domingo, 20 de abril de 2008

La vida de los otros: Textos a medida


Siempre me gustó escuchar a la gente contar sus historias de vida. Los relatos autobiográficos fueron el origen de muchos de mis libros. Creo que todas las vidas son interesantes aunque a veces parezcan hechas de pura rutina, porque el hecho de existir es, de por sí, una aventura apasionante que bien merece la pena quedar registrada.
Hay una historia grande, con mayúsculas, que es la colectiva, ¿pero por qué no pensar que las pequeñas historias individuales, que también están llenas de anécdotas apasionantes, luchas desmedidas, días de alegría y momentos memorables merecen quedar para el futuro?
Así, escuchando a la gente, me encontré con un oficio fascinante: la escritura a pedido.
Una familia organizaba una cena en la que se iban a encontrar varias generaciones y era necesario investigar las raíces, hablar de aquellos abuelos inmigrantes que llegaron a hacer la América...
Una sobreviviente del Holocausto quería testimoniar su calvario en los campos de concentración nazi y no podía poner en palabras ese horror...
Un abogado que nació con parálisis cerebral necesitaba dejar el testimonio de su lucha por ganarle a la discapacidad para que sirviera a otros que tenían sus mismos problemas...
Una incipiente empresa familiar necesitaba armar una página en Internet y quería contar la historia de sus ancestros...
Una abuela cumplía ochenta años y sus nietos pensaron en regalarle un libro con su biografía...
Una adolescente cumplía quince años y su madre solicitó un libro original con las mejores fotos de su hija y una historia en la que la adolescente fuera protagonista...
Una mujer pidió el relato de la historia de su casa, que era muy antigua, en la que había pasado momentos mágicos...
Historias todas que se fueron convirtiendo en libros. Algunos publicados por editoriales, otros confeccionados artesanalmente por mi equipo de diseño.
Casi sin darme cuenta me había convertido en una escritora a medida. De la misma manera que mi mamá, una modista de barrio, transformaba en preciosos trajecitos, tapados y blusas a medida las telas que sus clientas le traían. Ella, sentada en las interminables tardes de mi infancia frente a su máquina Singer. Yo, junto a mi computadora escribiendo los recuerdos de la gente que me lo solicita.
Sin lugar a dudas, la única manera de luchar contra el olvido es a través de la palabra y de las imágenes que se van atesorando a lo largo de la vida.
Mi tarea es hacer que la vida de la gente perdure en el tiempo. Así nació Textos a medida, un emprendimiento que comparto con mi hijo Manuel.
En general, los pedidos son regalos sorpresas que los destinatarios suelen calificar como invalorables. Es emocionante ver el impacto que causa recibir como obsequio, el día en que se cumple cincuenta años, por ejemplo, una biografía propia ilustrada con las fotos más insólitas.
El trabajo se hace según las indicaciones de quien lo contrate, con entrevistas a las personas que puedan aportar los datos fundamentales.
Si se trata de una biografía, se recrea el contexto social, cultural e histórico en que esa vida se ha ido desarrollando, y se incluye el árbol genealógico.
Muchas veces, las historias que nos han contado nuestros mayores se van perdiendo a medida que pasa el tiempo. Un libro que las registre interesará a los jóvenes, porque la propia identidad se construye en la búsqueda de las raíces, con ese discurso familiar que es necesario preservar.
Los libros que hacemos tienen la fascinación de las historias pequeñas, las historias de la vida cotidiana. A través de ellos sabemos cómo eran nuestros abuelos, qué aroma tenían los patios florecidos de antaño, cómo se deslizaban los atardeceres de la infancia, cómo eran las costumbres, las modas y los entretenimientos de nuestros mayores, cómo nació determinado negocio o cómo se fundó una empresa.
En sus recuerdos, la gente exhuma la intangible consistencia de la memoria y deja, a través de su palabra, las voces que seguirán resonando en el futuro.

domingo, 13 de abril de 2008

Geografía literaria : Cuartos agregados

Pueblos imaginarios y reales construyen una geografía que el lector viajero visita cada vez que acciona la máquina de leer. Esta nota propone un recorrido por esos territorios que ya están instalados en la cartografía de la literatura.

“Este pueblo donde no he nacido me hizo creer durante mucho tiempo que era el mundo entero”, escribe Cesare Pavese en su novela La luna y las fogatas (1950), en la que su protagonista vuelve al terruño después de mucho vagar por la tierra, y agrega: “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha, siempre nos aguarda”· Como Pavese, los lectores siempre tenemos muchos pueblos a los que volver, todos esos que fuimos visitando al azar de nuestras lecturas.
Construir un mundo, un territorio, una zona geográfica desde donde contar parece haber sido el cometido de tantos escritores que agregaron, a la ya compleja geografía terrestre, las comarcas, los parajes, los pueblos de sus ficciones.
Bioy Casares decía que escribir era agregar un cuarto a la casa de la vida, que es otra manera de decir que la literatura duplica el mundo, imprime a la realidad un nuevo aspecto, la modifica, ejerce sobre ella una insospechada, única percepción del entorno. Inventar, entonces, para agregar un cuarto más a la casa del mundo.
Lugares inventados, soñados o recreados conforman una geografía literaria que, de alguna manera, configura un espacio que se sobreimprime sobre el real.
Como se lo proponía la máquina que Bioy Casares concibiera en su novela La invención de Morel, la literatura proyecta sobre la realidad, una y otra vez, las imágenes de sí misma. En la ficción de Bioy, Morel era un científico obsesionado por la inmortalidad y se había propuesto filmar una estadía con sus amigos en una isla lejana, durante una semana inolvidable. Esa semana se repetía cada vez que las mareas activaban la máquina que era capaz de revivir seres y cosas. Como esa máquina, la literatura opera de la misma manera, refundando una geografía que es posible trajinar a partir de la otra máquina disponible, la de la lectura.
No cabe duda que, sobre los países, las ciudades, los campos, los caminos, las aldeas, suelen proyectarse sus dobles literarios que, si bien no pueden desligarse de los vínculos que se establecen con el ámbito referencial de donde se originan, rearman en la mente del lector aquella manera particular con que un escritor percibió su entorno. Escribir, entonces, para dejar testimonio del mundo.

Acaso podría decirse que un lugar se funda, insospechadamente, a partir de la escritura. La realidad no deja de ser apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, corrige, reinventa. Infinitos territorios literarios modifican el ámbito referencial de donde proceden. En una topografía literaria, Dublín no puede pensarse sin Joyce, Buenos Aires sin Borges, Santa Fe sin Saer, París sin Cortázar, Chacabuco sin Haroldo Conti. “Mi pueblo_ explica Conti en un reportaje_ cada vez va subiendo más a la superficie de mi literatura, por la recuperación que hago de la infancia, claro que en ella es un pueblo fabuloso que casi lo invento”.
En la imaginación del lector, los lugares ya no son los mismos si han sido visitados a través de la lectura. Ingresar a París por la autopista del Sur remitirá para siempre al cuento de Cortázar, en el que un embotellamiento sin explicación abre un espacio donde el tiempo se demora hasta el infinito convirtiendo a la autopista en el símbolo de la vida misma. Este lugar demostrará que la imposibilidad del tránsito es un pasaje a un mundo que tiene otras leyes. En un libro posterior, Los autonautas de la cosmopista, Cortázar volverá a quebrantar los estrechos límites entre ficción y realidad. Incorporará en esta novela _ que es el relato de un viaje que realiza el escritor con su mujer por la autopista entre París y Marsella_ una carta al Director de la Sociedad de las Autopistas para pedirle autorización para la alocada empresa. El escritor no obtiene respuesta alguna de la sociedad comercial que administra las autopistas, no obstante, en una de sus publicaciones, esa misma sociedad había utilizado algunos pasajes de su cuento. Misteriosas inversiones, la autopista real y la de Cortázar, imposible ya pensar la una sin la otra.

Pueblos reales e inventados

“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es un de esos pueblos”, le dice Bartolomé San Juan a su hija Susana. Se refiere a Comala, el pueblo que inventó Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo, una miserable aldea enclavada fuera de la historia, en una tierra de muerte. Comala se divisa desde la altura cuando comienza la magistral novela del escritor mexicano, cuya situación geográfica nunca especifica. La historia de Juan Preciado _que ha llegado a allí a buscar a su padre_, del tiránico y arbitrario Pedro Páramo, de Eduviges, de Dolores y de Susana San Juan transcurre en un territorio impreciso en un tiempo también impreciso, que suponemos va desde 1910, con el inicio de la revolución hasta después de 1920 o 1930. Comala es un pueblo muerto, habitado por las voces de los que alguna vez lo poblaron. Tan real, sin embargo, como que es el territorio de una de las novelas más paradigmáticas del boom.
En este sentido, el Macondo de García Márquez hace muchas décadas y novelas que se ha incorporado a la geografía americana. Este pueblo, donde “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” es, por un lado, la transfiguración de Aracataca, _el lugar donde nació el escritor_ pero, también, un espacio mítico que simboliza a todos los pueblos de provincias de Latinoamérica. Y si de mapas literarios se trata, deberíamos seguir con el recorrido. La próxima parada podría ser Colonia Vela. El pueblo que Soriano inventó en No habrá más penas ni olvido, para que se convirtiera en el teatro de la contienda entre distintos sectores del peronismo, es descrito en clave alegórica. En la miniatura de esta comunidad, se revela la conflictiva Argentina de los años setenta, con sus diversas facciones y enfrentamientos. Soriano opera de la misma manera que lo hizo Echeverría en El matadero. Este lugar fronterizo, donde empezaba la barbarie, era el correlato del país rosista. En la novela de Soriano, Colonia Vela es acaso, también, la metáfora de un país plagado de violencia y contradicciones.
En el extremo noreste sur de la provincia de Buenos Aires, pasamos por Coronel Vallejos, el pueblo que, en la ficción, esconde al General Villegas de Manuel Puig. Un pueblo que, además del viento que sopla insistente, está habitado por seres insignificantes, de hablas pueriles, conductas mezquinas y hasta miserables. Puig lo dijo de su suelo natal: “Se tiene la impresión de que quien nace y muere allá, nunca habrá visto nada”. La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas(1969) sin embargo, transcurren en esa localidad rearmada sobre sus recuerdos.
Con pedazos de Buenos Aires, de Montevideo, de Rosario, de Colonia del Sacramento, el uruguayo Juan Carlos Onetti construye la mítica Santa María, una ciudad de provincias recostada sobre un gran río. Santa María equivale, en la ficción de Onetti, a Jefferson en el condado de Yoknapatawpha, en la ficción de William Faulkner. La ciudad del uruguayo está interpolada en la realidad por la fantasía un personaje, Juan María Brausen. Yoknapatawpha, es un imaginario distrito en el estado de Mississippi, hecho a la medida de los personajes de Faulkner, cuyo sentimiento de soledad y desamparo deviene de la frustración que se apoderó de un Sur que fue escenario de la derrota con el Norte durante la guerra de Sesión.
Los territorios antes mencionados sólo se encuentran en la cartografía literaria, En otros textos, como en los de Haroldo Conti la escritura refunda un territorio real a partir de la evocación. En los cuentos del escritor desaparecido en 1976, pequeños pueblos de la provincia de Buenos Aires como Chacabuco o Warnes,, recreados por el artificio de las palabras, se vuelven espacios míticos.
Hay una anécdota que el mismo Conti refería. En una cena con el presidente de Ecuador, Rodríguez Lara, y un grupo de escritores, los asistentes se presentaban ante el mandatario diciendo su nombre y el lugar de procedencia. Al llegar el turno de Haroldo, el escritor extendió la mano y le dijo: “Haroldo Conti, de Chacabuco”. Porque él sentía que podía definirse sólo a partir de ese remoto, entrañable lugar donde había nacido y al que volvía una y otra vez en sus textos. Era consciente de que, a medida que escribía sobre el álamo carolina, sobre el tío Hipólito, sobre los tapiales amarillos, el Chacabuco que iba apareciendo en sus textos se volvía fantasmal, territorio de invención, no mera transcripción del original. “Siento una permanente nostalgia por mi pueblo”, solía decir Haroldo Conti, y sabía que en sus textos recuperaba esos espacios sin proponerse una reproducción fotográfica de la realidad, como la que encontramos en la literatura naturalista del siglo XIX. Flaubert, en Madame Bovary, intenta, con meticulosa precisión, un calco exacto de esos pueblos normandos, minúsculos, con sus personajes típicos de vidas monótonas. Pueblos en donde las casas se alinean a la vera de una única calle, rodeados por la campiña, como lo es Tostes y también Yonville, las dos comarcas donde vive Emma junto a su deslucido Charles y desde donde intenta evadirse a través de estrepitosos adulterios.
Don Quijote supo inventar una ínsula para regalarle a su fiel Sancho y, a la vuelta de la novela, recién en la segunda parte, el escudero puede gobernarla efímeramente. Borges pudo inventar su propio sur, el de sus antepasados, el de la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán y el íntimo patio. Y, no conforme con ello, impuso en la realidad a Tlön, mundo idealista, cuyos habitantes ignoran la noción de espacio y cuyas referencias sólo se encuentran en una edición insólita de la Anglo American Cyclopedia.
Hay una plaga, según Rulfo refiere en Pedro Páramo, que llaman la capitana, una hierba que espera a que la gente se vaya de los pueblos para invadir las casas y sumergirlas en el territorio del olvido. Los lectores viajeros que solemos habitar esos textos, impedimos que la capitana avance y los destruya.

lunes, 7 de abril de 2008

HÉCTOR CATTOLICA

(Con Alicia Dujovne Ortiz y Mercedes Sosa el día de la presentación de Cattolica pero anarquisto)
Estoy convencida de que la literatura puede influir y hasta modificar la realidad. Héctor Cattolica me lo demostró en el verano del 2006. Porque, a diferencia de muchas de las personas que conocieron a este talentoso artista gráfico, yo lo descubrí leyendo una novela. Cattolica no fue una referencia en un ensayo, ni en un artículo periodístico. Sino un personaje de un libro de autoficción de Alicia Dujovne Ortiz. Cuando leí Las perlas rojas quedé atrapada por el texto, porque es una novela muy hermosa, en la que hay una narradora que cuenta su vida de escritora errante con mucho humor y una prosa magnífica. Entre los personajes que Alicia pinta con maestría y que encubre con seudónimos, había uno solo que tenía nombre y apellido y que me gustó enseguida: era Héctor Cattolica, un amigo que la autora había conocido en París y con el que había compartido una intensa amistad.
Eso fue lo que primero despertó mi interés, pero más me sorprendí cuando al promediar el libro descubrí que Héctor había nacido en Bragado.
Así fue el comienzo de esta historia. Inmediatamente puse su nombre en Internet y fueron apareciendo los primeros dibujos que conocí de él. Y me gustaron mucho. Más tarde hablé con parientes y amigos de Bragado y fui descubriendo que había sido un artista muy talentoso y una buena persona, querida y admirada por todos los que estuvieron en contacto con él.
En esos primeros tiempos investigué como pude, en largas noches de búsquedas a través de mi computadora. Minuciosas búsquedas que me permitieron ir tras sus huellas.
Desde el principio intuí la fuerza dramática del personaje que tenía frente a mí.
Y luego, cuando comencé a entrevistar a las personas que lo conocieron fui descubriendo a un tipo genial, a alguien al que la vida no le fue fácil pero que pudo contar su manera de ver el mundo y expresar sus ideas con un talento realmente inusual.
Y volviendo a la idea de cómo la ficción se fue entremezclando con mi texto, mientras escribí este libro sucedieron cosas –diría- más que extrañas, casi mágicas. Que Mercedes Sosa viniera a Bragado para rendirle homenaje fue una de ellas.
Con Alicia también sucedió algo fascinante. En su novela ella describe al departamento de la calle Oro, en Buenos Aires donde vive, y un día me encontré en ese mismo departamento haciéndole la primera entrevista. Y aún más, después ella vino a Bragado y estuvo en mi casa, en el mismo lugar donde yo había estado sentada leyendo su novela en la que hablaba del departamento de la calle Oro. Como en una cinta de Moebius, no hay dos lados, sino uno solo, uno puede pasar de un plano a otro, de la realidad a la ficción sin atravesar ninguna frontera.
También ocurrió algo extraño cuando viajé a entrevistar a otra escritora que fue amiga de Héctor: Hebe Solves. Ella me dio su valioso testimonio y, cuando regresé a casa y revisé mi correo electrónico, el poeta Máximo Simpson, a quien había conocido en un encuentro de escritores hacía unos días y al que le comenté sobre el libro que estaba escribiendo, él me respondía que había conocido a Héctor en casa de Hebe Solves. Ese mismo día en que yo había estado con ella. Y lo curioso, además, era que él lo recordaba no como artista gráfico, sino como poeta.
El sólo nombre de Héctor fue una llave que me fue abriendo puertas. Bastaba que llamara por teléfono o enviara un mail a uno de sus tantos amigos para que me permitieran entrar en sus recuerdos y así iban apareciendo pequeños fragmentos de su vida y de su obra.
Por eso, a la hora de armar el libro, lo pensé no sólo como una biografía sino como la historia de una búsqueda, el armado de un rompecabezas al que le iban faltando piezas y que debía, de alguna manera, sustituir con sus dibujos.
Héctor fue protagonista de algunos sucesos muy importantes del siglo XX como fueron las revueltas del mayo del 68 en París. El participó activamente con sus afiches, pues en esos días, las paredes hablaban, conformaban un gran texto donde se entrecruzaban discursos críticos sobre las instituciones y se expresaban ideas revulsivas.
Gracias al director del diario La voz de Bragado, tuve acceso a un reportaje que le hizo esa publicación en 1969, en el primer regreso de Héctor. Todavía tenía en los oídos la revuelta estudiantil y explicaba la idea que por aquel entonces él tenía de lo que era ser un artista:
“El artista – decía- no es ningún pequeño dios, sino un hombre como todo el mundo a quien las contingencias y el medio no ahogaron sus aptitudes naturales. Porque todos pueden ser capaces de realizar un trabajo creador, transformar el sol en un prisma, deshacer la luz, hacer colores y emplearlos para reconstruirse a sí mismo bajo otra forma. Muchos, gracias a los que han hecho de la literatura una estatua, son los que mueren sin tener arte ni parte. Todo creador debe combatir para que el hombre alcance un conocimiento por todos los medios legales e ilegales, ya que debe ser un revolucionario.”
Hablé con muchas personas, todos coincidieron en que Cattolica era un artista verdaderamente talentoso. Alicia me lo regaló en su novela, pero después fue desgranando la mayoría de las anécdotas que aparecen en este libro. De modo que este libro existe gracias a ella, al homenaje que le hizo a su amigo desde la ficción. Cuando uno escribe siempre tira una botella al mar, y alguien, inevitablemente la recoge. Y por causalidad yo estaba en la orilla exacta donde apareció flotando.
También fue de mucha ayuda la revista New Internationalist en la que Cattolica colaboró durante casi diez años.
NI es una revista de Oxford, Inglaterra, que aborda temáticas relacionadas con la injusticia, la pobreza y las diferencias existentes en el mundo. Sus artículos analizan las relaciones entre la riqueza y pobreza, las cuestiones sobre inmigración, y aporta ideas y soluciones sobre cómo accionar para luchar por un desarrollo mundial más justo. Eran las ideas que compartía Héctor. Cuando escribí a su editor, este me dio el correo de un redactor de aquella época, Peter Stalker que le encargaba los dibujos para ilustrar las notas de tapa. Peter trabaja ahora en Indonesia y desde allí me mandó un texto muy emotivo sobre su relación con él. Recuerdo que en el último párrafo decía que cuando estaba en su casa en Oxford siempre se despertaba mirando un afiche de Héctor que tenía en su cuarto. Así que le pedí que cuando viajara a Inglaterra lo fotografiara y ahora ilustra el libro.
Una biografía es, inevitablemente un texto polifónico. En mi libro están las voces de todos los que quisieron recordarlo. Amigos y conocidos de Bragado, poetas, periodistas y artistas plásticos vinculados en distintas épocas. Fue un verdadero lujo hacer este libro: hablar con un pintor tan importante como Luis Felipe Noé en su casa taller de Buenos Aires, rodeado de su obra maravillosa, dialogar con Quino, el genial creador de Mafalda, cruzar mails con los editores de la revista New Internationalist, con poetas reconocidísimos como Máximo Simpson o Luisa Futoransky. Hablar a París y escuchar sus rumores a través del teléfono. De todo hubo en esta búsqueda. Ahora, Mariano Gerbino proyecta una película sobre Cattolica. La historia, entonces, continuará.

lunes, 31 de marzo de 2008

LEER PARA NO MORIR


Leer es una de las aventuras más apasionantes que pueda realizar el ser humano a lo largo de su vida. Con la lectura se obtiene felicidad, entretenimiento, conocimientos, acercamiento a problemas complejos y -por ende- permite pensar el país, pensar el estar en el mundo. Y aún más, la lectura -y me refiero en especial a los libros de ficción- salva al hombre del dolor y de la muerte. En una recorrida por un pueblo abandonado, en el que aún persisten unos pocos pobladores, un hombre me dijo que iba a suicidarse porque su mujer y sus hijos lo habían dejado, pero unos pocos libros que había en un rincón de su casa le salvaron la vida. El pueblo se llama Máximo Fernández, situado en la llanura bonaerense. En él aún persevera un puñadito de habitantes que viven alejados del mundo. En otra época, una estancia daba vida y trabajo a esos pobladores rurales. Pero la estancia quedó abandonada y los que trabajaban en ella fueron emigrando. El tren dejó de pasar. El bosque fue comiendo las casas hasta convertirlas en taperas. La vegetación que estalla en verdes intensos es el paisaje en el que Raúl hace quince años vive en una casita sin luz ni agua, con un patio picoteado por las gallinas, sobreviviendo con el escaso provecho que le saca a la tierra.
Las voces del mundo le llegan desde una radio que cuelga en el patio de un alambre y el resto es la soledad de sus días todos iguales.
La historia de Raúl es singular. Vivió de joven en Buenos Aires, pero su deseo utópico de existir en medio de la naturaleza -un tanto robinsonianamente- lo decidieron por ese alejado punto de la tierra en el que el tiempo se cuenta por los autos que pasan por el camino o por el deslizarse del sol entre los árboles. Allí fundó una familia numerosa, pero desde hacía tres años, su mujer y sus siete hijos lo habían abandonad para irse a vivir a una ciudad cercana.
Raúl contaba, para quien quisiera oírlo que, cuando se quedó solo, se sentó en una silla desvencijada del patio y se puso a llorar. Después pensó en morir, pegarse un tiro o tomar veneno de hormigas. Un día, en un rincón del rancho encontró unos viejos libros algo deshojados y se puso a leer. La lectura lo salvó, los acontecimientos que ocurrían en la literatura lo alejaron de la muerte.
Leer para no morir. La lectura de ficción otorga un sentido a la existencia, nos ayuda a desdoblarnos en otros, a ser otros mientras recorremos las páginas de un libro. El lector se construye con la lectura a la vez que, en el acto de leer, reconstruye su propia vida.
Emily Dickinson sentencia en un poema: “No hay mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas”. El libro como metáfora del viaje, la posibilidad de escapar o ausentarse por un tiempo de los sinsabores cotidianos. Es que al lector apasionado, no le alcanza la vida para leer todo lo que sueña. Según cuenta Fernando Savater, las últimas palabras de Marcelino Menéndez y Pelayo, el destacado erudito, fueron “Qué lástima morirse, cuando aún queda tanto por leer”.
Raúl podía decir que la lectura le ayudó a recuperar las ganas de vivir, porque después se hizo socio de la biblioteca de Bragado -la ciudad más cercana- y siguió leyendo a la luz de la lámpara de kerosene, libros de filosofía y novelas hasta que el dolor por la pérdida se atenuó y consiguió resignación.
En todas las épocas la lectura ha sido un acto de resistencia. La palabra escrita, y sobre todo la literatura es también, un lugar en el que el lector continúa sus combates, reorganiza la esperanza, encuentra en los mundos inventados lo que la realidad le escamotea. Podrán cambiar los soportes de lectura, pero el discurso de la ficción quedará como testimonio para las próximas generaciones, mantendrá viva esa posibilidad de hacer más soportable la existencia.

martes, 25 de marzo de 2008

MANSILLA


Sobre el lomo del caballo escribe, Mansilla,
su viaje hacia el interior de los bárbaros
ha conocido, Mansilla, el exótico perfil del Himalaya
los salones de París, las calles de Londres,
los guantes de fino cuero, la levita y el frac
pero, alegre, con ese optimismo decimonónico,
recrea conciliábulos con los ranqueles.
Es el viajero que anda
por el mundo
enamorado
de sus contrastes.

Hablemos de Luico V. Mansilla, que es un héroe diferente. Un héroe feliz. Un hombre que ha viajado por el mundo desde joven, que ha ido a la India a los 18 años y subido al Himalaya, que se ha paseado por los salones de Londres, de París, de Buenos Aires. Es fino y culto, viene de una familia adinerada (sobrino de Rosas) y se enamoró incontables veces. Cree en una Argentina con destino de progreso como todos los hombres de fin de siglo. Sin embargo mira al mundo sin prejuicios y hace ese viaje al interior, a las tolderías, con la misión de establecer tratados de paz, como emisario de la "civilización" que sólo quiere exterminar al indio. Pero él tiene otra cabeza, no ha andado el mundo de gusto y reconoce que los términos civilización y barbarie no son verdades absolutas, que, en muchas ocasiones, los raqueles por ejemplo, son más civilizados, más piadosos y solidarios que los blancos. Piensa que la solución no es el exterminio sino la asimilación a través de la religión y el trabajo.
Me encanta lo que dice en Una excursión a los indios ranqueles: "hay que vivir para experimentar contrastes", tocar los extremos donde se encuentra la felicidad. Y al tocar los extremos se da cuenta de que el mundo occidental sólo ha desplegado su barbarie sobre los más indefensos, los ha llenado de vicios, los ha ido destruyendo lentamente para darles el mazazo final.
Escribe sobre el lomo del caballo, escribe para dar cuenta de su fuerza y salud, de su capacidad de descubrir los verdaderos valores en la naturaleza, en ese viaje interior mucho mejor que en todos los libros y opúsculos del resto de los blancos. Escribe para decir que los ranqueles le han dado lecciones de humanidad y, de paso, porque no es un santo, sino un tipo que quiere a toda costa ocupar altos cargos en el gobierno, que es el hombre ideal, que conoce a la tierra porque ha dormido sobre el caballo mirando las estrellas y sabe apreciar que no hay manjar más grande que una tortilla de avestruz comida a cielo abierto.
Me gusta Mansilla. Se muere viejo, se muere enamorado, en París como era de esperar, luciendo una estampa vigorosa a pesar de su ceguera, a los ochenta años. Me gusta releer su Excursión, es la obra de un vanidoso, de alguien que se sobrevalora, pero que también sale del corral ideológico de su época. Es un turista, pero un turista inteligente y sagaz que hace del viaje una fiesta para él y para nosotros, que lo leemos.

sábado, 22 de marzo de 2008

DISCURSOS DE LA MEMORIA


Frente a la conmemoración de otro aniversario del golpe militar es necesario reflexionar sobre cómo circularon los discursos sobre la represión en todos estos años después de recuperada la democracia y cómo la literatura fue reflejándolos acaso en un principio tímidamente para después aparecer en textos que hoy son emblemáticos. También de qué manera se fueron incorporando esos discursos en la educación pública, cómo la escuela fue haciendo un desvío y soslayando el tema porque también ella era parte de una sociedad que se negaba a trabajar con la memoria.
Digamos que, hasta la derogación de las leyes de obediencia debida y de punto final, la institución escolar fue esquivando la revisión del pasado porque a la sociedad le costó revisar ese período negro de nuestra historia. No así la literatura que -antes y después- se hizo cargo de ficcionalizar el horror.
Con respecto al silencio, recordemos lo que refiere Tzvetan Todorov en su artículo “Frente al límite” sobre un sueño recurrente que tenía Primo Levi en Auschwitz. Levi rehacía regularmente la misma pesadilla: libre del campo, volvía a su casa y hacía un relato detallado de sus infortunios. Pero, de repente, se daba cuenta de que ninguno de los asistentes lo escuchaba, que hablaban entre ellos, que ni siquiera se percataban de su existencia; más aún se levantaban y se iban sin decir palabra. Este sueño volvía después de su liberación, y Levi descubrió que estaba lejos de ser el único en haberlo tenido, que otros sobrevivientes se lo contaban en forma parecida. Dice Todorov que este sueño contiene gran parte de verdad. En el momento en el que los campos existían, los relatos acerca de ellos no faltaban en los países neutrales o adversarios a Hitler. Sin embargo uno se resistía a creerlos, pues de prestarle atención, se obligaba a repensar radicalmente su propia vida. Hay penas, dice Todorov, que uno prefiere ignorar.
Paul Ricoeur y otros filósofos hablan del trabajo de la memoria y también del “deber de la memoria” en el sentido de que el deber de recordar debería estar complementado por el trabajo científico, por el trabajo del historiador. Porque la memoria -y especialmente cada aniversario del golpe militar más sangriento de nuestra historia- es una construcción, un replanteo incesante que la sociedad y la escuela deben hacer para que los jóvenes encuentren un real significado a la violencia vivida en nuestro país que todavía es presente y no historia cerrada. Ciertos mecanismos autoritarios no han sido aún desarticulados y la sociedad tiene -a pesar del tiempo transcurrido- en carne viva dolores como la desaparición, la muerte, la tortura, el robo de bebés que aún siguen intactos.
Hasta hace muy poco no era tan fácil instalar estos temas en las aulas, muchos docentes sentían que eran cuestiones que no les correspondían abordar o simplemente les eran indiferentes. No todos, por supuesto. Otros, a pesar del vacío, hicieron y hacen su trabajo.
En una sociedad que ha visto como desde el poder se quemaban o censuraban los libros –baste pensar en los libros del centro Editor de América Latina, consumidos por el fuego, o en los libros y revistas que por esas épocas debimos hacer desaparecer para preservar nuestras vidas- aún quedan secuelas de miedo y silencio.
Suelo comenzar mis clases de Lengua y Literatura dándoles a mis alumnos a leer un artículo de Pérez Reverte que salió publicado en el suplemento del diario Clarín, en 1996. Se titula Vida y Muerte de los libros. En él, el autor español parte de un hecho desgarrador que presenció como corresponsal de guerra en Bosnia Herzegovina, el incendio de la Biblioteca de Sarajevo que guardaba libros fundamentales, patrimonios invalorables de la humanidad. A partir de ese hecho puntual, Reverte reflexiona sobre el significado que ha tenido en nuestra cultura la destrucción de libros, desde la antigüedad hasta nuestros días en los que se nos impone una cultura descartable. Porque para este escritor, matar un libro es asesinar el alma del hombre, su memoria y su inteligencia.
Ya lo había dicho Heine, palabras que se actualizaron en 1933 cuando el ministro de Hitler, Goebels, mandó a los estudiantes de la universidad a quemar libros de autores “pornógrafos” en la plaza de Berlín: “Allí donde se queman libros también se quemarán hombres”, sentenció. Y así fue, como también ocurrió en nuestro país donde no sólo se arrasó con una generación que ya no está sino que también se creó un vacío cultural que aún hoy nos cuesta remontar.
Sobre los textos de los escritores desaparecidos aún se escribe la historia de aquellos años terribles: Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Héctor Oesterheld, por citar a los más conocidos, escribieron textos que anticiparon o relataron los años crueles, a los que debe sumarse los escritos del exilio como los de Héctor Tizón, Osvaldo Soriano, Osvaldo Bayer y el mismo Julio Cortázar, que fueron armando el discurso de la resistencia.
Pero la literatura que se fue escribiendo para dar cuenta de la dictadura no tuvo, en su momento, la circulación que hoy posee. Pensemos en un texto ineludible y lúcido como La carta abierta a la junta militar de Rodolfo Walsh escrita con una claridad meridiana a un año del golpe, que circuló clandestinamente pero que era desconocida por la mayoría; en los autores que se dejaron de leer como Haroldo Conti, que implicó no sólo su desaparición física sino también su ausencia en las librerías y en los textos escolares; o los relatos que tenían un mensaje cifrado como Respiración artificial de Piglia, que hablaba en clave sobre la desaparición y la censura.
Hoy, se rescatan nuevamente a poetas como Paco Urondo o aparecen en los programas escolares El Eternauta, una historieta de Oesterheld, otro desaparecido que, escrita en 1957 narraba un Buenos Aires invadido como ocurrió después. Es decir que, si a partir de las conmemoraciones que se sucedieron cumplidos los 30 años del golpe, la sociedad empieza a legitimar el tema porque también la justicia está revisando el pasado a partir de nuevos juicios, los discursos de la memoria vuelven a estar vigentes es porque como sociedad hemos crecido.
Entonces me parece que en la sobreabundancia de información, en esta nueva etapa no hay que correr el riesgo de fosilizar la memoria y convertirla en un tema al que se va vaciando de significado. Debemos pensar que aprender con la memoria no es sólo recitar palabras clisés sino estar atentos a las circunstancias cotidianas, sociales y políticas para que aquellos hechos ocurridos durante la dictadura militar no vuelvan a suceder.
La memoria es un trabajo de años, se marca por la coherencia de compromisos tomados aún en los tiempos en que el discurso oficial proponía leyes de obediencia debida y punto final.
He aquí el quid de la cuestión. Los primeros que tenemos que aprender sobre cómo reivindicar la democracia, promover la solidaridad social, transmitir la memoria del horror, conocer la verdad, detectar los resabios autoritarios que aún quedan después de 32 años en la instituciones, somos los escritores, los docentes, los artistas que, con nuestro trabajo, podremos contribuir a construir una sociedad tolerante de las diferencias y respetuosa de esa generación que tuvo ideales que fueron cercenados por el terrorismo de Estado.
Haroldo Conti en el prólogo de Mascaró habla del permanente regreso de los que se fueron pero que quedan en nuestra memoria:
"Ahora, a diferencia de esas otras veces, no he quedado triste y vacío porque Mascaró sigue vivo y me demanda nuevos caminos. Siento, eso sí, la breve tristeza de despedirme de él para que comience a compartir su camino con otras gentes.
Aquí estamos, pues, a un costado de ese camino diciendo los adioses y estrechando su firme mano. Pero yo sé que volverá. Yo sé que volverás, compadre. Por eso te digo hasta siempre. No te olvides de mí, ni de mi compañera, los que tanto te amamos. Volvé pronto para que podamos seguir viviendo y amando, oscuro jinete, dulce cazador de hombres. Mascaró, alias Joselito, Bembé, alias la Vida.”

miércoles, 19 de marzo de 2008

UNA VIEJA CARTILLA DE FÍSICA

(Ilustración de Manuel Pagani Alonso)
Cuando mi hijo iba a quinto grado encontró en mi biblioteca dos libros del bisabuelo, uno era una Cartilla de Física de Luis Felipe Mantilla, editada por George R. Lockwood, de Broadway, Nueva York, fechado en Octubre de 1875. El otro, una Gramática francesa de primer año, de M.M. Larive et Fleury, editada por la Librairìe Classique Armand Colin, de la rue de Mézières, en 1889. En la primera hoja de ésta última, el bisabuelo estudiante había escrito con tinta negra, que ya viraba hacia el sepia, su nombre: “Mariano Alonso, Bragado, Enero 1893”. En la última había garabateado algunas cuentas de dividir y la caricatura de un marinero con un cigarro en la boca, debajo de la que se leía esta enigmática frase: “El cadete González, víctima de la juventud del juez”. También había unas salpicaduras de tinta.
Eran dos libros de textos de alguien que fue un chico hace más de un siglo. Ambos tenían tapas duras, de un color celeste envejecido, pero todavía conservaban su dignidad después de cien años. Mi hijo y yo recorrimos sus páginas con fascinación, esos dos libros nos proponían un viaje en el tiempo, nos permitían, de alguna manera, reconstruir una parte de ese estudiante secundario que había sido nuestro antepasado. Sus dedos habían quedado estampados en las manchas de tinta que salpicaban de tanto en tanto las páginas. Le conté a mi hijo que hubo un tiempo en el que las biromes no existían y le hablé sobre los tinteros y las plumas que ensuciaban a los alumnos que no eran muy diestros ni muy aplicados. Le inventamos una cara al profesor de francés que le habría indicado a Mariano Alonso, de catorce o quince años que comprara esa gramática, un adusto y duro profesor que en una mañana helada, en una escuela particular a la que asistirían unos pocos chicos, leía del libro el exercice 3: “Distinguez les noms de choses visibles des noms de choses invisibles. Ecrivez est un nom de chose visible”. Y nos reímos del pobre Mariano que acaso sentiría que las palabras en francés se le escapaban por la ventana como moscas asustadas.
La cartilla de Física fascinó a mi hijo, tenía ilustraciones, preciosos dibujos hechos a pluma: dos niños en sube y baja para representar la palanca. Llevaban trajecitos, corbata y el pelo cortado a la melenita. Había en otras páginas globos aerostáticos para explicar que el gas es más liviano que el aire. Ese globo nos llevó a Verne y sus viajes maravillosos, sobre todo a Robur, que era el libro que estábamos leyendo juntos por las noches. Un carro lleno de heno en un terreno en declive ilustraba que, para que un cuerpo se mantuviera sin caerse era preciso que su centro de gravedad estuviera en una línea dentro de su base. Así nos fuimos a los medios de transporte del siglo pasado, ayudados por otros dibujos de carros tirados por caballos y repletos de toneles. Todo un viaje hacia los objetos y máquinas que habían rodeado al bisabuelo.
Las manchas de tinta que tenían las hojas de la Gramática francesa con las huellas digitales de aquel niño que se habría aplicado sobre esas páginas, nos resultaron maravillosas, porque ese libro de texto tan antiguo venía a armar una historia, a construir el recuerdo de una manera de enseñar y de aprender, como ha sido siempre que la escuela se convirtió en un espacio de socialización y aprendizaje.
Mi hijo y yo amamos los libros y, cuando era pequeño, en marzo, nos gustaba ir a la librería a comprar los textos para la escuela. No estoy haciendo falso exhibicionismo docente. Le enseñé a mi hijo que los libros guardan las ansias de conocimiento que todo ser humano tiene y que sólo puede saciar a través de ellos. Porque los libros son puertas, pasadizos por donde se va a muchas partes, desde los secretos del cuerpo humano, la historia de la patria, los lugares que soñamos conocer, el universo y los planetas que flotan en silencio en el espacio, los animales y especies vegetales, los avances tecnológicos de todas las épocas, las abstracciones numéricas, las leyes implacables de la física o los enigmas de otras lenguas. Y también a las zonas de la imaginación, a esos mundos que recrean los cuentos, poemas, novelas, historietas que irán armando esa pasión por la lectura, alimento a que todo niño tiene derecho.
Leer abriga y alarga la vida, nos vuelve más sabios y también más tolerantes. El abuelo Mariano lo sabía, acaso por esa razón guardó para las generaciones futuras sus libros de estudio.
Libros de texto que evocan la primera infancia que es, acaso en el recuerdo, aquel “paraíso perdido” del que todos fuimos desterrados.

lunes, 17 de marzo de 2008

El guardia de García Lorca

Alguien de mi cuadra compartió los últimos momentos del poeta Federico García Lorca.
Justo en la esquina de mi casa de Bragado vivió un ex combatiente de la Guerra Civil española, José González Sánchez, que fue incorporado al bando nacionalista a los 16 años sin poder elegir, pues a pesar de que simpatizaba con los republicanos, en aquellos tiempos terribles, los ciudadanos eran despojados de su documentación y obligados a alistarse en las filas de los rebeldes.
Siempre supe que este inmigrante español había atravesado la terrible experiencia de la guerra, de la que no hablaba casi con sus vecinos a los que proveía de verduras y frutas en su negocio. Más de una vez, ya jubilado, mientras lo veía sentado en la ventana de lo que había sido en un tiempo su verdulería en la esquina de Núñez y Remedios de Escalada, quise indagar sobre la vida que había dejado en España, pero nunca lo hice y me quedé sin conocer por su boca una historia seguramente apasionante. Sin embargo, una mañana de 2007 su nieto, Felipe González, me dio un dato inesperado.
Estábamos leyendo Bodas de sangre en un curso de Primero de Polimodal y, mientras me refería al contexto histórico en el que había vivido García Lorca, le dije a Felipe que recordaba que su abuelo había sido un combatiente de aquella guerra que se cobró medio millón de vidas.
Al día siguiente, Felipe, que había consultado a su padre y a su tía, contó que su abuelo había sido destinado primero al destacamento Benítez, en Málaga y al frente de Órgiva en Granada, donde, entre otras tareas, fue designado en un puesto de guardia en la cárcel de presos civiles, entre los que estaba el poeta Federico García Lorca.
Federico García Lorca, el genial poeta y dramaturgo español fue fusilado en la madrugada del 19 al 20 de agosto de 1936, en los primeros días de la Guerra Civil española y fue una de las víctimas más notables del franquismo.
Un poeta magnífico y multifacético que había alcanzado éxito con obras de teatro como Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba y Yerma, que había escrito libros de poemas muy populares como El Romancero Gitano, y que había participado del gobierno de la Segunda República dirigiendo un teatro trashumante, La Barraca, que llevaba a los más recónditos pueblos de España obras clásicas de la dramaturgia española.
Cuando el general Francisco Franco se sublevó encabezando a un sector del ejército a comienzos de 1936 contra el gobierno de la II República española y estalló la Guerra Civil, Federico García Lorca decidió abandonar Madrid para volver a su tierra natal, Granada, buscando la tranquilidad de su familia. Granada fue tomada el 18 de julio por los nacionales y los sublevados comenzaron una caza de brujas para eliminar a los sospechosos de simpatizar con el Frente Popular que apoyaba a la República. Se fusilaron a muchas personas, y el poeta fue llevado de casa de sus amigos, Los Rosales, donde se había refugiado. Lorca fue acusado de ser un espía soviético al servicio de Moscú.
A unos nueve kilómetros de la capital, Granada, se encuentran las localidades de Víznar y Alfácar. Los rebeldes establecieron allí un puesto militar para controlar una posible contraofensiva republicana. Finalmente, el barranco entre estos dos pueblos se convirtió en el lugar de fusilamiento de miles de civiles. Los vehículos que partían del Gobierno Civil ascendían, tras una parada ante el Palacio del Arzobispo Moscoso y Peralta, convertido en cuartel general, hacia Alfacar. Encima de Víznar se encontraba Villa Concha, una residencia de verano para los niños granadinos, que era conocida en el pueblo como La Colonia. La edificación fue empleada como cárcel provisional, un corredor de la muerte fatal. Se cree que durante los días en que Lorca esperaba la muerte fue duramente torturado. Federico pasó allí tres días que debieron haber sido insoportables. En algún testimonio que leí, se señala que, dolorido por los golpes pidió agua a uno de los guardias. ¿Sería mi vecino?
En la madrugada del 19 al 20 de agosto de aquel 1936, Lorca junto con el maestro José Dióscoro y dos banderilleros miembros de la CNT, uno de ellos era Francisco Galadí, fue conducido a una cuneta del camino de Alfacar, ante un viejo olivar, cerca de la Fuente Grande -los árabes la llamaban Aynadamar o "Fuente de las lágrimas". Ahí Lorca fue fusilado junto a los otros y enterrado como tantos en una fosa común sin nombre ni cruz.
En una mañana de 2007, en la escuela pública donde doy clases, en una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, el recuerdo de un poeta fusilado dejó, por un momento, de ser un mero dato en un manual para convertirse en historia viva, aún no saldada. Un poeta fusilado y un joven de 16 años que sufrió las crueldades de la guerra y que sobrevivió para contarles a sus familiares que él había estado en el lugar de la ignominia.
“El crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”, escribió Antonio Machado en un bello y triste poema. José González Sánchez, mi vecino, lo revivió a través de su nieto.

sábado, 15 de marzo de 2008

UNA EXCURSIÓN AL ÁLAMO CAROLINA DE CONTI

Luli muestra el álamo carolina sobre el camino que va a Warnes y dice, “es un hermoso árbol, cuando cae el sol las ramas se ponen doradas”. Luli es un hombre de anchas espaldas que ha sido alambrador y que conoce los secretos de su pueblo, el mismo que Haroldo Conti describe en el cuento Mi madre andaba en la luz, “un puñado de casitas y tapiales aparece y desparece entre los árboles. Luli se siente orgulloso de mostrarme el álamo carolina que le da el título a uno de los últimos libros del escritor de Chacabuco, desaparecido en 1976, una de las tantas víctimas de la dictadura militar. Porque Luli, el padre de Carolina, una ex alumna que me ha prometido este viaje durante varios años y al fin se concreta, si no hubiera sido alambrador y ahora transportista, hubiera sido poeta, porque él entiende, sin necesidad de teoría literaria alguna, como está contado La balada del álamo carolina, cuál es la perspectiva que elige la narrador para explicar el lento crecimiento de ese árbol que se erige solitario en el camino. “Es el árbol el que va diciendo como se llena de pájaros y como le van creciendo las ramas”, explica cuando ya estamos arriba del auto después de habernos tomados varias fotografías bajo su frondosa copa que en octubre luce exuberante. “Un árbol, en verano –escribe Conti- es casi un pájaro”.
Luli y Mabel Baez viven desde hace muchos años en Warnes, y se sienten orgullosos de pertenecer a un pueblo enclavado en la fértil llanura bonaerense que ha sido refundado en los textos de Conti y, acaso, intuyen que la realidad es apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, da vida, corrige, reinventa. Es que los territorios literarios modifican el ámbito referencial de donde proceden. En una geografía literaria, Dublín no puede pensarse sin Joyce, Balvanera sin Borges, Santa Fe sin Saer, París sin Cortázar y Warnes y Chacabuco sin Haroldo Conti.
En el patio de los Baez, mientras se hace el asado, yo abro la primera edición de La balada del álamo carolina, la de Corregidor de 1975, de tapas verdes donde el árbol célebre del campo de Maruca Cirigliano es reproducido en una versión un poco más joven de la que yo he visto y fotografiado, un libro que perdí y recuperé muchos años después para que pudiera abrirlo en Warnes y preguntarle a Luli si se acuerda de Pampín y su boliche. Le leo:”El rostro blanco y pelusiento emergió lentamente por detrás del mostrador. Era el viejo Pampín en persona que subía del sótano al cual había caído en un descuido algunos años atrás porque la tapa estaba justo detrás del mostrador y a veces la dejaba abierta…” Luli se ríe y recuerda la vieja anécdota que todos en el pueblo comentaban, la imagen del viejo que yendo y viniendo de la balanza a los botellones de caramelos desapareció como por arte de magia y tuvo que ser extraído con unos aparejos. Luli hace un pequeño esfuerzo e intenta recuperar al viejo en sus recuerdos. Don Ramón Pampín, me dice, usaba unos botines pesados, una camisa de grafa, de esas de tela resistente, y un sombrero alto como una especie de galera, de copa redondeada con el ala finita. Tenía cara de ratón. Mis ojos bajan a las páginas de Conti que también lo describe en su cuento: “la carne se le había corrido hacia abajo como si el viejo, el verdadero, se hubiese encogido por dentro, de manera que la piel, salpicada de manchas, le colgaba de los huesos”. Me pide que siga leyendo y me va explicando, en el boliche había un olor particular, un olor diferente, ¿será ese olor a carne ahumada que señala Haroldo?
Ya no puedo saber dónde empieza y termina la literatura en la evocación de Luli, porque él ha leído los cuentos y se le entrecruzan con sus propios recuerdos.
Don Ramón Pampín, el personaje literario y el que cuenta Luli, había venido de Santa Eugenia de Fao, ayuntamiento de Touro, partido de la Coruña, pero había convertido en su propio lugar a ese Warnes polvoriento, dividido en dos por las vías del Ferrocarril Oeste, el mismo que dejó de pasar cuando las privatizaciones y ahora sólo quedan las vías muertas y la estación convertida en delegación municipal, comisaría y biblioteca.
En el recorrido que hacemos con Carolina por Warnes, siempre acompañadas por las palabras de Conti llegamos al boliche que está en una esquina, sobre la calle principal.
Es fácil adivinar, detrás de las oxidadas cortinas de metal, el mostrador oscuro, la balanza de dos platos, la vitrina con velas, agujas y ovillos de hilo, la heladera rota que servía de armario. Tomo una fotografía de la puerta que está en la ochava y casi veo a Pedro Seretti con el bolso en la mano, tomando una caña Legui mientras mira la pila de esqueletos de vino y botellas vacías.
La dueña actual de la propiedad levanta la cortina de la puerta lateral y nos permite husmear en la penumbra. Ya no hay pisos, las vigas del techo han sido desclavadas y bultos y objetos desfragmentan esos mundos que la literatura mantiene intactos. Me muestran donde estaba el sótano, pero ahora está tapado por bolsas y materiales de construcción.
Insospechadamente, un lugar se funda a partir de la escritura, la realidad no deja de ser apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, da vida, corrige, reinventa. Bioy Casares decía que escribir era agregar un cuarto a la casa de la vida, que es otra manera de decir que la literatura duplica el mundo, imprime a la realidad un nuevo aspecto, la modifica, ejerce sobre ella una sugestiva, única percepción del entorno.
Los cuentos de Haroldo Conti construyen un espacio escriturario sobre la tranquila y sencilla vida del pueblo en donde pasó su infancia y a donde volvió una y otra vez para arrancarle personajes e historias. Como habría leído en Cesare Pavese, autor que influyó en su modelo de escritura, “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha, siempre nos aguarda.”
Hacia ese pueblo Conti volvía una y otra vez con su mente, es decir con su escritura que era una forma de reinventarlo. Una manera de escribir para que otros existan, de eso se trata, acaso la literatura: “..y entonces vuelvo a golpear otra tecla una y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio”, escribe en Los caminos pensando en sus amigos lejanos. Artificio que el escritor iniciaba en esos “prolijos viajes de la memoria”.
Porque su literatura inicia, desde la memoria, una reconstrucción de un espacio sembrado de objetos, luces y sombras, personajes que viven en la inmediatez del presente pero que pueblan la narrativa de Haroldo que los captaba en sus idas y vueltas al territorio de la infancia. En ese tono siempre evocativo el paisaje se reinventa y, cuando uno desanda esos caminos, el eternamente por asfaltar que une Chacabuco con Bragado, cuyo dinero se lo gastaron tres veces distintas administraciones, o se sienta a la sombra del álamo carolina que está en la antigua chacra de Maruca Cirigliano, o visita la casa, se encuentra con Haroldo porque como le escribiera a Haydé Lombardi “allí donde terminan los caminos, allí estoy yo”. Y seguramente viajar hacia esos territorios tiene mucho de encuentro.
La excursión al Warnes de Conti termina en la chacra de Maruca Cirigliano, la gran amiga del escritor que lo recibía siempre que llegaba desde Buenos Aires. Nos muestran el señalador de caminos que un día llevó a lo de Maruca y que miramos con esa extraña sensación que se tiene frente a los objetos que sobreviven a los hombres. Hablamos con uno de los hijos de Maruca, el hermano de Bachi: “Haroldo venía y venía siempre a esta casa, pero un día no volvió dice, era guerrillero, porque aquello fue una guerra, tal vez se lo merecía.”
Siento que Haroldo, lo que no se merece es que alguien hable así de él, que repita el discurso del poder y no confíe en ese escritor que era amigo de la casa, que absorbió ese paisaje y lo convirtió en hermosos cuentos. Ni a los Baez ni a mí nos gusta lo que estamos escuchando. Otra vez la teoría de los dos demonios, la desmemoria. Miramos por última vez el señalador de caminos en el que se lee las palabras Chacabuco y Bragado y nos vamos.
El álamo, el solitario álamo que crece en el camino, un poco antes de la estancia La Silvina, nos sigue protegiendo, en la distancia, con su frondosa copa de hojas verdes y brillantes. Junto con los pájaros, le andan aleteando las palabras de Haroldo, ese mago viejo como lo llamó Galeano. El álamo sigue erguido y hermoso gracias a personas como Luli que sabe, que en el corazón de su pueblo, la voz de Conti no se apagará jamás, aunque lo hayan secuestrado, torturado, aniquilado. Las palabras siempre son más libres, mucho más.