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miércoles, 12 de marzo de 2008

LIBROS ESCRITOS EN LA PIEL


Un lector es hijo de los libros de la infancia. Las imágenes de aquellos primeros textos leídos cuando el tiempo era largo y los veranos interminables nos siguen apareciendo en algún retazo del sueño, en las más insospechadas circunstancias de la existencia. La vida de un lector está construida sobre los textos de los que se fue dejando enamorar y a los que, como un amante infiel, fue abandonando para dejar paso a los nuevos que iban apareciendo con el discurrir del tiempo.
Hay libros que quedan en la memoria y hay libros que se olvidan. Hay libros que no volveríamos a leer por miedo a romper el viejo hechizo que nos proporcionaron sus páginas. Hay otros que, al volver sobre ellos nos desilusionan. Es que entre esos libros y nosotros pasó la vida, cambiaron nuestros gustos, nos volvimos m s exigentes. Están los que siempre nos dicen cosas distintas en sucesivas relecturas. Recuerdo El Principito, de Antoine de Saint Exupery. Leído a los catorce años contaba una historia maravillosa pero por momentos indescifrable. Ahora, de adultos, sabemos que el mundo est poblado de hombres de negocios que sólo suman cifras, reyes que sólo quieren mandar no importa para qué y rosas llenas de espinas que son, en el fondo, terriblemente débiles y orgullosas.
Pero no hay nada más emocionante que pensar en las vivencias que nos dejaron aquellos primeros libros, los leídos en la infancia. Mujercitas de Luisa May Alcott nos regaló una familia a muchas generaciones de mujeres. Nos inculcó la idea de que con sacrificio se podía ser alguien en una sociedad adversa, y todas fuimos hermanas de Jo, la que escribía en una buhardilla con los guantes puestos para no morirse de frío, de Meg, la que se enamoraba de un verdadero príncipe azul y de Amy, a la que todas lloramos cuando se murió tan joven. Creo que en el fondo, todas estábamos enamoradas de Laurie, el chico vecino de la familia March y sufríamos por ese padre que se había ido a la guerra de Secesión. En cambio Sissi, la emperatriz, nos permitía codearnos con la nobleza y pasearnos por los salones austr¡acos casi tan bellos como los de los cuentos de hadas.
Corazón, de Edmundo De Amicis, en cambio, nos dejó sólo enseñanzas y una profunda tristeza. Nos acercó a cierta problemática social que presentaba su autor y, ahogados en un mar de lágrimas, íbamos de los Apeninos a los Andes a buscar una madre que se volvía cada vez más lejana. Con un nudo en la garganta aprendíamos que nada dignificaba al hombre m s que el trabajo y que la pobreza era respetable cuando era honrada. No recuerdo una historia m s triste que esa.
Libros de toda clase, buenos y malos, cualquier lector puede exhibir un corpus de lecturas en el que la diversidad lo fue llevando a conformar un gusto. De las chicas de papel hay dos que siempre me fascinaron. Una era Alicia, la del País de las Maravillas de Lewis Caroll, la otra era Ana Frank, la niña judía que escribía un diario para soportar el encierro. Alicia nos metía de nariz en un mundo absurdo. Allí había gatos que desaparecían empezando por la cola y terminando por la sonrisa, como el Gato de Cheshire y que hablaban con absurdos lógicos, un conejo apurado que miraba la hora en un reloj de bolsillo, naipes que alternaban con Reyes de ajedrez, duquesas que cuidaban bebés con cara de cerdito. Alicia entreveía un jardín al que no podía acceder y tomaba un líquido misterioso que le permitía empequeñecerse o agrandarse según las circunstancias.
El mundo de Ana Frank era diferente pero igualmente absurdo. Una chica de doce años se veía vertiginosamente encerrada en el tico de la casa de la calle Prinsengracht 263 de Amsterdam para huir del horror del nazismo. Otro absurdo, pero esta vez no provenía de la imaginación de ningún Lewis Carroll que alternaba sus clases de matemática con los juegos de la imaginación. Ese libro, el de Ana, contaba hechos reales y nos enfrentaba, acaso por primera vez, al tema de la guerra y de la discriminación racial. El Diario de Ana Frank sigue siendo un libro de todos los tiempos, dice m s de la condición humana que cualquier tratado de historia y sensibiliza m s que la m s encendida proclama contra el autoritarismo. Alicia caía en una madriguera e ingresaba a un mundo cuya leyes eran desconocidas y había que obrar por intuición. Ana Frank, caía en un escondite y pasaba dos años leyendo y escribiendo sobre su manera de ver el mundo. Pero a diferencia de Alicia que descubría que todo había sido un sueño, la chica judía despertaba en Bergen Belsen, uno de los tantos campos de concentración nazis y moría de tifus sin haber cumplido los quince años.
Las primeras lecturas nos permitieron realizar múltiples viajes. Julio Verne nos llevaba De la Tierra a la Luna y dábamos junto con él La Vuelta al mundo en ochenta días. De este último libro, sólo guardo la imagen de aquella hindú que iban a quemar junto con su finado marido y que los viajeros salvaban llevándola con ellos. Salgari era una lectura para varones, pero igual nos encantaban sus h‚roes puros, justicieros e idealistas que luchaban contra los poderes organizados. Sandokán era el prototipo: un hombre que se enfrentaba en combate desigual al imperio británico y buscaba liberar al pueblo de la ocupación extranjera.
En algún momento, las hermanas Brönte, que vivían en un páramo bajo la tutela de un padre tirano y despiadado, nos regalaron Jane Eyre y Cumbres Borrascosas. Las novelas desde entonces, si tenían heroínas sufridas, capaces de enamorarse hasta el sacrificio nos tuvieron ocupadas toda la adolescencia. En Jane Eyre, la protagonista amaba sin esperanzas a Rochester que ten¡a una mujer loca encerrada en las habitaciones superiores de la mansión Thomfield Hall. La casa un día se incendiaba y Rochester se quedaba ciego intentando salvar a la loca. Tiempo después, Jane Eyre lo volvía a encontrar y se casaba con su antiguo patrón sin importarle que estuviera ciego. Al final, él lograba entrever el brillo del broche que ella llevaba en su vestido. Era un mesurado final feliz.
Esos libros, los primeros, nos demostraban que sólo valía la pena vivir dentro de la literatura, la vida real era irremediablemente sosa si se la comparaba con la ficción. Eso ya lo había pensado Flaubert y lo había dicho en Madame Bobary, pero por aquel entonces no la conocíamos.
Cito de memoria. A algunos de estos libros que he mencionado no he vuelto a tenerlos en mis manos desde hace veinte años, acaso más. Otros me han acompañado siempre y en ellos, no sólo leo a sus autores sino que me leo a mí misma. Porque los primeros libros se graban en la piel, son como tatuajes invisibles que se manifiestan en nosotros cuando menos lo pensamos.
Maria Elena Walsh dice que donde no hay libros hace frío. Los inviernos de nuestra infancia eran helados, la calefacción escasa y la escarcha duraba, junto al cordón de la vereda, de un día para otro. Sin embargo, el calor de los libros que leímos aún nos abriga. Los libros de la infancia siguen siendo, en el recuerdo, un acolchado refugio, un paraíso templado al que a veces es bueno retornar.

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