibanes prohíben no bien llegan al poder.
Es sorprendente la capacidad que tiene este escritor para recrea escenas y paisajes, para plasmar personajes en pocos trazos. Leyendo esta novela uno se instala en esa tierra intensa y violenta gracias a una prosa ágil, llena de colorido, con precisas pinceladas costumbristas.
Así comienza este libro que recomiendo para todas las edades:

Me convertí en lo que hoy soy a los doce años. Era un frío y encapotado día de invierno de 1975. recuerdo el momento exacto: estaba agazapado detrás de una pared de adobe desmoronada, observando a hurtadillas el callejón próximo al riachuelo helado. De eso hace muchos años, pero con el tiempo he descubierto que lo que dicen del pasado, que es posible enterrarlo, no es cierto. Porque el pasado se abre paso a zarpazos.”
Hay una película, pero el libro es apasionante.

domingo, 20 de junio de 2010

Letras en tinta china


Mi viejo se levantaba muy temprano en aquellos inviernos impiadosos de mi infancia. Antes de que yo me fuera a la escuela ya estaba dibujando planos sobre el tablero en la oficina. Me gustaba su universo de lapiceras de pluma y ese papel rígido y transparente que usaba para trazar líneas y ángulos a escala.

De su tablero, salían casas, silos, galpones, ampliaciones de hogares que necesitaban crecer. Me gusta recordar sus dedos manchados de tinta china y su mano cuyo pulso era casi perfecto. Nunca vi a otra persona que dibujara letras con tanta perfección y tanta gracia. Ahora con la computadora cualquiera, pero mi viejo no usaba ni siquiera esas reglas que tienen las letras caladas. Su mano trazaba con firmeza las mejores letras del mundo.

Dibujante de planos y constructor. Levantó muchas casas mi viejo, dirigía las obras entre gruñidos porque no tenía un temperamento apacible, él era tormentoso y pasional, no tenía términos medios y su afán perfeccionista le traía alguna que otra trifulca con los albañiles que lo toleraban porque sabían que don Alonso era así, explosivo pero bueno, con una honestidad que había aprendido en un hogar donde la palabra empeñada era el único orgullo.

De una raza de hombres que ya casi no quedan, mi viejo. De esos tipos que pelearon contra viento y marea en una Argentina que no premia precisamente a los que se rompen el alma trabajando.

Cuando era adolescente me permitía que lo acompañara en sus recorridas por las obras que tenía en marcha. Me había enseñado a manejar y yo me sentía importante llevándolo en ese itinerario de las dos de la tarde cuando, a plena sol y después del asadito, los albañiles seguían levantando paredes.

Lo veía descender con las manos en los bolsillos de su pantalón de tela grafa. Del bolsillo trasero le asomaba el pañuelo manchado de tinta china y también alguna tenaza o una pinza. Subía a los andamios con destreza bajo el sol abrasador o la lluvia. Recuerdo el sonido de la mezcladora, el golpetear de los baldes contra el piso cuando bajaban pendiendo de una soga, las tablas de los andamios que se curvaban con el peso de los albañiles, las cucharas tirando la mezcla sobre los ladrillos, el mundo de la gente que levanta casas con esa vocación de hornero que tenemos los hombres.

La profesión de mi padre, vista ahora en la distancia me parece casi una enseñanza. El constructor hace una tarea que desafía al tiempo, que permanece en medio de la naturaleza, y que tiene que ver con el deseo gregario de armar un nido para refugiarse del viento, del frío, protegerse del calor, expandir la familia, gozar del cobijo de un techo.

Siempre me pregunté como el viejo aprendió a calcular cosas tan complicadas como silos, o edificios altos cuando no era ingeniero, apenas había ido a la universidad de Córdoba por un corto período, y cómo podía dibujar planos con tanta eficacia. Lo suyo era puro empeño autodidacta. Él pertenecía a una generación que abarcaba una especie de cultura general conseguida a fuerza de empeño e instinto de superación.

Le gustaban los desafíos a mi viejo. Imagino que no debe haber sido fácil para él mantener su profesión con las idas y venidas del país. Había dejado viejos sueños para dedicarse a cosas concretas y reales que le permitieran mantener a la familia. Tenía la certeza de que mientras sus manos permanecieran vigorosas siempre había un trabajo nuevo para hacer.

Vivía inmerso en un mundo donde se le iban desordenando los instrumentos. Su escritorio y otras partes de la casa se veían arrasadas por el huracán de sus herramientas de trabajo: la cinta métrica, el aparato para revelar planos que se ponía al sol, las tintas, los papeles, las escuadras y, entreverados entre los cálculos que para mí eran jeroglíficos, solían aparecer sus dibujos de palomas volando sobre cielos abiertos en las mañanas de su imaginación.

Por el andamio del recuerdo anda mi padre midiendo con su cinta métrica a la muerte. El cielo se le refleja en los ojos almendrados y aún silba bajito. Lo escucho a veces, cuando llueve y veo sus letras perfectas y sus dibujos a escala sobre los vidrios empañados.

sábado, 19 de junio de 2010

Viajando por mi biblioteca


Hay muchas formas de viajar. Se viaja a lugares lejanos en avión, colectivo o auto, y también a través de un libro. La literatura es una agencia de turismo de posibilidades insospechadas. Puede viajar a la Mancha o al Congo, a Macondo Yoknapatawpha, si es la hora de Cervantes, Conrad, García Márquez o Faulkner.
Uno de los viajes posibles es hacer un derrotero por la propia biblioteca, ordenándola o revisándola. Hoy me fui a caminar por los estantes de todas las que tengo en casa. La primera posta fue la vieja biblioteca de “La Nación”, con sus libros y mueble incluido, que data de 1909.
La historia de la Biblioteca de “La Nación se remonta a 1901 y el diario la anunciaba mediante un sistema de suscripción. Su surgimiento fue, como lo señalaba el diario antes de su lanzamiento, “una iniciativa alturista”. Con la adopción de las máquinas linotipo para la composición del diario, buena parte de los tipógrafos que quedaban sin trabajo lo recuperaban con esta colección de libros que se anunciaba como “Lectura al alcance de todos”. Esa accesibilidad la permitían los prólogos que aportaban claves de lectura.
La mayoría de los títulos que alberga la que hay en mi casa, todos editados en 1909, son en su mayoría textos de autores extranjeros, muchas novelas francesas hoy olvidadas, pero también se incluyen clásicos de todos los tiempos como “EL ingeniosos hidalgo don Quijote de la Mancha”, “La cabaña del tío Tom” de Harriet B. Stowe o “María” de Jorge Isaac.
Entre todos los libros que atesora ese mueble que venía incluido con la Biblioteca, hay una novela de Florence Warden, “La casa del pantano”, que leí en mi adolescencia y que revisité cuando escribí “Aventuras en borrador”.
La novela tenía todos los condimentos del género gótico: protagonista cándida, institutriz que se empleaba en una casa al borde de un pantano del que se levantaba una blanca y espesa niebla, dueño enigmático y de discurso escalofriante, mujer demacrada encerrada en la torre y sirvienta cómplice.
La planificación de los títulos de la Biblioteca de “La Nación” evidencia una superioridad de la literatura extranjera en detrimento de la nacional.
Entre las joyitas encuentro un ejemplar de Stella,(1905) firmada por César Duayen que no era otra que Emma de la Barra de de la Barra que firmó con identidad masculina respondiendo a la moral de la época. Fue un suceso editorial de 1905, que le hace decir al prologista: “César Duayen, en su misterio, tiene derecho a estar satisfecho y recibir con justicia el saludo de respeto y bienvenida que ha de dirigirle los cultores de las letras argentinas”
"El frenesí del público era tal - recuerda un librero - que devoraba con no igualada rapidez
hasta entonces, las pilas nutridas de ejemplares, hasta que un letrero adherido al escaparate
del afortunado editor, anunció triunfalmente: "Agotada la edición de mil ejemplares en tres
días." Stella se reeditó, firmada por César Duayen. Todos se preguntaban, por aquel entonces quién era ese escritor capaz de un éxito semejante. Se sospechaba de un periodista y folletinista, Julio Llanos, el segundo marido de Emma. Lo acosaban en su casa y Emma sonreía. Finalmente se develó el misterio el director de “El Diqrio” : "El autor de Stella", dice la nota, "una bella pesquisa literaria. El autor es una dama: la señora Emma de la Barra." Y así, De la Barra nace a la fama. Se venden nueve ediciones de mil ejemplares cada una en dos meses, es traducida al italiano con prólogo de Edmundo D´Amicis. Stella fue un hecho único en la literatura argentina de la época.
La novela revela la propia vida de Emma. La protagonista es una señorita de clase alta obligada a casarse con un señor muy acaudalado. En un pasaje de la obra, una amiga opina de ella: “A Stella no le han enseñado a pensar”. Stella tiene su contraparte en otro personaje femenino, Alejandra, quien dice: “Una persona del género femenino tiene derecho a saber algo más que Colón descubrió América, tocar piano, cantar, coser y bordar en seda china”.
Estas novelas las leían mis tías abuelas y luego mi hermana y yo en incontables tardes de adolescencia. Desde aquellas lejanas épocas, cada vez que vuelvo a revisar sus títulos, viajo un poco al siglo pasado. Los tomos encuadernados en tela de la biblioteca La Nación resisten al tiempo, como si recién hubieran salido de la imprenta.

domingo, 23 de mayo de 2010

El capote de Gogol, un cuento sobre el deseo


Dostoiesvky escribió refiriéndose a El capote de Nikolai Gogol (1809-1952): “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”, destacando la importancia de este cuento canónico.
El cuento relata la historia de Akakiy Akakievich, un insignificante funcionario de un departamento ministerial del imperio zarista, cuya tarea era copiar documentos. Humillado por sus compañeros de oficina, su mundo se constreñía a esa tarea y a una vida llena de privaciones. Los hechos transcurren en San Peterburgo, a mediados del siglo XIX, y este dato es fundamental para entender el relato. El frío del invierno de esa ciudad es lo que da sentido a las penurias de este personaje, puesto que, el conflicto comienza cuando descubre que su antiguo capote, casi una bata, está tan roto que su sastre, Petrovich, ya no puede arreglarlo y debe encargar uno nuevo que le costará ochenta rublos. Con enormes privaciones conseguirá juntar el dinero para la nueva prenda..
Finalmente el capote estuvo terminado: “Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió..., es difícil precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida de Akakiy Akakievich”, escribe Gogol.
Fascinado con su capote, acepta ir a una fiesta que organiza un superior. Será una ocasión para lucir el abrigo. Pero Akaiy Akakievich no disfruta de la reunión y decide volver a su casa. Hace frío y las calles están desoladas. Así describe Gogol la noche petersburguesa: “Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.
Y entonces unos hombres le roban el capote. La desesperación por la pérdida lo enferma y muere. El cuento no termina ahí, Akakiy reaparece por las calles de San Petersburgo como fantasma que se dedica a despojar de su abrigo a los viandantes en busca del que le robaron.
Este cuento puede leerse como una metáfora del deseo. El insignificante Akakiy logra apasionarse por algo, su vida en pos de un nuevo capote le devuelve el sentido. Como dice Elena Visso: “Hay quienes pueden reinventarse capotes por los que apasionarse en cada tramo de su vida, quienes renuevan su capote insistentemente, y sin haberlo previsto, dejan por herencia el puro afán de procurarse abrigos. Eso de lo incesante de la vida es el deseo, la herencia estructurante y mayor.”

La historia de humillados funcionarios atrapados por la telaraña de la burocracia, de vidas grises e insignificantes es un gran tema de la literatura. Personajes similares al inventado por Gogol encontramos en Bartleby, el escribiente de Melville, La metamorfosis de Kafka, El doble de Dostoievsky, La tregua de Mario Benedetti.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Feria Regional del Libro de Gaiman, Chubut

Entre el 13 y 16 de mayo se realizó como todos los años la Feria del Libro en esa pequeña ciudad tan hermosa y acogedora que es Gaiman, antigua colonia galesa, ubicada a 15 km de Trelew.
Allí se reunieron escritores y lectores. Entre los más destacados: Federico Jeanmaire, ganador del último premio Clarín de novela y Juan Sasturain, uno de nuestros grandes novelistas y conductor del programa sobre libros Ver para leer.
En ese marco di un curso destinado a docentes: El rol de la literatura juvenil en la escuela. Agradezco a todas las maestras y bibliotecarias que tuvieron la paciencia de escucharme. Y van unas fotitos: