lunes, 31 de agosto de 2009

Los caminos inventados de Haroldo Conti


Pronto estrenaremos en Bragado la película sobre Haroldo Conti, Homo viator, de Miguel Mato.

Aquí va un artículo sobre su obra que escribí hace un tiempo:


LOS CAMINOS INVENTADOS DE HAROLDO CONTI

María Cristina Alonso


Insospechadamente, un lugar se funda a partir de la escritura, la realidad no deja de ser apenas un apunte, un borrador del cual el escritor se apropia, da vida, corrige, reinventa.
Los cuentos de Haroldo Conti construyen un espacio escriturario sobre la tranquila y sencilla vida del pueblo en donde pasó su infancia y a donde volvió una y otra vez para arrancarle personajes e historias. Como habría leído en Cesare Pavese, autor que influyó en su modelo de escritura, “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. “
Hacia ese pueblo Conti volvía una y otra vez con su mente, es decir con su escritura que era una forma de reinventarlo. Una manera de escribir para que otros existan que de eso se trata, acaso la literatura. “y entonces vuelvo a golpear otra tecla una y otra porque me digo que, después de todo, nadie sabrá de ellos si no es por este viejo artificio”, escribe en Los caminos pensando en sus amigos lejanos. Artificio que el escritor iniciaba en esos “prolijos viajes de la memoria”.
Porque su literatura inicia, desde la memoria, una reconstrucción de un espacio sembrado de objetos, luces y sombras, personajes que viven en la inmediatez del presente pero que pueblan la narrativa de Haroldo que los captaba en sus idas y vueltas al territorio de la infancia. En ese tono siempre evocativo, el paisaje se reinventa, y, cuando uno desanda esos caminos, el eternamente por asfaltar que une Chacabuco con Bragado, cuyo dinero se lo gastaron tres veces distintas administraciones, o se sienta a la sombra del álamo carolina que está en la antigua chacra de Maruca Cirigliano, o visita su casa se encuentra con Haroldo porque como le escribiera a Haydé Lombardi: “allí donde terminan los caminos, allí estoy yo”. Y seguramente viajar hacia esos territorios tiene mucho de encuentro.

La obra de Haroldo Conti está cruzada por los caminos: el que une Chacabuco con Bragado, ese que el tío Agustín atravesaba cada vez que se corría la fondo "Las doce a Bragado", habitado por cuises, liebres y pájaros; el que lleva álamo carolina en el campo de Cirigliano; el que es transitado por el Expreso 25 de Mayo, haciendo escala en Warnes, ese pueblito que lo maravillaba y que describió hasta en sus más mínimos detalles. Y otros caminos que lo llevaban a reencontrarse con los amigos como Paco Urondo, Lirio Rocha o el capitán Alfonso Domínguez o, mucho más lejos, a la Cuba revolucionaria que admiró y en la que recuperó a su leído y admirado Ernest Hemingway. Caminos que lo dejaban en las islas del Delta, donde tenía una casa y de los que habló en Sudeste. Y otros caminos, trazados en la novela Mascaró, el cazador americano, fatigados por el Príncipe Patagón y su loca trouppe circense para encontrar insignificantes pueblos en donde hacer sus fantásticas representaciones. Y acaso un camino final: el que lo llevó el 5 de mayo de 1976 a convertirse en un desaparecido, víctima de la represión desatada por la última dictadura militar.

La escritura, una travesía

La narrativa de Conti se inscribe en una línea costumbrista que viene de Payró y Roberto Arlt, pero que en él adquiere un tono intimista, de morosas descripciones del paisaje, a veces llenas de melancolía. En eso marca una ruptura con las narrativas de Borges y Cortázar que tanto influyeron a sus contemporáneos.
Muchos de sus personajes, que a veces saltan de una obra a otra, luchan por liberarse, por encontrar una senda. Por eso decimos que la obra de Haroldo Conti está como signada por los caminos, por la búsqueda de un destino. En medio de la jaula en la que suele convertirse la vida, el camino ofrece una manera de liberación, de buscar mundo, de huir de lo cotidiano, de la alienación de la vida contemporánea. "Aquí me tiene -dice Oreste, el protagonista de su cuento El último- tumbado a un costado del camino, esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte". Es ese mismo Oreste que en la novela Mascaró, sigue al Príncipe Patagón y a la compañía de un circo buscando también su destino. La vida, entonces, entendida como travesía, como lo explica el capitán del Mañana, el barco que inicia el derrotero: "La vida es una eterna travesía, se erraba desde el nacimiento, ese puertito de luces, tan recogido, tan breve", para después preguntarse: "¿dónde estaba el camino?"
Tal vez porque Conti, que había abrevado en las historias pueblerinas que le contaban sus familiares y amigos, pensaba, como el padre de Todos los veranos, que "su corazón nunca estaba donde estaba el resto del cuerpo". Y por eso era necesario andar, ir y volver, para que, alguna vez, ambos coincidieran.


De Chacabuco y sus alrededores

Para siempre quedarán en la memoria de los lectores esos personajes que Haroldo supo describir en cuentos inspirados en el ambiente pueblerino de Chacabuco o en el camino de tierra que une esa ciudad con Bragado: el tío Agustín (Las doce a Bragado), con el número 14 en la espalda, corriendo la carrera de Fondo las doce a Bragado, corriendo y desistiendo antes de llegar al campo de Cirigliano, pero también ese mismo tío, sentado junto al banco de carpintero, envejeciendo al lado de la sierra y la cardadora; Basilio Argimón, y su empeño por inventar un aparato para convertirse en pájaro y sobrevolar el pueblo y, al fin, estrellarse contra el hotel Unión (Ad astra); el viejo Pampín, el almacenero de Warnes, "un puñado de casitas y tapiales entre los árboles", el mismo que habiéndose olvidado abierta la tapa del sótano que estaba detrás del mostrador, se cayó y hubo que sacarlo con un aparejo; o el loco Seretti, que empezó arreglando los techos para luego quedarse a vivir arriba de ellos (Mi madre andaba en la luz); el maestro Pellice, el cohetero de la zona que, una tarde, se enamoró de la señorita Hayde Lombardi y empezó a escribirle cartas nocturnas que nunca se atrevía a mandar y con las que rellenaba las bombas de estruendo (Perfumada noche); el tío Hipólito y la señorita Adela, atravesando el pueblo para ir a conocer la casa con el jardín y los dos pinos y -junto con ellos- reconocer el olor a tierra mojada que deja el camión regador, ese que tenía un águila de bronce en la tapa del radiador, saltar la acera de ladrillos húmedos, ver a don Italo en la puerta del almacén con el lápiz en la oreja, o al gallego Correa saludar desde el mostrador de la tienda "El mercurio", y hablar del tiempo, de flores, de tulipanes, de espuelas de caballeros, de ciclamen (Los novios).
Cuentos todos en los que nunca pasa nada o muy poco, como en la vida. Lo distintivo de la narrativa de Conti es, precisamente, la construcción de un mundo a partir de una anécdota insignificante, como en Perdido que resume los instantes previos a la salida del tren, en la estación Retiro. Oreste va al encuentro de su tío, que se pone nervioso una hora antes de la partida: "Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban ya estaban pensando en volver". Nada sucede salvo breves diálogos aprendidos en la narrativa de Hemingway: intercambios de noticias, alusiones al paso del tiempo, saludos repetidos y promesas de reencuentros. Pero con esos pocos elementos, se crea un clima, se percibe la inquietud, la desazón que provocaba la gran ciudad.
En otros relatos, no sólo hay un apunte pintoresquista, sino que la mirada se vuelve más descarnada, como en Otra gente: un niño sube al techo a buscar su barrilete que se le ha quedado enganchado en un árbol y, desde allí, descubre un agujero en la chapa que se convierte en un espacio por el que ve a su familia bajo otro aspecto: la tristeza de la madre, las relaciones de la Tere con el peón, la desesperación del padre, el abuelo que, confinado a una silla de ruedas, se levanta para sacar la botella del aparador. Desde ese mirador insospechado, su gente es otra gente, y la existencia mucho más miserable.


Camino de regreso


Haroldo Conti escribió que sus novelas eran testimoniales pero, entre la vida y la literatura, terminaba eligiendo la vida. Quienes lo conocieron cuentan de su interés por los hombres y el mundo y por su sentido de la solidaridad. Fue un hombre que se comprometió con su tiempo y defendió sus ideas. Él creía en el socialismo, admiraba la revolución cubana y sentía que su lugar estaba entre su gente. Sabía que figuraba en las listas negras donde se consignaban los nombres de los intelectuales que iba a arrasar la dictadura. Tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero él pensaba que había que resistir hasta que se pudiera.
Su última novela, Mascaró, el cazador americano, marca una coherencia entre su vida y su obra. Allí escribe: "El arte es la más intensa alegría que el hombre se proporciona a sí mismo" y, el Príncipe Patagón, uno de los personajes, sentencia: "El arte es una eterna conspiración. Es su más fuerte atractivo, su más alta misión. Rumbea adelante, madrugón del sujeto humano".
En ella, un grupo de vagabundos arman un circo para ir de pueblo en pueblo, es una novela de camino y sus personajes cambian, porque no sólo cambia el paisaje. Cambian ellos. Oreste, ese personaje que viene recorriendo su obra desde otros relatos, termina encarcelado. Lo torturan, le quitan el nombre, le asignan un número -cero- lo degradan, le dicen, "usted no existe". Con cierta lucidez premonitoria, Haroldo contaba, en 1975, su propio destino. El padre Castellani que, después de su desaparición, logró verlo en Coordinación Federal, refirió que lo había encontrado en una celda en tal estado de postración por las torturas, que no pudo conversar con él.
En el cuento La balada del lamo carolina, Haroldo Conti coloca como epígrafe un anónimo japonés: "Ciruelo de mi puerta,/ si no volviese yo,/ la primavera siempre/ volverá . Tú florece. Haroldo nunca regresó, hoy es uno de lo 30.000 desaparecidos que enlutaron nuestra historia reciente. Sin embargo siempre está volviendo en cada uno de sus textos. Su obra recupera la cultura popular, reseña la historia del trabajo, habla de ese mundo de invenciones, testimonia la modificación de las tecnologías en el ámbito rural, traza caminos en un país marcado por las distancias y la desmemoria.
Un antiguo señalador de caminos, que un día se llevó de lo de Maruca Cirigliano, le está marcando a Haroldo el regreso, a él que es el único escritor que tuvo un certificado de náufrago, que escribió guiones para televisión, enseñó latín y navegó por el Delta y que, el día en que se lo llevaron, había terminado un cuento que tituló A la diestra, en el que algunos muertos de Chacabuco y algunos amigos vivos comían un asado organizado por Dios en una parrilla hecha con rejas de portón. Digo el regreso porque un escritor vuelve cuando nuevos lectores recorren sus páginas. La literatura es siempre un camino de vuelta.

viernes, 7 de agosto de 2009

Robert Louis Stevenson: la lección del maestro


Stevenson fue uno de los escritores más populares del mundo inglés durante los primeros años del siglo XIX. Él pensaba que, las narraciones son para los adultos lo que los juegos son para los niños y, por lo tanto creía que todo buen relato debía repetirse en mil imágenes coloreadas al ojo del que las evocara. Stevenson sostenía que un buen relato debía comunicar una anécdota, un incidente que actuara sobre la imaginación y sobreviviera más claramente en la memoria que los ínfimos detalles de la novela pretendidamente social.

Sostenía que, una obra de ficción es un objeto artificial pero, debe tener la apariencia de una vida propia, representar la realidad. Y que los personajes de ficción son sólo “sartas de palabras y partes de libros”.

Para el escritor inglés la mejor manera de hacer del lector un activo colaborador en el proceso de creación consiste en combinar dos impulsos contrarios: dirigirse hacia abstracciones generalizadas y hacia detalles sorprendentes, por el otro. Un proceso de abstracción y simplificación hace evidente la artificialidad de la obra.

Esos “detalles sorprendentes y misteriosos” hacían excitar la imaginación del lector con detalles fascinantes.

La novela, que es una obra de arte, existe no por sus semejanzas con la vida que son forzadas y materiales sino por su incontenible diferencia con la vida.

Un texto debe permanecer a la vez abierto y ambiguo y precisamente resultará sugestivo por su mismo carácter incompleto.

Stevenson evita el “relleno” propio de la novela victoriana. Al suprimir rellenos impidió que el lector se sintiera a gusto con los personajes, siempre queda la impresión de que se sabe muy poco de ellos.

Sin embargo, Stevenson da importancia al empleo de cierta clase de detalles que clasifica:
1) los que unen distintos momentos de un relato (actuando como leimotivs) o que ayudan a reforzar una escena particularmente importante (y emblemática),
2) y los que llevan al lector a inventar una historia para justificar la presencia de un detalle inexplicable o anómalo. Es decir los detalles que actúan dentro del relato o fuera del mismo.
Ejemplos que da Stevenson: Robinsón Crusoe retrocediendo ante la huella y Ulises doblando el arco: es decir, cuadros vívidos, estáticos. Escenas memorables que graban el relato en la memoria como una ilustración.

domingo, 19 de julio de 2009

La noche en que llegamos a la luna


Cada uno de los de mi generación llegó a la luna de diferentes maneras. Era un 20 de julio de 1969. Teníamos un televisor precario, en blanco y negro que a veces “se veía”, y otras no, gracias a una antena altísima erigida en el techo de la casa y que captaba las misteriosas imágenes y los extraños sonidos del mundo.
Por allí, por ese televisor en blanco y negro que estaba en el gélido y oscuro comedor de mi infancia, descendió Neil Amstrong sobre la superficie lunar. Tal vez esa medianoche le saltó alguna chispa de la estufa donde estaban encendidos los leños y chamuscó su traje plateado. A lo mejor escuchó el ladrido de mi perra de entonces. Era una noche de milagros y la larga espera fue gratificada con las imágenes del descenso que un fotógrafo amigo de mi padre tomó del televisor.
En el 69 tenía catorce años, ya Bradbury había entrado en mi vida y los libros de ciencia ficción que devoraba por aquel entonces empalidecían ante esa imagen, en vivo y en directo, de un hombrecito con escafandra que descendía por la escalera de un aparato un poco más complejo que una lata de tomates.
Recuerdo que mandé una carta a la NASA y me enviaron un sello conmemorativo. No lo conservo. Pero sí han quedado esas fotos que el amigo de mi padre sacó del televisor en tiempos en que la reproducción de imágenes era una cosa compleja, en tiempos en que los prodigios de la ciencia nos dejaban sin aliento.
Todos nos fuimos esa noche de hace cuarenta años, a dormir pisando la luna, aunque nuestras huellas se fueran borrando con los vientos de los años, que ya se sabe, soplan cada vez más fuerte.

lunes, 13 de julio de 2009

El viento del Este trae la voz de Constantino




(Historia del tenor Florencio Constantino contada para niños. Integra el volumen Historia de inmigrantes, de María Cristina Alonso - Marta Pasut, Ilustraciones: Mirella Musri, Colección La Flor de la Canela, Editorial Homo Sapiens, 2005)




A fines del siglo XIX, en los campos del noroeste de la provincia de Buenos Aires, la gente esperaba que soplara el viento del Este para escuchar la voz maravillosa de un vasco que, mientras empuñaba la trilladora cantaba milongas, vidalas y romazas españolas.
Se llamaba Florencio Constantino y había llegado a la Argentina a los 21 años, en 1889, a bordo del barco Le Havre, que había salido de un puerto francés.
Como tantos inmigrantes, él -que había sido minero y obrero metalúrgico- pensó que América era un buen lugar para formar una familia.
Y mientras trillaba el trigo en los campos cercanos a la localidad de Bragado, cantaba y cantaba. Tenía voz de tenor y, como casi todos los inmigrantes vascos, se había adaptado a las costumbres del país. Así que en las pulperías, en los fogones, en las fondas y en los almacenes, Florencio se acompañaba de una guitarra y desafiaba a otros cantores en las célebres payadas . Tan bueno era que hasta un famoso payador, Gabino Ezeiza en su paso por Bragado, lo desafió a payar durante dos días y después contó que había conocido a muy pocos cantores tan buenos como Constantino.
La fama de la voz de Florencio empezó a extenderse por toda la zona, hasta que un obispo en una oportunidad y un concertista de violín en otra al escucharlo cantar le aconsejaron que viajara a estudiar canto a Buenos Aires.
Y así lo hizo. Se buscó un maestro de canto lírico y se presentó en varios teatros de Buenos Aires y Montevideo.
Pero el camino de Florencio iba más lejos aún. Se fue a Italia a seguir estudiando y pronto, ya a principios del siglo XX triunfó en París, Madrid, Polonia, Rusia, el País Vasco, Ucrania, Portugal.
Los tiempos de la trilladora habían quedado muy lejos, ahora era aclamado por multitudes.
Y entonces, se acordó de su pequeño pueblito, Bragado, donde lo habían descubierto y se le ocurrió, que no había una manera mejor de homenajearlo que levantar un teatro lírico en medio de las pampas. Los teatros líricos casi siempre se construyen en las grandes capitales porque en ellos se representan óperas, conciertos y espectáculos de ballet, exhibiciones que requieren públicos muy exquisitos.
Bragado era, por entonces una pequeña población rural de hábitos sencillos. Pero a Florencio no le importó y tuvo razón, porque el día de su inauguración, el teatro estuvo colmado de gente de su pueblo y de los alrededores. Y él cantó con su mejor voz, con toda su alma, porque este inmigrante vasco, que había llegado a la Argentina muy pobre, quería devolver a su gente todo lo que había hecho por él.
El resto de su vida lo pasó en escenarios de Estados Unidos, Europa y México. En esa última ciudad se quedó sin voz. Tuvo una enfermedad en las cuerdas vocales y, privado de cantar que era lo que le daba sentido a su vida, enloqueció. Murió a los 51 años, pero aún sigue vivo en las grabaciones que quedaron en hechas en cilindros “Pathé” y en las grabaciones que hizo para el sello Víctor y Edison Grant.


También su voz quedó en el viento que, cuando sopla del Este, remeda aquellas canciones que Florencio cantaba sobre su trilladora en los tiempos en que todavía era apenas un inmigrante recién venido de España.

jueves, 2 de julio de 2009

DIARIO INTIMO EN TIEMPOS DE EPIDEMIA.


Les propongo a mis alumnos que aprovechen este tiempo de vacaciones forzadas por la epidemia de la gripe A (H1N1) que dejen para la posteridad sus impresiones sobre estos tiempos tan preocupantes.

La consigna es:

Escribí tu propio diario que dé cuenta de cómo vivís estos días de epidemia. Será un testimonio para el futuro, para que se lo cuentes a tus hijos o nietos. Podés incluir noticias extraídas de los diarios, opiniones que escuches en la calle o en la familia y, sobre todo, tus propios sentimientos. Escribilo en un cuaderno que te guste, o en una libreta confeccionada por tus propias manos. Pensá que deberá quedar para el futuro. También podés hacer un blog, pero le quitaría el encanto de guardarlo para leerlo pasados los años.

¿Qué es un diario íntimo?

El diario es un género narrativo en el que el autor va relatando, día a día, los hechos que le ocurren así como sus sentimientos e impresiones. Es el único género en el cual autor y destinatario coinciden.
El hecho de que el diario íntimo no esté destinado a ser leído por otras personas explica la libertad expresiva característica de este género, así como la tendencia a seguir el curso de los pensamientos, sin preocuparse demasiado por la estructura del texto.
La organización interna del diario viene dada por su propia naturaleza: a cada día le corresponde un apartado, que se encabeza con la fecha respectiva.
Hay diarios íntimos famosos como El diario de Ana Frank, una niña judía que debió pasar más de un año encerrada en un escondite en Ámsterdam durante la invasión nazi, el Diario de Zlata Filipovic, un libro que relata su vida durante la guerra de Yugoslavia, de 1991 a 1993. También escritores famosos como: Diario de una escritora de Virginia Wolf y Diario, Katherine Mansfield, entre otros.
Manos a la obra.

domingo, 28 de junio de 2009

La Sissi de Bruguera



Con Marita siempre nos encontramos por casualidad. Tomamos café en algún bar de Buenos Aires o de Bragado porque el azar nos reúne. Marita, que fue mi compañera de escuela primaria, tiene una larga cabellera rubia y lacia que siempre me recordó la de las blondas heroínas de los libros que leímos por aquel entonces. Un pelo de oro como el que imaginaba tenía Heidi o Beth la de Mujercitas. En este nuevo encuentro hablamos de los libros que leíamos cuando teníamos diez u once años. Recordamos las aventuras de Sissi, la emperatriz, una zaga que publicaba la editorial Bruguera y que nos fascinaba. Tenía ilustraciones en forma de historieta que se iban alternando con la historia. El autor de las almibaradas novelas de la princesa de Baviera era Marcel D’ Isard, del que no encuentro ningún dato en Internet.
Hablamos de los libros de los tiempos de enfermedad. Cuando caímos en cama por gripes u otros males, la lectura era el mejor refugio para que las horas de obligado reposo fueran un tiempo productivo. Sin televisor -cuando éramos chicas a nadie se le hubiera ocurrido tener un televisor en el cuarto, los que lo poseían lo entronizaban en la sala y lo encendían por la noche después de la cena- y sin Internet, invento que ni siquiera podríamos haber imaginado en los años sesenta. Porque el futuro para nosotras que leíamos ciencia ficción, estaba plagado de autos que volaban y extraterrestres que recalaban en la tierra, pero ni por asomo, en nuestras mentes y en la de ninguno de los autores que leíamos, aparecía esta maravilla que es comunicarse y encontrar información en una computadora.
Pero teníamos los libros. Marita trae el recuerdo de la colección sobre Sissi, historias dulcificadas que nada tuvieron que ver con la verdadera Sissi, que no sólo sufrió de anorexia y vivió preocupada por su físico, sino que soportó el suicidio de su hijo Rodolfo y murió asesinada con una daga por un anarquista cuando estaba por tomar un vapor que la llevaría a Territet.
Los libros que leímos en la infancia son ese país al que podemos volver a través de sus páginas para encontrar nuestros sueños y deseos de niñas.
Busqué en mi biblioteca. Encontré un ejemplar destartalado, “Sissi en el palacio de las hadas”, con 250 ilustraciones anunciadas en su tapa. Por aquel entonces yo escribía copiando el estilo de D’ Isard, plagado de adjetivos, y los personajes que inventaba eran dulces y silenciosos, se besaban todo el tiempo y la armonía reinaba en el palacio.
Por suerte llegó el desorden de los años setenta y pudimos huir de los estereotipos de esa literatura romántica e idealizada, saltando a otros libros y abandonando a Sissi que se quedó en su palacio, cortando flores y mirándose en los espejos mientras nosotras andábamos, por suerte, en otra cosa.

lunes, 22 de junio de 2009

Hablando de espejos


No hay nada más cruel y a la vez más fascinante que un espejo. Quien no haya sentido su acechanza desde la cómoda de un cuarto o desde un comedor penumbroso no puede entender todos los interrogantes que esa superficie plateada genera en quien se para frente a él. Si en el cuento de Blancanieves, la madrastra interrogaba una y otra vez al espejo para que le dijera que ella era la más hermosa, acaso nosotros, como en el cuento de los hermanos Grimm, debemos interrogarlo para encontrar nuestra identidad..
Hay cierta crueldad en los espejos –nadie como ellos nos muestran el paso del tiempo- pero también, si sabemos ver, nos podemos dejar llevar por su magia. El espejo puede transportarnos a otros mundos -inciertos mundos- y descubrir en ellos las puertas de acceso a otras realidades.
Nadie como Borges sabía de espejos. Para él, los espejos como la cópula eran abominables porque duplicaban las cosas. Imagina el poeta que el espejo puede ser el reverso de La moneda de hierro, y su magia radica en que en la sombra de otros buscamos nuestra sombra. Borges se pregunta en este poema por qué un hombre precisa que una mujer lo quiera. Y en ellos encuentra la respuesta: todos en el amor necesitamos vernos reflejados.
Sería inconcebible un mundo sin espejos, sin su fuerza atractiva y misteriosa. Compañeros inseparables de los hombres, ya en la Biblia se los menciona. Los primeros eran de simple latón o de bronce como los que usaron los egipcios, los griegos y los romanos hasta llegar a los magníficos espejos venecianos que empezaron a fabricarse hacia el 1300.
Habitantes de una realidad intangible, los hombres los hemos poblado de fascinación o tristeza. Porque hay hasta espejos que lloran. Lo dice Pascual Contursi en un tango de 1917, Mi noche triste. En él hay un cuarto abandonado, y todos los objetos aparecen desconsolados por la ausencia de la amada. “Calla la guitarra, la catrera se pone cabrera y la luz de la lámpara no alumbra”. Y ahí está el espejo vacío, tan vacío como el corazón del amante desechado.
En un simple espejo de agua, un día Naciso se enamoró de su propia imagen e incapaz de apartarse, se arrojó a las aguas. El agua corre y lleva nuestras imágenes reflejadas mientras recordamos al viejo Heráclito que hablaba del fluir de la vida.
Y Lewis Caroll nos hizo, junto a Alicia, pasar a través de un espejo donde se veía otra casa con todos los objetos invertidos. Un espejo que se va ablandando como una gasa y nos lleva a un mundo que se disuelve como una clara bruma plateada. La casa del espejo es otra casa siendo la misma. Si miramos los espejos de nuestras casa también podemos ver ese otro lado de los objetos familiares muestran otra cara.
Y están los espejos de la literatura que duplican al mundo, porque la ficción es un simulacro del espejo. Cada página de novelas y cuentos recrea múltiples realidades.
Mirarse en los espejos es también conocerse, repensar y reordenar la memoria. Un país debe mirarse en los espejos de la historia no sólo para saber cuál es su verdadera cara, sino para no repetir los viejos y conflictivos errores. Bradbury, que nos contó en Fahrenheit 451 cómo sería una humanidad sin libros y sin memoria le hace decir a uno de los personajes que logra escapar de la hostilidad de un mundo de olvido permanente que, para reconstruir la humanidad, es necesario fabricar espejos y mirarse. “Construiremos ante todo una fábrica de espejos, y durante un año no haremos más que espejos, y nos miraremos largamente.”
En los viejos cafetines siempre anda rondando el recuerdo de un país y un amor, dice Homero Expósito. Y en la luna azogada de esos espejos brumosos de tantos bares inciertos, van quedando las imágenes de los que ya no vuelven.

jueves, 11 de junio de 2009

Gaiman y la pasión por la lectura: XXV Feria provincial del libro de Chubut


En Gaiman, Chubut, hay una casa de piedra, la primera que dio origen al pueblo construida en 1874 y que aún hoy está en pie. Hay un túnel de 1904 que es una oscura caverna por la que pasaba el viejo tren. Un túnel de más de doscientos metros que atraviesa las bardas y que aún habla de aquellos tiempos en que el ferrocarril dio origen a las ciudades de Trelew y de Puerto Madryn. Hay casas de té que reviven la ceremonia que incorporaron los colonos galeses y donde se puede disfrutar no sólo de esa infusión sino también de la típica torta negra, los escones, el pan casero, las tortas de chocolate y de fruta.
En Gaiman las calles anchísimas están llenas de misterios y de historias de esforzados pioneros que convirtieron a la soledad de la meseta patagónica en un lugar fascinante y de los pueblos originarios, los tehuelches, que compartieron en armonía una difícil geografía. En la plaza pasan los canales que se construyeron en 1867 y que circundan el valle, diseñados para llevar el agua desde el río Chubut a las tierras cultivables.
Como esos esforzados pioneros, la Comisión directiva de la Biblioteca Ricardo Jones Berwyn trabaja cada año incansablemente por amor a los libros, a los escritores y a sus mundos organizando la Feria Provincial del libro de Chubut. Estella Marys Dodd es su presidenta y este año reeditó la número 25. Su lema fue “25 años entre libros y lectores”.
Celebrada del 4 al 7 de junio último, la Feria reunió a un multitudinario grupo de escritores, actores y cantantes que se dieron cita para hacer talleres, leer sus poemas, presentar libros, dar charlas y conferencias.
Instalada en el Gimnasio Municipal, la inauguración contó con la presencia de autoridades provinciales y nacionales. Como no podía ser menos en un lugar donde la literatura circula con naturalidad, en una pequeña ciudad donde no sólo hay una feria del libro de importancia regional sino también un festival anual de canto y poesía, el Eisteddford, el intendente, que es profesor en letras, habló de la locura de leer invocando al Quijote.
Llegué a Gaiman con la sensación de haber arribado a una geografía mítica y desolada. Me encontré con personas amables y cultas. En el marco de la feria di un curso sobre Literatura infantil y juvenil a docentes de la zona - maestras, bibliotecarios- que me demostraron que en cualquier rincón del país, la escuela es el lugar de la esperanza, el territorio en el que la cultura se recrea y el amor a la lectura se comparte. Con los treinta docentes que asistieron al curso -aprobado por el Ministerio de Educación de Chubut - hablamos de la aventura de leer y pensar la literatura que compartimos con nuestros alumnos y sentimos, durante esas jornadas y en el resto de las actividades de la Feria, la potencia liberadora de la palabra.
Actividades como las que ocurrieron en Gaiman reavivan la pasión por la lectura, el deseo de democratizarla, de hacerla libre y abierta para todos.
La noche del domingo, mientras subía al avión para emprender el regreso, miré la enorme luna que alumbraba el paisaje patagónico y pensé que las imágenes y las historias que llevaba en mi memoria no se iban a borrar más.
Con la misma pasión que trajeron los galeses llegados en el velero Mimosa en 1865, los integrantes de la Comisión organizadora de la Feria trabajan año a año para hacer tangibles los mundos de la imaginación.

martes, 2 de junio de 2009

AL SUR DE LA FRONTERA AL OESTE DEL SOL de Aruki Murakami

Sobre el final, esta novela de Murakami propone varias lecturas. Uno puede leerla como una novela de enigma, Shimamoto desaparece y su vida extraña, misteriosa queda para que el lector resuelva esos misterios barajando posibilidades: padecía una enfermedad terminal, era víctima de alguien a quien debía su existencia, etc. Pero puede leerse también como una novela sobre la identidad y Shimamoto es un personaje de ese otro mundo, el de los sueños, el de los deseos insatisfechos, el de los conflictos existenciales, creación de la imaginación de Hajime.
Si hacemos una lectura desde lo fantástico –todo obra es plurisignificativa y susceptible a múltiples interpretaciones- podemos pensar en los rastros que va dejando el autor para decirnos que su amiga reencontrada es algo así como la encarnación de sus tendencias autodestructivas: el sobre con el dinero que le dan al protagonista el día que la sigue y que, años después no puede encontrar, la misteriosa desaparición de Shimamoto de la casa, la noche que pasan juntos, el manto de misterio que envuelve su vida y sobre todo las alusiones a la sensación de vacío y atracción hacia la muerte que describe el protagonista en dos ocasiones cuando está con ella.
En el título acaso está la clave, las fronteras siempre son no lugares, espacios de vacío. Hajime llega a la frontera de su propia existencia pero no la traspasa, se recupera y rearma su vida. Es esa frontera de irrealidad que le propone esa relación, es ese punto que media entre realidad y fantasía y que a veces nos confunde. Al oeste del sol alude a la historia de los campesinos de Siberia que caminan hacia el oeste sin pensar en nada, como se supone lo hará la propia Shimamoto.

Desde esta lectura, la novela nos habla de la incertidumbre de la vida y de los momentos en que la realidad nos hace navegar en esas fronteras donde a veces, solo a veces, reencontramos el camino de regreso.