viernes, 13 de junio de 2008

La literatura en la escuela


La idea de una tierra, una zona, un área, donde pudiéramos refugiarnos los lectores, siempre me ha rondado. No un gueto, ni una construcción exclusiva y excluyente. Sino un lugar para invitar a que se sumen cada vez más y más personas de todas las edades, pero por sobre todo los jóvenes, mis alumnos reales e imaginarios. Juntarnos en un territorio sin fronteras para sentarnos a leer y compartir lecturas. Una utopía, quizá, pero ¿acaso los maestros y profesores no somos seres utópicos que dedicamos nuestros días a pensar un mundo construido de libros y sustentado en conocimientos para hacer una sociedad más amigable, más humana, basada en la tolerancia y la reflexión?
Ese lugar, esa zona de lectura, esa biblioteca inagotable no tiene otro objetivo más que el placer de encontrarse con los mundos de la imaginación, la aventura, las especulaciones filosóficas, la fantasía.
Es acaso la escuela el último reducto en donde la literatura puede darse cita con los niños y jóvenes. Pero esos encuentros suelen ser complicados. La literatura se institucionaliza, se vuelve obligación para la próxima clase, se convierte en nota, en tarea, en deber. No tengo una solución para eso. Sólo creo que cada profesor, en cada situación de clase, debe buscar la manera en que los escritores llamen a la puerta del aula y establezcan un diálogo íntimo, personal con cada alumno. No es tarea fácil, no siempre se logran los resultados que el profesor o el maestro sueñan. Sin embargo, vale el intento.
En ese intento tiene que mediar la pasión que el docente sienta por los libros, que despliegue sin retaceos esa biblioteca posible que circula en su sangre, ese amor incondicional que ha ido cultivando al correr de las páginas de los textos que lo han construido como persona. Porque si no creemos que la literatura nos transforma todo intento pedagógico carece de sentido.
Uno puede enseñar muchas cosas sin haberlas experimentado. Veamos: se puede enseñar la conquista del espacio sin haber salido de la órbita terrestre a bordo de una nave; se pueden enseñar los ríos y las selvas de África sin haber tenido el aliento cálido del león sobre la nuca; se puede enseñar el aparato respiratorio del ser humano sin diseccionar un cadáver sobre el escritorio o la batalla de San Lorenzo sin haber sido amigo de Cabral. Pero con la literatura es distinto. Uno no puede hablar de libros sin haberlos recorrido con el ardor de un náufrago hasta la última página y sin haber amado desesperadamente esos mundos de ficción, sin haber querido quedarse a vivir para siempre en ellos.
Lang dice que los primeros amigos en la tierra de los relatos son siempre los más reales. “La gente habla, en las novelas, sobre las delicias de un primer amor. Uno puede dudar si cada uno sabe exactamente cuál fue su primer amor, ya se trate de un hombre o de una mujer, pero sobre nuestros primeros amores de los libros no puede haber error. Fueron, y siguen siendo los más queridos; después de la adolescencia, la literatura pierde frescura.”
¿Qué leer en la escuela? Es ahí en donde el profesor manda. Un profesor es, en todo caso, un lector entrenado que da de leer. Un arbitrario lector que entrega a sus héroes, sus islas, sus amores contrariados, a sus tesoros secretos. Alguien que selecciona -de la gran biblioteca del mundo- algunos ejemplares para que sus alumnos entren en el paraíso de la lectura. Sólo eso.

jueves, 5 de junio de 2008

La rata de Jo


Scrabble era la rata amiga de Jo March, que vivía en la buhardilla donde ella escribía sentada en un viejo sofá y tenía por escritorio una cocina de hojalata en desuso por la que –seguro- merodeaba el roedor devorándose sus páginas escritas con letra apretada. Yo me preguntaba, por aquel entonces, cómo se podía ser amiga de una rata y a la vez escritora.
Una rata y no un gato se avenía más a un espíritu de temple como el de Jo, que era la única de entre sus hermanas que tenía conciencia de que la guerra –la de Secesión, se entiende- era ese monstruo que casi se devora a su padre y que también parecía deglutirse al país.
Jo March era el modelo de muchacha con la que muchas nos identificamos. El libro, Mujercitas de Louisa May Alcott, leído a mediados de los años sesenta al calor de un incipiente feminismo y como preámbulo de esa imagen de mujer que íbamos a encarnar en los setenta devorando a Simone de Beauvoir e imitando sus presupuestos de libertad e independencia de la mujer. Pero volvamos a la rata. Scrabble mira a Jo deslizar febrilmente la pluma sobre el papel. Escribe cuentos no para pasar el tiempo, sino porque tiene una profunda fe en su destino de escritora. Escribe con la conciencia de quien lo hace para ser leído. La escena es recordada por todas las lectoras fervientes. Jo llega con el periódico y se tira en un sillón simulando leer. Las hermanas le preguntan si hay algo interesante y ella responde que nada más que un cuento titulado “Los pintores rivales”. Frente al pedido de las hermanas Jo lo lee sin dar a conocer quién es el autor. Lo lee con vergüenza, apresuradamente. Siente esa sensación de todo escritor que somete por primera vez un texto propio a la consideración de los demás y, cuando termina la lectura, no cabe de la alegría que le provocan las apreciaciones de Amy y de Beth.
Scrabble, mientras tanto, en su oscuro rincón de la buhardilla, olisqueando las migas de pan que han caído de la falda de Jo esa mañana sabe el otro lado de ese cuento, ha sido testigo de todos los borrones, tachaduras, papeles abollados que su amiga ha tenido que transitar mientras escribía el cuento que el periódico había aceptado. Son cosas que sólo una rata sabe, una rata de escritora, que suele ser parienta del ratón de bibliotecas, un espécimen tan obsesivo como un escritor.

domingo, 1 de junio de 2008

Tías de infancia: Una novela sobreviviente


El primer libro que uno publica tiene un encanto especial. Recuerdo aquella noche de 1994, cuando recibí el paquete con mi novela Tías de infancia recién salida de la imprenta. La había publicado Club de Estudio, una editorial que se especializaba en libros de estudio y ensayos pedagógicos, entre ellos los tres tomos de Lucía Fortunato y Esther Lorenzini, Con palabras, que fueron toda una avanzada en los nuevos contenidos de Lengua y Literatura. A través de la recomendación de una de sus autoras, Juan Carlos Usher, el dueño de la editorial, se animó con mi primer trabajo, una novela que explora el fin de la infancia y que había sido premiada en la Feria del libro de ese mismo año.
La empresa de Usher quebró a consecuencia de la política económica del menemismo, que destruyó la industria nacional. Es sabido que la década del 90 terminó con la Argentina doblegada, sin un centavo y sin ninguna empresa de capitales locales.
Liquidadas sus deudas, de Club de Estudio sólo quedó un depósito con grandes cantidades de libros sin vender. La muerte del editor obligó a los herederos a deshacerse del material que será vendido como papel a veinte centavos el kilo.
Si la destrucción de libros nos trae a la memoria épocas de censura y autoritarismo, ésta no es más que una medida práctica que limpiará un depósito con ejemplares que ya no están en el mercado.
De esas pilas de libros a punto de desaparecer fueron rescatados los últimos volúmenes de mi novela Tías de infancia -la primera y amada porque uno siempre valora las primeras veces de todos sus actos- por Lucía Fortunato esta semana.
Ahora, en mi poder, esos libros serán donados a las escuelas donde trabajo y distribuidos en las librerías de Bragado.
La escritora Gloria Pampillo dijo de ella: “Basta leer las dos frases iniciales de Tías de infancia para saber que el mundo a nuestro alrededor va a borrarse, porque esta vez el prodigio de la novela se ha desencadenado. Una voz narrativa despejada, directa, convencida ha comenzado a atraparnos; en un minuto estaremos en l pueblo, tendremos doce años y con envidia, tristeza y desolación, vamos a mirar sobre la cama la valija abierta de la hermana mayor que parte y que nos van a hacer temblar de miedo los muebles que a la noche doblan su tamaño. Pero cuando el tedio y el terror, esas dos pestes de la infancia, nos tenga más cercados, una vez más, de la mano de una Alicia pasaremos del otro lado del espejo. Entonces, un ramillete de tías fantasmas: Juana, Manuela, Eulogia y María, ahí, a mano, y al mismo tiempo invisibles, contarán historias capaces de barrer el aburrimiento y contagiar la audacia. Entre las historias de las tías y de la misma Alicia, su discípula, narradora infatigable, en el mundo asfixiado de la vida cotidiana se abrirán espacios aireados donde van a convivir Rosa Batalla, la expósita que vivió entre los indios; Ofelia la pianista, maligna como una araña; el títere fantasma, la pobrecita Molinari y la mujer que se disfrazaba y murió de amor.”
Esta novela, cuya tapa fue ilustrada por Chipo Sánchez, tecleada al margen de otros sueños y otros escritos fue publicada hace 14 años. Hoy, salvada de la destrucción, seguirá buscando lectores.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Ojalá es una buena palabra para vivir


Terminé de leer Ojalá Octubre de Juan Cruz Ruiz a la una de la madrugada, sentada en la cocina de casa, y las últimas palabras siguieron resonando en la noche silenciosa. “Me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre”cita el autor una frase de Truman Capote, y agrega, “yo sentí ese escozor íntimo, sexual, perfecto, de un instante de felicidad. Pero la felicidad siempre desata otra congoja”.
Ojalá octubre es un libro autobiográfico: un hombre habla del padre desde la mediana edad, cuando ya empieza a parecerse a la última imagen que guarda de él. En ese recuerdo no hay idealización, se retrata a un hombre con la vida deshilvanada, acosado por la falta de dinero, con el cinturón por debajo de la cintura, siempre yendo hacia la próxima cosa, un padre humano, como el de cualquiera, como el mío.
La narración va tejiendo detalles de esa vida, en círculos, volviendo al mismo punto, recordándonos que la vida está hecha de pura fragilidad y que la felicidad es inasible y hasta la palabra ojalá se nos termina en algún momento porque frente a la muerte ya no hay nada que desear.
Y termino el libro de Juan Cruz –tan entrañable porque es la novela de alguien que se va desnudando, que va desplegando capa a capa la memoria de la infancia, la va descubriendo para encontrar al padre porque al hacerlo se encuentra a sí mismo- en una noche terrible de domingo. He recibido la noticia de que ha muerto una alumna de mi colegio en un accidente. Una niña que se muere en un accidente en una calle de pueblo, porque sí, por azar o mal cálculo, porque se le cruzó un auto. Así de frágil e inconsistente es nuestra vida. La noticia y la novela me han transmitido la misma sensación: todo es tan absurdamente provisorio. Un hombre, el personaje de la novela, que no puede detener un minuto de felicidad, que desea la permanencia de un momento que se extingue (Ojalá es una buena palabra para vivir, pero también una incertidumbre), una alumna que ha muerto y la sensación de quedar temblando en el abismo de la noche.

sábado, 17 de mayo de 2008

Un día en la vida de Daniel Kahan

Creo que el día en que conocí a Daniel Kahan pude darle más valor a la vida. Daniel es un tipo increíble que siempre está pensando como enriquecer su existencia. Le gustan muchas cosas, la música sobre todo, y por eso toma clases de canto los sábados a la mañana. Por la tarde le da rienda a su veta histriónica y participa en un grupo de teatro.
Daniel es abogado y hace un postgrado en derechos de autor y propiedad intelectual. Trabaja en el departamento de legales del canal estatal y es querido por sus compañeros con quienes gasta bromas y comparte alegrías y tristezas.
Es muy cálido y se preocupa por las injusticias del mundo. Le duele la pobreza y los vaivenes escandalosos del país que le tocó en suerte.
Tiene 57 años y es soltero, lamenta no haber constituido una familia.
Conozco su vida en detalle, porque él fue contándome su historia para que yo a la vez la pusiera en palabras. Escribir la vida de los otros es una travesía indescriptible. Uno cree con su oficio que puede tomar distancia y objetivar los sucesos que narra. Pero para hacer una biografía es necesario ponerse en la piel del personaje y empezar a sentir y a pensar como él.
A lo largo de un día en la vida de Daniel Kahan, contada desde una mañana de invierno en la que él sale de las sábanas a enfrentar el mundo hasta la noche en que, antes de acostarse, tiene que lidiar con sus fantasmas, yo empecé a entender de qué se trataba vivir con parálisis cerebral espástica.
De eso adolece Daniel. Y esa discapacidad, lejos de derrotarlo le ha dado una fuerza inusual, un deseo de vivir y superarse poco común.
Por eso, mientras escribía su vida, yo aprendía el valor de la mía. Daniel me daba lecciones de coraje, de dignidad, de templanza.
La escritura es un lugar de aprendizaje constante, un espacio para experimentar todos los matices del mundo, todos los avatares de la existencia.
En el libro que escribimos juntos, él recordando, yo poniendo por escrito sus experiencias, está la historia de un hombre singular. Pero no es diferente porque posee una discapacidad, sino porque es singular su valentía y su permanente deseo de convertirse en un ser humano mejor y, de esa manera, honrar la vida que le fue dada.

martes, 6 de mayo de 2008

Perramus


Sobre el tablero de dibujo de mi hijo estaba tal cual yo lo había imaginado colgado del perchero. Era el viejo Perramus comido por lluvias del siglo pasado, el mismo que mi padre trajinaba en sus idas al campo a entablar misteriosos diálogos con la naturaleza. Pero lo extraño, lo verdaderamente extraño era que yo había intentado dibujar sin éxito en mis clases de pintura un perchero con un Perramus colgado de uno de sus ganchos, con las mangas conservando aún la forma de los brazos, una prenda suspendida en el aire esperando al cuerpo que lo contendría. Lo había intentado, pero como yo pinto sin ninguna pretensión, sólo por el placer de estar dos horas por semana en el taller de Mónica buscando formas que acaso ya he encontrado con las palabras, abandoné la idea de esa imagen, y mi cuadro se quedó sin el Perramus y sin el perchero.
En casa de mi hijo, sin embargo, estaba el dibujo que yo había pensado. “Dibujás lo que yo tengo en la cabeza”, le dije. Ahí estaba en presencia de eso tan extraordinario, que él pudiera –sin saberlo porque no vivimos juntos- darle forma a mis imágenes deseadas.
Sin embargo los Perramus tienen que ver con nuestras vidas. Mi hijo tiene un Perramus color tiza conseguido en una feria americana y a una cuadra de su casa hay un Outlet de la casa Perramus, la de los tradicionales impermeables, que fundó en 1927 Marcos Meischenguiser y en cuya vidriera se exhibe el libro de Juan Sasturain, la maravillosa historieta ilustrada por Alberto Breccia que en 1985 apareció en la revista Fierro. Era la historia de un tipo que había perdido la memoria y adoptaba el nombre de la etiqueta de su impermeable. Llegaba a una ciudad que desconocía gobernada por los Mariscales cuyas caras cadavéricas contribuían a crear un clima de misterio y oscuridad. En esa ciudad había una organización de resistencia que pretendía combatirlos, la Triple V y Borges estaba al servicio de la revolución.
Sigo pensando que una vez más, en esa frontera porosa entre la ficción y la realidad, las imágenes soñadas o pensadas, juegan a pasarse de uno a otro lado, van y vienen con esa impunidad que le otorga la imaginación.

domingo, 20 de abril de 2008

La vida de los otros: Textos a medida


Siempre me gustó escuchar a la gente contar sus historias de vida. Los relatos autobiográficos fueron el origen de muchos de mis libros. Creo que todas las vidas son interesantes aunque a veces parezcan hechas de pura rutina, porque el hecho de existir es, de por sí, una aventura apasionante que bien merece la pena quedar registrada.
Hay una historia grande, con mayúsculas, que es la colectiva, ¿pero por qué no pensar que las pequeñas historias individuales, que también están llenas de anécdotas apasionantes, luchas desmedidas, días de alegría y momentos memorables merecen quedar para el futuro?
Así, escuchando a la gente, me encontré con un oficio fascinante: la escritura a pedido.
Una familia organizaba una cena en la que se iban a encontrar varias generaciones y era necesario investigar las raíces, hablar de aquellos abuelos inmigrantes que llegaron a hacer la América...
Una sobreviviente del Holocausto quería testimoniar su calvario en los campos de concentración nazi y no podía poner en palabras ese horror...
Un abogado que nació con parálisis cerebral necesitaba dejar el testimonio de su lucha por ganarle a la discapacidad para que sirviera a otros que tenían sus mismos problemas...
Una incipiente empresa familiar necesitaba armar una página en Internet y quería contar la historia de sus ancestros...
Una abuela cumplía ochenta años y sus nietos pensaron en regalarle un libro con su biografía...
Una adolescente cumplía quince años y su madre solicitó un libro original con las mejores fotos de su hija y una historia en la que la adolescente fuera protagonista...
Una mujer pidió el relato de la historia de su casa, que era muy antigua, en la que había pasado momentos mágicos...
Historias todas que se fueron convirtiendo en libros. Algunos publicados por editoriales, otros confeccionados artesanalmente por mi equipo de diseño.
Casi sin darme cuenta me había convertido en una escritora a medida. De la misma manera que mi mamá, una modista de barrio, transformaba en preciosos trajecitos, tapados y blusas a medida las telas que sus clientas le traían. Ella, sentada en las interminables tardes de mi infancia frente a su máquina Singer. Yo, junto a mi computadora escribiendo los recuerdos de la gente que me lo solicita.
Sin lugar a dudas, la única manera de luchar contra el olvido es a través de la palabra y de las imágenes que se van atesorando a lo largo de la vida.
Mi tarea es hacer que la vida de la gente perdure en el tiempo. Así nació Textos a medida, un emprendimiento que comparto con mi hijo Manuel.
En general, los pedidos son regalos sorpresas que los destinatarios suelen calificar como invalorables. Es emocionante ver el impacto que causa recibir como obsequio, el día en que se cumple cincuenta años, por ejemplo, una biografía propia ilustrada con las fotos más insólitas.
El trabajo se hace según las indicaciones de quien lo contrate, con entrevistas a las personas que puedan aportar los datos fundamentales.
Si se trata de una biografía, se recrea el contexto social, cultural e histórico en que esa vida se ha ido desarrollando, y se incluye el árbol genealógico.
Muchas veces, las historias que nos han contado nuestros mayores se van perdiendo a medida que pasa el tiempo. Un libro que las registre interesará a los jóvenes, porque la propia identidad se construye en la búsqueda de las raíces, con ese discurso familiar que es necesario preservar.
Los libros que hacemos tienen la fascinación de las historias pequeñas, las historias de la vida cotidiana. A través de ellos sabemos cómo eran nuestros abuelos, qué aroma tenían los patios florecidos de antaño, cómo se deslizaban los atardeceres de la infancia, cómo eran las costumbres, las modas y los entretenimientos de nuestros mayores, cómo nació determinado negocio o cómo se fundó una empresa.
En sus recuerdos, la gente exhuma la intangible consistencia de la memoria y deja, a través de su palabra, las voces que seguirán resonando en el futuro.

domingo, 13 de abril de 2008

Geografía literaria : Cuartos agregados

Pueblos imaginarios y reales construyen una geografía que el lector viajero visita cada vez que acciona la máquina de leer. Esta nota propone un recorrido por esos territorios que ya están instalados en la cartografía de la literatura.

“Este pueblo donde no he nacido me hizo creer durante mucho tiempo que era el mundo entero”, escribe Cesare Pavese en su novela La luna y las fogatas (1950), en la que su protagonista vuelve al terruño después de mucho vagar por la tierra, y agrega: “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha, siempre nos aguarda”· Como Pavese, los lectores siempre tenemos muchos pueblos a los que volver, todos esos que fuimos visitando al azar de nuestras lecturas.
Construir un mundo, un territorio, una zona geográfica desde donde contar parece haber sido el cometido de tantos escritores que agregaron, a la ya compleja geografía terrestre, las comarcas, los parajes, los pueblos de sus ficciones.
Bioy Casares decía que escribir era agregar un cuarto a la casa de la vida, que es otra manera de decir que la literatura duplica el mundo, imprime a la realidad un nuevo aspecto, la modifica, ejerce sobre ella una insospechada, única percepción del entorno. Inventar, entonces, para agregar un cuarto más a la casa del mundo.
Lugares inventados, soñados o recreados conforman una geografía literaria que, de alguna manera, configura un espacio que se sobreimprime sobre el real.
Como se lo proponía la máquina que Bioy Casares concibiera en su novela La invención de Morel, la literatura proyecta sobre la realidad, una y otra vez, las imágenes de sí misma. En la ficción de Bioy, Morel era un científico obsesionado por la inmortalidad y se había propuesto filmar una estadía con sus amigos en una isla lejana, durante una semana inolvidable. Esa semana se repetía cada vez que las mareas activaban la máquina que era capaz de revivir seres y cosas. Como esa máquina, la literatura opera de la misma manera, refundando una geografía que es posible trajinar a partir de la otra máquina disponible, la de la lectura.
No cabe duda que, sobre los países, las ciudades, los campos, los caminos, las aldeas, suelen proyectarse sus dobles literarios que, si bien no pueden desligarse de los vínculos que se establecen con el ámbito referencial de donde se originan, rearman en la mente del lector aquella manera particular con que un escritor percibió su entorno. Escribir, entonces, para dejar testimonio del mundo.

Acaso podría decirse que un lugar se funda, insospechadamente, a partir de la escritura. La realidad no deja de ser apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, corrige, reinventa. Infinitos territorios literarios modifican el ámbito referencial de donde proceden. En una topografía literaria, Dublín no puede pensarse sin Joyce, Buenos Aires sin Borges, Santa Fe sin Saer, París sin Cortázar, Chacabuco sin Haroldo Conti. “Mi pueblo_ explica Conti en un reportaje_ cada vez va subiendo más a la superficie de mi literatura, por la recuperación que hago de la infancia, claro que en ella es un pueblo fabuloso que casi lo invento”.
En la imaginación del lector, los lugares ya no son los mismos si han sido visitados a través de la lectura. Ingresar a París por la autopista del Sur remitirá para siempre al cuento de Cortázar, en el que un embotellamiento sin explicación abre un espacio donde el tiempo se demora hasta el infinito convirtiendo a la autopista en el símbolo de la vida misma. Este lugar demostrará que la imposibilidad del tránsito es un pasaje a un mundo que tiene otras leyes. En un libro posterior, Los autonautas de la cosmopista, Cortázar volverá a quebrantar los estrechos límites entre ficción y realidad. Incorporará en esta novela _ que es el relato de un viaje que realiza el escritor con su mujer por la autopista entre París y Marsella_ una carta al Director de la Sociedad de las Autopistas para pedirle autorización para la alocada empresa. El escritor no obtiene respuesta alguna de la sociedad comercial que administra las autopistas, no obstante, en una de sus publicaciones, esa misma sociedad había utilizado algunos pasajes de su cuento. Misteriosas inversiones, la autopista real y la de Cortázar, imposible ya pensar la una sin la otra.

Pueblos reales e inventados

“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es un de esos pueblos”, le dice Bartolomé San Juan a su hija Susana. Se refiere a Comala, el pueblo que inventó Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo, una miserable aldea enclavada fuera de la historia, en una tierra de muerte. Comala se divisa desde la altura cuando comienza la magistral novela del escritor mexicano, cuya situación geográfica nunca especifica. La historia de Juan Preciado _que ha llegado a allí a buscar a su padre_, del tiránico y arbitrario Pedro Páramo, de Eduviges, de Dolores y de Susana San Juan transcurre en un territorio impreciso en un tiempo también impreciso, que suponemos va desde 1910, con el inicio de la revolución hasta después de 1920 o 1930. Comala es un pueblo muerto, habitado por las voces de los que alguna vez lo poblaron. Tan real, sin embargo, como que es el territorio de una de las novelas más paradigmáticas del boom.
En este sentido, el Macondo de García Márquez hace muchas décadas y novelas que se ha incorporado a la geografía americana. Este pueblo, donde “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” es, por un lado, la transfiguración de Aracataca, _el lugar donde nació el escritor_ pero, también, un espacio mítico que simboliza a todos los pueblos de provincias de Latinoamérica. Y si de mapas literarios se trata, deberíamos seguir con el recorrido. La próxima parada podría ser Colonia Vela. El pueblo que Soriano inventó en No habrá más penas ni olvido, para que se convirtiera en el teatro de la contienda entre distintos sectores del peronismo, es descrito en clave alegórica. En la miniatura de esta comunidad, se revela la conflictiva Argentina de los años setenta, con sus diversas facciones y enfrentamientos. Soriano opera de la misma manera que lo hizo Echeverría en El matadero. Este lugar fronterizo, donde empezaba la barbarie, era el correlato del país rosista. En la novela de Soriano, Colonia Vela es acaso, también, la metáfora de un país plagado de violencia y contradicciones.
En el extremo noreste sur de la provincia de Buenos Aires, pasamos por Coronel Vallejos, el pueblo que, en la ficción, esconde al General Villegas de Manuel Puig. Un pueblo que, además del viento que sopla insistente, está habitado por seres insignificantes, de hablas pueriles, conductas mezquinas y hasta miserables. Puig lo dijo de su suelo natal: “Se tiene la impresión de que quien nace y muere allá, nunca habrá visto nada”. La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas(1969) sin embargo, transcurren en esa localidad rearmada sobre sus recuerdos.
Con pedazos de Buenos Aires, de Montevideo, de Rosario, de Colonia del Sacramento, el uruguayo Juan Carlos Onetti construye la mítica Santa María, una ciudad de provincias recostada sobre un gran río. Santa María equivale, en la ficción de Onetti, a Jefferson en el condado de Yoknapatawpha, en la ficción de William Faulkner. La ciudad del uruguayo está interpolada en la realidad por la fantasía un personaje, Juan María Brausen. Yoknapatawpha, es un imaginario distrito en el estado de Mississippi, hecho a la medida de los personajes de Faulkner, cuyo sentimiento de soledad y desamparo deviene de la frustración que se apoderó de un Sur que fue escenario de la derrota con el Norte durante la guerra de Sesión.
Los territorios antes mencionados sólo se encuentran en la cartografía literaria, En otros textos, como en los de Haroldo Conti la escritura refunda un territorio real a partir de la evocación. En los cuentos del escritor desaparecido en 1976, pequeños pueblos de la provincia de Buenos Aires como Chacabuco o Warnes,, recreados por el artificio de las palabras, se vuelven espacios míticos.
Hay una anécdota que el mismo Conti refería. En una cena con el presidente de Ecuador, Rodríguez Lara, y un grupo de escritores, los asistentes se presentaban ante el mandatario diciendo su nombre y el lugar de procedencia. Al llegar el turno de Haroldo, el escritor extendió la mano y le dijo: “Haroldo Conti, de Chacabuco”. Porque él sentía que podía definirse sólo a partir de ese remoto, entrañable lugar donde había nacido y al que volvía una y otra vez en sus textos. Era consciente de que, a medida que escribía sobre el álamo carolina, sobre el tío Hipólito, sobre los tapiales amarillos, el Chacabuco que iba apareciendo en sus textos se volvía fantasmal, territorio de invención, no mera transcripción del original. “Siento una permanente nostalgia por mi pueblo”, solía decir Haroldo Conti, y sabía que en sus textos recuperaba esos espacios sin proponerse una reproducción fotográfica de la realidad, como la que encontramos en la literatura naturalista del siglo XIX. Flaubert, en Madame Bovary, intenta, con meticulosa precisión, un calco exacto de esos pueblos normandos, minúsculos, con sus personajes típicos de vidas monótonas. Pueblos en donde las casas se alinean a la vera de una única calle, rodeados por la campiña, como lo es Tostes y también Yonville, las dos comarcas donde vive Emma junto a su deslucido Charles y desde donde intenta evadirse a través de estrepitosos adulterios.
Don Quijote supo inventar una ínsula para regalarle a su fiel Sancho y, a la vuelta de la novela, recién en la segunda parte, el escudero puede gobernarla efímeramente. Borges pudo inventar su propio sur, el de sus antepasados, el de la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán y el íntimo patio. Y, no conforme con ello, impuso en la realidad a Tlön, mundo idealista, cuyos habitantes ignoran la noción de espacio y cuyas referencias sólo se encuentran en una edición insólita de la Anglo American Cyclopedia.
Hay una plaga, según Rulfo refiere en Pedro Páramo, que llaman la capitana, una hierba que espera a que la gente se vaya de los pueblos para invadir las casas y sumergirlas en el territorio del olvido. Los lectores viajeros que solemos habitar esos textos, impedimos que la capitana avance y los destruya.

lunes, 7 de abril de 2008

HÉCTOR CATTOLICA

(Con Alicia Dujovne Ortiz y Mercedes Sosa el día de la presentación de Cattolica pero anarquisto)
Estoy convencida de que la literatura puede influir y hasta modificar la realidad. Héctor Cattolica me lo demostró en el verano del 2006. Porque, a diferencia de muchas de las personas que conocieron a este talentoso artista gráfico, yo lo descubrí leyendo una novela. Cattolica no fue una referencia en un ensayo, ni en un artículo periodístico. Sino un personaje de un libro de autoficción de Alicia Dujovne Ortiz. Cuando leí Las perlas rojas quedé atrapada por el texto, porque es una novela muy hermosa, en la que hay una narradora que cuenta su vida de escritora errante con mucho humor y una prosa magnífica. Entre los personajes que Alicia pinta con maestría y que encubre con seudónimos, había uno solo que tenía nombre y apellido y que me gustó enseguida: era Héctor Cattolica, un amigo que la autora había conocido en París y con el que había compartido una intensa amistad.
Eso fue lo que primero despertó mi interés, pero más me sorprendí cuando al promediar el libro descubrí que Héctor había nacido en Bragado.
Así fue el comienzo de esta historia. Inmediatamente puse su nombre en Internet y fueron apareciendo los primeros dibujos que conocí de él. Y me gustaron mucho. Más tarde hablé con parientes y amigos de Bragado y fui descubriendo que había sido un artista muy talentoso y una buena persona, querida y admirada por todos los que estuvieron en contacto con él.
En esos primeros tiempos investigué como pude, en largas noches de búsquedas a través de mi computadora. Minuciosas búsquedas que me permitieron ir tras sus huellas.
Desde el principio intuí la fuerza dramática del personaje que tenía frente a mí.
Y luego, cuando comencé a entrevistar a las personas que lo conocieron fui descubriendo a un tipo genial, a alguien al que la vida no le fue fácil pero que pudo contar su manera de ver el mundo y expresar sus ideas con un talento realmente inusual.
Y volviendo a la idea de cómo la ficción se fue entremezclando con mi texto, mientras escribí este libro sucedieron cosas –diría- más que extrañas, casi mágicas. Que Mercedes Sosa viniera a Bragado para rendirle homenaje fue una de ellas.
Con Alicia también sucedió algo fascinante. En su novela ella describe al departamento de la calle Oro, en Buenos Aires donde vive, y un día me encontré en ese mismo departamento haciéndole la primera entrevista. Y aún más, después ella vino a Bragado y estuvo en mi casa, en el mismo lugar donde yo había estado sentada leyendo su novela en la que hablaba del departamento de la calle Oro. Como en una cinta de Moebius, no hay dos lados, sino uno solo, uno puede pasar de un plano a otro, de la realidad a la ficción sin atravesar ninguna frontera.
También ocurrió algo extraño cuando viajé a entrevistar a otra escritora que fue amiga de Héctor: Hebe Solves. Ella me dio su valioso testimonio y, cuando regresé a casa y revisé mi correo electrónico, el poeta Máximo Simpson, a quien había conocido en un encuentro de escritores hacía unos días y al que le comenté sobre el libro que estaba escribiendo, él me respondía que había conocido a Héctor en casa de Hebe Solves. Ese mismo día en que yo había estado con ella. Y lo curioso, además, era que él lo recordaba no como artista gráfico, sino como poeta.
El sólo nombre de Héctor fue una llave que me fue abriendo puertas. Bastaba que llamara por teléfono o enviara un mail a uno de sus tantos amigos para que me permitieran entrar en sus recuerdos y así iban apareciendo pequeños fragmentos de su vida y de su obra.
Por eso, a la hora de armar el libro, lo pensé no sólo como una biografía sino como la historia de una búsqueda, el armado de un rompecabezas al que le iban faltando piezas y que debía, de alguna manera, sustituir con sus dibujos.
Héctor fue protagonista de algunos sucesos muy importantes del siglo XX como fueron las revueltas del mayo del 68 en París. El participó activamente con sus afiches, pues en esos días, las paredes hablaban, conformaban un gran texto donde se entrecruzaban discursos críticos sobre las instituciones y se expresaban ideas revulsivas.
Gracias al director del diario La voz de Bragado, tuve acceso a un reportaje que le hizo esa publicación en 1969, en el primer regreso de Héctor. Todavía tenía en los oídos la revuelta estudiantil y explicaba la idea que por aquel entonces él tenía de lo que era ser un artista:
“El artista – decía- no es ningún pequeño dios, sino un hombre como todo el mundo a quien las contingencias y el medio no ahogaron sus aptitudes naturales. Porque todos pueden ser capaces de realizar un trabajo creador, transformar el sol en un prisma, deshacer la luz, hacer colores y emplearlos para reconstruirse a sí mismo bajo otra forma. Muchos, gracias a los que han hecho de la literatura una estatua, son los que mueren sin tener arte ni parte. Todo creador debe combatir para que el hombre alcance un conocimiento por todos los medios legales e ilegales, ya que debe ser un revolucionario.”
Hablé con muchas personas, todos coincidieron en que Cattolica era un artista verdaderamente talentoso. Alicia me lo regaló en su novela, pero después fue desgranando la mayoría de las anécdotas que aparecen en este libro. De modo que este libro existe gracias a ella, al homenaje que le hizo a su amigo desde la ficción. Cuando uno escribe siempre tira una botella al mar, y alguien, inevitablemente la recoge. Y por causalidad yo estaba en la orilla exacta donde apareció flotando.
También fue de mucha ayuda la revista New Internationalist en la que Cattolica colaboró durante casi diez años.
NI es una revista de Oxford, Inglaterra, que aborda temáticas relacionadas con la injusticia, la pobreza y las diferencias existentes en el mundo. Sus artículos analizan las relaciones entre la riqueza y pobreza, las cuestiones sobre inmigración, y aporta ideas y soluciones sobre cómo accionar para luchar por un desarrollo mundial más justo. Eran las ideas que compartía Héctor. Cuando escribí a su editor, este me dio el correo de un redactor de aquella época, Peter Stalker que le encargaba los dibujos para ilustrar las notas de tapa. Peter trabaja ahora en Indonesia y desde allí me mandó un texto muy emotivo sobre su relación con él. Recuerdo que en el último párrafo decía que cuando estaba en su casa en Oxford siempre se despertaba mirando un afiche de Héctor que tenía en su cuarto. Así que le pedí que cuando viajara a Inglaterra lo fotografiara y ahora ilustra el libro.
Una biografía es, inevitablemente un texto polifónico. En mi libro están las voces de todos los que quisieron recordarlo. Amigos y conocidos de Bragado, poetas, periodistas y artistas plásticos vinculados en distintas épocas. Fue un verdadero lujo hacer este libro: hablar con un pintor tan importante como Luis Felipe Noé en su casa taller de Buenos Aires, rodeado de su obra maravillosa, dialogar con Quino, el genial creador de Mafalda, cruzar mails con los editores de la revista New Internationalist, con poetas reconocidísimos como Máximo Simpson o Luisa Futoransky. Hablar a París y escuchar sus rumores a través del teléfono. De todo hubo en esta búsqueda. Ahora, Mariano Gerbino proyecta una película sobre Cattolica. La historia, entonces, continuará.