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miércoles, 19 de marzo de 2008

UNA VIEJA CARTILLA DE FÍSICA

(Ilustración de Manuel Pagani Alonso)
Cuando mi hijo iba a quinto grado encontró en mi biblioteca dos libros del bisabuelo, uno era una Cartilla de Física de Luis Felipe Mantilla, editada por George R. Lockwood, de Broadway, Nueva York, fechado en Octubre de 1875. El otro, una Gramática francesa de primer año, de M.M. Larive et Fleury, editada por la Librairìe Classique Armand Colin, de la rue de Mézières, en 1889. En la primera hoja de ésta última, el bisabuelo estudiante había escrito con tinta negra, que ya viraba hacia el sepia, su nombre: “Mariano Alonso, Bragado, Enero 1893”. En la última había garabateado algunas cuentas de dividir y la caricatura de un marinero con un cigarro en la boca, debajo de la que se leía esta enigmática frase: “El cadete González, víctima de la juventud del juez”. También había unas salpicaduras de tinta.
Eran dos libros de textos de alguien que fue un chico hace más de un siglo. Ambos tenían tapas duras, de un color celeste envejecido, pero todavía conservaban su dignidad después de cien años. Mi hijo y yo recorrimos sus páginas con fascinación, esos dos libros nos proponían un viaje en el tiempo, nos permitían, de alguna manera, reconstruir una parte de ese estudiante secundario que había sido nuestro antepasado. Sus dedos habían quedado estampados en las manchas de tinta que salpicaban de tanto en tanto las páginas. Le conté a mi hijo que hubo un tiempo en el que las biromes no existían y le hablé sobre los tinteros y las plumas que ensuciaban a los alumnos que no eran muy diestros ni muy aplicados. Le inventamos una cara al profesor de francés que le habría indicado a Mariano Alonso, de catorce o quince años que comprara esa gramática, un adusto y duro profesor que en una mañana helada, en una escuela particular a la que asistirían unos pocos chicos, leía del libro el exercice 3: “Distinguez les noms de choses visibles des noms de choses invisibles. Ecrivez est un nom de chose visible”. Y nos reímos del pobre Mariano que acaso sentiría que las palabras en francés se le escapaban por la ventana como moscas asustadas.
La cartilla de Física fascinó a mi hijo, tenía ilustraciones, preciosos dibujos hechos a pluma: dos niños en sube y baja para representar la palanca. Llevaban trajecitos, corbata y el pelo cortado a la melenita. Había en otras páginas globos aerostáticos para explicar que el gas es más liviano que el aire. Ese globo nos llevó a Verne y sus viajes maravillosos, sobre todo a Robur, que era el libro que estábamos leyendo juntos por las noches. Un carro lleno de heno en un terreno en declive ilustraba que, para que un cuerpo se mantuviera sin caerse era preciso que su centro de gravedad estuviera en una línea dentro de su base. Así nos fuimos a los medios de transporte del siglo pasado, ayudados por otros dibujos de carros tirados por caballos y repletos de toneles. Todo un viaje hacia los objetos y máquinas que habían rodeado al bisabuelo.
Las manchas de tinta que tenían las hojas de la Gramática francesa con las huellas digitales de aquel niño que se habría aplicado sobre esas páginas, nos resultaron maravillosas, porque ese libro de texto tan antiguo venía a armar una historia, a construir el recuerdo de una manera de enseñar y de aprender, como ha sido siempre que la escuela se convirtió en un espacio de socialización y aprendizaje.
Mi hijo y yo amamos los libros y, cuando era pequeño, en marzo, nos gustaba ir a la librería a comprar los textos para la escuela. No estoy haciendo falso exhibicionismo docente. Le enseñé a mi hijo que los libros guardan las ansias de conocimiento que todo ser humano tiene y que sólo puede saciar a través de ellos. Porque los libros son puertas, pasadizos por donde se va a muchas partes, desde los secretos del cuerpo humano, la historia de la patria, los lugares que soñamos conocer, el universo y los planetas que flotan en silencio en el espacio, los animales y especies vegetales, los avances tecnológicos de todas las épocas, las abstracciones numéricas, las leyes implacables de la física o los enigmas de otras lenguas. Y también a las zonas de la imaginación, a esos mundos que recrean los cuentos, poemas, novelas, historietas que irán armando esa pasión por la lectura, alimento a que todo niño tiene derecho.
Leer abriga y alarga la vida, nos vuelve más sabios y también más tolerantes. El abuelo Mariano lo sabía, acaso por esa razón guardó para las generaciones futuras sus libros de estudio.
Libros de texto que evocan la primera infancia que es, acaso en el recuerdo, aquel “paraíso perdido” del que todos fuimos desterrados.

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